Bienvenidos a la edición cibernética de la Revista Ekuóreo, pionera de la difusión del minicuento en Colombia y Latinoamérica.
Comité de dirección: Guillermo Bustamante Zamudio, Harold Kremer, Henry Ficher.

52. Aquiles y la tortuga I


   El corredor más lento (la tortuga) nunca podrá ser alcanzado por el más veloz (Aquiles), pues el perseguidor tendría que llegar primero al punto desde donde partió el perseguido, de tal manera que el corredor más lento mantendrá siempre la delantera.
(Aristóteles. Física)

La tortuga y Aquiles
   Augusto Monterroso

    Por fin, según el cable, la semana pasada la Tortuga llegó a la meta.
    En rueda de prensa declaró modestamente que siempre temió perder, pues su contrincante le pisó todo el tiempo los talones.
    En efecto, una diezmiltrillonésima de segundo después, como una flecha y maldiciendo a Zenón de Elea, llegó Aquiles.

 (La oveja negra y demás fábulas. México: Joaquín Mortiz, 1969)



Sesión abierta
   Paul Brito

   Aquiles fue acusado de asesinar a la tortuga. En el juicio Aquiles alegó que eso era absurdo, pues ni siquiera podía alcanzarla. Este argumento lo incriminó más, pues entonces aceptaba que la venía hostigando.
    Zenón fue llamado a testificar. Apoyó a Aquiles afirmando que él ya había demostrado la imposibilidad del movimiento con sus aporías. El fiscal objetó que se estaba evaluando un asesinato real, que si el jurado se atenía a sofismas matemáticos, les iba a pasar lo mismo que la paradoja y nunca alcanzarían un veredicto.
   Con esto prácticamente quedaba saldado el juicio. El jurado se retiró a deliberar. Volvieron tan rápido que fue como si nunca se hubieran movido. El veredicto señaló a Aquiles como autor material y, a Zenón, su cómplice intelectual.
    Ambos fueron condenados a cadena perpetua. El juez remarcó la conclusión con un perentorio: «Se cierra la sesión» y lanzó un martillazo a la tapa de madera. Toda la audiencia fue testigo de que el martillo nunca tocó la mesa.

 (El ideal de Aquiles. Bogotá: Hadriaticus, 2010)


Espectáculo circense
   Nelson Estola

   La velocidad se puso de moda en Elea. Primero fueron las carreras de animales. Luego los hombres inventaron el atletismo y se pusieron también a correr. Más tarde se diseñaron vehículos a los que también se puso a disputar: por tierra, aire y agua.
   Como por esta razón el circo viera radicalmente disminuido su público, el dueño —un tal Zenón— llamó a todos a presenciar la gran carrera: Aquiles -vs.- la tortuga. Más por la curiosidad de ver cómo se las arreglarían para hacer caber en el escenario una carrera seria, los eleáticos colmaron las bancas. Zenón anunció el espectáculo de lo inteligible y pidió a todos concentración para subordinar lo sensible.
   Y, bueno, en teoría, la carrera aun no ha terminado, no obstante estar Aquiles —el héroe al que todos querían ver— haciendo sus mejores esfuerzos.


Amor asintótico
   Raúl Brasca

   Se vieron y corrieron el uno hacia el otro, pero cada paso que daban les exigía el doble de esfuerzo que el anterior. Sin embargo, el deseo crecía aún más rápido y los obligaba a seguir. Exhaustos, se acercaron lo suficiente para verse el color de los ojos; otro poco, y ella advirtió que él tenía dientes muy blancos y perfectos; otro, y él vio un lunar diminuto en la frente de ella; un poco más, y sólo tenían que estirar el cuerpo y tender sus manos para tocarse. Estiraron el cuerpo. Las manos se buscaron, avanzaron penosamente, siguen avanzando, las yemas de los dedos ya sienten la inminencia del roce, están muy cerca, cada vez más cerca, las marcas del esfuerzo descomunal se graban en las caras mientras el deseo se vuelve intolerable y ellos empujan sus manos hacia el límite infinitamente próximo, absolutamente inalcanzable.

 (Todo tiempo futuro fue peor. Barcelona: Thule, 2004)


Aquiles y la tortuga
   David Lagmanovich

   La tortuga era un aparato dotado de capacidad computacional. De ahí la celeridad con que calculaba las diferencias, que siempre resultaban en su favor. Por su parte, Aquiles, que no había conseguido terminar el equivalente helénico de nuestra escuela primaria, ¿cómo habría podido superar al fatídico animal? Hizo lo que hace un guerrero: la destruyó con dos bien aplicados mandobles. Sin saberlo, retrasó en muchos siglos el desarrollo de la computación.

 (Menos de 100. Mar de Plata: Martín, 2007)


Aquiles y la tortuga 
   Mario Goloboff

   El valeroso Aquiles encontró una rosa en su camino. Le sacó un pétalo, luego otro, y otro más, y cuando fue desnuda, comprobó que esta vez había ganado él, pero a qué precio.

 (El límite de la palabra [edición de Laura Pollastri]. Palencia: Menoscuarto, 2007)



El becado
   Guillermo Bustamante Zamudio

Para Alexánder

   Para llegar a tu destino, primero debes recorrer la mitad del camino. Y para recorrer la mitad del camino, estás obligado a andar la cuarta parte. Y para andar la cuarta parte, indefectiblemente tienes que transitar la octava parte. Y como nada detiene el crecimiento del número que hace las veces de denominador, esa división se multiplica al infinito. No sólo nunca llegarás a tu destino, sino que difícilmente te moverás de tu sitio.
   Ahora bien, si no piensas en complicaciones como en la que nos metió Zenón de Elea, si te portas como un turista normal, de pronto te hallarás en el otro lado, en el sitio exacto que dice el tiquete. No trates de resolver la incógnita acerca del momento en que los conceptos se vuelven cosas o las cosas se vuelven conceptos. No porque eso no tenga sus efectos en tu crecimiento intelectual, sino porque no vale la pena irse para pensar en asuntos en los que habrías podido pensar en tu casa, en la inmovilidad infinitesimal, sí, pero con una taza de café a tu alcance.
   Ahora bien, cuando decidas volver, debes deshacer tus pasos la mitad del camino y la cuarta parte y la octava parte... Nunca lo lograrás. Si te vas, estás advertido. Si quieres volver a vernos, sólo tienes la opción de viajar como un turista, sin miramientos intelectuales. Pero, entonces, ¿para qué nos dices que te vas a estudiar?