Bienvenidos a la edición cibernética de la Revista Ekuóreo, pionera de la difusión del minicuento en Colombia y Latinoamérica.
Comité de dirección: Guillermo Bustamante Zamudio, Harold Kremer, Henry Ficher.

155. Espejos III



Para mirar la cara de Dios
   Enrique Cabezas Rher

   El Manual Sagrado de una secta hindú —secreta y proscrita— explica la forma de mirarle la cara a Dios. Colóquense —dice el Manual— dos espejos circulares frente a frente. En la número sesenta y seis de las sucesivas imágenes de la luna de los espejos aparecerá —furioso y sereno, iluminado y opaco— el inefable rostro del creador.


Yo vi matar a aquella mujer
   Ramón Gómez de la Serna

   En la habitación iluminada de aquel piso vi matar a aquella mujer. El que la mató, le dio veinte puñaladas, que la dejaron convertida en un palillero. Yo grité. Vinieron los guardias. Mandaron abrir la puerta en nombre de la ley, y nos abrió el mismo asesino, al que señalé a los guardias diciendo:
   —Éste ha sido.
   Los guardias lo esposaron y entramos en la sala del crimen. La sala estaba vacía, sin una mancha de sangre siquiera. En la casa no había rastro de nada, y además no había tenido tiempo de ninguna ocultación esmerada. Ya me iba, cuando miré por último a la habitación del crimen, y vi que en el pavimento del espejo del armario de luna estaba la muerta, tirada como en la fotografía de todos los sucesos, enseñando las ligas de recién casada con la muerte...
   —Vean ustedes —dije a los guardias—. Vean... El asesino la ha tirado al espejo, al trasmundo.
(Caprichos)





El espejo falso - René Magritte

Él-reflejo
   Guillermo Bustamante Zamudio

   Hoy se dice que es un ególatra. Gasta su tiempo delante de un espejo colgado frente a un asiento moldeado por su peso cotidiano. Nadie sabe que un día se miró y, al querer retirarse, la imagen lo retuvo. Le pareció un desafío asumible por su embriagadora novedad, aunque no acababa de vencer el miedo. Después, al insistir en mirarse, la imagen lo retenía durante horas. Alguien se aproximaba a ver al supuesto narcisista y la imagen sonreía burlona, pero él, en el acto, sentía su propia sonrisa. En él se reflejaba su imagen; ella podía mirarse cuando quisiera. Si alguien lo arrancaba del espejo, so pretexto de que el asunto era cómico, agradecía en silencio (algo le impedía pronunciar quejas). Pero al cruzar su mirada por un cristal, un poco de agua dormida o cualquier superficie que lo duplicara, quedaba atrapado, sufriendo su sonrisa —que era la burla de su imagen—, soportando el hecho de ser el reflejo de una imagen, a este lado, en un mundo paralelo al de los espejos.
(Convicciones y otras debilidades mentales)


Western
   Jaime García Saucedo

   De pronto sacó la pistola y disparó al espejo que se quebró y entonces su imagen se rompió en mil pedazos. Para el alguacil Jeremiah Kowalski, noble descendiente de polacos inmigrantes, no le resultó fácil reunir la fragmentada evidencia del suicidio y sentenció que era un caso cerrado y que aquellos desechos puntiagudos fueran pintados de brillantes colores y obsequiados a los niños huérfanos del pueblo para que jugaran con ellos y los armaran con paciencia de Job, a fin de saber quién era el hombre que estaba en el espejo.
(Cuentos festivos. Bogotá: Panamericana, 2007).


Espejo
    María Paz Ruiz Gil

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(Microsco(i)picos)


Vida de hotel
   Raúl Brasca


a José María Merino

   Cuando se disipó el vaho, vio que el espejo reproducía en detalle un baño igual al que él ocupaba, no ese baño. Vio la imagen de un hombre desnudo que se le parecía en todo, no su imagen. Vio que el espanto en la cara del espejo era idéntico al suyo, pero no era su espanto. Y, cuando abrió la boca aterrada para gritar, vio que al otro le faltaban dos incisivos con los que él efectivamente contaba.
   —¡Ah! ¿Conque ésas teníamos?—, murmuró.
   Y recuperó la calma.
(Las gemas del falsario)

Venganza
   José Raúl Jaramillo Restrepo 

   Mediante una costosa cirugía, le cambiaron la cara al poderoso señor de la mafia.
   Al mirarse en el espejo —con marco de oro macizo—, comprobó, horrorizado, que su rostro había quedado exactamente igual —¡hasta el mínimo detalle!— al de su más odiado enemigo.
   Aprovechó la oportunidad que la vida tan generosamente le brindaba, y le pegó un tiro en la sien.