Bienvenidos a la edición cibernética de la Revista Ekuóreo, pionera de la difusión del minicuento en Colombia y Latinoamérica.
Comité de dirección: Guillermo Bustamante Zamudio, Harold Kremer, Henry Ficher.

178. Flashes autobiográficos


El carpintero
   Norah Lange

   Frente a nuestra quinta existían varias casas y un rancho, cuyas paredes de barro, deshilachadas y llenas de parches, apenas lograban mantenerlo en pie. A ese rancho llegó un matrimonio tan sumido en la miseria que, al refugiarse en él, ni siquiera tenía dónde sentarse, hasta que madre le envió ropa, comida y dos hamacas de mimbre. La mujer rara vez salía. En ocasiones, la divisábamos desde lejos, agachada, los hombros siempre cubiertos por una vieja pañoleta. Después nos enteramos de que se hallaba tuberculosa y que el marido apenas conseguía juntar uno centavos haciendo pequeños trabajos de carpintería.
   Una tarde supimos que Andrea agonizaba, y cuando circuló la noticia de que había muerto, vimos que el marido llamaba a la puerta del jardín. Supusimos que querría alguna ayuda para el entierro o algunas flores más, pero sólo venía a pedir un alfiler de gancho para abrocharse el cuello de la camisa. Le parecía indecente velarla con la garganta descubierta y era el único cambio de indumentaria que podía costearse frente a la muerte de su mujer.
   Nos pareció terrible que sólo pidiera un alfiler de gancho.
   Cuando mi padre fue a verlo, lo encontró sólo en la pieza, de pie ante el cadáver que él mismo había envuelto en una sábana y acostado dentro de su cajón. Dos velas ordinarias iluminaban la cabecera. La luz salía a la calle por la ventana derruida y se llenaba de polvo.
   A la mañana siguiente, muy temprano, oímos unos martillazos. Era el hombre del rancho, que cerraba el cajón. Lo imaginamos solo en el cuarto, trabajando como de costumbre, poniéndose algunos clavos en la boca, mientras colocaba la tabla sobre el cuerpo tan conocido y miserable.
   Antes del mediodía, un carro de la municipalidad se llevó el cajón.
(Cuadernos de infancia)

Guardián de secretos
   Nathaniel Hawthorne

   Decidí quemar viejas cartas y diversos papeles, hace pocos días, en previsión de nuestro viaje a Londres. Entre las cosas quemadas había un centenar de cartas de Sophia cuando era joven: el mundo ya no cuenta con otras iguales, éstas fueron reducidas a cenizas. El fuego es el máximo guardián de nuestros secretos. ¿Qué haríamos sin el fuego y sin la muerte?
(Cuadernos norteamericanos)


Por qué me llamo Saramago
   José Saramago

   Saramago no era el apellido de la familia, sino sólo el apodo. Yendo mi padre a declarar en el registro civil el nacimiento del hijo, sucedió que el empleado (se llamaba Silvino) estaba borracho; por su propia iniciativa, y sin que mi padre se diese cuenta, añadió ‘Saramago’ al simple nombre que yo debía llevar, que era José de Sousa; de esta manera, gracias a un destino de los hados, se preparó el nombre con el que firmo mis libros. Suerte mía, y gran suerte, fue la de no haber nacido en cualquiera de las familias de Azinhaga que, en aquel tiempo y por muchos años más, ostentaban los arrasadores y obscenos apodos de Pichatada, Culorroto y Caralhana...
   Más tarde, cuando para matricularme en la instrucción primaria tuve que presentar una partida de nacimiento, el antiguo secreto se descubrió, con gran indignación de mi padre que detestaba el mote. Pero lo peor fue que llamándose mi padre José de Sousa, la Ley quiso saber cómo tenía él un hijo cuyo nombre completo era José de Sousa Saramago. Así intimado y para que todo quedase en lo propio, en lo sano y en lo honesto, mi padre no tuvo más remedio que hacer un nuevo registro de su nombre, por el cual pasó a llamarse también José de Sousa Saramago, como el hijo. Habiendo sobrevivido a tantos sucesos, baldones y desdenes, habría de parecer a cualquiera que el viejo mote, convertido en apellido dos veces registrado y homologado, iría a gozar de una vida larga en las vidas de las generaciones. No será así. Violante se llama mi hija, Ana mi nieta y ambas firman Matos, el apellido del marido y del padre. Adiós pues, Saramago.
(Cuadernos de Lanzarote I)


Miedo a la eternidad
   Clarice Lispector

   Cuando era pequeña, todavía no había probado los chicles y en Recife se hablaba poco de ellos. ¿De qué tipo de caramelo se trataba? El dinero que tenía no alcanzaba para comprarlos, y con esa misma cantidad podría conseguir un montón de dulces. Finalmente, mi hermana reunió el dinero, los compró y, al salir hacia la escuela, me explicó:
   —Ten cuidado de no perderlo, porque este caramelo nunca se acaba. Dura toda la vida.
   Yo estaba atónita: había sido transportada al reino de las historias de príncipes y de hadas. Cogí el pequeño chicle rosa que representaba el elixir del largo placer. Lo examiné. Casi no podía creer en el milagro. Con delicadeza, acabé por metérmelo en la boca.
   —Y ahora, ¿qué hago? —pregunté, para no equivocarme en el ritual que seguramente había.
   —Chupa para ir notando el azúcar y, cuando se acabe, empiezas a masticarlo. Y entonces sigues masticando toda la vida. A no ser que lo pierdas, yo ya he perdido varios.
   Perder la eternidad. Nunca. El azúcar del chicle era bueno, pero no muy bueno. En cierto momento, se acabó el azúcar.
   —Y ahora ¿qué?
   —Ahora mastica para siempre.
   Me asusté, no sabría decir por qué. Masticaba y masticaba aquella cosa pegajosa que no sabía a nada. Me sentí decepcionada: no me gustaba el sabor y la ventaja de que fuese eterno me daba miedo. No quise confesar que no estaba a la altura de la eternidad, que me producía angustia. No aguanté más y, al cruzar el portón de la escuela, me las arreglé para que el chicle se cayera.
   —¡Mira qué me ha pasado! —dije con fingido asombro y fingida tristeza.
   —Ya te dije —repitió mi hermana— que no se acaba nunca. Pero a veces los perdemos. Hasta de noche podemos ir masticando, pero para no tragárselo durante el sueño hay que pegarlo a la cama. No te pongas triste: un día te daré otro, y ése no lo perderás.
   Yo estaba avergonzada ante la bondad de mi hermana, avergonzada de la mentira que le había soltado, pero aliviada, sin el peso de la eternidad sobre mí.
(Aprendiendo a vivir y otras crónicas)



Agosto 25 de 1985
   Sándor Márai

   Paso largas horas junto a su cama. Le cojo la mano y ella me la aprieta débilmente para indicar que se da cuenta de mi presencia. Pero no abre los ojos. Parece tranquila, no hay en su expresión ni rastro de sufrimiento, inquietud o miedo. Su serenidad es una faceta de la belleza, incomparable. Esta cara carece de todo lo que durante la vida va esculpiendo y cambiando el rostro: sentimientos, deseos, desilusiones. Sus rasgos, su cara familiar, tan querida y única, se ha ido acendrando, ennobleciendo como sólo puede ocurrir antes de la muerte, cuando todavía queda una chispa de vida tras la máscara, aunque la personalidad ya no vive; sólo resta el cuerpo purificado por el destino. Como una estatua; este rostro aún alienta vida, aunque se ha desprendido de todo lo superfluo para dejar únicamente la calma final y la realidad pura.
(Diarios 1984-1989)


Los zapatos
   Natalia Ginzburg

   Pertenezco a una familia donde todos llevan zapatos fuertes y en buen estado. Mi madre tuvo incluso que encargar que le hicieran un armarito especial para poner los zapatos, de tantos pares como tenía. Cuando vuelvo con mi familia, lanzan gritos de indignación y dolor al ver mis zapatos. Pero yo sé que también se puede vivir con los zapatos rotos. En la época alemana estaba sola aquí, en Roma, y no tenía más que un par de zapatos. Si los hubiese llevado al zapatero, habría tenido que pasarme dos o tres días en la cama, cosa que no me era posible. Así, seguí llevándolos y, para colmo, cuando llovía, los notaba romperse lentamente, hacerse blandos e informes, y sentía el frío del empedrado bajo las plantas de los pies. Es por esto por lo que incluso ahora llevo siempre los zapatos rotos, porque me acuerdo de aquellos y, en comparación, no me parecen tan rotos y, si tengo dinero, prefiero gastármelo en otras cosas, porque los zapatos ya no me parecen algo muy esencial.
(Las pequeñas virtudes)


Autobiografía
   Pablo Neruda

   Por mi parte soy o creo ser duro de nariz, mínimo de ojos, escaso de pelos en la cabeza, creciente de abdomen, largo de piernas, ancho de suelas, amarillo de tez, generoso de amores, imposible de cálculos, confuso de palabras, tierno de manos, lento de andar, inoxidable de corazón, aficionado a las estrellas, mareas, maremotos, admirador de escarabajos, caminante de arenas, torpe de instituciones, chileno a perpetuidad, amigo de mis amigos, mudo de enemigos, entrometido entre pájaros, maleducado en casa, tímido en los salones, arrepentido sin objeto, horrendo administrador, navegante de boca y yerbatero de la tinta, discreto entre los animales, afortunado de nubarrones, investigador de mercados, oscuro en las bibliotecas, melancólico en las cordilleras, incansable en los bosques, lentísimo de contestaciones, ocurrente años después, vulgar durante todo el año, resplandeciente con mi cuaderno, monumental de apetito, tigre para dormir, sosegado en la alegría, inspector del cielo nocturno, trabajador invisible, desordenado, persistente, valiente por necesidad, cobarde sin pecado, soñoliento de vocación, amable de mujeres, activo por padecimiento, poeta por maldición y tonto de capirote.