El elefante
Antonio Fernández Molina
Al abrir la puerta me encontré con un elefante. No me preocupó pues creí que era una broma o una alucinación. Pero al cerrar la puerta leí: «Cada vez que abras la puerta verás a un elefante». Sentí que mi vida estaba arruinada. Desde entonces no salgo a la calle y cuando me asomo por la mirilla veo ascender al elefante por el hueco de la escalera.
Arando en la madera, 1975
Mujer madura busca...
Ángeles Mora Álvarez
―Que pase el siguiente ―dijo Medusa sonriendo frente a su nueva galería de arte.
Desaparecer y otros verbos inesperados, 2024
Inquilino
Helena González Sáez
Érase una vez un pulpo que se perdió fuera del agua. Buscando humedades en las que sobrevivir y sin saber dónde se metía, quiso entrar en una mujer que tomaba el sol sobre unas rocas. La mujer le explicó por dónde entrar y cómo. Desde entonces vive en su vientre. Ella es feliz porque el pulpo entra y sale con frecuencia para escucharla cantar y contar cuentos.
Misterios, 2018
Matrimonio
Eduardo Cruz Acillona
Voy a la cocina y veo a mi mujer preparando con mimo un bizcocho. No la quiero molestar y me voy al salón. Allí está mi mujer, sentada en el sofá, arropada con su manta y viendo una teleserie. No la quiero molestar y me voy al cuarto de baño. Allí está mi mujer, acicalándose. No la quiero molestar y me voy al dormitorio. Allí está mi mujer, echando la siesta con una sonrisa en la boca. No la quiero molestar y me voy al Hogar del Jubilado a preguntarles a otros viudos si a ellos les pasa lo mismo.
Beernes, 2020
Oebiana
Sergio Bollao LLop
Para verificar que venía siguiéndome, ensayé itinerarios imposibles. Así, ejecutamos con precisión idénticos vaivenes, idénticas elipses, recortes y tirabuzones. Recorrimos extraños vericuetos, laberintos y desiertos. Inventamos rutas, estaciones y nombres de ciudades.
Como era previsible, nos perdimos; y lo que es peor: Después de tantas vueltas inútiles, ya ni siquiera sabemos quién es el perseguido y quién el perseguidor, ni qué motivó esta situación, ni adónde nos dirigimos.
El alba sin espejos, 2013
Flechazo
Javier Puche
Fue un flechazo. Yo estaba distraída, pensando lánguidamente en algo superfluo, cuando su mano comenzó a recorrer mi espalda. Me estremecí. Nadie me había acariciado antes con tanta destreza. Luego me alzó con sus fornidos brazos para olfatearme delicadamente. Reconozco que su osadía me volvió loca.
Poco faltó para que copulásemos en público. Por fortuna, logramos contenernos hasta llegar a su casa. No hubo preámbulos. Nada más entrar, me condujo al lecho y empezó a devorarme. Fueron tres horas que jamás olvidaré. Una comunión insólita que trascendía lo meramente físico. Pero la dicha fue breve.
Tras la cópula febril, me llevó a la biblioteca y, sin apenas despedirse, me puso en uno de los anaqueles, donde llevo meses esperándole, quizá años.
No me resigno: sé que volverá conmigo. Aunque deploro que Lolita y Madame Bovary (esas dos casquivanas con quienes comparto anaquel), me miren siempre con tanta sorna.
Más cuentos para sonreír, 2011
El móvil
Juan José Millás
El tipo que desayunaba a mi lado, en el bar, olvidó un teléfono móvil debajo de la barra. Corrí tras él, pero cuando alcancé la calle había desaparecido. Di un par de vueltas con el aparato en la mano por los alrededores y finalmente lo guardé en el bolsillo y me metí en el autobús. A la altura de la calle Cartagena comenzó a sonar. Por mi gusto no habría descolgado, pero la gente me miraba, así que lo saqué con naturalidad y atendí la llamada. Una voz de mujer, al otro lado, preguntó: "¿Dónde estás?". "En el autobús", dije. "¿En el autobús? ¿Y qué haces en el autobús?". "Voy a la oficina". La mujer se echó a llorar, como si le hubiera dicho algo horrible y colgó. Guardé el aparato en el bolsillo de la chaqueta y perdí la mirada en el vacío. A la altura de María de Molina con Velázquez volvió a sonar. Era de nuevo la mujer. Aún lloraba. "Seguirás en el autobús, ¿no?", dijo con voz incrédula. "Sí", respondí. Imaginé que hablaba desde una cama con las sábanas negras, de seda, y que ella vestía un camisón blanco, con encajes. Al enjugarse las lágrimas se le deslizó el tirante del hombro derecho, y yo me excité mucho sin que nadie se diera cuenta. Una mujer tosió a mi lado. "¿Con quién estás?", preguntó angustiada. "Con nadie", dije. "¿Y esa tos?". "Es de una pasajera del autobús". Tras unos segundos añadió con voz firma: "Me voy a suicidar; si no me das alguna esperanza me mato ahora mismo". Miré a mi alrededor; todo el mundo estaba pendiente de mí, así que no sabía qué hacer. "Te quiero", dije, y colgué. Dos calles más allá, sonó otra vez: "¿Eres tú el imbécil que anda jugando con mi móvil?", preguntó una voz masculina. "Sí", dije tragando saliva. "¿Me lo vas a devolver?" "No", respondí. Al poco lo dejaron sin línea, pero yo lo llevo siempre en el bolsillo por si ella volviera a telefonear.
Cuentos de adúlteros desorientados, 2003
