Bienvenidos a la edición cibernética de la Revista Ekuóreo, pionera de la difusión del minicuento. Hecha en Colombia.
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domingo, 22 de marzo de 2026

415. Antón Chéjov IV

Antón Chéjov - Imagen generada con IA

El estreno

   Un dramaturgo moscovita sufrió un fracaso estrepitoso en el estreno de una obra. Paseando por el foyer y mirando torvamente a su alrededor, el autor encontró un amigo y le preguntó:
   —¿Qué opina usted de mi obra?
   —Opino —respondió el amigo— que usted se sentiría ahora mucho más a gusto si fuera mía.
(1885)


El timo

   En Inglaterra, antiguamente, los criminales que habían sido condenados a muerte disfrutaban en vida del privilegio de vender sus cadáveres a anatomistas y fisiólogos. El dinero que así recibían se lo daban a sus familias o se lo bebían. Uno al que habían pillado en un terrible crimen llamó a un médico al que le vendió su persona por dos guineas, después de mucho negociar. Sin embargo, nada más recibir el dinero se empezó a reír de golpe…
   —¿De qué se ríe? —se sorprendió el médico.
    —Me ha comprado como alguien que debe ser colgado —dijo, riendo, el delincuente—, pero lo he timado: ¡Me van a quemar!… ¡Ja, ja!
(1885)


En un vagón

   —Vecino, ¿no le apetece un cigarro?
   —Merci… ¡Un magnífico cigarro! ¿A cómo la docena?
   —La verdad es que no lo sé, pero creo que son caros, pues son cigarros habanos. Tras la botella de Oeil de Perdrix que me acabo de tomar en la estación, y después de las anchoas, viene bien fumarse un cigarrillo como ese. ¡Puff!
   —Lleva usted un llavero enorme.
   —Mmm… Sí. ¡Trescientos rublos! Y ¿sabe?, después de este cigarro no estaría nada mal beber un vino del Rin. Algo como un Schloss Johannisberg, de ochenta y cinco y medio, a diez rublos… ¿Eh? ¿O un tinto? De tintos, yo suelo beber Clos de Vougeot, o quizá un Clos de Roi-Corton… Pero, si bebemos bourgogne, que sea un Chambertain, número treinta y ocho y tres cuartos. Es el más saludable de los bourgognes.
   —Discúlpeme por la indiscreción, ¿usted pertenece a los grandes terratenientes de la zona o… o es un banquero?
   —¡No! Soy guardia en el depósito de la aduana.
(1885)


Amenaza

   A un señor le robaron un caballo. Al día siguiente, apareció en todos los periódicos el siguiente anuncio:
   “Si no se me devuelve el caballo que me ha sido robado, la necesidad me obligará a recurrir a las medidas extremas que adoptó mi padre en un caso análogo”.
   La amenaza surtió efecto: el ladrón, desconocedor del mal que le amenazaba, pero suponiendo que habría de ser algo horrible y extraordinario, se atemorizó y, sin ser visto, llevó el caballo a la hacienda donde lo robara. El dueño, lleno de júbilo por tan feliz desenlace, decía a sus amigos que le complacía sobremanera no haber tenido que seguir el ejemplo de su padre.
   —Pero, bueno, ¿qué es lo que su padre hizo? —le preguntaron.
   —Ahora lo van a saber: después de que le quitaron el caballo en una posada, él se puso la silla en las espaldas y regresó a casa a pie. Juro que yo habría hecho lo mismo si el ladrón no hubiese sido tan complaciente.
(1885)


El linaje del conde

   Un cacique ruso, el conde Rubets-Otkachalov, presumía siempre de su linaje, asegurando que era de los más antiguos. No contento con los datos históricos y con todo lo que conocía de sus antepasados, anduvo, busca que te busca, hasta que encontró dos viejos retratos arrumbados, en los que se veía a un hombre y a una mujer, y ordenó ponerles al pie: Adán Rubets-Otkachalov y Eva Rubets-Otkachalov.
(1885)


Rara avis

   Un inventor de novelas policiacas le pide a un agente policial:
   —Por favor, lléveme a una guarida de estafadores y vagabundos...
   —Con gusto.
   —Presénteme a dos o tres tipos de asesinos...
   —Eso se puede.
   —Necesito estar así mismo en las guaridas secretas de la perversión.
   Después, el escritor le ruega que le presente falsificadores de monedas, chantajistas, fulleros, damas de corazones, alfonsos1, y a todo el agente responde:
   —Y eso se puede... ¡Todo cuanto quiera!
   —Aún un ruego —hace el inventor al final de todo—: ya que en mi novela yo debo, para el contraste, incluir dos o tres personas de arraigo, le ruego indicarme a dos o tres personas idealmente honradas...
   El agente levanta los ojos al techo y piensa.
   —Hmm... —muge—. ¡Está bien! ¡Pongámonos a buscarlas!
(1886)


Vigilantes

   Al verme junto al baño de mujeres, un viejo me preguntó que por qué estaba sentado ahí. Le respondí:
   —Me aseguro de que no venga cualquier joven y se siente aquí.
   —Pues vamos a vigilar juntos —dijo el anciano, se sentó junto a mí y nos pusimos a charlar sobre la virtud.
(1892)