Bienvenidos a la edición cibernética de la Revista Ekuóreo, pionera de la difusión del minicuento en Colombia y Latinoamérica.
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98. Homenaje a José Emilio Pacheco I



José Emilio Pacheco (Ciudad de México, 1939-2014), poeta, narrador, ensayista y traductor. Especialista en literatura mexicana del siglo XIX. Fue profesor en las universidades Nacional Autónoma de México, Maryland, Essex y otras de Estados Unidos, Canadá y Reino Unido.
   Premios recibidos: Xavier Villaurrutia (1973), José Asunción Silva (1996), José Donoso (2001), Octavio Paz (2003), Ramón López Velarde (2003), Pablo Neruda (2004), Alfonso Reyes (2004), García Lorca (2005), Reyna Sofía de Poesía Iberoamericana (2009), Cervantes (2009).
   Obra poética recogida en: Tarde o temprano (poemas 1958-2000). Novelas: Morirás lejos (1967) y Las batallas en el desierto (1981). Libros de cuentos: La sangre de Medusa y otros cuentos marginales (1959), El viento distante (1963), El principio del placer (1972) y Tarde de agosto (1992).
   


Mutaciones

   En el centro de la ciudad se levanta una estatua que cambia de forma. Por las noches representa a Diana, durante el día asume la figura de Apolo. Si viste los atributos de Marte anuncia la guerra —tan claro y obvio es su simbolismo. Nadie se atreve a contemplarla más de un segundo, pues si ve en ella la imagen de Thánatos sabe que a las pocas horas encontrará la muerte.
   Quizá la estatua sólo existe en la imaginación de quienes creen verla. Pero hay fotografías de sus innumerables mutaciones. En otros tiempos hubo incluso quienes osaron tocarla y, antes de morir, nos legaron su testimonio. Sea como fuere, la estatua plural obsesiona a los habitantes de la ciudad. El rey quiso demolerla. El Consejo de Ancianos vetó la orden ya que, de acuerdo con la leyenda, cuando la estatua sea destruida se va a acabar el mundo.


La ocasión

   —Quise decírselo otra vez. Mis labios no alcanzaron a modular una sola palabra. Y el invisible arcángel no volverá hasta dentro de cien mil años.


La isla

   En medio del Gran Océano hay una isla de la que no se atreve a hablar ningún marino. Nadie sabe su exacta situación ni conoce a ciencia cierta lo que sucede a quienes desembarcan en ella. Unos cuantos han regresado, pero al volver ya no son los mismos. Inútil interrogarlos acerca de lo que han visto. Guardan silencio o bromean o juran que todo es mentira: se trata nada más de una leyenda marítima como las sirenas o el Holandés Volador.
   Tampoco sirve de nada escudriñar antiguas crónicas: no se hallará en ningún idioma la menor referencia a la isla. De ella sólo sabemos lo muy poco que —en la sinceridad de la agonía o la embriaguez o bien en los minutos que suceden al amor— dos o tres sobrevivientes han empezado a decir. Porque callan al darse cuenta de lo que están a punto de revelar y el miedo los sobrecoge.    Algunos, intrigados por el misterio, han emprendido expediciones. Pero la isla no se revela a quien la busca. Sólo aparece ante el que no la espera y nunca se ha mostrado dos veces a una misma persona.


Infernalia

   Anoche no soñé. Despierto, comprendí que estaba en el infierno y ustedes eran los demonios.


Tienes suerte

   ¿Te bautizaron? Sí. Nada de “sí”, responde “Sí, señor”, no estás hablando con un indio como tú. ¿Hiciste tu primera comunión? Sí, señor. ¿Eres católico? Soy creyente, señor. ¿Qué quiere decir eso? Creo en Dios, pero no voy a misa. Entonces no eres católico. ¿Te casaste por la iglesia? Cuando me casé, ya estaban cerradas las iglesias, señor. Ah, vives en el pecado. ¿Tienes hijos? El primero nacerá en octubre, señor. ¿No te avergüenzas ante él por ser un asesino? No soy un asesino, señor: si maté a alguien, fue en combate y no supe su nombre ni vi su cara. Después de todo, los cristeros también matan, ¿o no? ¡Insolente, ustedes asesinan, nosotros hacemos justicia y defendemos nuestra Santa Fe! Sí, señor.
   Bueno, pues tienes suerte, pelón: sólo por el niño que va a nacer te doy la oportunidad de arrepentirte. Capitán, a éste no me lo fusilan, nomás me le cortan la lengua y las orejas.


Cuento de espanto

   Violó la cripta a medianoche. Halló su propio cadáver en el sarcófago.


Primer problema del infierno

   Una vez cada cien mil años los demonios autorizan ochenta suicidios en el infierno. Nadie sabe quiénes serán los elegidos, y todos los habitantes bullen en adulación para los torturadores, intrigas y mala fe entre los torturados. El sector radical de los ángeles ha hecho pública su protesta a fin de que Dios, en Su Infinita Bondad, presione a los demonios. Porque no está bien que a la tortura de la infinitud se añada el castigo mediante la esperanza.