La Gioconda
Una vez en Barranquilla existió un hombre que dedicó su vida a estudiar el fenómeno de la sonrisa de la Gioconda.
Luego de muchos años de estudio e investigaciones, descubrió que Leonardo no pintó sobre el rostro de la mujer ninguna sonrisa. De su pincel surgió un rostro adusto con ojos del dulce color de las nubes del vino. Es el espectador quien al mirarla y quererla sonríe primero. Ella lo hace después.
(Preguntario, 1989)
De las crónicas del desierto
Y el obeso sultán extraviado en el candente desierto ordenó a un esclavo que se colocara frente al sol para guarecerse a su sombra.
Pero el esclavo era tan flaco que su sombraje fue apenas un hilo alargado sobre las refulgentes arenas. Entonces el sultán con un látigo en una mano y su alfange en la otra, obligó a los demás que avanzaran en un grupo compacto para que lo protegieran del sol calcinante.
Al final el grupo de esclavos se salvó protegido por la enorme y fresca sombra del cuerpo del sultán degollado.
(Puro pueblo, 1977)
Requiescat in pace
Cuando aparecieron los carteles anunciando la muerte de Evelia Gálves, todo el pueblo empezó a sonreír. Cuando salió el ataúd de la iglesia, la muchedumbre estuvo a punto de soltar la carcajada.
La familia Gálvez, la más rica del pueblo, la más ilustre, la más linajuda, la que tenía tanta tierra que sus haciendas llegaban hasta las fronteras de lejanas provincias, representada por una veintena de sus miembros, desfilaba en medio del llanto y de los crespones de luto.
El entierro, precedido por tres sacerdotes con vestiduras negro y plata, avanzaba bajo los acordes de una marcha tocada por una orquesta traída especialmente desde la capital.
Cuando doña Judith de Gálvez dio un alarido de dolor y se desmadejó en los brazos de su hijo mayor, la muchedumbre dejó escapar un coro de risitas nerviosas. La bajada del ataúd al fondo del hueco fue recibida con un murmullo sonrisueño por parte de un grupo de amansadores de caballos. Los curas los miraron con ojos de indignación y elevaron sus voces hasta el paroxismo con el ritual de los difuntos. Cuando Adela Gálvez, la hermana menor, se desprendió de los brazos de su padre y con ojos bañados en lágrimas miró hacia la altura y exclamó: Señor, por qué te la llevaste; hermanita, por qué te fuiste, la multitud rio a mandíbula batiente.
Los curas precipitaron el final de la ceremonia fúnebre y la familia Gálvez desfiló transida de dolor. Y la gente del pueblo hizo del hecho fiestas durante mucho tiempo, pues sabían —desde el principio—, que lo que enterraron aquel día fue un cajón lleno de piedras del río, porque Evelia Gálvez no estaba muerta, sino que se había fugado con José María Sandoval, un camionero que hacía la ruta del páramo.
(Puro pueblo, 1977)
La imagen
El tirano aulló de rabia cuando vio los cuadros pintados por el artista Ramón Colorado. Se dio cuenta de que esas figuras eran peligrosas, que esas imágenes contribuirían a fomentar el desorden público y a soliviantar a obreros y campesinos. Ordenó a su policía secreta que lo eliminara. Ramón Colorado, avisado a tiempo por un trabajador infiltrado en el palacio, pintó con diligencia y sabiduría en las paredes exteriores de su casa, decenas de puertas y ventanas.
Cuando llegaron los asesinos, no supieron cuál era la puerta verdadera y jamás pudieron entrar.
(Puro pueblo, 1977)
De las crónicas de la ciudad
El señor Presidente, olisqueando su pañuelo empapado en agua de lavanda, se paseaba por el mercado público en cumplimiento de la promesa de su campaña electoral, de que cada ocho días se pondría en contacto con el pueblo.
Saltó con agilidad un pequeño charco de agua podrida y se puso a estrechar manos sudorosas y de una aspereza de piedras de volcán.
De pronto, se dio cuenta de que su finísimo reloj de oro había desaparecido.
Se empinó en la punta de sus zapatos de charol y vislumbró el correr desalado de un muchacho.
Con todas las fuerzas de sus pulmones, gritó:
¡Al ladrón! ¡Al ladrón! ¡Agarren al ladrón! ¡Maten al ladrón!
Entonces, la muchedumbre se abalanzó contra el ladrón. Su guardia personal, sólo pudo rescatar un par de ensangrentados zapatos de charol.
(Puro pueblo, 1977)
Fundición y forja
Todo se imaginó Supermán, menos que caería derrotado en aquella playa caliente y que su cuerpo fundido serviría después para hacer tres docenas de tornillos de acero de regular calidad.
(Puro pueblo, 1977)
Chasqui nocturno
Lo había cogido la noche. La lluvia chorreaba por el ala del sombrero y sintió que sus huesos eran estrujados por el helado viento del norte. Hundió las espuelas en los ijares del animal y cabalgó veloz sobre el brío y el dolor. Al filo de la medianoche, frente a la gran puerta de madera desdibujada en la bruma, esperaba al socaire con su entumido caballo. Pronto escuchó un arrastrar de sandalias y el ventanuco se abrió con estrépito, dejando pasar la amarillenta luz de una vela. Fue reconocido por el portero, quién emitió un gruñido amodorrado y abrió la puerta.
—El señor Arzobispo lo está esperando —dijo—. Lo encontrará en la Capilla del Sagrario.
El empapado jinete recorrió los largos corredores ensombrecidos y descendió por una escalera de caracol hasta desembocar en un patio cubierto por un bosquecillo de buganvillas. Al fondo, un vitral de tonos morados horadaba la noche. Entró y descubrió la magra figura del Arzobispo, que oraba con los brazos en cruz, de rodillas sobre las frías losas. Las espuelas restallaron en el silencioso templo, mientras el anciano se erguía apresurado.
—Traigo malas noticias —dijo el jinete.
El arzobispo se estremeció y susurró:
—¿Está muerto?
—Sí. Fue terrible. Todo estaba quemado a cien metros a la redonda. El fuego arrasó parte del bosque. De la casa sagrada no quedan sino cenizas.
—¿Y su caballo? —preguntó el anciano.
—Tampoco pudo escapar. Murió carbonizado.
El arzobispo cayó de rodillas. Alzó sus ojos aguachentos ante la imagen del Resucitado y con la voz quebrada por el llanto exclamó:
—¡Señor! Cúmplase tu voluntad. Tú nos lo diste. Tú nos lo quitaste.
Luego, mirando al jinete desde el fondo de su laguna de lágrimas, musitó:
—Lo presentía. Muchas veces le dije a san Jorge que no se metiera con ese dragón.
(Puro pueblo, 1977)
