Bienvenidos a la edición cibernética de la Revista Ekuóreo, pionera de la difusión del minicuento en Colombia y Latinoamérica.
Comité de dirección: Guillermo Bustamante Zamudio, Harold Kremer, Henry Ficher.

32. Fábulas



El ratón cambiado en niña
   Fábula hindú


   Un brahmán se paseaba en cierta ocasión por los alrededores de una fuente, y vio caer, inmediato a sus pies, un ratón desprendido del pico de un cuervo. Lo cogió y lo llevó a su casa; después suplicó a los dioses que lo transformaran en una niña, gracia que le fue concedida. Algunos años después, viendo que la niña había llegado a la edad apropiada para casarla, dijo a la joven: “Elige de toda la Naturaleza el ser que más te guste; prometo casarte con él”. —“Quiero, dijo la joven, un marido que sea tan fuerte que nunca pueda ser vencido”. —“Es el Sol, entonces, lo que quieres”, dijo el brahmán.
   Y al día siguiente, dijo al Sol:
   “Mi hija desea un esposo que sea invencible; ¿querrías casaros con ella?”. Pero el Sol le respondió: “La nube destruye mi fuerza; dirigíos a ella”.
   El brahmán hizo la misma pregunta a la nube. “El viento, dijo ésta, me hace ir adonde mejor le parece”.
   El anciano no se desanimó: y rogó al viento que se casara con su hija; pero como el viento le hizo saber que su fuerza era detenida por la montaña, se dirigió a la montaña: “El ratón es más fuerte que yo, puesto que me agujerea por todas partes y penetra en mis entrañas”.
   El anciano fue, pues, en busca ratón, que consintió en casarse con su hija, diciendo que hacía tiempo buscaba mujer.
   El brahmán, cuando entró en su casa, preguntó a su hija si quería casarse con el ratón y ella aceptó, puesto que el ratón vencía a la montaña, la cual detenía al viento, dueño de la nube que oculta al sol. El buen hombre se dijo entonces: “Para llegar a este fin, ¿qué falta hacía haber cambiado al ratón en niña?”. Y rogó al dios que la joven volviera su primitivo estado de ratón, gracia que obtuvo.


François Chauveau




El león y la espina
   Ambrose Bierce


   Un León que vagaba por el bosque se clavó una espina en la pata, y al encontrar un Pastor, le pidió que se la extranjera. El Pastor lo hizo, y el León, que estaba saciado porque acababa de devorar a otro pastor, siguió su camino sin hacerle daño. Algún tiempo después, el Pastor fue condenado, a causa de una falsa acusación, a ser arrojado a los leones en el anfiteatro. Cuando las fieras estaban por devorarlo, una de ellas dijo:
   —Este es el hombre que me sacó la espina de la pata.
   Al oír esto, los otros leones honorablemente se abstuvieron, y el que habló se comió él sólo al Pastor.
(Tomado de Fábulas fantásticas. Buenos Aires: Errepar, 2000.)




La zorra y el león
   Francesc Eiximenis


   Había una vez un león que tenía hambre, y queriendo encontrar ocasión para comer, preguntó a la oveja cómo era su aliento. Y la oveja respondió la verdad, diciéndole que muy apestoso. El león, fingiéndose entonces ofendido, le dio un fuerte golpe en la cabeza y la mató diciéndole:
   —¡Ahí va!, porque no has sentido vergüenza de ofender a tu rey. ¡Ahora recibe eso!
   Después preguntó el león lo mismo a la cabra, es decir, si su aliento olía bien. Y la cabra, viendo cuán mal lo había tomado con la oveja, le contestó que su aliento era maravilloso y olía muy bien. Entonces el león le pegó un fuerte golpe en la cabeza y la mató exclamando:
   —¡Ahí va!, porque me has adulado con falsedades. ¡Ahora toma eso! Y después hizo aquella misma pregunta a la zorra, pidiéndole cómo tenía el aliento. Pero la zorra se alejó de él, recordando lo mal que les había ido a las otras y le contestó:
   —¡De buena fe, señor, le digo que no le puedo responder a su pregunta, puesto que me hallo resfriada y nada percibo de su aliento!
   Y así se escapó del león. Y los demás animales que se pusieron en el peligro, sin provecho murieron, ya que no supieron evadirse y alejarse de la respuesta.




La rana que quería ser una rana auténtica
   Augusto Monterroso


   Había una vez una Rana que quería ser una Rana auténtica, y todos los días se esforzaba en ello.
   Al principio se compró un espejo en el que se miraba largamente buscando su ansiada autenticidad.
   Unas veces parecía encontrarla y otras no, según el humor de ese día o de la hora, hasta que se cansó de esto y guardó el espejo en un baúl.
   Por fin pensó que la única forma de conocer su propio valor estaba en la opinión de la gente, y comenzó a peinarse y a vestirse y a desvestirse (cuando no le quedaba otro recurso) para saber si los demás la aprobaban y reconocían que era una Rana auténtica.
   Un día observó que lo que más admiraban de ella era su cuerpo, especialmente sus piernas, de manera que se dedicó a hacer sentadillas y a saltar para tener unas ancas cada vez mejores, y sentía que todos la aplaudían.
   Y así seguía haciendo esfuerzos hasta que, dispuesta a cualquier cosa para lograr que la consideraban una Rana auténtica, se dejaba arrancar las ancas y los otros se las comían, y ella todavía alcanzaba a oír con amargura cuando decían que qué buena Rana, que parecía Pollo.
(Tomado de La oveja negra y demás fábulas. México: Joaquín Mortiz, 1969.)




El pastor y el ruiseñor
   Gotthold Ephraim Lessing


   —Vamos, canta, querido ruiseñor —pidió, en una primorosa noche de primavera, un pastor al silente cantor.
   —¡Ay! —exclamó el ruiseñor—, las ranas hacen tanto ruido que se me van las ganas de cantar. ¿No las escuchas?
   —Claro que las escucho —respondió el pastor—, pero sólo a causa de tu silencio.




El rico erudito
   Tomás de Iriarte


   Hubo un rico en Madrid (y aun dicen que era más necio que rico), cuya casa magnífica adornaban muebles exquisitos.
   —¡Lástima que en vivienda tan preciosa —le dijo un amigo— falte una librería!, bello adorno, útil y preciso.
   —Cierto —responde el otro—. ¡Que esa idea no me haya ocurrido!... A tiempo estamos. El salón del Norte a este fin destino. Que venga el ebanista y haga estantes capaces, pulidos, a toda costa. Luego trataremos de comprar los libros.
   —Ya tenernos estantes. Pues, ahora —el buen hombre dijo— ¡echarme yo a buscar doce mil tomos! ¡No es mal ejercicio! Perderé la chaveta, saldrán caros, y es obra de un siglo...
   Pero, ¿no era mejor ponerlos todos de cartón fingidos? Ya se ve: ¿por qué no? 
   “Para estos casos tengo yo un pintorcillo que escriba buenos rótulos e imite pasta y pergamino. Manos a la labor”. Libros curiosos modernos y antiguos mandó pintar, y a más de los impresos, varios manuscritos. El bendito señor repasó tanto sus tomos postizos que, aprendiendo los rótulos de muchos, se creyó erudito.
   Pues, ¿qué más quieren los que sólo estudian títulos de libros, si con fingirlos de cartón pintado, les sirven lo mismo?




La cierva y la leona
   Harold Kremer


   Lo ideal sería que la leona antes de atacar y devorar al pequeño ciervo, hablara con la madre del animalito y le dijera los motivos del crimen. Quizá la cierva la invitaría entonces a un trago porque tendría mucho de qué hablar sobre ese tema, pues ya ha perdido tres ciervitos en las garras de leones, leopardos y otros depredadores. Pensaría la cierva: «Al fin y al cabo las dos somos madres, y hablaríamos de sentimientos y esas cosas». Y sucedió que la leona le aceptó el trago y se fueron a la taberna y ustedes saben que una copa de licor siempre trae otra y helas allí bebiendo toda la tarde de ese sábado. La cierva llorando por los hijos perdidos y la leona consolándola, pidiendo servilletas para limpiar las lágrimas de la madre. Y a la cierva se le ocurrió una idea genial: pidió dos ensaladas con bastante pasto, aderezada con hojas tiernas y sazonada con perejil y cilantro. «Pruebe usted, señora leona», dijo, «es deliciosa». La leona hizo un gesto de desagrado e iba a pedir una porción de carne, pero por consideración decidió comer la ensalada. Y helas allí bebiendo y comiendo, secreteándose sobre amores y riendo y gozando. La leona dijo que la ensalada de verdad estaba buena y que iba a llevar varias para que la probaran las otras leonas, los dos leones y los leoncitos que estaban esperándola para comer. Y a la cierva se le hizo un nudo en la garganta, un nudo de felicidad que tuvo que deshacer con otro vaso de whisky, y las dos entendieron en esa noche de luna llena que era posible, por fin, convivir en paz, y se abrazaron y sellaron un pacto de no agresión y para celebrar pidieron otro trago y otro, hasta que la cierva, borracha, cayó sobre la mesa. 
   ¿Y era ético para la leona dejar a su nueva amiga allí, con las amenazas y peligros de hoy en día? «No, señor», se dijo y cargó a la cierva para llevarla hasta el pastizal. Y se fueron por ese camino, tambaleándose, cantando Pueblito viejo y otras canciones. Y la gente animal (jirafas, cocodrilos, cebras y otros) se maravillaban al ver semejante escena. Se le ocurrió a la leona, en último momento, presentar su nueva amiga a la manada. «¿Por qué no?», se preguntó, «si hasta comadres vamos a ser». 
   Y cargó a su amiga hasta la casa donde leones, leonas y leoncitos devoraron a la cierva mientras alababan el buen sabor de la carne curtida en alcohol.
(Tomado de El combate. Cali: Deriva, 2004.)