Bienvenidos a la edición cibernética de la Revista Ekuóreo, pionera de la difusión del minicuento en Colombia y Latinoamérica.
Comité de dirección: Guillermo Bustamante Zamudio, Harold Kremer, Henry Ficher.

123. Espejos II


Toma mi mano mientras suena el trueno
   John Jairo Junieles

   Cuando llueve y truena, mi madre arropa los espejos. Ella me cuenta que la abuela hacía lo mismo, porque los espejos son relámpagos dormidos que el cielo quiere despertar.
   Sé que mi madre no cree en las ensoñaciones de la abuela, yo tampoco tengo fe, pero cuando el viento anticipa la lluvia, ambos corremos a vestir los espejos con sábanas y toallas, como si al llover la abuela despertara a los dos de la pesadilla de no creer.


Un espejo al entrar
   Javier Tafur

   Le fascinaban las casas que al entrar tenían un espejo; le parecía que alguien venía a su encuentro y le recibía afectuosamente, mucho mejor que si se tratase de un familiar.
(Duenderías. Cali: Otra vuelta de tuerca, 1983).


René Magritte

Bricolage parcial
   Raúl Brasca

   Un soñador se sueña frente al espejo de su cuarto examinando una moneda antigua. Despierta y encuentra la moneda en su cama. La toma entre sus dedos, la levanta, la mira con sorpresa y mira hacia el espejo. Ve su imagen pero el reflejo de su mano no muestra la moneda. Sumamente extrañado, vuelve la mirada y constata que en efecto la moneda está allí: es grande, oscura, dura y fría. Le da vuelta para ver la ceca y, al instante, se ve trasladado al otro lado del espejo. Asustado, conserva todavía serenidad para darse cuenta de que si gira de nuevo la moneda es probable que las cosas vuelvan a su orden natural. Pero ahora no la tiene, está en la mano de la proyección que ocupa su cama. Se tranquiliza pensando que no importa quién o qué la dé vuelta: él o el otro, el resultado será el mismo. Sin embargo, el otro se desinteresa de la moneda, la deposita sobre la sábana y se duerme profundamente. Por la angustia que lo posee, típica de las peores pesadillas, el soñador cree que sólo ha soñado que despertó. No obstante, no puede salir ni de la pesadilla ni del espejo.
(Antología personal)


Espejos IV
   Juan Romagnoli

   Creo que el espejo del baño me refleja tal como soy más por costumbre que por lealtad hacia la ley de refracción. Yo mismo no soy más que una costumbre: cuando me acerco al lavabo para higienizarme, el espejo está ahí y doy por sentado lo que reflejará: mi cara, mis gestos, mis señas particulares. Pero a veces, en esas mañanas en las que me siento raro, ajeno, y no me reconozco, me doy cuenta de que el espejo se toma su tiempo, unas fracciones de segundo, para reacomodar la imagen. Como si, para estar seguro, tuviera que ponerse los lentes; mis lentes.




Chema Madoz


Los antípodas
   Henry Ficher

   Por fin, el estreno de Los antípodas. El teatro lleno a reventar. Lentamente, se abre el telón escarlata. Al principio, silencio, tal vez sorpresa; luego un murmullo de comentarios que paulatinamente aumenta de volumen hasta convertirse en una sonora protesta: no hay pantalla, sino un espejo. Un exasperado espectador comienza la lluvia de botellas que finalmente destroza el vidrio, pero la imagen persiste. El público, del otro lado, comprende y calla; el de este lado también.





Ingratitud
   Rodrigo Parra Sandoval

   Como su madre le había dicho desde pequeño que el matrimonio y el amor eran cosa de dos, se casó con dos mujeres: con la una un domingo y con la otra el domingo siguiente. Las escogió del mismo nombre, pues había leído de errores fatales que cometen los hombres por equivocar el nombre de sus amantes. Se fueron a vivir en barrios cercanos. Se ideó un trabajo que día de por medio lo ausentaba de la casa. Tuvo tres hijos con cada una, todos de las mismas edades. Había dispuesto todo para engendrarlos en el mismo momento. Les puso los mismos nombres para no confundirse, para no equivocar los cumpleaños. Las dos familias eran iguales en prácticamente todo. Hasta llegó a parecerle que en realidad solamente tenía una familia. Era como mirarse en el espejo. Siempre repartió su tiempo, su dinero y su afecto por igual entre las dos mujeres y las dos series de hijos, sin preferencias. Cada familia poseía su propia casa. Fue lo más justo y equitativo posible con sus dos familias. Nada les faltó en el sentido material. Trabajó duro para mantenerlos decentemente. Educó a los hijos en buenos colegios, aunque fueran colegios diferentes. Fue un buen padre.
   Por eso, ahora que todo se sabe, no comprende por qué todos están tan disgustados con él, por qué son así de ingratos las mujeres y los hijos.
(Tarzán y el filósofo desnudo. Bogotá: Arango, 1996)


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   Édgar Allan García

   Durante mucho tiempo creyó que los espejos solo reflejaban sus gestos y sus movimientos, hasta esa noche espeluznante en que descubrió que era él quien reproducía miméticamente a su doble en el otro lado.
(333 micro_bios)