Bienvenidos a la edición cibernética de la Revista Ekuóreo, pionera de la difusión del minicuento. Hecha en Colombia.
Comité de dirección: Guillermo Bustamante Zamudio, Harold Kremer, Henry Ficher.

domingo, 26 de julio de 2026

424. Homéricas III




El hombre, animal lujurioso 
   Marco Denevi (Argentina)

Al menor descuido de Circe, los amantes se le transformaban en cerdos. 
(Falsificaciones, 1966)


La vuelta a casa
   José María Merino (España)

   El director suele llevar a los visitantes distinguidos al pabellón de los condenados a cadena perpetua, para que escuchen a este hombre contar la historia de su crimen: Mucho tiempo lejos de casa, primero en la otra punta del planeta, días y días de reuniones para intentar entrar en la dichosa fusión, y cuando conseguimos eli­minar las resistencias y vencer a nuestros adversarios tuve que recorrer una por una las sucursales, las filiales, las empresas asociadas, evitando todas las asechanzas, unos querían hechizarme con malas mañas, otros pre­tendían que me quedase, zafándome de los cantos seductores, de quienes me devorarían si pudiesen, de los que quisieran destruirme. Yo estaba a punto de explo­tar. Llego por fin a casa, de improviso, y me encuentro con que mi mujer ha organizado una fiesta. Al parecer, llevaba montando estas juergas casi desde que me fui, mi casa llena de gorrones bebiéndose mis vinos, comién­dose mis cecinas y mis quesos. Y mi mujer me dice, tan tranquila, que mi hijo se ha marchado por ahí, no sabe a dónde. Subo a mi estudio y me encuentro con que han instalado allí una especie de telar enorme, todo está revuelto, hilos, varillas de madera, tijeras. Exploté, aga­rré un par de escopetas, una pistola, bajé a la sala y empecé a disparar, estaba tan ciego de ira que también me la llevé a ella por delante. El director no se cansa de escuchar este relato, menuda odisea, exclama una vez más, mientras se aleja por el corredor con los visitantes.
(Después de Troya: microrrelatos hispánicos de tradición clásica, 2015)


Los marineros hechizados
   Lion Feuchtwanger (Alemania)

   Odiseo les dice a los marineros —hechizados y transformados en cerdos por Circe— que ha encontrado una hierba mágica capaz de deshacer el hechizo y que pronto volverán a ser humanos. Pero los marineros-devenidos-cerdos corren a esconderse a tal velocidad que su ferviente salvador no puede alcanzarlos. Cuando logra finalmente atrapar a uno de ellos y frotarlo con la hierba milagrosa, de esa pelambre surge Elpenor, un marinero como cualquiera, que atacó furiosamente a su liberador:
   —¿A qué has venido, granuja entrometido? ¿Otra vez a fastidiarnos y molestarnos? ¿Otra vez a exponer nuestros cuerpos al peligro y a obligar a nuestros corazones a tomar nuevas decisiones? Yo estaba tan contento, podía revolcarme en el fango y retozar al sol, podía engullir y atracarme, gruñir y roncar, libre de dudas y de razonamientos: “¿Qué debo hacer, esto o aquello?”. ¡¿A qué viniste?! ¿A arrojarme de nuevo a mi odiosa vida anterior?
(Ulises y los cerdos: el malestar de la cultura, 1947)


Rehabilitación de Circe
   Diego Muñoz Valenzuela (Chile)

   La preciosísima Circe estaba aburrida de la simplicidad de Ulises. Si bien era fogoso, bien dotado y bello, la convivencia no daba para más. Solía convertirlo en perro para propinarle patadas, y él sollozaba y le imploraba perdón. Lo transformaba en caballo para galopar por la isla de Aea, fustigándolo con dureza. Lo transmutaba en cerdo para humillarlo, alimentándolo con desperdicios. Volvía a darle forma humana para hacer el amor, y volvía a fastidiarse con su charla insulsa. Por fin lo expulsó del reino, le devolvió su barca y sus tripulantes y lo dotó con alimentos para un largo viaje. “Vete y no vuelvas”, le ordenó con voz terminante al lloroso viajero, “y cuenta lo que quieras para quedar bien ante la historia”. Después sopló un hálito mágico para hinchar la vela de la embarcación.
(Los comprimidos memorables del siglo XXI, 2010)


Penélope
   Harold Kremer (Colombia)

   Lo que se contó es falso: mi marido nunca llegó. Luego me enteré de que el poeta necesitaba cuadrar bien la historia para atraer a gente del pueblo que se deleitaba escuchándolo y, al final, le regalaban monedas. De eso vivía el pobre ciego. Los dioses esperaban que todo terminara, pues ya llevaba varios años engañando a todo el mundo. Y ya casi no quedaban pretendientes, pues desde mucho antes empecé a envenenarlos. Los invitaba a beber vino con la promesa de que terminaríamos en mi lecho. Y ellos con las ganas que le tenían a la fortuna de la familia, creían que esa era la forma correcta de legitimar el despojo y el robo. Pues, sí, me acosté con algunos para lograr que bebieran la copa envenenada y, luego, con dos de mis más fieles criadas, llevábamos el cadáver afuera de la casa y allí lo apuñalábamos. Cuando averiguaban el motivo de la muerte decíamos que el hombre había bebido y, borracho, peleó con cualquiera de los otros. Como las peleas entre ellos eran reales, los que quedaban vivos recibían la noticia en silencio: en el fondo se alegraban porque cada vez quedaban menos y tenían más posibilidades de apoderarse de todo. A mí me veían tejiendo y tejiendo.
   Un día apareció en la casa un pordiosero que venía de parte de Zeus. Me mandaba a decir que dejara de matar a los pretendientes porque estaba torciendo el destino que les habían señalado, y lo que tenía que suceder pues tenía que suceder. Pero a mí me pareció que ese hombre era un falso pordiosero, que también venía por algo de oro o alguna de las propiedades. Ordené a mis esclavos que lo retiraran de mi vista, pero a uno de ellos se le fue la mano y el hombre terminó muerto. Lo cierto es que seguí envenenando a esos hombres repugnantes que perseguían y preñaban a mis sirvientas, mandaron a traer hetairas y convirtieron mi casa en un burdel. Al final, todos murieron. Fue una labor de varios años, pero lo logré. A los dioses les ofrendé toros, corderos, oro y esclavas. Y se fueron olvidando de mí, me dejaron tranquila. Pero luego el poeta del que les hablé, se inventó el cuento de que el pordiosero ese era mi marido disfrazado. La gente empezó a murmurar y los dioses se acordaron de mí. Les pareció que la historia quedaba mejor como la contaba ese fabulador infame y me pusieron este castigo eterno: llevó casi tres mil años tejiendo y destejiendo este maldito sudario que jamás podré terminar. 


Las razones de Odiseo
   Henry Ficher (Colombia)

   Sus compatriotas eran toscos y pésimos compañeros de tragos. Penélope tenía mal aliento. Moría de tedio en las playas rocosas mirando un horizonte lleno de promesas. Cuando partió a Troya, juró que nunca regresaría.
   Su largo retorno a Ítaca fue una sola juerga en que pasó de puerto en puerto y de mujer en mujer, hasta que se le acabaron las monedas.
   Las historias sobre sirenas, hechiceras, cíclopes y mares desconocidos las inventó durante la travesía. Sabía que tendría que dar explicaciones.


Ítaca
   Konstantino Kavafis (Egipto/Grecia)

   Cuando emprendas tu viaje a Ítaca
   pide que el camino sea largo,
   pleno de aventuras y experiencias.
   A lestrigones, cíclopes
   y colérico Poseidón no temas,
   seres tales jamás hallarás en tu camino,
   si tu pensar es elevado, si selecta
   es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
   Ni a los lestrigones ni a los cíclopes
   ni al salvaje Poseidón encontrarás,
   si no los llevas en tu alma,
   si no los yergue tu alma ante ti.

   Pide que el camino sea largo.
   Que muchas sean las mañanas de verano
   en que llegues —con qué placer y alegría!—
   a puertos nunca vistos antes.
   Detente en los emporios de Fenicia
   y hazte con hermosas mercancías,
   nácar y coral, ámbar y ébano
   y toda suerte de perfumes sensuales,
   cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.
   Ve a muchas ciudades egipcias
   a aprender, a aprender de sus sabios.

   Ten siempre a Ítaca en tu mente.
   Llegar allí es tu destino.
   Mas no apresures nunca el viaje.
   Mejor que dure muchos años
   y atracar, viejo ya, en la isla,
   enriquecido de cuanto ganaste en el camino
   sin esperar a que Ítaca te enriquezca.

   Ítaca te brindó tan hermoso viaje.
   Sin ella no habrías emprendido el camino.
   Pero no tiene ya nada que darte.

   Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado.
   Así, sabio y experimentado como te has vuelto,
   entenderás ya qué significan las Ítacas.
(1911)

domingo, 12 de julio de 2026

423. Escritores mexicanos II




Bodegón
   Diana Raquel Hernández

   Mientras su hermano le hace sexo oral, ella habla del libro de Boris Vian que acaba de leer. Hubo un tiempo en que los dos corrían por la casa conversando de cosas intrascendentes.


La espera
   Juan José Arreola
   
   «Nos veremos en el infierno» —me dijo ella en broma antes de apretar el gatillo— y aquí estoy todavía esperando.


Crick-crack: sonidos de la madera
   Asmara Gay

   Son las doce. Ha vuelto. Camina despacio. Cruza la sala, el comedor, el cuarto. Parece que tiene pies. Sus pasos, breves, se escuchan por toda la casa. El crujir de la madera cede a su peso. Aquí está con su crick-crack, su crick-crack de todas las noches. Ese crick-crack por el que no duermo, el crick-crack que me espera junto a la cama. El crick-crack que no existe. “No existe”, me aseguran, “son los sonidos normales de la madera.” Los sonidos normales me despertaron la primera vez con un ser anormal encima de mí. Habrá sido un sueño, como dicen, aunque pesaba, y la mirada loca y la risa frenética. “…sonidos normales de la madera…” El sonido normal de la madera, ese crick-crack por el que no duermo, ya está aquí, viene siempre, todas las noches, a verme y se sube, con su inexistencia, sobre mí.
 
 
De habernos conocido antes
   Alejandro Morales Mariaca
   
   Es una autentica lástima que no nos hubiésemos conocido antes, señorita dice el señor Hyde, mientras entierra un cuchillo en el abdomen de la mujer. Hace cinco minutos era un caballero encantador.
   Una verdadera pena ciertamente, pues apenas hace una semana yo era una joven igual a todas replica Mina Harker, antes de clavar sus colmillos en el cuello de su atacante.


Despedida devastadora
   Alexandr Zchymczyk

   En el andén de una estación de ferrocarril una dama se despide. Agita con fuerza su pañuelo mientras el tren se aleja sobre los rieles. Cuando el último vagón desaparece sus lágrimas comienzan a caer; luego cae su sonrisa, después los brazos, sus senos, las piernas… hasta que sólo queda un montón de tristeza sobre las vías y en el aire un tembloroso pañuelo blanco.


Audiencia muda
   Karla Barajas

   La luz roja atenuaba el cuerpo atlético de la bailarina, quien luego de un espectáculo artístico ejecutado con perfección no recibió ni un aplauso. Arrojó las zapatillas con fuerza, se desgarró las medias y hasta la última prenda de ropa. Los espectadores se quedaron en silencio por minutos, viendo a la exhibicionista bambolear las caderas curvas por la pista. Los silbidos y aplausos de los papás retumbaron por el circo, los reclamos de las madres no se hicieron esperar: «¿Qué estás viendo, inútil?» Los niños y niñas celebraron los más colosales berrinches que hayan presenciado. Dicen que ella lo hizo por el profundo amor al circo, al que ya casi no llegaba nadie, pero todos sabíamos que el striptease que nos salvó de la quiebra se debió a su mal carácter.


Un fantasma
   Alejandro Barron

   ¿Para qué sirve un fantasma?, ¿a dónde va todas las noches, que nunca llega?, ¿qué universo de recuerdos esconde bajo esa manta amarillenta?, ¿quién le hizo tanto daño para que esté lamentándose por los rincones de la casa?, ¿quién lo encerró en aquel armario del que siempre intenta escaparse? Ese fantasma. ¿De qué le sirve perseguir a los que no podemos dormir?, ¿qué tanto hace ahí acurrucado en la bañera?, ¿cuánto paga de renta?, ¿quién le dijo mi nombre para que me llame con tanta insistencia durante la madrugada?, ¿qué libro busca desesperadamente en mis estanterías?, ¿tanto es el hastío en el que permanece sumido, que a cierta hora de la noche tiene que encender la radio?, ¿por qué a su paso deja un halo de fría melancolía?, ¿por qué desordena los retratos de mis abuelos?

domingo, 28 de junio de 2026

422. Animales prosaicos VI


Infinita Moby Dick
   Eugenio Mandrini (Argentina)

   Las islas que en ocasiones emergen del mar, no son islas, son ballenas agotadas por vastas persecuciones y el desahucio de las sales, mientras que los árboles que brillan en sus lomos no son árboles, sino arpones, a veces coronados con un pájaro. Por su parte, los náufragos que arriban a ellas no son más que un Ahab innumerable: el obsesivo plantador de arpones hasta la perpetuidad.
(La vida repentina)


Zoo lógico
   Ricardo Víctor Clerici (Argentina)

   Cuando es cachorro, el tigre es todo amarillo. Las rayas en su piel son marcas de las sombras de la jaula.


Ciervo
   Eduardo Gudiño Kieffer (Argentina)
   
   No te sorprendas cuando encuentres al ciervo en el jardín. El ciervo es asustadizo y tu propia sorpresa puede espantarlo. Sé suave, sé silencioso, sé gentil. Cuando lo veas (será sin duda en un atardecer ocre y rojizo, con nubes como catedrales y rumor de órgano entre los eucaliptos), cuando lo veas, decía, debes simular que no te parece nada extraordinario. Un ciervo en el jardín es la cosa más natural del mundo. Con las manos en los bolsillos caminaras por los senderos de grava, sintiéndola crujir bajo tus pies. Te detendrás junto a las rosas amarillas, pero no cortarás ni una (el menor indicio de crimen puede asustar al ciervo). Cuando estés cerca, muy cerca de él podrás sonreír y extender dulcemente la mano. Los ijares del ciervo temblarán y no tendrás más remedio que volver la mano al bolsillo y dar la espalda al animal, estudiando atentamente el ir y venir de las hormigas por ese caminito que conoces de memoria. El ciervo tiene miedo, un miedo que él mismo ignora pero que desborda de sus tiernos ojos húmedos. Es el mismo miedo que estás sintiendo ya, como unos terribles dedos cariñosos acariciándote la nuca, como unos brazos amantes ciñéndote, como unos labios cálidos posándose en tus hombros y en tu columna vertebral. ¡Mira a las pobres hormigas afanándose locamente por mover un liviano pétalo de rosa! Ahora sabes que el ciervo ya no está. Trata de caminar. Prueba. Verás que lindo es saltar sobre tus cuatro patas ágiles, qué lindo es mirarse en los estanques y descubrirse un gracioso hocico negro y dos grandes ojos tristes y una profusa cornamenta. A lo lejos oirás el cuerno de caza y el furioso ladrar de la jauría. Entonces deberás huir, llevándote contigo al miedo: amado, detestado y perpetuo inquilino.
(Fabulario, Losada, Buenos Aires, 1969)


Pinú, monstruo de agua
   Cultura Desana (Colombia)

   Entre Uacaricuara y Montfort hay un lugar donde había una familia y su puerto estaba sobre una parte profunda del río. Los niños que se bañaban allá, desaparecían. De allí salió pinú, la culebra grande, un monstruo de agua. Ella devoró a los niños. Entonces un anciano consiguió el cacho que se toca en las fiestas y alistó un escudo reforzado con bejucos finos y muy fuerte. Cogió una cuerda larga y la amarró. En un extremo, ató un pedazo grande de balso. Se botó al río y fue devorado. En la panza de la culebra, trancó la boca del estómago para que no entrara agua; se sentó. Entonces la culebra comió tierra para matar al hombre. Era como una lluvia fuerte. Se protegió con el escudo. El palo de balso flotó para arriba y para abajo, pero nadie se daba cuenta. El anciano tocaba el cacho, pero no se oía debajo del agua.
   Entonces la culebra se fue para su cueva, en un hueco entre las rocas. Salió del agua. El palo de balso se quedó quieto. El viejo tocaba su cacho, pero se oía pasito. Cuando la culebra llegó al fin de la cueva, allá estaba el macho. Entonces la gente oyó y cavaron y encontraron la culebra. La abrieron y hallaron al hombre y a todos los niños. El viejo salió muy blanco del frío.
(Dolmatoff-Reichel, Gerardo. Desana, 1986)


La oca
   Anónimo
   
   Irritado por el mal genio de su oca, Nasrudín la llevó al mercado. Allí, un corredor ansioso se ofreció a venderla, a cambio de una comisión.
   —Realmente —contestó Nasrudín—, esta oca está muy lejos de ser excelente. Sisea y bate las alas de manera amenazadora. He llegado a tenerle una enorme antipatía. 
   —¡Calla! —sugirió el corredor—. Vas a desanimar a los eventuales compradores. 
   Y lo llevó a una casa de té cercana. Desde ahí, sentado tomado el té, el mulá escuchó al corredor que exclamaba:
   —¿Quién me dará un precio justo por esta oca hermosa y rellenita? Os aseguro que nunca he visto un ave con un temperamento tan dulce.
   Sin reflexionar, Nasrudín volvió a la subasta y detuvo la venta. Metiéndose la oca bajo el brazo, se dirigió a ella, disculpándose:
   —¡Qué mal te he juzgado! Vamos a casa.
(El mundo de Nasrudín. Cuentos sufíes - Compilador: Idries Shah)


Ganso
   Ambrose Bierce (USA)

   Ave que suministra plumas para escribir que, gracias a un proceso oculto de la naturaleza, están impregnadas, en distinta medida, de la energía intelectual y el carácter del ganso, de suerte que al ser entintadas y deslizadas mecánicamente sobre un papel por una persona llamada “autor”, resulta una transcripción bastante exacta de los pensamientos y sentimientos del ave. Las diferencias entre un ganso y otro, tal como se manifiestan a través de este ingenioso método, son considerables. Muchos gansos sólo poseen facultades triviales e insignificantes, pero otros son, en realidad, grandes gansos.
(Diccionario del Diablo, 1911)


Los cuervos
   Juan José Arreola, (México)

   ...pero tuvimos un rey, y su nahual era cuervo. Se hacía cuervo cuando quería, con los poderes antiguos de Topiltzin y Ometecutli. Se hacía cuervo nuestro rey, y se iba a volar sobre los sembrados ajenos, entre los cuervos de Sayula, de Autlán, de Amula y de Tamazula. Y veía que todos tenían el maíz que nos quitaron. Y como su nahual era cuervo, supo que los cuervos buscan y esconden las cosas. Y con los poderes antiguos de Topiltzin y Ometeculi, nos enseñó a todos para que nos volviéramos cuervos. Y un año limpiamos las tierras, que todas estaban llenas de chayotillo, de garañona y capitaneja. Limpiamos y labramos la tierra, como si tuviéramos maíz para  sembrarla. Y cuando comenzaron las lluvias, ya para meterse el sol, nos hacíamos cuervos y nos íbamos volando para buscar el maíz que sembraban las gentes de Sayula, de Autlán, de Amula y de Tamazula. Volvíamos cada quien con un grano en el pico, a esconderlo en la tierra de Zapotlán. Pero como nos costaba mucho trabajo encontrar las semillas y todos teníamos ganas de comer maíz, nuestro Rey Cuervo dijo que los que se tragaran el grano por el camino, se quedarían ya cuervos, volando y graznando entre los surcos, buscando para siempre el maíz enterrado. Y muchos de nosotros no aguantaron las ganas y se tragaron el grano en vez de sembrarlo en nuestra tierra. Y ya no volvieron a ser hombres como nosotros.

domingo, 14 de junio de 2026

421. Destilaciones II




Advertencia
   Caro Fernández (Argentina)

   Cuando muera, han de enterrarme en tierras de vides. Sobre mis huesos brotarán pámpanos de varietales finos y briosos que darán racimos jugosos, azucarados, de taninos profundos y colores fuertes. De su jugo obtendrán un vino equilibrado, seductor, único, exclusivo, que embriagará hasta la cirrosis aguda a todos los que me ignoraron y despreciaron en vida.
(Beber para contarla)


Justificación
   Georg Christoph Lichtenberg (Alemania)

   A un clérigo muy enrojecido por la bebida le pregunta otro por qué tiene esa coloración en la cara, si ellos ayunan todo el tiempo y deben expiar los pecados del mundo. «Oh —dice el primero—, es que los pecados del mundo me avergüenzan y mi rubor se ha vuelto ya tan firme como los vicios de esa gente».
(1775 - Aforismos)


Embriagaos
   Charles Baudelaire (Francia)

   Hay que estar siempre ebrio. Todo se reduce a eso; es la única cuestión. Para no sentir el horrible peso del Tiempo, que os destroza los hombros doblegándoos hacia el suelo, debéis embriagaros sin cesar.
   Pero ¿de qué? De vino, de poesía o de virtud, como os plazca. Pero embriagaos.
   Y si alguna vez os despertáis en la escalinata de un palacio, tumbados sobre la hierba verde de una cuneta o en la lóbrega soledad de vuestro cuarto, menguada o disipada ya la embriaguez, preguntadle al viento, a la ola, a la estrella, al pájaro, al reloj, a todo lo que huye, a todo lo que gime, a todo lo que rueda, canta o habla, preguntad qué hora es; y el viento, la ola, la estrella, el pájaro, el reloj os contestarán: «¡Es hora de embriagarse! Para no ser los esclavos martirizados del Tiempo, embriagaos; ¡embriagaos sin cesar! De vino, de poesía o de virtud, como os plazca».
(Pequeños poemas en prosa o Spleen de París. 1862)


Sed
   Isar Hasim Otazo (¿Polonia? ¿Colombia?)

   El náufrago encontró una botella en la playa de su islote. Estaba sellada con corcho y sellos. No contenía una nota, ni un mapa, sino vino. Tras un pequeño sorbo, dictaminó: color rubí intenso con reflejos violáceos; aromas complejos de frutos rojos, con notas de especias dulces y un ligero toque de cacao; entrada suave y aterciopelada; taninos redondos y bien integrados; persistencia larga con retrogusto de frutas negras. 
   Cuando terminó, volvió a tapar la botella y la arrojó al mar con un buen concepto: “Un vino equilibrado, elegante y con potencial de guarda”.
(Para beber he bebido, 1962)


Alcohol
   Juan Manuel Roca (Colombia)

   Lo malo del alcohol es que, en medio de una desmesurada borrachera, uno puede suicidarse y al otro día no acordarse de nada.
(Cerrar la puerta, 1993)


El beso
   Antón Chéjov (Rusia)

   El beso lo inventó en la antigüedad remota una mujer pícara y lista que le daba un beso a su marido cuando llegaba tarde por la noche para averiguar si había bebido.


Fermentación
   Guillardo Serramante (España, Cundinamarca)

   En el pueblo decían que la casa —construida sobre una antigua bodega— estaba embrujada. Los nuevos dueños la compraron por el precio, pero cada septiembre, las paredes olían a mosto. Las pintaron con cal, pero siempre que llegaba la vendimia, el olor volvía.
   Una noche, un vaso, que había quedado vacío junto a la pared, amaneció lleno de vino. El dueño de casa se desesperó y mandó a llamar al cura, pero la mujer llamó a la calma; probó el vino y exclamó:
   —Es un vino joven, pero promete.
(Breviario de la embriaguez, 2009)


domingo, 31 de mayo de 2026

420. Escritores españoles I


Francisco de Quevedo

El recto
   Juan Ramón Jiménez (1881-1958)

   Tenía la heroica manía bella de lo derecho, lo recto, lo cuadrado. Se pasaba el día poniendo bien, en exacta correspondencia de líneas, cuadros, muebles, alfombras, puertas, biombos. Su vida era un sufrimiento acerbo y una espantosa pérdida. Iba detrás de familiares y criados, ordenando paciente e impacientemente lo desordenado. Comprendía bien el cuento del que se sacó una muela sana de la derecha porque tuvo que sacarse una dañada de la izquierda. Cuando se estaba muriendo, suplicaba a todos con voz débil que le pusieran exacta la cama en relación con la cómoda, el armario, los cuadros, las cajas de las medicinas. Y cuando murió y lo enterraron, el enterrador le dejó torcida la caja de la tumba para siempre.


El culpable
   José María Merino (1941)

   El día de mi cumpleaños, mi sobrina me regaló un bonsái y un libro de instrucciones para cuidarlo. Coloqué el bonsái en la galería, con los demás tiestos, y conseguí que floreciese. En otoño aparecieron entre la tierra unos diminutos insectos blancos, pero no parecían perjudicar al bonsái. En primavera, una mañana, a la hora de regar, me pareció vislumbrar algo que revoloteaba entre las hojitas. Con paciencia y una lupa, acabé descubriendo que se trataba de un pájaro minúsculo. En poco tiempo el bonsái se llenó de pájaros, que se alimentaban de los insectos. A finales de verano, escondida entre las raíces del bonsái, encontré una mujercita desnuda. Espián­dola con sigilo, supe que comía los huevos de los nidos. Ahora ­vivo con ella, y hemos ideado el modo de cazar a los pájaros­. Al parecer, nadie en casa sabe dónde estoy. Mi sobrina, muy triste por mi ausencia, cuida mis plantas como un homenaje ­al desaparecido. En uno de los otros tiestos, a lo lejos, me ha parecido ver la figura de un mamut.


El domador de focas
   Ramón Gómez de la Serna (1888-1963)
   
   Era un muchacho moreno de pelo muy abrillantado que sólo se dedicaba a domar sus focas, dándoles azotitos en las nalgas negras. Había conseguido de las focas que tocasen la marimba, que fumasen en pipa, que escribiesen a máquina, que hiciesen punto de jersey, que tocasen la guitarra y hasta que cantasen flamenco. Pero tanto esfuerzo hizo con sus focas, tanto se dedicó a ellas día y noche, que un día apareció arrastrándose por la alfombra convertido en foca. Fueron a llamar al director del circo y a decirle que había salido una foca de más, pero que no se encontraba al domador por ninguna parte. El domador de leones hizo de domador de focas aquella noche, y desde entonces el hombre convertido en foca fue la foca prodigio, la foca que dibujaba y que sabía matemáticas, la foca que recibía la primera corvina en el reparto de peces que se hacía entre número y número del largo trabajo.


El hombre elefante
   Agustín Martínez Valderrama (1976)
   
   Me corté una oreja y salí de casa. En el ascensor coincidí con mi vecino y me preguntó qué había ocurrido. Le dije que fue un accidente, esquiando. El tipo del quiosco también se fijó. A él le expliqué lo del atraco a punta de navaja. Luego, en la cafetería, el camarero insistió. Se me cayó, respondí sin más. Al llegar a la oficina confesé que sufría un tumor maligno. Funcionó. Hasta ella dijo que lo sentía y me besó en la mejilla. Tenía una voz bonita, olía bien y era más guapa aún de cerca. Unos días después todo volvió a ser como antes. Ayer me corté la otra.
 

Tradiciones
   Francesc Barberá (1979)
 
   En casa siempre hemos tenido una gran fascinación por la muerte. Es algo que nos han inculcado desde pequeñas. Cuando alguien de nuestra familia se va al otro barrio, lo celebramos por todo lo alto. Por eso, cuando mi padre anunció que le quedaban tres semanas de vida, nos alegramos mucho. Inmediatamente, empezamos a organizar la gran fiesta. Días después, cuando ya lo teníamos todo preparado, nos llamaron del hospital para decirnos que se trataba de un error y que no se iba a morir. Menos mal que, al enterarse de la noticia, a mi madre le dio un infarto.
 
 
Rompecabezas
   David Moreno Sanz

   De Sara me he quedado sus ojos verdes, de Noelia sus labios carnosos, de Alicia su cabello negro azabache, de Cristina sus largas piernas, de Patricia su generoso corazón y así he ido recomponiendo a la mujer de mis sueños. Ahora con las manos manchadas de sangre me pregunto qué hacer con todas las piezas que sobran.


Instrucciones de uso
   Patricia Esteban Erlés (1972)

   Su primera mujer, la que lo dejó viudo del pie derecho, me fue dando instrucciones desde el espejo del baño. Al parecer se había quedado a vivir allá adentro y él me dijo que debería acostumbrarme a lavarme los dientes bajo su atenta mirada. Como comprenderás, no puedo decirle que se vaya ni cambiar de espejo, me explicó encogiendo los hombros, qué descortesía. Así que el día de mi boda ella estuvo allí todo el tiempo, indicándome cómo debía pintarme los labios y aconsejándome que utilizara unas cuantas horquillas más para ajustarme el velo. Cuando pensaba que ya no podía ser peor, extendió su mano de muerta enguantada por encima del lavabo y me pasó una liga, a través del cristal. Algo prestado, querida, para que tengas mucha suerte.

domingo, 17 de mayo de 2026

419. Yōkai - Seres sobrenaturales del Japón


Textos adaptados del libro "El desfile nocturno de 100 demonios".
Basado en investigación de textos centenarios.
Redactado e ilustrado por Matthew Meyer.


Garappa 

   Espíritu del agua que habita en Kyūshū, la isla más meridional del archipiélago japonés. Sus extremidades son más largas que las del Kappa, su pariente cercano. Al sentarse, sus rodillas le llegan hasta la cabeza. Su rostro se ve más alargado y afilado. Tiende a evitar las zonas pobladas. Vaga principalmente entre ríos y montañas, viviendo en pequeñas comunidades o en solitario. Se le oye con más frecuencia de lo que se le ve. Tiene dos llamadas distintivas: hyö, hyō y fun, fun, fun. Son bromistas y traviesos, les encanta sorprender a los viajeros en los senderos de montaña y hacer que se pierdan. Poseen una fuerza notable que les permite derrotar a hombres adultos mucho más grandes. Les apasiona la lucha de sumo, en la que sobresalen, y exhiben una agresividad sexual considerable que los ha llevado a cometer actos de violencia contra las mujeres.
   Si un humano los captura, les puede obligar a jurar que nunca más ahogarán a nadie, y dejarán de hacer travesuras o ruido en cualquier lugar. A lo largo de los siglos, las comunidades sintoístas que los veneran han logrado obtener de ellos la promesa de no causar daño, por lo que sus ataques han disminuido gradualmente. A veces se ponen al servicio de los humanos, pescando para ellos o cultivando arrozales. Se dice que los antiguos habitantes de Kyūshū también aprendieron de los Garappa el arte de preparar cataplasmas medicinales.
   Aunque es bastante raro, el apareamiento entre yōkai y humanos es posible. Existen relatos de mujeres violadas por criaturas sobrenaturales, e incluso historias de relaciones sexuales consensuadas. Los humanos y los yōkai pueden tener hijos, y éstos a veces poseen poderes extraordinarios que revelan su naturaleza sobrenatural. Pero también hay casos desafortunados: en Kagoshima, una mujer violada por un Garappa fue devorada desde dentro por el fruto de su concepción. Según el relato, la criatura emergió del estómago de la madre en una visión espantosa, y cuando los horrorizados aldeanos intentaron prenderle fuego, se desvaneció en el aire.


Hyōsube 

   Humanoide bajo y peludo que se encuentran en el oeste y el sur de Japón. Son bajos, con cráneo calvo, garras afiladas y una hilera de dientes afilados que sobresalen de una sonrisa malévola. Su nombre deriva de su grito, hyo hyo, pero los ideogramas en los que se escribe hablan de belicosidad.
   Viven cerca de los ríos, donde se abastecen de pescado fresco. Generalmente, se mantienen alejados de los humanos. Su comida favorita es la berenjena, de la cual pueden devorar una plantación entera en un instante. Caprichosos e insolentes, los Hyōsube son también extremadamente peligrosos. Con sólo mirarlos, se puede contraer una fiebre terrible y contagiosa, capaz de convertirse en epidemia. Contagiosa también es su risa fuerte y maliciosa: quien la oiga y se una a la risa contraerá la fiebre y morirá en cuestión de horas.
   Su piel, cubierta de un pelaje que se desprende constantemente, es una gruesa capa de pelo grasiento que acumula polvo, grasa y suciedad; por esto, no hay nada que esta criatura desee más que colarse en una casa por la noche y meterse en la bañera. Cuando encuentra una que le gusta, regresa cada noche, dejando tras de sí mucho pelo y un hedor terrible. En una ocasión, el dueño de una de esas casas vació la bañera y quitó el pelo y la suciedad. Pero el Hyōsube se enfureció tanto que mató a su caballo la noche siguiente. Otro hombre, al vaciar la bañera, provocó que algunos pelos salieran volando y cayeran sobre un caballo cercano, que se desplomó al instante. En otra historia, una mujer vio a un Hyōsube asaltando sus plantas de berenjena en el jardín. A la mañana siguiente, encontró todo su cuerpo morado y murió poco después.
   Son venerados en los santuarios sintoístas como deidades de la guerra, en reconocimiento a los servicios militares que prestaron a los aldeanos. Los agricultores suelen dejar las primeras berenjenas de la cosecha como ofrendas, con la esperanza de que sus campos se salven durante el resto del año. Quienes no dejan una ofrenda pueden ver sus cultivos pisoteados.


Tatsu

   Son similares, en apariencia, a los dragones de otros países. Tienen un cuerpo alargado y escamoso que termina en una cola de serpiente, colmillos y garras afiladas, a menudo con cuernos, a veces ramificados, espinas y barba. Algunos tienen múltiples extremidades o cabezas. Muchos adoptan forma humana y nunca se muestran en su verdadera forma. Pueden devorar cualquier cosa.
Están íntimamente ligados al agua, ya sea lluvia, ríos, mares u océanos, hasta el punto de ser considerados deidades acuáticas. Habitan espléndidos palacios en las profundidades del mar u otros lugares inaccesibles. Se mantienen alejados de las comunidades humanas, aunque pueden morar cerca de un templo budista. Como los dragones occidentales, acumulan enormes tesoros y poseen poderosos amuletos mágicos. Algunos son perversos y torturan a los humanos por pura maldad; otros son bondadosos y ofrecen su poder y sabiduría a quienes se lo solicitan. Algunos héroes nobles incluso logran visitarlos, y un valiente guerrero puede recibir un amuleto mágico.
   Los Tatsu se interesan por los asuntos humanos sólo si los afectan directamente. Aceptan ofrendas y sacrificios: muchos templos cuidan tierras consagradas a un dragón local, y muchos japoneses realizan peregrinaciones a las montañas sagradas donde habitan. Dirigen a los Tatsu oraciones para pedir lluvia, para evitar inundaciones y otras peticiones relacionadas con el agua. En todo el archipiélago, se celebran festivales con fuegos artificiales, danzas tradicionales y otras ceremonias en honor a estas deidades.
   Es una de las criaturas sobrenaturales más antiguas de Japón: se menciona en longevas crónicas históricas y mitológicas. Fusiona leyendas del Long chino y el Naga indio con las deidades acuáticas autóctonas.
   La familia imperial japonesa cuenta entre sus fundadores a un dragón: el legendario emperador Jimmu, quien la fundó en el año 660 a. C., era hijo de Toyotama Hime, quien a su vez fue concebida por Ryūjin, el dios dragón del mar. Por lo tanto, el emperador japonés desciende de un dragón.


Koma inu 

   Su tamaño varía: desde el de un perro pequeño hasta el de un león, y debido a su parecido con ambas criaturas, a menudo se le denomina “perro león”. Posee un cuerpo fuerte y musculoso, una melena espesa y rizada, cola, colmillos y garras afiladas. Algunos ejemplares, aunque relativamente pocos, tienen un gran cuerno en la cabeza, similar al de un unicornio. Habitan en santuarios, templos y lugares sagrados y son carnívoros.
   Nobles y feroces, los Koma inu sirven como perros guardianes. Se colocan en entradas y puertas para alejar el mal. Siempre van en parejas, macho y hembra, y se cree que la hembra protege a los ocupantes del edificio, mientras que el macho protege el edificio en sí. Casi siempre están presentes en la entrada de los santuarios sintoístas, e incluso a veces en el interior, protegiendo los edificios principales. Generalmente, uno de ellos tiene la boca abierta como si rugiera, mientras que el otro tiene las mandíbulas apretadas. Simbolizan los principios opuestos de la vida y la muerte, o el yin y el yang. El que tiene la boca abierta pronuncia el sonido ‘a’, mientras que el que tiene la boca cerrada pronuncia el sonido ‘om’ (‘un’, en japonés), la primera y la última letra del alfabeto sánscrito, emblema del principio y el fin de todas las cosas (alfa y omega en la tradición occidental).
   Los Koma inu llegaron a Japón a través de Corea, procedentes de China, que a su vez los adquirió de la India. En China, adquirieron significados simbólicos vinculados a las filosofías dhármicas indias y recibieron el nombre de shishi, que significa león guardián. Este término también se usa con frecuencia en Japón, pero sólo para referirse al que tiene la boca abierta. El término Koma inu se usa siempre para el otro, y para la pareja en su conjunto.
   Koma inu, Tatsu y, en general, los bestias sagradas japoneses suelen representarse con gemas o esferas decorativas en la boca o en las garras, signos de las joyas de la sabiduría, un tema característico del arte budista. Es un símbolo de vida y vitalidad, e imagen de una pureza perfecta. 


Onibi

   Uno de los tipos más peligrosos de yōkai de bola de fuego, los onibi son un fenómeno fascinante, pero mortal. Se encuentran entre los fuegos fatuos más perniciosos. Sin duda, merecen su nombre, compuesto por los ideogramas de fuego y demonio. Se presentan como llamas azuladas (más raramente rojas o amarillas) que varían en tamaño de tres a treinta centímetros y aparecen en grupos de veinte o treinta, flotando a la altura de los ojos. Suelen aparecer, durante la primavera o el verano, en entornos naturales (prados, bosques, costas), pero también en cementerios, sobre todo en días lluviosos.
   Están presentes en todo Japón. En algunas zonas, se manifiestan con los rostros y las voces de las víctimas a quienes han robado su energía vital, que constituye su alimento. En Okinawa, se cree que adoptan la forma de pequeños pájaros.
   Los onibis no generan mucho calor, pero representan un peligro diferente. Cualquiera que se acerque demasiado es envuelto por un enjambre de decenas de pequeñas llamas que le roban la energía vital. Pronto, la víctima no es más que un cascarón vacío abandonado en el suelo. Por la noche, los onibis pueden confundirse con faroles lejanos, y se sabe que algunos viajeros han desaparecido en el bosque tras seguir sus luces fantasmales. Por lo tanto, quienes se encuentren en movimiento deben tener cuidado de no perderse y morir.
   Los onibis emergen de los cadáveres de humanos o animales. Se desconoce su origen: a veces aparecen, a veces no. Se cree que el resentimiento o la malicia intensos pueden ser la causa. Son similares a los fuegos fatuos europeos.
   Diversos yōkai se manifiestan como llamas luminosas. No es fácil distinguir entre Onibi, Kodama, Hitodama, Kitsunebi y las muchas otras variantes. Aunque aparentemente similares, cada uno tiene su propio origen y características. Algunos no tienen mente, mientras que otros son inteligentes; algunos son inofensivos, otros letales. Independientemente de sus diferencias, todos estos yōkai se agrupan bajo la categoría de Hi no tama, que literalmente significa “bolas de fuego”.


Kodama

   En lo profundo de los bosques que cubren las montañas de Japón, el alma de un árbol puede transformarse en un kodama. Estos espíritus vagan alrededor de su árbol huésped, cuidando el bosque circundante y protegiendo el equilibrio de la naturaleza. Rara vez se les ve, pero se les oye con más frecuencia: cuando un eco tarda unos instantes más de lo normal en regresar, podría tratarse de un kodama. Cuando aparecen, los kodamas se presentan como tenues esferas luminosas distantes, o a veces como diminutas figuras cómicas, vagamente humanoides. 
   Viven en simbiosis con el árbol huésped. La energía vital del Kodama está estrechamente ligada a la del árbol en el que vive: si uno de los dos muere, el otro no sobrevive. 
   Los Kodama son venerados como deidades de los árboles y protectores de los mismos. Los bosques dan vitalidad a las tierras que los rodean, y cuando los aldeanos encuentran un árbol habitado por un kodama, lo honran marcándolo con una cuerda sagrada especial llamada shimenawa. Si un árbol antiguo sangra al ser talado, se cree que está habitado por un kodama. Cortar árboles centenarios se considera una ofensa grave, que probablemente atraiga una poderosa maldición sobre la comunidad, la cual puede caer rápidamente de la prosperidad a la ruina.


Kijimunā

   El Kijimunā sólo se encuentran en el archipiélago de Okinawa. Es una criatura élfica que habita en los altos árboles de banyan, característicos de las islas Ryukyu. Son tan altos como niños, con un cabello castaño espeso y rebelde y piel rojiza. Visten faldas hechas de hierba y hojas y se desplazan dando saltos en lugar de caminar. Aunque conservan una apariencia infantil incluso en la edad adulta, los machos son conocidos por sus testículos grandes y prominentes.
   Gracias a sus destrezas en la pesca y la natación consiguen su manjar favorito: cabezas de pescado, especialmente de pez banana, típico de Okinawa. Les encantan sobre todo los ojos de pescado, especialmente el izquierdo. Cuando los habitantes de Ryukyu encuentran restos de pescado sin ojos, los consideran los restos de algún festín de algún gourmet de Kijimunā.
   Se casan y forman unidades familiares donde crían a sus hijos. En raras ocasiones, se casan con humanos. Albergan un sinfín de miedos y prejuicios: por ejemplo, aborrecen las gallinas y las ollas, y les repugna enormemente la flatulencia; pero lo que más odian es al pulpo, despreciado y temido a la vez, al que evitan a toda costa.
   En muchos aspectos de la vida diaria imitan a los humanos. A menudo ayudan a los isleños con la pesca u otras actividades a cambio de una comida caliente. Una vez que un Kijimunā entabla amistad con un humano, es para toda la vida: suelen regresar con su familia adoptiva, incluso durante las vacaciones.
   Un Kijimunā sólo ataca a un humano si se lo provoca. Una forma segura de provocar su ira es talar el árbol en el que vive. Herido por este acto, puede matar, sabotear barcos para que se hundan en alta mar o atrapar a la persona en un árbol hueco del que no pueda escapar; también puede comprimirle el pecho mientras duerme o apagarle las luces por la noche. Una vez que se ha ganado su enemistad, no hay esperanza de apaciguarla. 
 

domingo, 3 de mayo de 2026

418. Triunfo Arciniegas (Colombia)


Triunfo Arciniegas - Imagen generada con IA

Triunfo Arciniegas, nacido en Málaga, Santander, en 1957, es un escritor colombiano especializado en literatura infantil y juvenil, aunque también ha cultivado narrativa para adultos, teatro y poesía. Su obra se caracteriza por la imaginación, el humor y la crítica social, con personajes recurrentes como gatos, vampiros y bandidos. Entre sus títulos más destacados figuran Las batallas de Rosalino, Caperucita Roja y otras historias perversas, El niño gato y Mujeres muertas de amor. Ha recibido premios nacionales e internacionales, como el Enka de Literatura Infantil, el Jorge Gaitán Durán de cuento y el White Ravens, consolidándose como una figura clave en la literatura colombiana contemporánea.


El inquilino

   Se recortaba las uñas de los pies la noche del viernes como una preparación para los días de descanso. Pero luego no bastó con recortarlas y pulirlas: había necesidad de pintarlas, y todos los días. Probó tonos y marcas de esmalte hasta el hastío, aunque lo dominaba el temor de que alguien le gritara quítese los zapatos, quítese los calcetines, y se riera de sus uñas pintadas como un día, años atrás y en el salón de clase, treinta bocas habían escupido sus pies mugrientos y malolientes. Casi sin proponérselo, después de una película fantástica, se pintó las uñas de las manos antes de acostarse. Asaltado por la dicha, pasó el montoncito de algodón empapado de removedor por cada una de las diez uñas esa primera mañana del resto de su vida. Decidió ser libre. Cada noche aseguró las ventanas y la puerta y durmió como una paloma, con sus veinte uñas pintadas, hasta la noche en que se derrumbó el edificio y entre los escombros de la ciudad revuelta, con su peluca rubia y las pestañas postizas, con todo lo demás, lo tomaron por una hermosa mujer.


Pequeño mío

   Al afeitarse esa mañana descubrió que tenía cara de gato: se erizó. La espantosa imagen lo persiguió durante el día, en cada pausa del trabajo: los ojos claros de dilatadas pupilas, los bigotes enhiestos, las orejas puntiagudas, y su grito, su propio grito, que le descubrió un par de pequeños y finos colmillos. En la noche, sobre el cuerpo jadeante de la mujer, maulló: tuvo sueños horribles con ratas y perros y otras bestias. Al despertar se deslizó entre las sábanas, lamió los tobillos blancos y dulces y luego, perezoso, mientras los dedos de sangrientas uñas le recorrían el lomo, bebió la leche que la mujer le trajo en el platito.


Pequeños cuerpos

   Los niños entraron a la casa y destrozaron las jaulas. La mujer encontró los cuerpos muertos y enloqueció. Los pájaros no regresaron.


La prueba

   Me miró con lástima cuando le dije que estaba dispuesto a cumplir la prueba de cortar a medianoche una rosa de su jardín. El rumor de la desaparición de sus novios sólo era una calumnia más de las mujeres que envidiaban su hechizadora belleza. Los perros ladraban furiosos, reluciendo sus amenazantes colmillos y tensando hasta el martirio las cadenas, mientras la mujer me conducía de la mano hasta la puerta. Hizo un gesto y los perros escondieron el rabo entre las piernas y se enroscaron como serpientes. 
   Volví a la medianoche, arrojé la cuerda y salvé el muro del jardín. Corté la rosa y entonces los perros me rodearon sin hacerme daño porque ya era uno más, con rabo y colmillos. Mientras me revolcaba de dolor sobre la tierra, entendí que el mensaje de sus ladridos no era de amenaza sino de advertencia, y escuché el llanto de la mujer en el fondo de la casa.


Amantes

   El hombre y la mujer, enloquecidos, se devoraron en la oscuridad. Poco antes del mediodía, distraída y sin prisa, la camarera corrió las cortinas, recogió las prendas desparramadas por el cuarto y las depositó en el bote de los desperdicios. Luego cambió las sábanas.


Mientras mamá lava su cuerpo

   Como todos los domingos, el niño patea la pelota de colores en la calle. La pelota se desliza sobre el cemento mientras mamá hace el amor, sube al andén como una babosa mientras mamá toma la bata y corre a lavarse, se ríe entre las hojas secas mientras el agua envuelve a mamá desnuda y dichosa. El niño la llama, la grita, la mima, y la pelota se niega desde la sombra de los árboles mientras mamá cierra la llave y se embadurna de jabón, entre las hojas secas mientras el agua se lleva el jabón del cuerpo desnudo de mamá. Cuando el niño atraviesa la calle corriendo y mamá sale del baño despacio, el auto ciego lo golpea, mamá deja la bata sobre la cama mientras papá enciende otro cigarrillo, lo avienta descalzo hasta los árboles, mamá escoge su vestido más hermoso para este domingo plácido mientras papá fabrica volutas de humo con dedicación de artesano, hasta un montón de hojas secas, mamá peina perezosamente sus sedosos cabellos mientras papá recuerda los senos de otra, recién vista en el cine, hasta una pelota de colores que disfruta la sombra de los árboles sobre un montón de hojas secas, mamá tararea esa linda canción hasta que papá arroja la colilla y la atrapa por la cintura, hojas secas que se quiebran bajo el peso del pequeño cuerpo, mamá olvida la canción.


Sísifo

   El hombre dio muerte a la mujer y sepultó su cuerpo en el desierto. La tarea le llevó toda la noche. Al volver a casa encontró a la mujer en el lecho, con los ojos perdidos y la mano sin aliento estirada hacia el teléfono. Aunque no tenía que darle muerte de nuevo, el hombre comprendió que gastaría toda la noche sepultando el cuerpo en el desierto, y así todas las noches del resto de su vida.


Todos los textos son tomados del libro "Noticias de la niebla" (2002)



 

domingo, 19 de abril de 2026

417. Darío Fo - In memoriam

    


Darío Fo
   Dramaturgo, actor, director, escenógrafo y compositor, fue una figura singular del teatro europeo del siglo XX. Nacido en Sangiano, Italia, se formó en un ambiente popular donde las tradiciones orales y teatrales dejaron una huella decisiva que se transformó en una poética escénica irreverente, crítica y ligada a la risa como forma de intervención pública. Combinó la farsa, la sátira política, la comicidad corporal y la herencia de la commedia dell’arte. Fo convirtió el escenario en un espacio de denuncia contra los abusos del poder político, judicial, eclesiástico y mediático. Entre sus obras más conocidas están Mistero Buffo (1969) y Muerte accidental de un anarquista (1970). Fue Premio Nobel de Literatura en 1997, por haber reactivado la tradición de los juglares medievales que fustigan a la autoridad y defienden la dignidad de los oprimidos. 
Conmemoramos con esta entrega los cien años de su nacimiento (1926) y los diez años de su muerte (2016). Los siguientes minicuentos son episodios incluidos en Mistero buffo, la obra que consagró internacionalmente a Fo.
* * *

Rosa fresca y olorosa

   La muchacha salió con el cántaro y encontró a un hombre que hablaba como si viniera del cielo, pero insistía demasiado, como todos los hombres. Él le ofreció alabanzas: rosa fresca, ramo de mayo, luna en vestido pobre. Ella lo escuchó con paciencia campesina, forma elegante de desconfiar.
   El mensajero traía noticias altas, casi insoportables: una elección divina, una maternidad imposible, una historia que no parecía caber en ninguna cocina. Pero la muchacha no se dejó vencer por esa música. Preguntó quién respondería por el escándalo, por las vecinas, por el rostro del padre, por la vergüenza cosida a cada delantal.
   Entonces el emisario comprendió que anunciar un milagro no era lo difícil; lo difícil era decírselo a una mujer que conocía el precio exacto de cada murmuración.
   Cuando al fin ella aceptó, no hubo relámpagos. Sólo el pequeño temblor con que una vida entra a otra. El ángel se fue aliviado. La muchacha se quedó con el peso verdadero.


Matanza de inocentes

   Los soldados llegaron de madrugada, cuando las madres todavía soñaban que el mundo era más grande que un decreto. Venían con botas, con metal y con esa obediencia sin pensamiento que vuelve a los hombres peores que las bestias. Buscaban a un niño, pero para encontrar a uno decidieron matar a todos.
   En las calles corrieron pañales, gritos, leche derramada. Una mujer escondió a su hijo en el horno apagado y rezó sin palabras; otra lo disfrazó de niña; otra se sentó encima de la cuna vacía y mintió con el cuerpo entero. Las mentiras de las madres son la última muralla del mundo.
   Uno de los soldados levantó a un bebé por un pie y dudó. Sólo un segundo. Luego recordó el sueldo, el rango, la orden. Y siguió.
   A la tarde, Herodes preguntó si el reino estaba a salvo. Le dijeron que sí. Nadie se atrevió a explicarle que un rey nunca está más en peligro que cuando manda matar a los recién nacidos.


El ciego y el tullido

   El ciego cargaba al tullido sobre los hombros. Uno prestaba las piernas; el otro, los ojos. Parecían un hombre completo, aunque seguían siendo dos miserias mal cosidas. Caminaban entre limosnas y burlas, sabiendo que la compasión alimenta menos que el pan y dura menos que un insulto.
   Un día les dijeron que pasaría un hombre capaz de enderezar huesos, abrir pupilas, cambiar la suerte. Fueron a verlo no por fe, sino por cansancio. La fe es un lujo; el cansancio, en cambio, empuja.
   Cuando el milagro ocurrió, fue un desastre. El tullido bajó al suelo y quiso caminar sin agradecer. El ciego abrió los ojos y vio por primera vez el rostro del compañero: no era noble ni bueno ni hermoso; era apenas otro pobre igual de desesperado. La curación les devolvió algo más cruel que la salud: la cuenta exacta de su antigua dependencia.
   Se separaron discutiendo quién había cargado más al otro. Detrás de ellos, la multitud aplaudía el prodigio. Nadie vio que algunos milagros también rompen.


Resurrección

   En el cementerio había vendedores. Uno cobraba por acercarse más; otro alquilaba banquetas para ver mejor; un tercero aceptaba apuestas sobre si el muerto saldría andando o sólo se sentaría a toser. El pueblo convierte todo en feria, incluso la esperanza.
   Lázaro llevaba cuatro días bajo tierra, el tiempo suficiente para que la tristeza empezara a acostumbrarse a sí misma. Sus hermanas lloraban con esa mezcla de dolor y cansancio que deja la muerte cuando ya hay que organizarla. Entonces llegó el visitante tardío, rodeado de expectativa, polvo y gente.
   Mandó abrir la tumba. Los presentes retrocedieron por respeto, por miedo o por el olor. Dijo unas palabras. Nadie entendió si hablaba al cielo, al cadáver o a la costumbre de rendirse demasiado pronto.
   Y Lázaro salió. No salió glorioso. Salió envuelto, rígido, confundido, como quien regresa de un lugar donde no había oído los aplausos preparados afuera. La multitud gritó ¡Milagro! Lázaro, en cambio, parecía pensar otra cosa: que resucitar está bien, pero lo verdaderamente extraño es volver y encontrar entrada pagada.


María encuentra a las otras Marías

   María corría de un lado a otro como corren las madres cuando todavía creen que llegar a tiempo sirve para algo. En cada esquina preguntaba, en cada puerta buscaba un rostro que le negara la noticia. Nadie quiere saber del todo lo que ya sabe.
   Encontró a las otras mujeres deshechas, con el llanto a medio hacer, como si hubieran comprendido antes que ella que la desgracia no se discute: se acompaña. Dijeron pocas palabras. Las grandes catástrofes hacen inútil la retórica. Bastó un gesto, una mano en el brazo, el nombre del hijo dicho con torpeza.
   María quiso correr hacia el monte, romper el cerco, apartar soldados, morder la madera si era necesario. Las otras la sostuvieron. No para impedirle amar, sino para evitar que el dolor la hiciera caer antes de tiempo. Subieron juntas. Desde lejos ya se veía el lugar. En ese camino no hubo santidad, sólo mujeres. Y acaso eso era más terrible y más digno: ninguna podía salvar al condenado, pero ninguna iba a permitir que la madre llegara sola.


La muerte y el loco

   La Muerte andaba buscando clientes con su puntualidad profesional, pero aquella vez se topó con un loco. El loco no huyó, no rezó, no hizo inventario de pecados. La invitó a sentarse. Ella desplegó su repertorio: huesos, solemnidad, frases finales, reloj irreversible. Él respondió con preguntas inútiles, historias desviadas, carcajadas fuera de lugar. La Muerte, habituada a entrar como sentencia, se encontró convertida en interlocutora, en personaje.
   El loco le contó que los cuerdos mueren un poco antes, cuando aceptan sin protesta la forma del mundo. Ella quiso imponer silencio. Él le imitó el gesto. Ella amenazó. Él la felicitó por el vestuario. Y así, entre torpezas y filosofía de taberna, la fue empequeñeciendo. No la venció, a la Muerte nadie la vence, pero sí la ridiculizó. Cuando por fin se lo llevó, ella salió de escena menos invencible que de costumbre.


Los clavadores

   Los hombres que clavaban tenían oficio, callos, familia, horarios. Medían la madera, probaban el hierro, escupían en la palma para sujetar mejor el martillo. Hacían bien su trabajo. Uno comentó el grosor del clavo; otro discutió el ángulo más limpio para atravesar sin resbalar; un tercero pidió concentración: la ejecución exige técnica. Más que un hombre, el condenado era una tarea urgente, antes del calor del mediodía.
   Cuando levantaron la cruz, contemplaron el resultado con la satisfacción del artesano competente. No pensaban en culpa ni en redención. Pensaban en herramientas, salario, almuerzo. Y justo allí estaba el horror: el mal no siempre ruge. A veces afina procedimientos. A veces se organiza en cuadrilla y conversa de cosas pequeñas mientras fija un cuerpo al madero.
   Al anochecer se fueron a casa. Besaron a sus hijos. Durmieron bien. Los clavos, en cambio, siguieron trabajando toda la noche.
   
   

domingo, 5 de abril de 2026

416. Minicruentos II


Editor invitado: Eduardo Serrano Orejuela


   Reddit es una plataforma social en la que los usuarios envían publicaciones sobre las que otros usuarios pueden votar según sus preferencias. En 2014, el usuario meiguess preguntó "¿Cuál es la mejor historia de terror en dos frases que se te ocurre?". La pregunta tuvo una gran acogida, hasta el punto de que desbordó a otras plataformas y popularizó el subgénero de los minicuentos en dos frases. Presentamos la segunda entrega, con la siguiente selección:


***

   Después del divorcio, juró deshacerse de todo lo que le recordara a su exesposa.
   Miró a su hija y le dijo: “Tienes los ojos de tu madre”.

***

   Todas las noches, mi hijo me pide que revise debajo de la cama.
   Y todas las noches, rezo para dejar de escuchar la voz de mi hijo fallecido, llamándome por debajo de mi cama.

***

   Encontraron su cadáver colgando de un árbol.
   De nuevo.

***

   Desperté con cien dólares en mi bolsillo y una nota.
   “Gracias por el riñón”.

***

   A mis 12 años, fui testigo del asesinato de mi madre cuando un hombre enmascarado le abrió el cráneo con un martillo.
   Pero no fue tan atroz como encontrar la misma máscara en el cobertizo de mi padre.

***

   Como pediatra, a veces pruebo mi estetoscopio en una muñeca de trapo para tranquilizar a mis pacientes más pequeños.
   Hoy, por primera vez, escuché un latido.

***

   Por semanas,  exploramos el bosque y los campos circundantes en busca de la niña desaparecida.
   Imaginen mi sorpresa cuando encontré su cuerpo, despedazado, a kilómetros de donde lo había enterrado.