Bienvenidos a la edición cibernética de la Revista Ekuóreo, pionera de la difusión del minicuento en Colombia y Latinoamérica.
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domingo, 22 de septiembre de 2019

245. Sirenas IV


El amor de las sirenas
   Wilfredo Machado

   Una de las sirenas había seguido el Arca durante varios días a través de un mar tempestuoso que prometía echar a pique la frágil embarcación a la menor falsa maniobra. A veces perdía el rastro, para luego, más adelante, encontrarlo en algún pez muerto que devoraba con fruición de un solo bocado, o en el vuelo lejano de un grupo de gaviotas que acompañaba al Arca en su ruta desconocida. Ella pensó que era como una cáscara de nuez a la deriva, o una tortuga flotando muerta, dormida en el océano.
   La noche de la tormenta, al noveno día, Noé pensaba en la sirena mientras finalizaba sus notas. Recordaba los ojos huidizos que comenzaban en aquel momento a hundirse en el agua y que sabía perdidos para siempre. La memoria era un débil coleóptero sobrevolando la escasa luz del candil, una máscara gastada por el tiempo y arrojada a la calle. Recordó, como en un sueño, a un grupo de mujeres vendidas, durante una subasta pública, la noche del gran incendio de Alejandría. Recordó a otras que había poseído en la intimidad de una alcoba a las orillas del Tana, a otras que nunca conocería, porque sus días estaban contados como las estrellas del cielo.
   Lo último que sintió, al apagarse el candil y ser arrastrado por la tormenta al fondo del agua, fue la mirada más triste del mundo a su lado, la cabellera de algas verdinegras, las manos húmedas que lo desnudaban en el silencio de las profundidades y unos diminutos dientes de pez que comenzaban a devorarlo despacio, casi amorosamente.
(2003 - Libro de animales)


Huevos de sirena
   Ana María Shua 

   Las sirenas cantan, cantan sin cesar, mientras duermen, mientras copulan. Algunas fingen el orgasmo con una nota agudísima que desconcierta a los tritones. A pesar de ser obviamente mamíferas, son también ovíparas, como los ornitorrincos. Siempre cantando, acuden por millares a desovar en los arrecifes, en esos espacios de tiempo que los seres humanos no alcanzan a percibir (tal como no oyen ciertos sonidos, o no distinguen ciertos colores). Anidan entre las rocas, aprovechando los huecos naturales que tapizan con algas, líquenes y musgo. Los huevos son grandes, tornasolados y emiten un zumbido melodioso: parecen cajitas de música. Algunos son el resultado del apareamiento entre las sirenas y los tritones y de ellos nacen seres de su propia especie. Otros provienen de las relaciones entre las sirenas y los ahogados, que eyaculan en el momento de la muerte. Estos huevos híbridos resultan, en su mayoría, estériles.
(2004 - Temporada de fantasmas)


La última sirena
   Diego Muñoz Valenzuela

   La sirena se había descuidado en las últimas centurias: estaba rolliza, desgreñada y hosca. Uno que otro bergantín, capitaneado por algún trastornado y bajo el imperio de la neblina, caía en su hechizo precario. Cuando el infortunado se percataba del mayúsculo error, ya era tarde: estaba encima de los arrecifes y los tritones comenzaban a dar cuenta de la carga interesante.
   De tanto en vez, la espantosa sirena se encaprichaba con algún tripulante y los tritones lo arrojaban ante su cola escamosa y desvencijada. Lo convencían de hacerle la corte a cambio del perdón de la vida, promesa vana, de falsedad absoluta, que jamás se cumplió. A la ignominia de la posesión de la sirena senil se agregaba la muerte.
   El negocio iba de mal en peor y la banda se empobrecía. Más de una vez un tritón propuso conseguir una sirena encantadora, pero los mayores le hacían ver que ya no las había. Al fin la criatura feneció y a poco nadar los aburridos tritones siguieron su ejemplo.
(2007- De monstruos y bellezas)


La sirena
   David Lagmanovich

   En la alta noche, en el rigor del verano, desnudo sobre las sábanas que ya no se soportaban, tendí la mano hacia el costado en busca del muslo de mi amada. Mis dedos se deslizaron sobre una superficie escamosa, húmeda y muy fría. De un salto corrí hacia el interruptor y encendí la luz. Al volverme descubrí la cara, el cuello, los hombros y el comienzo de los senos de mi mujer, que me dirigía una sonrisa cómplice. El resto era lo que comenzaba a sospechar: el cuerpo de una sirena venida de quién sabe qué profundidades del mar o de los sueños. “¡María, María!”, alcance a balbucear con voz trabada por la congoja y el pánico. “Sí, soy yo”, respondió el ser monstruoso. “No te preocupes. Vuelve a dormirte y recobraré la forma bajo la cual me conoces. Eso sí, por favor apaga la luz”.
(2007 – Los cuatro elementos)


Duelos
   Raúl Brasca

   La monstruosa sirena griega posó sus garras sobre la roca que emergía del agua, plegó las alas y comenzó a cantar. La barca puso proa hacia ella.
   Una sirena diferente, con una poderosa cola de pez, surgió del mar a popa y se tendió en otra roca no muy distante. Era hermosa y tenía pechos grandes. Sus cabellos verdes resplandecían al sol. Cuando hizo oír su canto, la barca invirtió el rumbo y fue a su encuentro.
   La griega no se arredró. Ella pertenecía al aire y el aire produjo una brisa suave que llenó con su voz los oídos de los tripulantes y llevó lejos la de su rival. Los remeros bogaron de nuevo hacia la emplumada, aunque por poco tiempo, porque el mar respondió con una corriente que orientó la nave otra vez hacia la bella.
   Fue así como el duelo de sirenas se hizo duelo de elementos.
   Cuando la barca amenazaba ir hacia la griega, la corriente se volvía más vigorosa y no la dejaba avanzar. Cuando parecía desplazarse en el sentido opuesto, un vendaval frenaba las olas. Pasaron los días. Los remeros, hambrientos y exhaustos, languidecían sin lograr que la nave se desplazara. Las dos sirenas, fieles a sus dioses tutelares, seguían cantando. Cantaron sin cesar hasta mucho después de la muerte del último tripulante. Sólo cuando la vejez y el ajetreo del viento y el agua hundieron la barca, la griega remontó vuelo y la bella volvió a las profundidades. Sin embargo, sus voces mágicas aún resuenan en ese lugar.
(2012 - Las gemas del falsario)


Sireno
    María Paz Ruiz

   Encontré un sireno en la Plaza de la Aduana. Ya sé que suena extraño, porque los sirenos no caminan, pero éste se pone tennis en las aletas y se va andando a la universidad. Yo me pregunté qué hacía una criatura como él en el ajetreo de esta ciudad y él, comiéndose una arepa de huevo, me reveló su secreto: algunos sirenos están saliendo a la tierra. No son engendros nucleares ni radioactivos. Me revela que escapan del océano porque han caído enamorados de una mujer, y que no se quedan en el mar porque las sirenas están escasas; desde hace un año empezaron a extinguirse por culpa de los mismos de siempre.
   Sin contarle a nadie he decidido matricularme en la misma materia que el sireno: “Feminismo en la Posmodernidad”. ¿Puede haber algo más bello que un sireno estudiando este tema? —le digo a Elva y a Cristina, mis amigas de los viernes.
   No habló mucho en clase. Cerró sus apuntes y me invitó a su casa. Me sirvió un jugo de tamarindo y se quitó los zapatos.
   Ya sé curarle las heridas de las aletas con baños de naranja y me enloquece el olor de su cuerpo recalentado por los jeans. ¡Tan apetecible! Me hizo llorar de emoción cuando me reveló que estaba enamorado de mí. Mi sireno es hermoso.
   Hoy es mi cumpleaños y vendrán siete amigas a cenar. Iré al supermercado con lo que he apuntado en la lista:

   5 cabezas de ajo
   3 limones
   pimienta o mostaza
   un cuchillo afilado
(2013 - MICROSCOíPICOS)


[Sin título]
   José Luis Zárate

   El amor de las sirenas siempre es profundo.
(2013)