Bienvenidos a la edición cibernética de la Revista Ekuóreo, pionera de la difusión del minicuento en Colombia y Latinoamérica.
Comité de dirección: Guillermo Bustamante Zamudio, Harold Kremer, Henry Ficher.

97. Escritores cubanos - Máquina de isla IV

Editor invitado: Aliex Trujillo

Rock & Roll
   Jorge Bacallao Guerra (1979)

   La conocí en un taxi. Le di la ventanilla, como hago con las mujeres atractivas y le pregunté el nombre. “María”, dijo orgullosa, y me vinieron a la mente los Aguasclaras tocando Proud Mary.  Me gustó desde que la vi: qué cara, qué ojos, qué tetas… Pero lo mejor eran los ojos. Esos ojos, These eyes, a lo Guess Who, que se imponen como el órgano del Jethro. Nada, que supe que había llegado lo que yo esperaba, mi Woman from Tokio. O from Mantilla, porque vivía a dos cuadras de La Palma. Y parecía perfecta; un poco altanera, pero nada que no se resolviera con dosis de You’re so vain.
   Llegó el momento en que ya no podía pensar. Me sentía Blowin’ in the wind como Dylan, y estaba decidido a hacer lo que fuera por tenerla. No exagero, en aquel momento era capaz de ponerme una guayabera, tomar agua de la Fuente Luminosa o sonarme un CD de los mariconcitos de Pet Shop Boys. Estaba pensando en el futuro, me sentía a gusto para dejar de ser el Wild horse de siempre, y convertirme en su Best of burden. Supe que tenía que actuar. No podía dejar que se fuera. Empecé a buscar una frase apropiada, no muy larga, no muy corta, que fuera armónica y balanceada, que transmitiera todo lo que yo estaba sintiendo. La toqué por el brazo y le dije: “Tengo que acostarme contigo, y ahora, porque puede que no te vea más, yo nunca cojo taxis”.   Respondió rápido: “¿En tu casa o en mi casa?”. Y fue en la mía, en mi House of de rising sun, donde nos desvestimos. Yo, teniendo especial cuidado en quitarme las medias antes que todo, porque un hombre encueros y con las medias puestas, provoca una alevosa marchatrás en cualquier mujer.
   Estábamos de frente mirándonos, yo maravillado y ella resignada, cuando se hizo imprescindible la música (en serio, no puedo templar sin música, es raro, pero es así. Es una cosa psicodélica, como Pink Floyd, que tampoco entiendo, pero no puedo dejar de oírlos). Me dirigí hacia donde tengo mis mieles y le pregunté sin mirarla: “¿Qué quieres oír?”. La respuesta fue implacable: Álvaro Torres. Me volví a poner los calzoncillos, le quité el vaso de vodka de la mano y la miré a los ojos: “Vístete y vete, o si quieres no te vistas, pero vete”. Y cuando ya se dejaban de oír sus tacones en el granito del pasillo, me tomé su vodka y desafinado como siempre, My only friend, the end, empecé a hacerle coros a Jim Morrison.
(Nota de prensa y otros minicuentos)

Guillermo Cabrera Infante

Palomas negras
   Dashiell León Reyes (1980)

   A veces, en la madrugada, me despierto con ganas de ser yo. Entonces saldría desnudo a la calle, correría gritando cosas que muchos no desearían oír. A las mujeres hermosas las colmaría de oprobios mientras cruzo la calle estando la luz verde. Comería con mucha grasa y tomaría helados hasta reventar. Entonces cogería un pico para acabarle con el césped a mi vecino o sacar de raíz los rosales de su esposa. Bebería alcohol, tanto que no podría moverme en días. Rompería los cestos de basura y con su contenido inundaría las aceras. Apedrearía cuanto cristal encontrara a mi paso, sobre todo, los de aquellas tiendas que hacen a unos creerse mejores que los otros.
   Entonces, haría una gran hoguera para quemar todos los periódicos que hablan de la guerra y suciedades por el estilo, y las revistas que nos obligan a vestirnos de una forma o a peinarnos de otra. También prendería fuego a la hipocresía, la envidia y la mentira. Entonces, tomaría mis esprays y saldría a la calle a hacer graffitis. No quedaría un muro sin una de mis obras. Pintaría corazones verdes para demostrar mi amor y un montón de palomas negras que simbolicen mi libertad.
   Entonces, entonces me duermo y despierto en la mañana, siendo yo. Salgo a la calle, con ropa y, si hablo, apenas subo el tono de mi voz. Espero en la acera el cambio del semáforo y miro de reojo a las mujeres hermosas. Como algo ligero y con gran hipocresía elogio el horrendo jardín de mis vecinos. Siempre estoy sobrio, en ocasiones paso días sin beber ni un trago. Entonces viajo con las manos llenas de papeles o latas, hasta encontrar un cesto dónde verterlos. Voy de vidriera en vidriera buscando objetos caros que demuestren cuán importante soy. Entonces, contemplo extasiado la belleza de los muros sin dibujos. Me siento en el parque para hojear una revista y comprobar si estoy a la moda. Mientras paso las hojas, alimento a las palomas, pero no a todas, sólo a las negras, a esas palomas negras que simbolizan mi libertad.
(Nota de prensa y otros minicuentos)


La eternidad de las ovejas negras
   Viana Victoria Barceló Pérez (1983)

   Un día todas las ovejas negras del planeta decidieron que, cansadas de tanta discriminación, se decolorarían el pelo. Su lana quedó tan blanca como la del resto y ya no hubo jamás ovejas negras en el mundo. Después de mucho estudiar los nuevos rebaños, de ovejas blancas, alguien descubrió que aquellas cuya cola medía más de diez centímetros, tenían mayor tendencia a desobedecer órdenes y a embestir a las demás. Desde entonces, cuando nace una oveja con la cola larga, el resto de las ovejitas blancas de cola corta la mandan a un reformatorio donde alguna vez sus antepasados intentaban corregir la conducta de unas raras y extintas ovejas negras.
(Nota de prensa y otros minicuentos)


Remake
   José Fernando Orpí Galí (1953)

   La multitud grita enardecida: “¡Está desnudo! ¡Está desnudo!”, mientras el rey desfila, orondo e indiferente a la algarabía. Burlando la vigilancia, un niño se acerca y pisa con fuerza la invisible capa. El monarca lanza un grito, cae al pavimento. La muchedumbre enmudece. El niño confirma: “¡Está vestido!”.
(Nota de prensa y otros minicuentos)


Mañana
   Anette María Jiménez Marata (1983)

   Su vida era una constante posposición. Había aplazado el matrimonio para cuando tuviera más solvencia económica, los hijos para cuando gozara de una casa más amplia y la mudanza para el momento en que dejaran de serle útiles los vecinos cercanos.
   Aquella mañana debía haber realizado su más importante viaje de trabajo, pero como lo había postergado debido al cansancio, la Muerte, al llegar, se lo encontró en su más dócil estado. Satisfecha con la circunstancia, decidió concederle el favor de seleccionar cómo quería morir pero, atónita, sólo escucho una frase:
   —Mañana, cuando despierte, te digo.
(Cielo de relámpagos)


El velorio
   Antonio Orlando Rodríguez (1956)

   En los inicios de la guerra de 1868, un gorrión apareció muerto en la plaza de Armas de La Habana, frente al palacio del Capitán General. Los españoles se indignaron y, aunque el animalito no tenía ninguna herida y bien podía haberse muerto de viejo, aseguraron que había sido ultimado y colocado allí por los criollos. En su opinión, se trataba de una provocación de los revolucionarios, quienes, despectivamente, llamaban “gorriones” a los soldados de la Madre Patria. Así pues, como desagravio, le organizaron un velorio al gorrión, con misa y procesión incluidas. Al terminar las ceremonias, estuvieron a punto de enterrarlo, pero a alguien se le ocurrió que debían rendírsele honras fúnebres similares en todas las ciudades importantes. Así que metieron el cadáver en una urna de cristal y lo hicieron viajar de un lado a otro, entre promesas de fidelidad a España y amenazas a los insurrectos.
(Chiquita)


Casa de citas
   Guillermo Cabrera Infante (1929-2005)

   Pasamos a nuestra habitación, los cuatro acomodados en una cama, incómodos. Por lo menos en el cuarto del solar dormíamos en dos camas. Pero como ya no era un niño, no había manera de quejarme. Así decidí dormirme. No bien lo intenté, fui despertado (mejor dicho, no llegué a dormirme, no que padeciera de insomnio —ese mal es un hábito adquirido de adulto— sino que nos habíamos acostado demasiado temprano) por unos extraños ruidos, difíciles de definir. Eran humanos pero parecían animales, como de grandes gatos. Los maullidos se disolvían en improbables sollozos, luego volvían a surgir por otra parte: estábamos rodeados de gritos. Más bien de gritones, aunque tengo que decir que en un momento logré identificarlos específicamente como gritonas. Eran mujeres las que ululaban, pero a veces los maullidos de las mujeres eran acompañados por mugidos de hombres. También oía palabras sueltas, frases que no podía identificar, dichas tal vez en otro idioma. Los mugidos y los maullidos duraron la mayor parte de la noche que estuve despierto. Recordé la horrorosa película mexicana La llorona, en la que un alma en pena viene a perturbar a los vivos y a aterrorizar a los espectadores. Pensé en el zoológico que había visto frente al parque Maceo, con sus animales exóticos. Pero ni recuerdo ni pensamiento pudieron explicarme la serie de sonidos oídos esa noche. ¿Sería el viento? Al otro día abandonamos el hotel bien temprano. Mi padre estaba contrariado pero mi madre parecía divertida. Es más, se estaba riendo. Ambos sentimientos y reacciones de mis padres estaban dirigidos no uno al otro sino al edificio: mi madre se reía del hotel, mi padre estaba molesto con la fachada. Años después vine a enterarme de que habíamos pasado esa noche en lo que se llama en La Habana una posada: en un hotel de passe, un hotelito, una casa de citas. Mi padre estaba amoscado, contrariado por su elección: era evidente que la noche y la premura lo confundieron y lo hicieron elegir un hotelito como hotel para familias, confusión explicable, no sólo porque los términos son cercanos y las arquitecturas similares, sino porque mi padre no conoció nunca una posada: no era hombre de citas en casa de citas por razones marxistas, es decir económicas.
(La Habana para un Infante difunto)