Bienvenidos a la edición cibernética de la Revista Ekuóreo, pionera de la difusión del minicuento en Colombia y Latinoamérica.
Comité de dirección: Guillermo Bustamante Zamudio, Harold Kremer, Henry Ficher.

41. Despedidas y retornos



Despedida
   Rabindranath Tagore

   El arco dice bajito a la flecha, al despedirla: tu libertad es mía.


Huellas
   Harold Kremer

   Se diría que no era demasiado profunda ni muy superficial, y a lo largo de los años marcó una ligera línea recta como si pretendiera llegar a algún lugar determinado. Luego comenzó a dar vueltas sobre sí misma hasta que por un largo tiempo se quedó hundida y sin rastro. Sobre ella hallé la cara de una moneda y una línea en dirección austral. Más adelante se unió a otras huellas que se regaban por bares, prostíbulos y templos. Al tiempo, decidió que era hora de regresar y se aprestó a retornar hasta el origen. Cuando llegó yo ya escribía las últimas líneas del informe. Lo entregué y tuve tiempo de morir.


Viejos conocidos
   Roberto Burgos Cantor

   Ella le pregunta. Incansable. Muchas veces. Casi siempre le pregunta lo mismo. Ahora ya no lo mira. Está acostada de espaldas y conoce sus movimientos cuando se va:
   —¿Por qué te vas?
   Él, obstinado, sonríe en cada ocasión y se queda en silencio.
   Esta vez la mira, su espalda quieta, el lunar, y sin dejar de mirarla le contesta:
   —Para no olvidarte.


La partida
   Franz Kafka

   Ordené sacar mi caballo del establo. El criado no me comprendió. Fui yo mismo al establo, ensillé el caballo y monté. A lo lejos oí el sonido de una trompeta, le pregunté lo que aquello significaba. El no sabía nada, no había oído nada. En el portón me detuvo para preguntarme:
   —¿Hacia dónde cabalga el señor?
   —No lo sé —respondí—. Sólo quiero irme de aquí. Partir siempre, salir de aquí, sólo así puedo alcanzar mi meta.
   —¿Conoce, pues, su meta? —preguntó él.
   —Sí —contesté yo—. Lo he dicho ya. Salir de aquí, esa es mi meta.  


A Roma
   William Ospina

   Cuando Tomás de Aquino iba hacia Roma, vio venir al pueblo elegido.
   —Deteneos —gritó—. Roma está a vuestras espaldas.
   —Otra es la ciudad que buscamos —dijo desde su barba el Patriarca.
   —Nada hallaréis por este rumbo —les respondió Tomás—, sino barro y arena. Roma, en cambio, es templos y ángeles.
   —No queremos encontrar templos y ángeles —dijo el Patriarca—. Queremos barro y arena para hacerlos.
   Tomás de Aquino siguió su camino en silencio, pero no llegó a Roma.


Gerardus Mercator, 1578
   César Jair Ariza Rojas

   En las mazmorras de la prisión de Lovaina, mientras la Inquisición deliberaba sobre su caso, Gerardus juró que, de ser dejado en libertad, se vengaría de la Iglesia. Sus amigos de la universidad hablaron a su favor cuando el Santo Oficio los llamó a declarar. Gerardus fue declarado inocente. Se le sometió, sin embargo, a un exilio forzoso, debiendo abandonar la ciudad rápidamente.
   Antes de irse tuvo la ocasión de entrevistarse con dos o tres personas muy influyentes, quienes le suministraron la información necesaria para la ejecución de su venganza.
   Gerardus dejó la ciudad una mañana de septiembre, llevando consigo una inmensa cantidad de datos geográficos y sus instrumentos de trabajo. Decidió instalarse en la población de Duisburg, donde adquirió reputación de excelente cartógrafo.
   Los siguientes treinta años los dedicó a refinar sus cálculos, a mejorar sus proyecciones. Cuando al fin hubo terminado su trabajo, decidió cumplir su juramento: publicar el primero de sus Atlas. A partir de ese momento, los brujos tendrían la oportunidad de conocer, de manos del mejor cartógrafo de Europa, un mapa verdaderamente exacto del Infierno.


El encuentro
   José Libardo Porras Vallejo

   En principio, juzgué una gracia el encuentro con esos otros caminantes. Lo mismo que antiguos camaradas, compartimos asuntos de viajes y del corazón. Nos ayudamos con las cargas y, si alguno iba a desfallecer, de inmediato se oía el estribillo: “¡No desfallezcas! ¡Si desfalleces, todos desfalleceremos contigo!”. El camino ganó en lisura.
   Al llegar a un estrecho cuadrivio, consideramos suficiente la jornada y nos dispusimos al descanso. Con lo mejor de cada viandante nos dimos una regalada cena. Yo ofrecí mi bota y, sentados alrededor del fuego del vino y la conversación, despedimos poco a poco la vigilia. Nos unía el afán de arribar a Esbirnia.
   La noche transcurrió fresca, casi fría, pues era la última antes del invierno. Al amanecer nos recibió un cielo cerrado, de color bituminoso.
   Al despertar, hallé a todos con sus alforjas, en actitud de partir. Discutían. Era imposible determinar la posición del sol y las huellas de nuestros pasos habían desaparecido. Cada uno sugería un rumbo diferente, exponiendo razones útiles, tanto para seguirle como para abandonarle.
   —Percibo en el aire el dulce de los algarrobos del patio de mi casa paterna —dijo el primero; levantó al cielo el índice derecho, humedecido en saliva, y luego señaló un punto—. Ese es el norte —dijo, y narró una cacería al lado de su padre, en las tierras del sur.
   —Ese no es el norte —repuso uno que, en tanto, había estado haciendo cálculos con una rama sobre la tierra fresca—. Es allá —exclamó, señalando en dirección opuesta al anterior, y expuso su teoría. Ninguno logró comprender.
   —Fabriquemos una ruleta —sugirió el tercero, y refirió sus experiencias de garitero en los puertos de Messina, Catania y Siracusa.
   De modo similar procedieron los demás. Sin acuerdo posible, se dispersaron por los cuatro puntos cardinales, cada uno convencido por sus propias razones. Yo, el  más joven, me quedé ahí parado, sin saber a cuál de ellos seguir, rogando a Dios que me dejara ver el sol, un rayo de Su luz.