Textos adaptados del libro "El desfile nocturno de 100 demonios".
Basado en investigación de textos centenarios.
Redactado e ilustrado por Matthew Meyer.
Garappa
Espíritu del agua que habita en Kyushu, la isla más meridional del archipiélago japonés. Aunque es pariente cercano del Kappa, tiene diferencias: sus extremidades son más largas, de modo que, al sentarse, sus rodillas le llegan hasta la cabeza. Su rostro se ve más alargado y afilado. Tiende a evitar las zonas pobladas. Vaga principalmente entre ríos y montañas, viviendo en pequeñas comunidades o en solitario. Se le oye con más frecuencia de lo que se le ve. Tiene dos llamadas distintivas: hyö, hyō y fun, fun, fun. Son bromistas y traviesos, les encanta sorprender a los viajeros en los senderos de montaña y hacer que se pierdan. Poseen una fuerza notable que les permite derrotar a hombres adultos mucho más grandes. Les apasiona la lucha de sumo, en la que sobresalen, y exhiben una agresividad sexual considerable que los ha llevado a cometer actos de violencia contra las mujeres.
Si un humano los captura, les puede obligar a jurar que nunca más ahogarán a nadie, y dejarán de hacer travesuras o ruido en cualquier lugar. A lo largo de los siglos, las comunidades sintoístas que los veneran han logrado obtener de ellos la promesa de no causar daño, por lo que sus ataques han disminuido gradualmente. A veces se ponen al servicio de los humanos, pescando para ellos o cultivando arrozales. Se dice que los antiguos habitantes de Kyūshū también aprendieron de los Garappa el arte de preparar cataplasmas medicinales.
Aunque es bastante raro, el apareamiento entre yōkai y humanos es posible. Existen relatos de mujeres violadas por criaturas sobrenaturales, e incluso historias de relaciones sexuales consensuadas. Los humanos y los yōkai pueden tener hijos, y éstos a veces poseen poderes extraordinarios que revelan su naturaleza sobrenatural. Pero también hay casos desafortunados: en Kagoshima, una mujer violada por un Garappa fue devorada desde dentro por el fruto de su concepción. Según el relato, la criatura emergió del estómago de la madre en una visión espantosa, y cuando los horrorizados aldeanos intentaron prenderle fuego, se desvaneció en el aire.
Hyōsube
Humanoide bajo y peludo que se encuentran en el oeste y el sur de Japón. Son bajos, con cráneo calvo, garras afiladas y una hil era de dientes afilados que sobresalen de una sonrisa malévola. Su nombre deriva de su grito, hyo hyo, pero los ideogramas en los que se escribe hablan de belicosidad.
Viven cerca de los ríos, donde se abastecen de pescado fresco. Generalmente, se mantienen alejados de los humanos. Su comida favorita es la berenjena, de la cual pueden devorar una plantación entera en un instante. Caprichosos e insolentes, los Hyōsube son también extremadamente peligrosos. Con sólo mirarlos, se puede contraer una fiebre terrible y contagiosa, capaz de convertirse en epidemia. Contagiosa también es su risa fuerte y maliciosa: quien la oiga y se una a la risa contraerá la fiebre y morirá en cuestión de horas.
Su piel, cubierta de un pelaje que se desprende constantemente, es una gruesa capa de pelo grasiento que acumula polvo, grasa y suciedad; por esto, no hay nada que esta criatura desee más que colarse en una casa por la noche y meterse en la bañera. Cuando encuentra una que le gusta, regresa cada noche, dejando tras de sí mucho pelo y un hedor terrible. En una ocasión, el dueño de una de esas casas vació la bañera y quitó el pelo y la suciedad. Pero el Hyōsube se enfureció tanto que mató a su caballo la noche siguiente. Otro hombre, al vaciar la bañera, provocó que algunos pelos salieran volando y cayeran sobre un caballo cercano, que se desplomó al instante. En otra historia, una mujer vio a un Hyōsube asaltando sus plantas de berenjena en el jardín. A la mañana siguiente, encontró todo su cuerpo morado y murió poco después.
Son venerados en los santuarios sintoístas como deidades de la guerra, en reconocimiento a los servicios militares que prestaron a los aldeanos. Los agricultores suelen dejar las primeras berenjenas de la cosecha como ofrendas, con la esperanza de que sus campos se salven durante el resto del año. Quienes no dejan una ofrenda pueden ver sus cultivos pisoteados.
Tatsu
Son similares, en apariencia, a los dragones de otros países. Tienen un cuerpo alargado y escamoso que termina en una cola de serpiente, colmillos y garras afiladas, a menudo con cuernos, a veces ramificados, espinas y barba. Algunos tienen múltiples extremidades o cabezas. Muchos adoptan forma humana y nunca se muestran en su verdadera forma. Pueden devorar cualquier cosa.
Están íntimamente ligados al agua, ya sea lluvia, ríos, mares u océanos, hasta el punto de ser considerados deidades acuáticas. Habitan espléndidos palacios en las profundidades del mar u otros lugares inaccesibles. Se mantienen alejados de las comunidades humanas, aunque pueden morar cerca de un templo budista. Como los dragones occidentales, acumulan enormes tesoros y poseen poderosos amuletos mágicos. Algunos son perversos y torturan a los humanos por pura maldad; otros son bondadosos y ofrecen su poder y sabiduría a quienes se lo solicitan. Algunos héroes nobles incluso logran visitarlos, y un valiente guerrero puede recibir un amuleto mágico.
Los Tatsu se interesan por los asuntos humanos sólo si los afecten directamente. Aceptan ofrendas y sacrificios: muchos templos cuidan tierras consagradas a un dragón local, y muchos japoneses realizan peregrinaciones a las montañas sagradas donde habitan. Dirigen a los Tatsu oraciones para pedir lluvia, para evitar inundaciones y otras peticiones relacionadas con el agua. En todo el archipiélago, se celebran festivales con fuegos artificiales, danzas tradicionales y otras ceremonias en honor a estas deidades.
Es una de las criaturas sobrenaturales más antiguas de Japón: se menciona en longevas crónicas históricas y mitológicas. Fusiona leyendas del Long chino y el Naga indio con las deidades acuáticas autóctonas.
La familia imperial japonesa cuenta entre sus fundadores a un dragón: el legendario emperador Jimmu, quien la fundó en el año 660 a. C., era hijo de Toyotama Hime, quien a su vez fue concebida por Ryūjin, el dios dragón del mar. Por lo tanto, el emperador japonés desciende de un dragón.
Koma inu
Su tamaño varía: desde el de un perro pequeño hasta el de un león, y debido a su parecido con ambas criaturas, a menudo se le denomina “perro león”. Posee un cuerpo fuerte y musculoso, una melena espesa y rizada, cola, colmillos y garras afiladas. Algunos ejemplares, aunque relativamente pocos, tienen un gran cuerno en la cabeza, similar al de un unicornio. Habitan en santuarios, templos y lugares sagrados y son carnívoros.
Nobles y feroces, los Koma inu sirven como perros guardianes. Se colocan en entradas y puertas para alejar el mal. Siempre van en parejas, macho y hembra, y se cree que la hembra protege a los ocupantes del edificio, mientras que el macho protege el edificio en sí. Casi siempre están presentes en la entrada de los santuarios sintoístas, e incluso a veces en el interior, protegiendo los edificios principales. Generalmente, uno de ellos tiene la boca abierta como si rugiera, mientras que el otro tiene las mandíbulas apretadas. Simbolizan los principios opuestos de la vida y la muerte, o el yin y el yang. El que tiene la boca abierta pronuncia el sonido ‘a’, mientras que el que tiene la boca cerrada pronuncia el sonido ‘om’ (‘un’, en japonés), la primera y la última letra del alfabeto sánscrito, emblema del principio y el fin de todas las cosas (alfa y omega en la tradición occidental).
Los Koma inu llegaron a Japón a través de Corea, procedentes de China, que a su vez los adquirió de la India. En China, adquirieron significados simbólicos vinculados a las filosofías dhármicas indias y recibieron el nombre de shishi, que significa león guardián. Este término también se usa con frecuencia en Japón, pero sólo para referirse al que tiene la boca abierta. El término Koma inu se usa siempre para el otro, y para la pareja en su conjunto.
Koma inu, Tatsu y, en general, los bestias sagradas japoneses suelen representarse con gemas o esferas decorativas en la boca o en las garras, signos de las joyas de la sabiduría, un tema característico del arte budista. Es un símbolo de vida y vitalidad, e imagen de una pureza perfecta.
Onibi
Uno de los tipos más peligrosos de yōkai de bola de fuego, los onibi son un fenómeno fascinante, pero mortal. Se encuentran entre los fuegos fatuos más perniciosos. Sin duda, merecen su nombre, compuesto por los ideogramas de fuego y demonio. Se presentan como llamas azuladas (más raramente rojas o amarillas) que varían en tamaño de tres a treinta centímetros y aparecen en grupos de veinte o treinta, flotando a la altura de los ojos. Suelen aparecer, durante la primavera o el verano, en entornos naturales (prados, bosques, costas), pero también en cementerios, sobre todo en días lluviosos.
Están presentes en todo Japón. En algunas zonas, se manifiestan con los rostros y las voces de las víctimas a quienes han robado su energía vital, que constituye su alimento. En Okinawa, se cree que adoptan la forma de pequeños pájaros.
Los onibis no generan mucho calor, pero representan un peligro diferente. Cualquiera que se acerque demasiado es envuelto por un enjambre de decenas de pequeñas llamas que le roban la energía vital. Pronto, la víctima no es más que un cascarón vacío abandonado en el suelo. Por la noche, los onibis pueden confundirse con faroles lejanos, y se sabe que algunos viajeros han desaparecido en el bosque tras seguir sus luces fantasmales. Por lo tanto, quienes se encuentren en movimiento deben tener cuidado de no perderse y morir.
Los onibis emergen de los cadáveres de humanos o animales. Se desconoce su origen: a veces aparecen, a veces no. Se cree que el resentimiento o la malicia intensos pueden ser la causa. Son similares a los fuegos fatuos europeos.
Diversos yōkai se manifiestan como llamas luminosas. No es fácil distinguir entre Onibi, Kodama, Hitodama, Kitsunebi y las muchas otras variantes. Aunque aparentemente similares, cada uno tiene su propio origen y características. Algunos no tienen mente, mientras que otros son inteligentes; algunos son inofensivos, otros letales. Independientemente de sus diferencias, todos estos yōkai se agrupan bajo la categoría de Hi no tama, que literalmente significa “bolas de fuego”.
Kodama
En lo profundo de los bosques que cubren las montañas de Japón, el alma de un árbol puede transformarse en un kodama. Estos espíritus vagan alrededor de su árbol huésped, cuidando el bosque circundante y protegiendo el equilibrio de la naturaleza. Rara vez se les ve, pero se les oye con más frecuencia: cuando un eco tarda unos instantes más de lo normal en regresar, podría tratarse de un kodama. Cuando aparecen, los kodamas se presentan como tenues esferas luminosas distantes, o a veces como diminutas figuras cómicas, vagamente humanoides.
Viven en simbiosis con el árbol huésped. La energía vital del Kodama está estrechamente ligada a la del árbol en el que vive: si uno de los dos muere, el otro no sobrevive.
Los Kodama son venerados como deidades de los árboles y protectores de los mismos. Los bosques dan vitalidad a las tierras que los rodean, y cuando los aldeanos encuentran un árbol habitado por un kodama, lo honran marcándolo con una cuerda sagrada especial llamada shimenawa. Si un árbol antiguo sangra al ser talado, se cree que está habitado por un kodama. Cortar árboles centenarios se considera una ofensa grave, que probablemente atraiga una poderosa maldición sobre la comunidad, la cual puede caer rápidamente de la prosperidad a la ruina.
Kijimunā
El Kijimunā sólo se encuentran en el archipiélago de Okinawa. Es una criatura élfica que habita en los altos árboles de banyan, característicos de las islas Ryukyu. Son tan altos como niños, con un cabello castaño espeso y rebelde y piel rojiza. Visten faldas hechas de hierba y hojas y se desplazan dando saltos en lugar de caminar. Aunque conservan una apariencia infantil incluso en la edad adulta, los machos son conocidos por sus testículos grandes y prominentes.
Gracias a sus destrezas en la pesca y la natación consiguen su manjar favorito: cabezas de pescado, especialmente de pez banana, típico de Okinawa. Les encantan sobre todo los ojos de pescado, especialmente el izquierdo. Cuando los habitantes de Ryukyu encuentran restos de pescado sin ojos, los consideran los restos de algún festín de algún gourmet de Kijimunā.
Se casan y forman unidades familiares donde crían a sus hijos. En raras ocasiones, se casan con humanos. Albergan un sinfín de miedos y prejuicios: por ejemplo, aborrecen las gallinas y las ollas, y les repugna enormemente la flatulencia; pero lo que más odian es al pulpo, despreciado y temido a la vez, al que evitan a toda costa.
En muchos aspectos de la vida diaria imitan a los humanos. A menudo ayudan a los isleños con la pesca u otras actividades a cambio de una comida caliente. Una vez que un Kijimunā entabla amistad con un humano, es para toda la vida: suelen regresar con su familia adoptiva, incluso durante las vacaciones.
Un Kijimunā sólo ataca a un humano si se lo provoca. Una forma segura de provocar su ira es talar el árbol en el que vive. Herido por este acto, puede matar, sabotear barcos para que se hundan en alta mar o atrapar a la persona en un árbol hueco del que no pueda escapar; también puede comprimirle el pecho mientras duerme o apagarle las luces por la noche. Una vez que se ha ganado su enemistad, no hay esperanza de apaciguarla.






