Bienvenidos a la edición cibernética de la Revista Ekuóreo, pionera de la difusión del minicuento. Hecha en Colombia.
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domingo, 4 de octubre de 2026

429. René Avilés Fabila - A diez años de su muerte

 

El 9 de octubre se cumplen 10 años de la muerte de René Avilés Fabila.
Ekuóreo le rinde este homenaje:

 


Cartelera cinematográfica

LANZA ROTA

   … Es la historia de un cowboy que trata de evitar una sangrienta guerra entre indios y blancos, matando a los primeros.


Vanidad injustificada

   Por más orgullosa que esté una señora de alta sociedad de su costosa piel recién adquirida, ésta nunca es nueva: el animalito la usó antes.


Aviso en la jaula del ave Fénix

   Horario de los funerales y del nacimiento:
   Cada cien años, aproximadamente a las 12:30 del día, se le prende fuego a la canela, el nardo y la mirra que conforman el nido del ave («que es —según palabras de Ovidio— su propia cuna y el sepulcro de su padre»). A las 13:30, luego que las llamas aromáticas han cesado, el Fénix resurge triunfal, con su hermosísimo plumaje dorado y carmesí, de sus propias cenizas.
   Sea usted puntual.


Fragmentos de la bitácora de Noé

   TRIGESIMOSÉPTIMO DÍA
   Anoche, antes de dormir, hicimos un recuento de los animales: por lo pronto el toro está enfermo y las tortugas se niegan a asomar la cabeza: permanecen en sus caparazones sin moverse. Ignoro qué les sucede. Más adelante me aterroricé: olvidé las parejas de pegasos y unicornios, y lo peor: con las prisas —recordemos que tardé cien años en construir el arca— traje dos dragones machos. ¿Se habrá dado cuenta el Señor de este error garrafal o entre tantas especies no notará la desaparición de dos o tres? Mi esposa me recriminó el descuido. Lo calificó de imperdonable. Dios te castigará, Noé, afirmó un tanto asustada. Mi hijo Jafet fue más duro: Esto te pasa por beber mientras trabajas. Esperemos que luego de ésta no te asignen otra tarea más complicada: has puesto en peligro la historia de la humanidad. Siento, pues, que la familia da síntomas de desunión. Sem no reza más. Ojalá no se haga ateo. ¡Uf!, afuera sigue el diluvio.


Lamento tardío

   Trabajé como pocos para ser el escritor más importante de mi época y posiblemente de muchas otras. Lo hice por amor a la literatura, por una necesidad imperiosa de leer y escribir. Obtuve todos los premios literarios posibles, el Nobel incluido. Mis libros fueron editados por millones y fui traducido a las lenguas principales. Docenas de gobiernos me honraron con diplomas, reconocimientos, condecoraciones, dinero, estatuas… Mis novelas fueron llevadas a la cinematografía con el mejor de los éxitos y más de un crítico comparó mis obras con las de Cervantes, Shakespeare, Balzac, Victor Hugo y Tolstoi. Gracias a ello viví de una manera prodigiosa, compré libros raros e incunables y cuadros de las mejores firmas. Tuve residencias en las más bellas ciudades del mundo. No existió quien no me reconociera como a un inmenso autor. Honrado por los lectores y homenajeado por universidades y organizaciones culturales y artísticas, morí en plenitud de la fama, profundamente admirado y respetado. Por dondequiera lamentaron mi fallecimiento y me hicieron conmovedores homenajes. Ahora, aquí, en el Cielo, como un tributo no a mis cualidades literarias sino a mi adecuado comportamiento y religiosidad (¡ocupado en la literatura no pude ser un pecador!), a mi amor por el prójimo (¡cómo ofender a mis lectores!) y respeto a Dios, me aburro y deseo una muerte que implique la total desaparición. En este sitio insufrible nadie, ni siquiera el Creador, lee. A ninguno le importa el arte y jamás he visto un libro desde que llegué al Paraíso.


Racismo celestial

   No vaya usted a preguntarme cómo obtuve tal información, pero el caso es que también en el Cielo hay racismo. Un arcángel, cuyo nombre me reservo, me dijo que en ciertas áreas no permiten la entrada a las personas de color, negro, por supuesto. A san Martín de Porres, por ejemplo, lo echaron de una de ellas, sólo reservada para santos, ángeles y querubines blancos. El pobre peruano salió indignadísimo, blasfemando, blandiendo la escoba como si se tratara de una espada: juraba dar una batalla sin tregua contra la discriminación racial y se fue directo a las zonas marginadas de orientales e indios. Mucho me temo que Dios no lo sabe, porque de saberlo tomaría cartas en el asunto. Sólo que nadie se atreve a decírselo: ¿cómo informarle que no todo en su reino es justo, que a imagen y semejanza de su creación la Tierra hay injusticias e imperfecciones?
   Lo curioso es que, siguiendo los datos de mi informante, al contrario, en el Averno, sí hay igualdad: a pecadores blancos y negros por igual Satanás los somete a idénticos castigos.


No se culpe a nadie de mi muerte

   Rosa María: antes de suicidarme, unas líneas: quiero que sepas todo el odio que por ti siento: antes de abandonarme por un jovenzuelo y de permitir que nuestro hijo muriera sin atención médica, te dedicaste a torturarme de modo sistemático contándome tus infidelidades, una a una, sin omitir detalles. Fuiste, en efecto, una mujer cruel, aprovechaste mi carácter débil para ensañarte, para convertirme en piltrafa. Ahora, lo poco que sé de ti es por amigos comunes; me cuentan que eres feliz dominada por el hombre que amas. El dinero que juntos despilfarran era mi patrimonio; esperaba la vejez sin intranquilidades amparado en ese capital en fuga. Es posible que todo lo perdone antes de levantarme la tapa de los sesos en un acto de valentía desusado en mí. Pero lo que nunca olvidaré es que te llevaste (y todavía no sé para qué) el osito de peluche que siempre estuvo sobre la cama.