Bienvenidos a la edición cibernética de la Revista Ekuóreo, pionera de la difusión del minicuento en Colombia y Latinoamérica.
Comité de dirección: Guillermo Bustamante Zamudio, Harold Kremer, Henry Ficher.

175. Escritores hondureños

Editor invitado: Kalton Bruhl

El microrrelato en Honduras

   De acuerdo a Víctor Manuel Ramos (La minificción en Honduras, 2007) puede considerarse a Froylán Turcios como el precursor del cuento breve en Honduras; señalando, además, las incursiones en dicho género de Juan Ramón Molina, Carlos Alberto Uclés y Salatiel Rosales, quienes, desafortunadamente, no consideraron las posibilidades creativas de la minificción.
   Indica Víctor Manuel Ramos que fue Rafael Heliodoro Valle quien exploró en forma abundante la narración breve bajo la forma de anécdotas, imprimiéndoles un delicado estilo, un argumento simple y aquilatada prosa.
   Sin embargo considera a Óscar Acosta, el verdadero fundador de la minificción en Honduras con la publicación en 1956 de su libro “El Arca”, cuya primera edición fue publicada en Perú. Helen Umaña (Estudios de Literatura Hondureña, pág. 40), expresa que El Arca, es un texto de ruptura con la tradición narrativa hondureña que, quizás, por haber sido publicado en Perú, o por un posible marginamiento ideológico ejercido contra el autor, careció de inmediatos seguidores en el país. Asimismo, señala como ejemplos más recientes de minificción en Honduras, los libros Constante Sueño de Eva Thais y Acuario y Monsieur Herrison y otros cuentos, del mismo Víctor Manuel Ramos; señalándose, además, a Nery Alexis Gaitán como un cultivador del minicuento con dedicación casi exclusiva.



Tsunami conyugal
   Elisa Logan

   Era domingo y la ciudad comenzaba a desperezarse cuando la motocicleta de su esposo impactó contra un auto. Murió instantáneamente.
   En el funeral, mientras lloraba la muerte del hombre con quien había procreado dos hijos, su suegra le asestó una puñalada, de la que no se recuperaría jamás, al cumplir la promesa de sacar del anonimato a la hija prohibida, negada, rechazada, fruto de una aventura pasajera.
   Ahí murió.
   Ahora, no sabía por qué llorar; si por el hombre amado, con el que compartió penas y angosturas o por el odiado, a quien nunca podría reclamar su traición. Pudo la dignidad. Mejor no lloró.

 Patrick Guenette

Cuento de terror 2
   Hermes Moncada

   Sara había comprado el espejo en una venta de garaje. Por su precio fue prácticamente un regalo. Tenía muy buen aspecto a pesar de ser una antigüedad.
   Al llevarlo a casa de inmediato comenzaron a suceder cosas extrañas: ruidos inexplicables, objetos fuera de lugar, aparatos eléctricos que se encendían solos. Pero lo más desconcertante ocurrió aquella mañana cuando todos los espejos de la casa aparecieron rotos. Todos excepto el espejo antiguo. Sara sintió un repentino escalofrío al acercarse a él. Le pareció ver que en una esquina se reflejaba alguien más. Decidió deshacerse de él, sin embargo todos sus intentos fracasaron. Cuando tuvo la idea de lanzarlo por un puente, el auto no arrancó. Lo dejó afuera de su casa para que el personal de aseo se lo llevara por la mañana, pero cuando despertó el espejo estaba en su lugar.
   Sara, desesperada, tomó un martillo y cuando lanzó un golpe para destruirlo, volvió a ver la figura en la esquina del espejo. Miró hacia atrás, pero no había nadie más en la habitación. Volvió a ver al espejo. Ya no era su imagen la que se reflejaba. Una mujer con ropajes antiguos la miraba directamente a los ojos. Sara quedo paralizada. No pudo gritar, ni siquiera lo hizo cuando la mujer alargó sus brazos y de un tirón la introdujo dentro del espejo.
   María aparcó su auto a la orilla de la calle. Había decidido probar suerte en una venta de garaje. El espejo tenía muy buen aspecto a pesar de ser una antigüedad. Algunos aruñones en el marco, algunas manchas de lo que parecía ser pintura roja. Nada que una buena limpieza no pudiera solucionar.


El Guramí perlado
   Víctor Manuel Ramos

   La más pequeña de las sirenas había llorado inconsolablemente aquella tarde porque el sol pasaba frente a ella sin reparar en su belleza. El guramí, conmovido por el llanto de la sirenita y para no dejar huellas del desconsuelo, se tragó todas las lágrimas. Cuando despertó, al día siguiente, su cuerpo estaba todo cubierto de perlas.


El orden de los sumandos, ¿altera el producto?
   Felipe Rivera Burgos

   Mucho tiempo hubo de pasar para que la Iguana entendiera que aquel camino era un atajo hacia la playa. ¿Quieres decir —le decía a la Ardilla —que si me voy por aquí llegó al mismo sitio en menos tiempo que si me voy por detrás de la montaña? La Ardilla repetía que sí. Y la Iguana no dejaba de reír, satisfecha, porque ella no creía en la magia.


 Patrick Guenette
El vengador
   Óscar Acosta

   El Cacique Huantepeque asesinó a su hermano en la selva, lo quemó y guardó sus cenizas calientes en una vasija. Los dioses mayas le presagiaron que su hermano saldría de la tumba a vengarse, y el fratricida, temeroso, abrió dos años después el recipiente para asegurarse de que los restos estaban allí. Un fuerte viento levantó las cenizas, cegándolo para siempre.


La limosna
   Nery Alexis Gaitán

   En la cafetería, una madre acariciaba a su hijo. Desde la calle, él miraba la escena; contento, se dirigió al lugar donde el otro niño le sonreía feliz a su madre… la señora lo miró, sacó una moneda y se la puso en la mano. El niño sonrió y esperó: las caricias nunca llegaron.




Entre la niebla
   Kalton Bruhl 

   Aquella tarde, mientras conversaba con Marcelo, el más viejo de mis compañeros de trabajo, logré  ver entre la niebla un resplandor intermitente. Lo único que podía determinar era que se dirigía hacia el astillero. Al definirse las formas, mi expectación se transformó en asombro.
  Era un enorme buque de tres mástiles. Sus velas raídas denotaban que habían soportado, quizás durante siglos,  las incontenibles ráfagas del tiempo.
   Interrogué a Marcelo, desconcertado.
   “Es un barco fantasma –respondió–. Hacía años que no lo veía. No imagino por qué ha vuelto”.
   Comenté asustado que debía tratarse de un presagio. Algo terrible estaba a punto de ocurrir.
   “No lo creo –me corrigió, sin darle ninguna importancia–. Sólo debe ser que el océano está recordando”.