Bienvenidos a la edición cibernética de la Revista Ekuóreo, pionera de la difusión del minicuento. Hecha en Colombia.
Comité de dirección: Guillermo Bustamante Zamudio, Harold Kremer, Henry Ficher.

domingo, 19 de abril de 2026

417. Darío Fo - In memoriam

    


Darío Fo
   Dramaturgo, actor, director, escenógrafo y compositor, fue una figura singular del teatro europeo del siglo XX. Nacido en Sangiano, Italia, se formó en un ambiente popular donde las tradiciones orales y teatrales dejaron una huella decisiva que se transformó en una poética escénica irreverente, crítica y ligada a la risa como forma de intervención pública. Combinó la farsa, la sátira política, la comicidad corporal y la herencia de la commedia dell’arte. Fo convirtió el escenario en un espacio de denuncia contra los abusos del poder político, judicial, eclesiástico y mediático. Entre sus obras más conocidas están Mistero Buffo (1969) y Muerte accidental de un anarquista (1970). Fue Premio Nobel de Literatura en 1997, por haber reactivado la tradición de los juglares medievales que fustigan a la autoridad y defienden la dignidad de los oprimidos. 
Conmemoramos con esta entrega los cien años de su nacimiento (1926) y los diez años de su muerte (2016). Los siguientes minicuentos son episodios incluidos en Mistero buffo, la obra que consagró internacionalmente a Fo.
* * *

Rosa fresca y olorosa

   La muchacha salió con el cántaro y encontró a un hombre que hablaba como si viniera del cielo, pero insistía demasiado, como todos los hombres. Él le ofreció alabanzas: rosa fresca, ramo de mayo, luna en vestido pobre. Ella lo escuchó con paciencia campesina, forma elegante de desconfiar.
   El mensajero traía noticias altas, casi insoportables: una elección divina, una maternidad imposible, una historia que no parecía caber en ninguna cocina. Pero la muchacha no se dejó vencer por esa música. Preguntó quién respondería por el escándalo, por las vecinas, por el rostro del padre, por la vergüenza cosida a cada delantal.
   Entonces el emisario comprendió que anunciar un milagro no era lo difícil; lo difícil era decírselo a una mujer que conocía el precio exacto de cada murmuración.
   Cuando al fin ella aceptó, no hubo relámpagos. Sólo el pequeño temblor con que una vida entra a otra. El ángel se fue aliviado. La muchacha se quedó con el peso verdadero.


Matanza de inocentes

   Los soldados llegaron de madrugada, cuando las madres todavía soñaban que el mundo era más grande que un decreto. Venían con botas, con metal y con esa obediencia sin pensamiento que vuelve a los hombres peores que las bestias. Buscaban a un niño, pero para encontrar a uno decidieron matar a todos.
   En las calles corrieron pañales, gritos, leche derramada. Una mujer escondió a su hijo en el horno apagado y rezó sin palabras; otra lo disfrazó de niña; otra se sentó encima de la cuna vacía y mintió con el cuerpo entero. Las mentiras de las madres son la última muralla del mundo.
   Uno de los soldados levantó a un bebé por un pie y dudó. Sólo un segundo. Luego recordó el sueldo, el rango, la orden. Y siguió.
   A la tarde, Herodes preguntó si el reino estaba a salvo. Le dijeron que sí. Nadie se atrevió a explicarle que un rey nunca está más en peligro que cuando manda matar a los recién nacidos.


El ciego y el tullido

   El ciego cargaba al tullido sobre los hombros. Uno prestaba las piernas; el otro, los ojos. Parecían un hombre completo, aunque seguían siendo dos miserias mal cosidas. Caminaban entre limosnas y burlas, sabiendo que la compasión alimenta menos que el pan y dura menos que un insulto.
   Un día les dijeron que pasaría un hombre capaz de enderezar huesos, abrir pupilas, cambiar la suerte. Fueron a verlo no por fe, sino por cansancio. La fe es un lujo; el cansancio, en cambio, empuja.
   Cuando el milagro ocurrió, fue un desastre. El tullido bajó al suelo y quiso caminar sin agradecer. El ciego abrió los ojos y vio por primera vez el rostro del compañero: no era noble ni bueno ni hermoso; era apenas otro pobre igual de desesperado. La curación les devolvió algo más cruel que la salud: la cuenta exacta de su antigua dependencia.
   Se separaron discutiendo quién había cargado más al otro. Detrás de ellos, la multitud aplaudía el prodigio. Nadie vio que algunos milagros también rompen.


Resurrección

   En el cementerio había vendedores. Uno cobraba por acercarse más; otro alquilaba banquetas para ver mejor; un tercero aceptaba apuestas sobre si el muerto saldría andando o sólo se sentaría a toser. El pueblo convierte todo en feria, incluso la esperanza.
   Lázaro llevaba cuatro días bajo tierra, el tiempo suficiente para que la tristeza empezara a acostumbrarse a sí misma. Sus hermanas lloraban con esa mezcla de dolor y cansancio que deja la muerte cuando ya hay que organizarla. Entonces llegó el visitante tardío, rodeado de expectativa, polvo y gente.
   Mandó abrir la tumba. Los presentes retrocedieron por respeto, por miedo o por el olor. Dijo unas palabras. Nadie entendió si hablaba al cielo, al cadáver o a la costumbre de rendirse demasiado pronto.
   Y Lázaro salió. No salió glorioso. Salió envuelto, rígido, confundido, como quien regresa de un lugar donde no había oído los aplausos preparados afuera. La multitud gritó ¡Milagro! Lázaro, en cambio, parecía pensar otra cosa: que resucitar está bien, pero lo verdaderamente extraño es volver y encontrar entrada pagada.


María encuentra a las otras Marías

   María corría de un lado a otro como corren las madres cuando todavía creen que llegar a tiempo sirve para algo. En cada esquina preguntaba, en cada puerta buscaba un rostro que le negara la noticia. Nadie quiere saber del todo lo que ya sabe.
   Encontró a las otras mujeres deshechas, con el llanto a medio hacer, como si hubieran comprendido antes que ella que la desgracia no se discute: se acompaña. Dijeron pocas palabras. Las grandes catástrofes hacen inútil la retórica. Bastó un gesto, una mano en el brazo, el nombre del hijo dicho con torpeza.
   María quiso correr hacia el monte, romper el cerco, apartar soldados, morder la madera si era necesario. Las otras la sostuvieron. No para impedirle amar, sino para evitar que el dolor la hiciera caer antes de tiempo. Subieron juntas. Desde lejos ya se veía el lugar. En ese camino no hubo santidad, sólo mujeres. Y acaso eso era más terrible y más digno: ninguna podía salvar al condenado, pero ninguna iba a permitir que la madre llegara sola.


La muerte y el loco

   La Muerte andaba buscando clientes con su puntualidad profesional, pero aquella vez se topó con un loco. El loco no huyó, no rezó, no hizo inventario de pecados. La invitó a sentarse. Ella desplegó su repertorio: huesos, solemnidad, frases finales, reloj irreversible. Él respondió con preguntas inútiles, historias desviadas, carcajadas fuera de lugar. La Muerte, habituada a entrar como sentencia, se encontró convertida en interlocutora, en personaje.
   El loco le contó que los cuerdos mueren un poco antes, cuando aceptan sin protesta la forma del mundo. Ella quiso imponer silencio. Él le imitó el gesto. Ella amenazó. Él la felicitó por el vestuario. Y así, entre torpezas y filosofía de taberna, la fue empequeñeciendo. No la venció, a la Muerte nadie la vence, pero sí la ridiculizó. Cuando por fin se lo llevó, ella salió de escena menos invencible que de costumbre.


Los clavadores

   Los hombres que clavaban tenían oficio, callos, familia, horarios. Medían la madera, probaban el hierro, escupían en la palma para sujetar mejor el martillo. Hacían bien su trabajo. Uno comentó el grosor del clavo; otro discutió el ángulo más limpio para atravesar sin resbalar; un tercero pidió concentración: la ejecución exige técnica. Más que un hombre, el condenado era una tarea urgente, antes del calor del mediodía.
   Cuando levantaron la cruz, contemplaron el resultado con la satisfacción del artesano competente. No pensaban en culpa ni en redención. Pensaban en herramientas, salario, almuerzo. Y justo allí estaba el horror: el mal no siempre ruge. A veces afina procedimientos. A veces se organiza en cuadrilla y conversa de cosas pequeñas mientras fija un cuerpo al madero.
   Al anochecer se fueron a casa. Besaron a sus hijos. Durmieron bien. Los clavos, en cambio, siguieron trabajando toda la noche.