El hombre, animal lujurioso
Marco Denevi (Argentina)
Al menor descuido de Circe, los amantes se le transformaban en cerdos.
(Falsificaciones, 1966)
La vuelta a casa
José María Merino (España)
El director suele llevar a los visitantes distinguidos al pabellón de los condenados a cadena perpetua, para que escuchen a este hombre contar la historia de su crimen: Mucho tiempo lejos de casa, primero en la otra punta del planeta, días y días de reuniones para intentar entrar en la dichosa fusión, y cuando conseguimos eliminar las resistencias y vencer a nuestros adversarios tuve que recorrer una por una las sucursales, las filiales, las empresas asociadas, evitando todas las asechanzas, unos querían hechizarme con malas mañas, otros pretendían que me quedase, zafándome de los cantos seductores, de quienes me devorarían si pudiesen, de los que quisieran destruirme. Yo estaba a punto de explotar. Llego por fin a casa, de improviso, y me encuentro con que mi mujer ha organizado una fiesta. Al parecer, llevaba montando estas juergas casi desde que me fui, mi casa llena de gorrones bebiéndose mis vinos, comiéndose mis cecinas y mis quesos. Y mi mujer me dice, tan tranquila, que mi hijo se ha marchado por ahí, no sabe a dónde. Subo a mi estudio y me encuentro con que han instalado allí una especie de telar enorme, todo está revuelto, hilos, varillas de madera, tijeras. Exploté, agarré un par de escopetas, una pistola, bajé a la sala y empecé a disparar, estaba tan ciego de ira que también me la llevé a ella por delante. El director no se cansa de escuchar este relato, menuda odisea, exclama una vez más, mientras se aleja por el corredor con los visitantes.
(Después de Troya: microrrelatos hispánicos de tradición clásica, 2015)
Los marineros hechizados
Lion Feuchtwanger (Alemania)
Odiseo les dice a los marineros —hechizados y transformados en cerdos por Circe— que ha encontrado una hierba mágica capaz de deshacer el hechizo y que pronto volverán a ser humanos. Pero los marineros-devenidos-cerdos corren a esconderse a tal velocidad que su ferviente salvador no puede alcanzarlos. Cuando logra finalmente atrapar a uno de ellos y frotarlo con la hierba milagrosa, de esa pelambre surge Elpenor, un marinero como cualquiera, que atacó furiosamente a su liberador:
—¿A qué has venido, granuja entrometido? ¿Otra vez a fastidiarnos y molestarnos? ¿Otra vez a exponer nuestros cuerpos al peligro y a obligar a nuestros corazones a tomar nuevas decisiones? Yo estaba tan contento, podía revolcarme en el fango y retozar al sol, podía engullir y atracarme, gruñir y roncar, libre de dudas y de razonamientos: “¿Qué debo hacer, esto o aquello?”. ¡¿A qué viniste?! ¿A arrojarme de nuevo a mi odiosa vida anterior?
(Ulises y los cerdos: el malestar de la cultura, 1947)
Rehabilitación de Circe
Diego Muñoz Valenzuela (Chile)
La preciosísima Circe estaba aburrida de la simplicidad de Ulises. Si bien era fogoso, bien dotado y bello, la convivencia no daba para más. Solía convertirlo en perro para propinarle patadas, y él sollozaba y le imploraba perdón. Lo transformaba en caballo para galopar por la isla de Aea, fustigándolo con dureza. Lo transmutaba en cerdo para humillarlo, alimentándolo con desperdicios. Volvía a darle forma humana para hacer el amor, y volvía a fastidiarse con su charla insulsa. Por fin lo expulsó del reino, le devolvió su barca y sus tripulantes y lo dotó con alimentos para un largo viaje. “Vete y no vuelvas”, le ordenó con voz terminante al lloroso viajero, “y cuenta lo que quieras para quedar bien ante la historia”. Después sopló un hálito mágico para hinchar la vela de la embarcación.
(Los comprimidos memorables del siglo XXI, 2010)
Penélope
Harold Kremer (Colombia)
Lo que se contó es falso: mi marido nunca llegó. Luego me enteré de que el poeta necesitaba cuadrar bien la historia para atraer a gente del pueblo que se deleitaba escuchándolo y, al final, le regalaban monedas. De eso vivía el pobre ciego. Los dioses esperaban que todo terminara, pues ya llevaba varios años engañando a todo el mundo. Y ya casi no quedaban pretendientes, pues desde mucho antes empecé a envenenarlos. Los invitaba a beber vino con la promesa de que terminaríamos en mi lecho. Y ellos con las ganas que le tenían a la fortuna de la familia, creían que esa era la forma correcta de legitimar el despojo y el robo. Pues, sí, me acosté con algunos para lograr que bebieran la copa envenenada y, luego, con dos de mis más fieles criadas, llevábamos el cadáver afuera de la casa y allí lo apuñalábamos. Cuando averiguaban el motivo de la muerte decíamos que el hombre había bebido y, borracho, peleó con cualquiera de los otros. Como las peleas entre ellos eran reales, los que quedaban vivos recibían la noticia en silencio: en el fondo se alegraban porque cada vez quedaban menos y tenían más posibilidades de apoderarse de todo. A mí me veían tejiendo y tejiendo.
Un día apareció en la casa un pordiosero que venía de parte de Zeus. Me mandaba a decir que dejara de matar a los pretendientes porque estaba torciendo el destino que les habían señalado, y lo que tenía que suceder pues tenía que suceder. Pero a mí me pareció que ese hombre era un falso pordiosero, que también venía por algo de oro o alguna de las propiedades. Ordené a mis esclavos que lo retiraran de mi vista, pero a uno de ellos se le fue la mano y el hombre terminó muerto. Lo cierto es que seguí envenenando a esos hombres repugnantes que perseguían y preñaban a mis sirvientas, mandaron a traer hetairas y convirtieron mi casa en un burdel. Al final, todos murieron. Fue una labor de varios años, pero lo logré. A los dioses les ofrendé toros, corderos, oro y esclavas. Y se fueron olvidando de mí, me dejaron tranquila. Pero luego el poeta del que les hablé, se inventó el cuento de que el pordiosero ese era mi marido disfrazado. La gente empezó a murmurar y los dioses se acordaron de mí. Les pareció que la historia quedaba mejor como la contaba ese fabulador infame y me pusieron este castigo eterno: llevó casi tres mil años tejiendo y destejiendo este maldito sudario que jamás podré terminar.
Las razones de Odiseo
Henry Ficher (Colombia)
Sus compatriotas eran toscos y pésimos compañeros de tragos. Penélope tenía mal aliento. Moría de tedio en las playas rocosas mirando un horizonte lleno de promesas. Cuando partió a Troya, juró que nunca regresaría.
Su largo retorno a Ítaca fue una sola juerga en que pasó de puerto en puerto y de mujer en mujer, hasta que se le acabaron las monedas.
Las historias sobre sirenas, hechiceras, cíclopes y mares desconocidos las inventó durante la travesía. Sabía que tendría que dar explicaciones.
Ítaca
Konstantino Kavafis (Egipto/Grecia)
Cuando emprendas tu viaje a Ítaca
pide que el camino sea largo,
pleno de aventuras y experiencias.
A lestrigones, cíclopes
y colérico Poseidón no temas,
seres tales jamás hallarás en tu camino,
si tu pensar es elevado, si selecta
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al salvaje Poseidón encontrarás,
si no los llevas en tu alma,
si no los yergue tu alma ante ti.
Pide que el camino sea largo.
Que muchas sean las mañanas de verano
en que llegues —con qué placer y alegría!—
a puertos nunca vistos antes.
Detente en los emporios de Fenicia
y hazte con hermosas mercancías,
nácar y coral, ámbar y ébano
y toda suerte de perfumes sensuales,
cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.
Ve a muchas ciudades egipcias
a aprender, a aprender de sus sabios.
Ten siempre a Ítaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Mas no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin esperar a que Ítaca te enriquezca.
Ítaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.
Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado.
Así, sabio y experimentado como te has vuelto,
entenderás ya qué significan las Ítacas.
(1911)
