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domingo, 25 de agosto de 2019

243. Anómales III - Bestiario del Nuevo Reino de Granada


Editor invitado: Orlando Salazar Montes


Los hombres con cola de lagarto
   
   No menos maravillosos que esos hombres monstruosos fueron los seres que se “hallaron tan bien” en América, entre los que merece señalarse los de la provincia de Henopucha que viven alrededor de una laguna y duermen bajo el agua. Así mismo, en lo alto del reino de Chile, hacia el estrecho de Magallanes, se han visto indios que tienen cola. Pedro Mártir de Anglería afirma que en una región existía el relato de cómo habían llegado de la mar ciertos hombres que tenían cola como de lagarto, aunque más dura, y que para sentarse necesitaban asientos huecos. Tenían la piel áspera y casi escamada, y los dedos, muy anchos y muy largos. 
(Antonio de León Pinelo, El paraíso perdido en el Nuevo Mundo, vol. II. Lima, 1943)


Los gigantes

   … (Se sabe de veintisiete gigantes que vivieron con solo tres mujeres y que eran haraganes, glotones y muy inclinados al pecado nefando. Su resonante voz alcanzaba un cuarto de legua; para su comida se amasaba una fanega de maíz, y cocían o asaban cuatro niños diariamente.) Como prueba de sus razonamientos, Lorenzo Boturimi guardaba en sus archivos varios fragmentos de huesos y dientes de los gigantes, y llevaba consigo una muela que, comparada con las nuestras, podía hacer cien de ellas.
(Lorenzo Boturimi, Idea de una nueva Historia General de la América Septentrional, Madrid, Juan de Zúñiga, 1746)


Las monas

   En las regiones de los Andes había unas monas muy grandes, con las cuales los indios tenían acceso, y de la misma manera, causando mortales enfrentamientos, los monos buscaban mujeres entre los indios, y de tales amores nacían seres con cabeza y partes humanas, los cuerpos velludos y las manos y pies de monos.
(León Pinelo, op. Cit.)


Las harpías

   En las proximidades del río Dabaiba, cerca del golfo de Urabá, los que allí vivían recordaban que una gran violencia de vientos y de torbellinos trajo dos aves semejantes a las harpías ponderadas por los poetas, pues tenían de doncellas la cara, la barbilla, boca, nariz, y ligeras cejas y venerable aspecto. Cuentan que una de ellas pesaba tanto, que no la sostenía ninguna rama y que dejaba impresas las huellas de sus uñas en las rocas donde pasaba la noche. Agarraba a los viajeros y se los llevaba para comérselos en la cima de algún monte, tan fácilmente como lo hacen los milanos con el polluelo. Para librarse de semejante azote, los debaibenses (sic) esculpieron la esfinge de un hombre en un palo largo y lo clavaron a la luz de la luna. Al salir el Sol, la harpía se lanzó desde lo alto del éter sobre su falsa víctima, pero se quedó clavada en la punta de una flecha muy afilada que fue puesta por los naturales en el interior del tronco esculpido. Y con respecto a la harpía menor, se decía que, una vez muerta su madre, no se la volvió a ver.


La Maldonada

   Se padeció tal hambre en la naciente Buenos Aires, que se comían los sapos, las culebras y las carnes podridas, y también los excrementos y la carne humana. La Maldonada, una mujer española, huye de la ciudad para alimentarse entre los indios. Toma la costa arriba y, cerca de la Punta Gorda, en el monte grande, busca dónde albergarse por ser ya tarde y entra en una cueva en la que se encuentra una leona parturienta. La Maldonada se desmaya, pero al volver en sí, se tiende con humildad a los pies de la leona, que, haciendo gala de su real naturaleza, se apiada de ella. La Maldonada oficia entonces de comadrona de los leoncillos, y después, durante algunos días se sustenta con la carne que la leona iba trayendo a la guarida. Una mañana en que la mujer sale a beber a la playa, dan con ella los indios y uno de ellos la toma por mujer. Como reviviendo viejas historias de cristianos rescatados, la Maldonada es regresada a Buenos Aires por soldados españoles y condenada por el gobernador Francisco Ruiz Galán a ser echada a las fieras, por traidora. Fue entonces atada a un árbol, como a una legua del pueblo; hasta allí llegaron muchas fieras para devorarla, pero fue reconocida y defendida por la leona a la que había ayudado en el parto y que supo dar muestras de su real ánimo y gratitud y de una humanidad que no tuvieron los hombres.



La anfisbena

   También reptaba en el nuevo Reino de Granada la anfisbena, cuya existencia había sido aceptada por Aristóteles en su Historia de los animales, ya que es frecuente que los cronistas se refieran a culebras de dos cabezas:
   Caminan como los cangrejos y si son cortadas se unen con rapidez asombrosa, incluso cuando les son cortadas las cabezas y colgadas de un árbol, si cuando llueve cae la cabeza, el cuerpo se le junta y reviven. En general estas culebras reviven con el agua. Sus polvos son un específico maravilloso para soldar y reunir los huesos quebrados.


El mico bebedor

   José de Acosta conoció en Cartagena de Indias un mico que hacía cosas tan increíbles como ir a la taberna por vino y no entregar el dinero mientras no le llenaran la jarra, y si en el camino de regreso a casa del gobernador encontraba muchachos que le cerraban el paso, dejaba la jarra con el vino a un lado, y lanzándoles piedras se libraba de ellos. Refiere el cronista que el mico, siendo buen bebedor de vino, era incapaz de tocar la jarra si no le daban licencia para ello.
 (José de Acosta, Historia natural y moral de las Indias, 1940

)
Textos tomados de:
Cabarcas Antequera, Hernando. Bestiario del Nuevo Reino de Granada. Tomo I. Bogotá, Colcultura, 1954. Colección Daniel Samper Ortega. Biblioteca Nacional de Colombia.