Bienvenidos a la edición cibernética de la Revista Ekuóreo, pionera de la difusión del minicuento en Colombia y Latinoamérica.
Comité de dirección: Guillermo Bustamante Zamudio, Harold Kremer, Henry Ficher.

51. Nicolás Suescún II


El observado

   Siempre, alguien lo está observando. Alguien más fuerte que él, y ante quien está inerme, pues no puede verlo.  Sabe, sin embargo, que espía cada uno de sus actos y que se burla de él. También que, si lo desea, puede destruirlo en un instante.
   Este hecho indiscutible —así como inconfesable— lo paraliza, lo destroza poco a poco. Persiste en sus cosas a ciegas, maquinal y mudo. Trata de no ver y de no hablar, por miedo a irritarlo, o irritarlos, porque a veces piensa que no es una sino varias o muchas personas las que lo observan, un público invisible que lo sigue a todas partes, a toda hora. Y es extraño: intuye que también lee sus pensamientos, los visualiza. No hay pues rincón ni momento en que lo pueda eludir. ¿Calcula también alguien, gramo a gramo, el peso de su angustia?
   Así, observado sin misericordia, se siente, confusamente, más cómodo. Es un gran comediante, con su propio público, que mide, agresivo, pero también absorbido por su pasión y su entrega al personaje, su verdad como actor. Su cuerpo es un disfraz, sus actos los movimientos obligados de una marioneta que alguien, escondido, manipula con infinita habilidad. Escapa de tal manera a sus espías y se siente de verdad solo, no observado, pero apenas unos instantes, porque el público insiste en que prosiga su actuación, y no puede defraudarlo.
(Oniromanía. Bogotá: El Áncora, 1996).


El malamigo

   Yo mismo le puse las esposas y lo conduje al calabozo. Es una celda pequeña donde la luz del sol entra por una docena de agujeros perforados en la puerta de metal.
   Cuando la cerré, le dije: “Aquí te quedarás hasta que el juez decida tu destino”.
   Pero yo sabía que ningún juez tenía el asunto en sus manos. Que yo era su juez y que no había acusación ni expediente. Que todo era una venganza urdida por mí, pero no contra él, mi mejor amigo, que nunca me había hecho ningún daño, sino contra todos los hombres. Él era la humanidad. Y yo la condené a cadena perpetua.
(Oniromanía. Bogotá: El Áncora, 1996).


El viejo reloj

   Poseía un viejo reloj de pulsera y como no tenía ya nada qué hacer con sus manos, toscas y curtidas tras años y años de limpiar y pulir todo lo imaginable, se dedicaba a darle cuerda. Cerraba entonces los ojos y en sus labios se dibujaba una sonrisa placentera. Se diría que, al darle cuerda, se adueñaba del tiempo; que lo dominaba y lo prolongaba a su gusto. Esta sensación le causaba un inmenso placer que trataba de extender indefinidamente al no hacer avanzar la ruedilla de la cuerda ni un milímetro más de lo que la hacía retroceder. Los segundos, notas musicales que vienen y van en la tempestad de la orquesta, pedazos de pasado que ya son futuro, parecían extenderse indefinidamente.
 (Los cuadernos de N. Bogotá: Planeta, 1994) 


(Sin título)

   Cuando N se emborrachaba era otro, pero no sabía quién.
(Los cuadernos de N. Bogotá: Planeta, 1994)


Otro trabajo de N

   Reciben los paquetes y su deber es apilarlos en el inmenso depósito. Lo hacen con un cuidado extremo, de tal modo que el paquete coincida sobre otro, sin que lo sobrepase un milímetro por cualquier lado. Así evitan los desmoronamientos que podrían tener graves consecuencias, tanto para sus cuerpos endebles, como para la estabilidad de la empresa, cuya principal preocupación es la de que los paquetes se acumulen sin caerse, para lo cual las pilas no pueden llegar a más de cierta altura manejable.
   El trabajo no es demasiado duro. Tienen todas las herramientas necesarias, y además los paquetes no llegan todos los días. Hay, por cierto, semanas enteras en las que no llega ni un solo paquete, mientras que en otras épocas llegan mañana y tarde.
   Cuando los han colocado todos, se sientan (nunca en un paquete) y se ponen a hablar.
Hablan sobre muchas cosas, pero ante todo sobre los paquetes. Nadie les ha dicho qué contienen, de dónde vienen, o para dónde van, o más exactamente por qué no salen nunca. Esto les ha hecho pensar que el depósito se va agrandando a medida que llegan. Siempre hay campo para más paquetes, todos iguales. Mismo tamaño, mismo peso.
(Los cuadernos de N. Bogotá: Planeta, 1994)


Invento

   Para pasar sus eternas horas de soledad, había inventado un juego. Jugaba a las escondidas consigo mismo. Se ocultaba detrás del sofá, en el closet, debajo de la cama... y esperaba. Entonces su otro yo lo encontraba, siempre lo encontraba. Nunca podía ganarle. Pero lo divertido era esconderse, y vivir horas de suspenso.
 (Los cuadernos de N. Bogotá: Planeta, 1994)

El río

   N sale de su casa con intenciones de suicidarse. Llega al río, pasa el puente abstraído, mira hacia atrás y se devuelve. Se detiene en la mitad del puente. El río está seco, como si se hubiera desviado aguas arriba. Pasa un hombre. N le pregunta: “¿Qué se hizo el río?”. —Está ahí, bajo el puente, responde el hombre. “Pero, ¿dónde está el agua?”. —¿Quién dijo que aquí los ríos tienen agua?
(Los cuadernos de N. Bogotá: Planeta, 1994)