El gnomo
Enrique Anderson Imbert
—Alégrate. Tu deseo ha sido otorgado. Escribirás los mejores cuentos del mundo. Eso sí: nadie los leerá.
La bestia
Gabriel Bevilaqua
Se sentó junto a la fogata con el Winchester 66 calado entre los brazos. Pasaría la noche en vela. Si la bestia se atrevía a manifestarse, la llenaría de agujeros. A medianoche, el frío le obligó a liberar una de sus manos del “Yellow Boy” para poner agua a hervir. Cuando su garganta acogía el primer sorbo de café, los arbustos se agitaron. Antes de que la taza tocase al suelo, disparó. Una mano emergió entre el sotobosque acompañada de una súplica. Sin dejar de apuntar, le ordenó a la voz que se mostrase. Al ver a la chica, bajó el rifle. Entre lágrimas, le contó que después de arrojarla su caballo había huido. Hacía horas que deambulaba a merced de la bestia. El hombre no supo cómo disculparse por lo acontecido, pero “Treinta descuartizados en seis meses le meten miedo a cualquiera”, dijo, mientras dejaba el Winchester a un lado para vendarle el brazo. “Treintiuno”, replicó la joven.
La diferencia
Julio Estefan
Después de romper el espejo y asesinar a su dueño, la imagen ocupó su lugar en la casa, con su mujer y sus hijos. En el trabajo nadie notó nada, excepto yo. Hablé primero con nuestros compañeros de la oficina. Luego se lo dije al gerente: “¡No ven la diferencia! ¡Ahora es zurdo! Yo, que lo conozco de la escuela, les aseguro que siempre fue diestro”. Todos me miraban como si me hubiese vuelto loco. Nadie me creyó. Pero ahora comprendo. Escribo esto por si algo similar me sucede. En la oficina hay un número creciente de zurdos.
Guerra total
Orlando Romano
Mutilaban a las mujeres más hermosas de sus enemigos para que no les aventajasen en el arte de la poesía.
Disculpad las molestias
Romina Andrea Barboza
Ante el desconcierto de los nativos, el primer explorador, ni bien descendió de una de las tres carabelas, colocó el siguiente cartel: “Disculpad las molestias, estamos trabajando para vosotros”. Detrás bajaron, con armas y a caballo, las molestias.
Identidades
Ezequiel Wajncer
Era una mujer de espesa imaginación. Por las noches, soñaba que su marido era un agente secreto que la poseía en los baños de un casino en Londres; o, a veces, un corredor de bolsas de Wall Street que la acosaba en la parada de un taxi; o un secuestrador que la raptaba y, en el interior de un auto sucio, le acariciaba la entrepierna.
Él también tenía una imaginación frondosa: a menudo soñaba que su esposa era una colegiala con jumper a la cual montaba en el piso de un aula vacía; o, en ocasiones, una odalisca huyendo del Sultán y pidiéndole refugio a cambio de sexo; o (y ésta era su fantasía mejor) una policía que lo castigaba practicándole un fellatio sin permitirle acabar.
Despiertos, no se reconocían.
Paranoico afortunado
Fabián Vique
Desconfiaba de todo. Del mozo que le servía el café (¿por qué me mira así?), de la niña que bajaba por la escalera de la plaza con un paraguas en la mano (¿un arma?). Decidió abandonar el bar. Miró a todas partes y salió (¿qué está buscando esa mujer con la bolsa?), amagó ir hacia a la derecha y fue hacia la izquierda, estrategia de distracción imprescindible. Caminó por el casco antiguo de la ciudad (hay poca gente, eso parece mejor pero es peor), se detuvo en una tienda de regalos en cuya vereda había un espejo móvil. Sin darse cuenta de que lo que estaba viendo era su propio reflejo, juzgó al personaje definitivamente sospechoso. Desenfundó la 38 y le descerrajó cuatro tiros. Los vidrios estallaron. Del otro lado cayó el sicario que, escondido detrás del espejo, aprontaba su rifle para asesinarlo.
