Bienvenidos a la edición cibernética de la Revista Ekuóreo, pionera de la difusión del minicuento. Hecha en Colombia.
Comité de dirección: Guillermo Bustamante Zamudio, Harold Kremer, Henry Ficher.

domingo, 28 de junio de 2026

422. Animales prosaicos VI


Infinita Moby Dick
   Eugenio Mandrini (Argentina)

   Las islas que en ocasiones emergen del mar, no son islas, son ballenas agotadas por vastas persecuciones y el desahucio de las sales, mientras que los árboles que brillan en sus lomos no son árboles, sino arpones, a veces coronados con un pájaro. Por su parte, los náufragos que arriban a ellas no son más que un Ahab innumerable: el obsesivo plantador de arpones hasta la perpetuidad.
(La vida repentina)


Zoo lógico
   Ricardo Víctor Clerici (Argentina)

   Cuando es cachorro, el tigre es todo amarillo. Las rayas en su piel son marcas de las sombras de la jaula.


Ciervo
   Eduardo Gudiño Kieffer (Argentina)
   
   No te sorprendas cuando encuentres al ciervo en el jardín. El ciervo es asustadizo y tu propia sorpresa puede espantarlo. Sé suave, sé silencioso, sé gentil. Cuando lo veas (será sin duda en un atardecer ocre y rojizo, con nubes como catedrales y rumor de órgano entre los eucaliptos), cuando lo veas, decía, debes simular que no te parece nada extraordinario. Un ciervo en el jardín es la cosa más natural del mundo. Con las manos en los bolsillos caminaras por los senderos de grava, sintiéndola crujir bajo tus pies. Te detendrás junto a las rosas amarillas, pero no cortarás ni una (el menor indicio de crimen puede asustar al ciervo). Cuando estés cerca, muy cerca de él podrás sonreír y extender dulcemente la mano. Los ijares del ciervo temblarán y no tendrás más remedio que volver la mano al bolsillo y dar la espalda al animal, estudiando atentamente el ir y venir de las hormigas por ese caminito que conoces de memoria. El ciervo tiene miedo, un miedo que él mismo ignora pero que desborda de sus tiernos ojos húmedos. Es el mismo miedo que estás sintiendo ya, como unos terribles dedos cariñosos acariciándote la nuca, como unos brazos amantes ciñéndote, como unos labios cálidos posándose en tus hombros y en tu columna vertebral. ¡Mira a las pobres hormigas afanándose locamente por mover un liviano pétalo de rosa! Ahora sabes que el ciervo ya no está. Trata de caminar. Prueba. Verás que lindo es saltar sobre tus cuatro patas ágiles, qué lindo es mirarse en los estanques y descubrirse un gracioso hocico negro y dos grandes ojos tristes y una profusa cornamenta. A lo lejos oirás el cuerno de caza y el furioso ladrar de la jauría. Entonces deberás huir, llevándote contigo al miedo: amado, detestado y perpetuo inquilino.
(Fabulario, Losada, Buenos Aires, 1969)


Pinú, monstruo de agua
   Cultura Desana (Colombia)

   Entre Uacaricuara y Montfort hay un lugar donde había una familia y su puerto estaba sobre una parte profunda del río. Los niños que se bañaban allá, desaparecían. De allí salió pinú, la culebra grande, un monstruo de agua. Ella devoró a los niños. Entonces un anciano consiguió el cacho que se toca en las fiestas y alistó un escudo reforzado con bejucos finos y muy fuerte. Cogió una cuerda larga y la amarró. En un extremo, ató un pedazo grande de balso. Se botó al río y fue devorado. En la panza de la culebra, trancó la boca del estómago para que no entrara agua; se sentó. Entonces la culebra comió tierra para matar al hombre. Era como una lluvia fuerte. Se protegió con el escudo. El palo de balso flotó para arriba y para abajo, pero nadie se daba cuenta. El anciano tocaba el cacho, pero no se oía debajo del agua.
   Entonces la culebra se fue para su cueva, en un hueco entre las rocas. Salió del agua. El palo de balso se quedó quieto. El viejo tocaba su cacho, pero se oía pasito. Cuando la culebra llegó al fin de la cueva, allá estaba el macho. Entonces la gente oyó y cavaron y encontraron la culebra. La abrieron y hallaron al hombre y a todos los niños. El viejo salió muy blanco del frío.
(Dolmatoff-Reichel, Gerardo. Desana, 1986)


La oca
   Anónimo
   
   Irritado por el mal genio de su oca, Nasrudín la llevó al mercado. Allí, un corredor ansioso se ofreció a venderla, a cambio de una comisión.
   —Realmente —contestó Nasrudín—, esta oca está muy lejos de ser excelente. Sisea y bate las alas de manera amenazadora. He llegado a tenerle una enorme antipatía. 
   —¡Calla! —sugirió el corredor—. Vas a desanimar a los eventuales compradores. 
   Y lo llevó a una casa de té cercana. Desde ahí, sentado tomado el té, el mulá escuchó al corredor que exclamaba:
   —¿Quién me dará un precio justo por esta oca hermosa y rellenita? Os aseguro que nunca he visto un ave con un temperamento tan dulce.
   Sin reflexionar, Nasrudín volvió a la subasta y detuvo la venta. Metiéndose la oca bajo el brazo, se dirigió a él disculpándose:
   —¡Qué mal te he juzgado! Vamos a casa.
(El mundo de Nasrudín. Cuentos sufíes - Compilador: Idries Shah)


Ganso
   Ambrose Bierce (USA)

   Ave que suministra plumas para escribir que, gracias a un proceso oculto de la naturaleza, están impregnadas, en distinta medida, de la energía intelectual y el carácter del ganso, de suerte que al ser entintadas y deslizadas mecánicamente sobre un papel por una persona llamada “autor”, resulta una transcripción bastante exacta de los pensamientos y sentimientos del ave. Las diferencias entre un ganso y otro, tal como se manifiestan a través de este ingenioso método, son considerables. Muchos gansos sólo poseen facultades triviales e insignificantes, pero otros son, en realidad, grandes gansos.
(Diccionario del Diablo, 1911)


Los cuervos
   Juan José Arreola, (México)

   ...pero tuvimos un rey, y su nahual era cuervo. Se hacía cuervo cuando quería, con los poderes antiguos de Topiltzin y Ometecutli. Se hacía cuervo nuestro rey, y se iba a volar sobre los sembrados ajenos, entre los cuervos de Sayula, de Autlán, de Amula y de Tamazula. Y veía que todos tenían el maíz que nos quitaron. Y como su nahual era cuervo, supo que los cuervos buscan y esconden las cosas. Y con los poderes antiguos de Topiltzin y Ometeculi, nos enseñó a todos para que nos volviéramos cuervos. Y un año limpiamos las tierras, que todas estaban llenas de chayotillo, de garañona y capitaneja. Limpiamos y labramos la tierra, como si tuviéramos maíz para  sembrarla. Y cuando comenzaron las lluvias, ya para meterse el sol, nos hacíamos cuervos y nos íbamos volando para buscar el maíz que sembraban las gentes de Sayula, de Autlán, de Amula y de Tamazula. Volvíamos cada quien con un grano en el pico, a esconderlo en la tierra de Zapotlán. Pero como nos costaba mucho trabajo encontrar las semillas y todos teníamos ganas de comer maíz, nuestro Rey Cuervo dijo que los que se tragaran el grano por el camino, se quedarían ya cuervos, volando y graznando entre los surcos, buscando para siempre el maíz enterrado. Y muchos de nosotros no aguantaron las ganas y se tragaron el grano en vez de sembrarlo en nuestra tierra. Y ya no volvieron a ser hombres como nosotros.