Bienvenidos a la edición cibernética de la Revista Ekuóreo, pionera de la difusión del minicuento en Colombia y Latinoamérica.
Comité de dirección: Guillermo Bustamante Zamudio, Harold Kremer, Henry Ficher.

139. Como perros y gatos II


Editor invitado: Alfonso Pedraza

Cuidado

   William Guillén Padilla

   Cuidado con el dueño, había escrito en la pared el inteligentísimo canino. 

   No hicimos caso y acabamos mordidos por el dueño loco que, como nosotros, se creía perro.


Anuncios Clasificados I

   Juan Carlos Méndez Guédez

   Ratón recién divorciado y algo deprimido, posición económica aceptable, hijos viviendo lejos, tranquilo, hogareño, ojos melancólicos, amante de las novelas de Isabel Allende, busca gato de ojos claros y pelambre oscura. Para pasear con él, conocer la ciudad o experimentar situaciones intensas y vivir hasta el límite.

   Gatos vegetarianos abstenerse.



Patio de tarde

   Julio Cortázar

   A Toby le gusta ver pasar a la muchacha rubia por el patio. Levanta la cabeza y remueve un poco la cola, pero después se queda muy quieto, siguiendo con los ojos la fina sombra que a su vez va siguiendo a la muchacha por las baldosas del patio. En la habitación hace fresco, y Toby detesta el sol de la siesta; ni siquiera gusta que la gente ande levantada a esa hora, y la única excepción es la muchacha rubia.

   Para Toby la muchacha rubia puede hacer lo que se le antoje. Remueve otra vez la cola, satisfecho de haberla visto, y suspira. Es simplemente feliz, la muchacha ha pasado por el patio, él la ha visto un instante, ha seguido con sus grandes ojos avellana la sombra de las baldosas.
   Tal vez la muchacha rubia vuelva a pasar. Toby suspira de nuevo, sacude un momento la cabeza como para espantar una mosca, mete el pincel en el tarro y sigue aplicando la cola a la madera terciada.


Metamorfosis

   Adriana Azucena Rodríguez

   Mi gata es una cruza entre búho, murciélago, mono y, sólo un poco, gato. Sus ojos son redondos y amarillos como los del búho; del murciélago tiene las orejas, los colmillos y el color oscuro; del mono, su ridícula habilidad para trepar árboles y cortinas. Ante todo, duerme como gato, rasguña como un gato y es curiosa como todos los gatos.

   Pero cuando olfatea, algo tiene de mariposa, o de ángel, o de seda.


El perro y el médico

   Ambrose Bierce

   Un perro que vio a un médico asistir al entierro de un adinerado paciente dijo:

   —¿Cuándo espera desenterrarlo?
   —¿Por qué habría de desenterrarlo? —preguntó el médico.
   —Cuando entierro un hueso —dijo el perro—, es con la intención de destaparlo más tarde y roerlo.
   —Los huesos que yo entierro —dijo el médico— son los que ya no puedo roer.



Brujería del gato
   Ramón Gómez de la Serna

   Por complicidad con la bruja había sido enjaulado el gato.

   Los inquisidores sospechaban que podía haber diablo escondido bajo la piel del gato y fue sentenciado a arder en pira aparte, porque podía haber pecado de bestialidad al quemar en la misma hoguera persona humana y animal.
   Bien maniatado con cadenas, el gato brujesco produjo un repeluzno de escalofrío entre los asistentes al auto de fe. Había algo de caza luciferiana en la presencia del gato.
   La leña de la propiciación comenzó a arder y durante un largo rato se oyeron maullidos infernales, hasta que al final, ya consumida la fogata, se vieron sobre las cenizas dos ascuas que no se apagaban, los dos ojos fosforescentes del gato.


El pensador

   Varinia Herrera

   Junto a las casas bien llenas de gente y de cosas, se alza la pequeña montaña de los niños. Durante la tarde se llena de colores, juegos y gritos; y algunos pleitos. Pero cuando cae la noche llega el pensador.

   El pensador lleva melena negra, enredada, que en ocasiones tapa sus ojos. No se le ve al subir, sólo cuando ya se ha acomodado en la cima. Pasa horas enteras mirando fijamente hacia el cielo. Cuenta las estrellas, quizá. Debe saber de astrología. De pronto, algo lo distrae, y esta distracción se convierte en un nuevo objeto de reflexión.
   El pensador amanece ahí, en lo más alto de la montaña de los niños. Como despertando de un gran sueño, se rasca la oreja y baja lentamente, meditando cada uno de sus pasos. Al llegar al pie de la montaña, resuelto al fin, el pensador sale corriendo en bulliciosos ladridos, tras la bicicleta del repartidor de periódicos.