Fue un poeta cubano, miembro del grupo Orígenes, considerado una de las voces más delicadas y profundas de la literatura hispanoamericana. Nació en La Habana y dedicó su vida a la poesía, marcada por la memoria, la infancia y la contemplación de lo cotidiano como fuente de asombro. Publicó libros esenciales como En la calzada de Jesús del Monte y El oscuro esplendor. Recibió el Premio Nacional de Literatura de Cuba y el Premio Internacional Juan Rulfo. Murió en Ciudad de México, dejando una obra que sigue siendo celebrada por su lirismo y su capacidad de transformar lo simple en trascendente.
De las sábanas familiares
Estaba tendido en su antigua cama de ébano, frente a la ventana abierta del jardín, entre las sábanas blancas, durmiendo. Lo sabía porque soñaba que estaba así tendido, soñando que soñaba. Despertó luego de caer una eternidad por el hueco de su cuerpo, y, la cara entre las manos ásperas, fue a la ventana por más aire. Una luz añil fogueaba los árboles con sus lentas llamas silenciosas; las hojas metálicas movíanse pesadamente bajo el cuerpo macizo del alba y en el cantero, minerales, coralinos, los tallos delgados del rosal soportaban flores de un feroz azul resplandeciente. Pensó que aquello era extraño. ¿Cómo imaginaba plantas verdes, de un verde apacible? “No entiendo —se dijo— este rojo entrañado de las hojas. Qué raro que no sean verdes”. Y sonriendo propuso que quizás se habría equivocado de sueño. “Me levanto en la otra cama, la del sueño”. Con el aire de quien dispersa sus pesadillas fue a sentarse al borde de su cama, repasando con las manos, ya tranquilizado, la conocida cabecera de piedra, las familiares sábanas cenicientas.
Divertimentos (1946)
De las hermanas
Eran tres viejecitas dulcemente locas que vivían en una casita pintada de blanco, al extremo del pueblo. Tenían en la sala un largo tapiz, que no era un tapiz, sino sus fibras esenciales, como si dijésemos el esqueleto del tapiz. Y, con unas pulcras tijeras plateadas, cortaban de vez en cuando uno de los hilos o, a lo mejor, agregaban uno, rojo o blanco, según les pareciese. El señor Veranes, el médico del pueblo, las visitaba los viernes, tomaba una taza de café con ellas y les recetaba esta loción o la otra. “¿Qué hace, mi vieja?” —preguntaba el doctísimo señor Veranes, sonriendo, cuando cualquiera de las tres se levantaba de pronto acercándose, pasito a pasito, al tapiz con las tijeras. “Ay —contestaba una de las otras—, qué ha de hacer, sino que le llegó la hora al pobre Obispo de Valencia”. Tenían la ilusión de ser las Tres Parcas. Con lo que el doctor Veranes reía gustosamente de tanta inocencia.
Un viernes, las viejecitas le atendieron con solicitud extremada. El café era más oloroso que nunca y, para la cabeza, le dieron un cojincito bordado. Parecían preocupadas y no hablaban con la animación de costumbre. A las seis y media, una de ellas hizo ademán de levantarse. “No puedo —suspiró, recostándose de nuevo. Y, señalando a la mayor, agregó—: Tendrás que ser tú, Ana María”. Y la mayor, mirando tristemente al perplejo señor Veranes, fue suave a la tela y con las pulcras tijeras cortó un hilo grueso, dorado, bonachón. La cabeza de Veranes cayó en seguida al pecho, como un peso muerto.
Después dijeron que las viejecitas, en su locura, habían envenenado el café. Pero se mudaron a otro pueblo, antes de que empezasen las sospechas y no hubo modo de encontrarlas.
Divertimentos (1946)
De Jacques
Llueve en finísimas flechas aceradas sobre el mar agonizante de plomo, cuyo enorme pecho apenas alienta. La proa pesada lo corta con dificultad. En el extremo silencio se le escucha rasgarlo.
Jacques, el corsario, está a la proa. Un parche mugriento cubre el ojo hueco. Inmóvil, como una figura de proa, sueña la adivinanza trágica de la lluvia. Obscuros galeones navegando ríos ocres. Joyas cavadas espesamente de lianas.
Jacques quiere darse vuelta para gritar una orden, pero siente de pronto que la cubierta se estremece, que la quilla cruje, que el barco se escora como si encallase. Un monstruo, no, una mano gigantesca alza el barco chorreando. Jacques, inmóvil, observa los negros vellos gruesos como cables.
“¿Este?”. “Sí, ése” —dice el niño, y envuelven al barco y a Jacques en un papel que la fina llovizna de afuera cubre de densas manchas húmedas. El agua chorrea en la vidriera y adentro de la tienda la penumbra cierra el espacio vacío con su helado silencio.
Divertimentos (1946)
De su noche de gran triunfo
Ligera, soprano ligera. Carmen María Peláez parada en el escenario para cantar su noche de gran triunfo. El empresario de bigotes de aceite y zapatos charolados lo ha garantizado: Caramba, Carmen, gran gala de Beras. Carmen María, corus-cante y joven, cegada por las luces del proscenio, canta. ¡Ah, canta, canta, Carmen, canta! y Carmen muge y trina y se desgarra. Y, con el último acorde, estalla la cálida salva de aplausos. Carmen María se inclina, saluda, envuelta en la ola cálida, se alza. Las luces disminuyen, cede el espeso muro de sombra. La boca enorme del vasto teatro vacío y el empresario, muerto de risa, que da vueltas a la monstruosa araña, al monstruoso aparatito de aplausos. Carmen María quiere escapar, pero se encuentra aprisionada en la reciedumbre de los huesos. Se mira y es una espantosa anciana.
Divertimentos (1946)
Del espejo
Aquella noche, mientras se arreglaba la corbata de etiqueta, pensó por centésima vez si el gran espejo de su escaparate no sería, en realidad, una puerta. Medio en broma, alargó una pierna y no encontró obstáculo. Entró en el espejo de costado, con el gesto inconsciente de quien se desliza. La excesiva solicitud de su imagen debió prevenirlo, pero ¿quién piensa en su imagen a no ser como un sirviente, cuya fidelidad no se discute? Ni siquiera pensó en ello.
Su etiqueta era de invierno, pero en el corredor del espejo hacía un calor sofocante. “Iré hasta el recodo” —se dijo, hasta el recodo que siempre imaginó que ocultaría las vistas distintas y asombrosas. (La coincidencia se agotaría en los dos aposentos: el del espejo y el suyo. Más allá comenzaría el asombro.)
Llegó hasta el recodo y lo dobló, como era su propósito. Entonces vino lo horrible: su imagen, que se había deslizado afuera y lo acechaba oculta detrás del escaparate, alzó la silla y la arrojó contra el espejo. Mientras se astillaba y se venía abajo pareció que la víctima agitaba sus brazos con angustia, allá en el fondo.
El asesino terminó de arreglarse la corbata y se alejó sonriente.
Divertimentos (1946)
Del alquimista
Saben positivamente —los que de tales cosas entienden— que, en la ciudad de Aquisgrán, y a fines de la Edad Media, un judío alquimista halló el secreto de no envejecerse. Fortalecido por su pócima, que le permitiría vivir en todo vigor ciento cincuenta años más que el común de los hombres, dedicó la plenitud de sus días a buscar el secreto de no morirse. Dicen que lo halló y que, desde entonces, oculto en su obscura covacha, tropezado de telarañas y surcado de grueso sudor, busca aquel veneno poderoso sobre todos que le permita, al desgraciado, morirse.
Divertimentos (1946)
Antes de tiempo
Dos o tres lunas después que el behique dio por bueno el entierro del niño, su padrastro llevó el pequeño tesoro de sus pertenencias al borde del barranco, a fin de deshacerse de todo en el vacío que dejaba una breve ausencia de la madre. Era un hombre grande y torpe, aunque no malo, y sólo se proponía abrirle cauce al dolor ya incómodo de ella, que no cesaba de ahondarse ante aquella barrera frágil.
Pero en vez de seguir su impulso, y echarlo todo de una vez al abismo, algo le hizo detenerse un instante en cada cosa. Quizás fuese la extrañeza, nunca bien comprendida, del frío soplando en el crepúsculo real de las palmas; quizás fuese su conciencia reprochándolo. Y lanzó primero la raída piel de jutía, y luego el hacha minúscula, y enseguida, no sin ciertos miramientos, el casi idolillo de barro. ¡Ah, y cómo había sido de holgazán el pequeño muerto, siempre dispuesto a no hacer nada, a trazar, en la Tierra o en la arena, con una ramita seca, aquellas cosas sin sentido, ojos ciegos, flechas quebradas, troncos con alas gigantescas, animales que no eran sino bocas abiertas a uno y otro extremo, nadas! Bien le habían venido sin duda los golpes que le diera con la estaquilla de las siembras, no una sola vez, sino varias. Aunque era cierto que nadie como él hacía vivir el barro en cocodrilos y garzas y aquellos peces ávidos...
Un resplandor último de angustiado naranja quedaba allá bajo el gris extranjero cuando sacó de la cesta la última de las posesiones. La hizo girar entre sus dedos hostiles, azorados, y encogiéndose de hombros la arrojó en un gran arco al abismo, de modo que sobre el agónico naranja se dibujó un instante, nítida, la rueda.
Noticias de la quimera (1975)
