Bienvenidos a la edición cibernética de la Revista Ekuóreo, pionera de la difusión del minicuento. Hecha en Colombia.
Comité de dirección: Guillermo Bustamante Zamudio, Harold Kremer, Henry Ficher.

domingo, 20 de septiembre de 2026

428. Cosas de Ekuóreo IV

 
La montaña
   Virgilio Piñera (Cuba)

   La montaña tiene mil metros de altura. He decidido comérmela poco a poco. Es una montaña como todas las montañas: vegetación, piedras, tierra, animales y hasta seres humanos que suben y bajan por sus laderas. Todas las mañanas me echo boca abajo sobre ella y empiezo a masticar lo primero que me sale al paso. Así me estoy varias horas. Vuelvo a casa con el cuerpo molido y con las mandíbulas deshechas. Después de un breve descanso me siento en el portal a mirarla en la azulada lejanía. Si yo dijera estas cosas al vecino de seguro que reiría a carcajadas o me tomaría por loco. Pero yo, que sé lo que me traigo entre manos, veo muy bien que ella pierde redondez y altura. Entonces hablarán de trastornos geológicos. He ahí mi tragedia: ninguno querrá admitir que he sido yo el devorador de la montaña de mil metros de altura.
(El que vino a salvarme, 1970)

La historia del sacapuntas
   Úrsula Wölfel (Alemania)

   Una mujer tenía la intención de escribir un gran libro. Se compró un montón de papel, cincuenta lápices y un buen sacapuntas. A partir de hoy su marido y sus hijos sólo hablarían bajo y andarían de puntillas, pues la mujer quería empezar enseguida a escribir el libro. Preparó el papel y afiló el lápiz. Mientras tanto pensaba en la primera frase. Afiló otro lápiz y siguió pensando la primera frase. Afiló el tercer lápiz y todavía pensaba la primera frase. La mujer afiló hasta el final los cincuenta lápices y otros siete mil quinientos doce. No tardó ni tres semanas. Todavía no había escrito la primera frase, pero ya era campeona del mundo en afilar lápices. Salió en el periódico.
(29 historias disparatadas, 2006)


Dios
   Bertrand Russell (Inglaterra)

   En otra ocasión, viviendo en una casita en que no había de noche ningún servidor, soné que había oído que llamaban muy de mañana, en la puerta delantera. Bajé a la puerta delantera vestido con mi camisa de noche —eso ocurrió antes de la moda de los pijamas—, y cuando abrí la puerta me encontré a Dios en el escalón. Lo reconocí en el acto debido a sus retratos. Un poco antes de aquello, mi hermano político, Logan Pearsall Smith, había dicho que se imaginaba que Dios era una especie de duque de Cambridge; es decir, majestuoso aún, pero consciente de encontrarse anticuado. Recordando eso, yo pensé que tenía que ser cariñoso con él, haciéndole ver que sabía perfectamente como tenía que portarme con un huésped, aunque, desde luego, estuviese un poco anticuado. Por eso le di un golpecito en la espalda y le dije: «Entre, viejo». Le gustó mucho verse tratado tan cariñosamente por una persona que Él comprendía que no era de las de su congregación. Después de que hubimos hablado algún tiempo, Él me dijo: «Bien: ¿qué podría hacer yo en favor suyo?». Yo pensé: «Bueno, Él es omnipotente. Me imagino que hay cosas que podría hacer Él por mí…». Y le dije: «Me gustaría que me regalase el Arca de Noé». Se lo dije pensando en que podría colocarla en algún lugar de los suburbios, cobrando seis peniques la entrada, y que de ese modo haría pronto una gran fortuna. Pero su rostro se abatió, y me dijo: «Lo siento muchísimo, no puedo hacer eso por ti, porque se la he dado ya a un norteamericano amigo mío».
   Y ahí terminó mi conversación con Él.
(Por qué no soy cristiano, 1927)


Lúnulas
   Jacques Prevert (Francia)

   Había matado a su mujer y se mordía las uñas frenéticamente mientras esperaba ver crecer imperceptiblemente las de la muerta tendida en el diván.
(Choses et autres, 1972)


Sobre el uso de la cal
   Vladimir Nabokov (Rusia/USA)

   No sé si leísteis en los periódicos, hará un par de años, una noticia sobre un chico y una chica de unos quince años que asesinaron a la madre de ella. Empieza con una escena muy kafkiana: la madre de la chica llega a casa y descubre a la pareja en el dormitorio; el chico golpea a la mujer con un martillo —varias veces— y la saca a rastras. Ya en la cocina, la mujer sigue debatiéndose y gimiendo; y el chico le dice a su novia: «Trae el martillo. Creo que hay que darle más». Pero la muchacha le pasa un cuchillo, y el chico apuñala a la mujer una y otra vez, hasta rematarla… convencidos, quizás, de que están viviendo un tebeo, en donde una persona ve montones de estrellas y signos de admiración cuando la golpean, lo que no le impide reaparecer en el número siguiente. Pero la vida física carece de un número siguiente, y los chicos tienen que hacer algo con el cuerpo de la madre. «¡Ah, cal, eso la disolverá!». Naturalmente —maravillosa idea —, meterán el cadáver en una bañera, lo cubrirán de cal, y ya está. Una vez la madre enterrada en cal (que no surte efecto… quizás porque esta pasada), el chico y la chica se toman varias cervezas. ¡Qué alegría! ¡Qué delicia! Música enlatada. Cerveza enlatada. «Pero no se puede entrar en el cuarto de baño, chicos; está hecho una repugnancia». 
(Curso de literatura europea)


Eustace
   Tanith Lee (Inglaterra)

   Amo a Eustace a pesar de que me lleva cuarenta años, es totalmente mudo y no tiene dientes. No me importa que sea completamente calvo, excepto entre los dedos de los pies, que camine jorobado y a veces se caiga en la calle. Cuando él cree necesario emitir un corto y agudo sonido silbante, morder el sofá, o dormir en el jardín, acepto todo eso como algo bastante normal. Porque lo amo. Amo a Eustace porque es el único hombre a quien no le importa que yo tenga tres piernas.
(The Ninth Pan Book of Horror Stories, 1968)


El chiste
   Søren Kierkegaard (Dinamarca)

   Una vez sucedió que en un teatro se declaró un incendio entre bastidores. El payaso salió al proscenio para dar la noticia al público. Pero este creyó que se trataba de un chiste y aplaudió con ganas. El payaso repitió la noticia y los aplausos eran todavía más jubilosos. Así creo yo que perecerá el mundo, en medio del júbilo general del respetable que pensará que se trata de un chiste.
(Diapsálmata en O lo uno o lo otro, 1843)