Bienvenidos a la edición cibernética de la Revista Ekuóreo, pionera de la difusión del minicuento en Colombia y Latinoamérica.
Comité de dirección: Guillermo Bustamante Zamudio, Harold Kremer, Henry Ficher.

36. Féminas de ficción I




La original, no la de Disney (parte I)
   Los Perrault (padre e hijo)

   Siete hadas, madrinas de la princesita recién nacida, le regalaron belleza, angelicalidad, gracia y habilidad para la danza, el canto y el tañido de instrumentos. Otra, que no había sido invitada, le regaló una maldición: moriría pinchada por un huso. Un hada no puede eliminar los hechizos de otra, pero sí reducir sus efectos: una de las siete anunció que, tras el pinchazo, la princesa sólo dormiría cien años, al cabo de los cuales podría ser despertada por un príncipe.
   El rey prohibió el uso del huso. Pero una anciana, en lo alto de un torreón del castillo y ajena a la prohibición, tejía. Hasta ahí llegó a pincharse la atolondrada princesa. En vano intentaron reanimarla. La pusieron en un aposento especial, sobre una cama bordada en oro y plata. Sus colores continuaban intactos: sus mejillas eran encarnadas y sus labios como el coral; tenía los ojos cerrados, pero se la oía respirar suavemente.
   Para que la princesa no se sintiera confundida al despertar, el hada durmió todo en palacio e hizo crecer a su alrededor una fronda infranqueable.
   A los cien años, un príncipe andaba de caza y divisó unas torres por encima de la espesura. Le contaron la historia. Enardecido e impulsado por el amor y la gloria, avanzó... árboles, zarzas y espinas se apartaban ante su paso. Atravesó el castillo hasta llegar a la princesa. Entonces, como había llegado el término del hechizo, ella despertó; lo miró con ojos tiernos y le dijo:
   —¿Eres tú, príncipe mío? Bastante te has hecho esperar.
   Los discursos del príncipe fueron inhábiles; por ello gustaron más; poca elocuencia, mucho amor, con eso se llega lejos.
   Atendidos por los servidores de la princesa, pasaron a un salón de espejos y cenaron; violines y oboes interpretaron piezas excelentes, pero que ya no se tocaban desde hacía casi cien años. Después de la cena, el capellán los casó y la dama de honor les cerró las cortinas: durmieron poco, la princesa no lo necesitaba mucho. El príncipe la dejó temprano para regresar a la ciudad, donde su padre debía estar preocupado por él.


La bella durmiente del bosque y el príncipe
   Marco Denevi

   La Bella Durmiente cierra los ojos pero no duerme. Está esperando al Príncipe. Y cuando lo oye acercarse simula un sueño todavía más profundo. Nadie se lo ha dicho pero ella lo sabe. Sabe que ningún príncipe pasa junto a una mujer que tenga los ojos bien abiertos.

(Tomado de Antología precoz. Santiago de Chile: Editorial universitaria, 1973)


Fin del sueño
   Hector Ugalde

   La Bella Durmiente lleva 100 años soñando con el hermoso despertar que le espera. 
   Lo ha soñado de miles de maravillosas maneras. 
   Con el varonil príncipe venciendo al dragón en un wide shot y un paneo de él acercándose a la cama. Luego un close up del beso del verdadero amor…
   Nada parecido a cuando realmente despierta: la boca le sabe a metal y la tiene reseca, el beso no lo ha sentido porque los labios los tiene hinchados e insensibles, los ojos no los puede abrir bien porque están cubiertos de lagañas, la luz le molesta... Se intenta levantar, pero está entumida de estar tanto tiempo en la misma posición. Está mareada y con intenso dolor de cabeza. 
   Prefiere recostarse, cerrar los ojos y soñar que aparece la palabra: "FIN".



La bella durmiente (2)
   Roger Texier

   La princesa creció ignorando su propia historia, exigiendo fiestas y nuevos trajes. Durante años el reino financió sus caprichos. Las arcas menguaron hasta que el consejo se alarmó. Los reyes se inclinaron por el mal menor: salía más barato mantenerla dopada. 


La bella durmiente del bosque
   Javier Navarro

   El mago besó tiernamente los labios de la princesa. La durmiente, más bella que nunca, se despertó asqueada. Abominaba el cabello engominado de Mandrake.


El sueño más feo de Bella Durmiente
   Rubén Vélez

   Y llega el príncipe y me besa la boca con una vehemencia de príncipe de fábula. En vano. No estoy. No soy. Y repite la operación, y como ya no reacciono, me besa de pies a cabeza. Tiempo perdido. Entonces se tiende junto a mi cadáver y se pregunta si se ha equivocado de durmiente o su aliento carece de ánimo. ¿Es un zombie? ¿No es más que una aparición? Y se pincha una vena con la aguja que sabemos y salta sangre de hombre de mundo. Errehache requetepositivo. Ay. Hay cosas que no deben hacer los príncipes que sufren de hemofilia.

(Tomado de La abuela huele a lobo. Medellín: Universidad de Antioquia, 2005)


Asunto de tiempo
   Eduardo Serrano Orejuela

   Ante la mirada atónita del príncipe, la Bella Durmiente envejeció los cien años que había permanecido dormida.