Bienvenidos a la edición cibernética de la Revista Ekuóreo, pionera de la difusión del minicuento en Colombia y Latinoamérica.
Comité de dirección: Guillermo Bustamante Zamudio, Harold Kremer, Henry Ficher.

161. Minicuentos del Decamerón - Giovanni Boccaccio






Giovanni Boccaccio (1313 – 21 de diciembre de 1375) fue un escritor y humanista italiano. Es uno de los padres, junto con Dante y Petrarca, de la literatura en italiano. Compuso también varias obras en latín. Es recordado sobre todo como autor del Decamerón.












Jornada VI, Narración 3ª

   Siendo micer Antonio d’Orso Obispo de Florencia, vino a dicha ciudad un caballero catalán llamado Diego de la Ratta, mariscal del rey Ruperto. Era muy gallardo, y le gustaban mucho las mujeres florentinas, sobre todo la hija de un hermano del Obispo. Al enterarse de que el marido de ella era un avaro, le ofreció 500 florines de oro si consentía en que se acostara con su esposa. Dio el dinero y se acostó con ella, pero contra el deseo de la mujer. La gente, al enterarse, censuró tal actitud, mas el Obispo fingió no saber nada.
   Las relaciones entre el Obispo y el mariscal eran muy estrechas; cierto día en que iban cabalgando por San Juan, pasó una mujer cuyo nombre era Nonna de Pulci, prima de micer Alejo Rinucci. Era joven, bella y de buen corazón, y hacía poco se había casado. El Obispo se la enseñó, pero le dijo a ella:
   —¿Qué te parece éste, Nonna? ¿Le conquistarías?
   Ella juzgó que aquellas palabras la ofendían, y decidió devolver golpe por golpe, diciendo:
   —Micer, no sé si le conquistaría; mas yo quisiera, con todo, buena moneda.
   Al oír esto, tanto el Obispo como el mariscal se sintieron turbados, uno como autor de la villanía cometida con la sobrina del Obispo, y el otro como afrentado con dicha sobrina. Avergonzados, fueron sin decir nada.


Jornada VI, Narración 4ª

   Un día, un halcón de Conrado Gianfigliazzi cazó una grulla. El señor ordenó a Chichibio, su cocinero, que la aderezara para la cena. Cuando estaba casi a punto y despedía un fuerte aroma, entró en la cocina Brunita, una mujercilla del barrio, y le pidió una pata. Él, que estaba muy enamorado de ella, se negó.
   —Si no me la das —repuso ella, algo enfadada—, nunca recibirás de mí nada que te agrade.
   Después de muchas palabras, Chichibio, para no enojarla, cortó una pata y se la dio. Ya ante sus invitados, al ver la grulla sin una pata, Conrado llamó a su cocinero y le preguntó qué había pasado.
   —Señor, las grullas sólo tienen una pata —contestó el mentiroso veneciano.
   —¿Cómo que no tienen más que una pata? —dijo Conrado, enfurruñado—, ¿es que no he visto yo más grulla que ésta?
   —Cuando queráis, os lo enseñaré en las vivas —repuso el criado.
   Al día siguiente, Conrado se levantó alterado; ordenó que le trajeran caballos y llevó a Chichibio a un arroyo, donde solían aparecer muchas grullas. Viendo que aún duraba la ira de Conrado, el cocinero estaba asustado, sin saber cómo salirse del aprieto. A un lado y a otro sólo veía grullas de dos patas. De pronto, al ver un grupo, todas sobre una pata, como hacen cuando duermen, dijo:
   —¿Veis, señor? ¡Ayer tarde os dije la verdad! Mirad ésas.
   —Ahora te mostraré que tienen dos —repuso Conrado.
   Se les acercó y gritó: “¡Oh, oh!”. Al asustarse, las grullas bajaron la otra pata y huyeron.
   —¿Qué te parece, tunante? ¿Tienen dos patas?
   —Ahora sí, señor —declaró Chichibio, algo temeroso—, pero ayer no gritasteis: “¡Oh, oh!”. Si lo hubierais hecho, habría sacado la otra pata.
   Esta respuesta complació tanto Conrado que se puso a reír y dijo:
   —Tienes razón. Debí hacerlo.
   Y, así, se reconciliaron amo y criado.


Jornada VI, Narración 6ª

   En una discusión sobre los linajes más hidalgos e ilustres de Florencia, unos decían que los Uberti y otros que los Lamberti; oyéndolos, Miguel Scalza rio socarronamente y dijo:
   —Id con Dios, palurdos, que no sabéis lo que decís. Los hidalgos más antiguos, no ya de Florencia, sino de ultramar, son los Baronci.
   —¡Como si no los conociéramos igual que tú!
   —No es broma, digo la verdad —afirmó Scalza—. Hagamos una apuesta: una cena para el vencedor y seis más que él escoja.
   —Acepto —repuso Neri Vannissi.
   Acordaron que el árbitro fuese Piero di Fiorentino, en cuya casa estaban. El discreto Piero preguntó a Scalza cómo podría probar lo que decía.
   —Cuanto más antigua una familia—respondió el aludido—, más noble es. De tal forma, si demuestro que los Baronci son más antiguos que nadie, habré ganado. Comparadlos con los otros hombres: éstos tienen los rostros debidamente proporcionados; en cambio, algunos Baronci tienen el rostro largo y estrecho; otros, muy ancho; otros, con quijadas que parecen de asno; incluso uno tuvo un ojo más grande que otro. Es evidente, pues, que Dios los hizo cuando estaba aprendiendo a pintar; por lo tanto, son más antiguos que los demás y, por ende, más nobles.
   Oyendo el jocoso recurso de Scalza, todos se pusieron a reír y le dieron la razón.


Jornada VI, Narración 7ª

   Felipa fue hallada en su habitación por su marido, Reinaldo de Pugliesi, abrazada con Lazarino de Guazzagiotri. Al verlos, Reinaldo refrenó su ira y su deseo de matarlos, temiendo por él mismo. Pero decidió seguir lo que era lícito según la ley: matar a su mujer pero no por sus manos. Entonces, la hizo procesar. Ella, en lugar de huir, tal como le aconsejaban muchos, animada por la fuerza de su amor, se presentó ante el Podestá, quien le preguntó si tenía algo que decir. Con toda la calma, la mujer respondió:
   —Es cierto, señor, que Reinaldo es mi marido y que me encontró en brazos de Lazarino, a quien amo tiernamente y con quien por amor he estado muchas veces. Pero las leyes deben hacerse para todos, cosa que no ocurre con ésta, pues sólo castiga a las cuitadas mujeres, cuando mucho mejor que los hombres podemos a muchos satisfacer. Además, cuando se hizo la ley no se pidió el consentimiento a ninguna mujer, por lo que no debe ser válida. Si queréis, señor, ser ejecutor de ella, con perjuicio de mi cuerpo y de vuestra alma, os ruego que antes me otorguéis una pequeña gracia: preguntad a mi marido si me he negado alguna vez a entregarme a él, siempre que a él le placía.
   Reinaldo, sin dar tiempo a la pregunta del Podestá, respondió que siempre le había concedido lo que deseaba. La mujer siguió:
   —Entonces, señor, os pregunto: si él ha tomado de mí cuanto ha necesitado, ¿qué debo hacer de lo que me resta?, ¿tirarlo a los perros?, ¿no es mejor servirlo a un hombre que me quiere, que dejarlo estropear?
   La gente empezó a reír y a gritar a favor de la mujer. Antes de marcharse, el Podestá modificó la cruel ley, dejándola vigente para las mujeres que lo hacían por dinero. Reinaldo quedó avergonzado y arrepentido de haber llevado el asunto tan lejos y se marchó del palacio. La mujer, muy contenta de quedar libre, se fue a casa.


Jornada VIII, Narración 1ª

   Vivía en Milán un soldado tudesco, llamado Gulfardo. Devolvía prestamente lo que le dejaban, por lo cual siempre encontraba mercaderes que con corto rédito le prestaban dinero. Se enamoró de Ambrosia, esposa del mercader Guasparruolo Cagastraccio. Un día, el soldado mandó recado a la mujer, exponiéndole su amor y pidiéndole su gracia. Nadie tenía que enterarse, pensó ella, y como necesitaba 200 florines de oro, él podía proporcionárselos. Al ver Gulfardo la codicia de la mujer, se enfadó y decidió hacerle una burla. Le contestó que le mandaría el dinero. Ella se alegró y le notificó que su marido se iría pronto a Génova, y sería cuando él podría ir. Entonces, el soldado buscó al esposo y le dijo:
   —Necesito 200 florines de oro para hacer un trato. Concédeme un préstamo.
   El marido accedió y, al cabo de unos días, se marchó a Génova. Su mujer mando a avisar a Gulfardo, quien acudió con un compañero y, en su presencia, tomó los florines y dijo a Ambrosia:
   —Tomad estos dineros y dádselos a vuestro marido.
   La mujer pensó que lo hacía para que el amigo no entendiese. Derramó las monedas sobre la mesa y contó hasta 200. Las guardó y se fue con Gulfardo a su alcoba y le complació aquella noche y otras.    Al regresar el marido, Gulfardo le fue a encontrar en una hora a la que estuviera también la mujer, y le dijo:
   —Guasparruolo, el dinero que me prestaste no lo necesité y se lo devolví a tu mujer. Ella te lo dará.
   Preguntó él a su mujer si era cierto. Ella, comprendiendo la verdad, dijo:
   —Así es, pero no me había acordado de decírtelo.
   Repuso entonces Guasparruolo:
   —Estoy satisfecho, Gulfardo; id con Dios, que romperé el recibo.
   La mujer dio al marido el dinero y quedó muy disgustada. Así, el sagaz amante disfrutó de la avara mujer sin pagar nada.


Jornada IX, Narración 2ª

   En Lombardía, en un convento de gran santidad, había una joven monja muy bella. Se llamaba Isabel. Cierto día, yendo a ver por la reja a un pariente suyo, se enamoró de un joven que le acompañaba. Al otro, al verla tan hermosa, le sucedió lo mismo. Después de mucho tiempo sin lograr fruto alguno de aquel amor, el joven encontró la manera de visitarla ocultamente, y así lo hicieron repetidas veces. Cierto día una de las monjas lo advirtió y se lo explicó a las otras, quienes resolvieron decírselo a la abadesa:
   —¡Señora, despertaos! Isabel está con un hombre en la celda.
   Aquella noche, la abadesa estaba con un cura que la visitaba a menudo metido dentro de un arca. Se levantó apresuradamente y se vistió en la oscuridad. Pensó que se colocaba su toca, cuando lo que se ponía en realidad eran los calzones del sacerdote. 
   Llegó con las demás monjas ante la puerta de la celda de Isabel. Entró y descubrió a los dos amantes abrazados. La monja fue apresada y conducida a un lugar de castigo. La abadesa empezó a insultarla; a los insultos, añadía graves amenazas. La joven, avergonzada, estaba en silencio y con la mirada baja. Finalmente, ante los gritos de la abadesa, levantó los ojos y vio lo que ésta llevaba en la cabeza. Al comprender la causa, muy tranquila, dijo:
   —Señora, Dios os ayude. Poneos primero la cofia, y luego decidme lo que os plazca.
   Entonces, las monjas miraron a la abadesa; ella se llevó la mano a la cabeza y comprendió, al igual que sus monjas, lo que ocurría. Viéndose descubierta, cambió enseguida el tono de sus palabras, y acabó por decir que era muy difícil resistir las tentaciones de la carne. Dejó libre a la joven, y regresó con el cura. Isabel se volvió a reunir con su amado las veces que quiso, con gran envidia de las otras monjas, que procuraron conseguir amante.


Jornada IX, Narración 7ª

   Talano de Molese estaba casado con una joven llamada Margarita, mujer muy bella pero de carácter antipático. Talano sufría en silencio, mas estaba resignado a su suerte. Cierta noche, soñó que su mujer paseaba por un bosque, y que un fiero lobo se lanzaba a su garganta, destrozándole a dentelladas el cuello y el rostro. Al día siguiente, le dijo a su mujer:
   —Aunque tu mal carácter me ha impedido gozar contigo, me dolería que te sucediera algo malo. Sería mejor que hoy no salieras de casa.
   Ella le preguntó el motivo, y él le contó el sueño.
   —Quien mal te quiere, mal te sueña —dijo la mujer, moviendo la cabeza—. Finges compasión, cuando me querrías ver como en el sueño; pero yo procuraré no dar pie a que te regocijes con mi mal.
   —Suponía que me responderías eso —le contestó Talano—, porque se pica quien ajos come. Pero, con todo, lo digo por tu bien. 
   La mujer reflexionó: “éste quiere disuadirme de ir al bosque. Seguramente tendrá allí una cita con alguna mujerzuela; pero yo no soy ciega ni tonta para creérmelo. Por eso, voy a estar en el bosque todo el día, y veremos qué asunto se trae entre manos”.
   Luego, el marido salió de casa por un lado, y ella por otro. La mujer se dirigió al bosque, ocultándose en un lugar frondoso para ver quién pasaba. Entonces, salió un lobo de un denso matorral, se le echó encima y la arrastró como un corderillo. Ella no podía gritar, pues tenía la garganta oprimida, pero tuvo la suerte de que pasaran unos pastores. La salvaron de las garras de la fiera y la llevaron a su casa donde, tras grandes cuidados, salvó la vida. El rostro le quedó desfigurado; en adelante, fue una mujer fea y contrahecha. Avergonzada de su aspecto, no quiso salir más a la calle, y permaneció en casa llorando su terquedad al no querer dar crédito al sueño de su marido.