Bienvenidos a la edición cibernética de la Revista Ekuóreo, pionera de la difusión del minicuento. Hecha en Colombia.
Comité de dirección: Guillermo Bustamante Zamudio, Harold Kremer, Henry Ficher.

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domingo, 29 de mayo de 2022

315. Objetos imposibles V

 
Viento
   Gustav Meyrink

   En una plaza solitaria, sin notar el viento puesto que me hallaba a cubierto tras una casa, vi ciertos trozos de papel que corrían girando como locos, persiguiéndose unos a otros como si se hubiesen jurado la muerte. Un momento más tarde parecían haberse calmado, pero de pronto les sobrevino un brusco enfado y con una rabia sin sentido se movieron a toda velocidad de un lado para otro, se apretujaron y de nuevo se separaron como posesos para desaparecer finalmente tras una esquina.
   Un grueso periódico fue el único que no pudo seguirlos; se quedó tirado en el asfalto y se abría y cerraba lleno de odio, como si le faltara el aliento y procurara respirar.
   Me sobrevino una oscura sospecha: ¿qué pasaría si, al fin de cuentas, las cosas con vida fueran algo semejante a estos trozos de papel? ¿No es posible que haya un “viento” incomprensible e invisible que nos lleve de un lado para otro y determine nuestras acciones, mientras en nuestra ingenuidad creemos gozar del libre albedrío?
(El golem, 1915)


Elección
   Stanislaw Jerzy Lec

   El boomerang eligió la libertad y no volvió.


Mosca de bronce
   Gervais, canciller de Otón III 

   Un obispo de Nápoles hizo construir una mosca de bronce que colocó en una de las puertas de la ciudad. Esta mosca mecánica, adiestrada como un perro de ganado, impidió que cualquier otra mosca entrase en Nápoles; tanto que, durante ocho años, gracias a la actividad de esta ingeniosa máquina, las carnes depositadas en las carnicerías no se corrompieron.
(Otía imperatoris)


¡Oh, pobre piedra!
   Luis Vidales

   Sembrada en el limo vigoroso, ¡quién sabe cuántas primaveras han resbalado por tu vientre, y sin embargo tú —como las vírgenes— te mostraste dura, y rehusaste soltar el fruto! ¿Acaso no has pensado en lo exótica que sería tu flor, tu pequeña flor gris? Pero no. Es preciso que no hayas oído nada de lo que dije. Tú eres de la casta de las estériles. ¡Oh, piedra! ¡Oh, pobre piedra! Sobre ti caerá un día la maldición de los hombres.
(Suenan timbres)
Man Ray - Cadeau

Amenazas
   William Ospina

   —Te devoraré —dijo la pantera.
   —Peor para ti —dijo la espada.
(Participante en el «Primer concurso nacional de minicuentos», Revista Ekuóreo, 1981)


Chino filósofo
   Carlos José Castillo

   El chinito miró la caja y curioso la desarmó. Apareció otra y también la desarmó, y luego otra, y otra y muchas cajas más.
   Cuando desarmó la última caja sintió que se quedaba sin piso, sin cielo, y cayó en un irremediable vacío.
(Los inmortales, 2003)


La tertulia
   Mauricio Naranjo

   Cuentan que después de la medianoche, mientras todos duermen, las estatuas y los bustos de los próceres se reúnen en ‘La playa’ con ‘El palo’ a fumar, beber y narrar siniestras historias de transeúntes que como pálidas sombras perturban sus silencios de piedra y bronce.
(Signo cero)



domingo, 21 de abril de 2019

234. Objetos imposibles IV: Piedras, de Roger Caillois



Roger Caillois

Piedras de China

Figuras

   Al oeste de la prefectura de K’i, a setenta li del distrito de Long, existe una gruta llamada la caverna de los dragones o de los peces. Allí se encuentra una piedra que a veces es grande, otras veces pequeña. Si alguien la rompe y examina su interior, percibe las figuras de dragones y de peces. 
   Quienes pasan ante la caverna evitan hablar de ella. Escuchan ruidos lejanos de truenos y de huracanes. Se detienen, presas del terror. No todo el mundo escucha estos ruidos.


La Isla del Medio

   En la Isla del Medio existe una piedra que tiene hijos. En pleno ciclo Wen lou, un hombre recogió la piedra, que por aquel entonces era pequeña. La dejó en una esquina. Al cabo de ochenta años había crecido mucho y había dado a luz a un millar de piedras pequeñas: su descendencia. 


Hiong-hoang

   El sabor de la piedra hiong-hoang resulta frío y amargo. Es una panacea. Cura las úlceras malignas, las fistulas; espanta a los fantasmas, los malos espíritus. Repele los miasmas. Neutraliza el veneno de los reptiles. Constituye el antídoto perfecto. Disipa todas las malas esencias. Si alguien la lleva consigo, los genios hostiles no se le acercan; si entra en una selva los tigres y las bestias feroces se arrastran a sus pies; si atraviesa un río no puede herirlo ningún animal maléfico. La piedra hiong-hoang convierte a las niñas en niños: cuando una mujer se da cuenta de que está encinta, le es suficiente con colocar un fragmento en una bolsita de seda, que se introduce en la vagina. Entonces el feto coge fuerza y se vuelve macho.


Che-tche

   La piedra che-tche tiene forma de hongo. Se encuentra en la orilla de la isla Hai iu ming chan, en medio de una gran variedad de piedras. Es carnosa. Como si fuera un ser vivo, tiene cabeza, cola y cuatro extremidades. Está adosada a piedras más grandes o a rocas. Existe una variedad que recuerda al coral; la blanca recuerda a la grasa, la negra al barniz, la azul a las alas del martín pescador, la amarilla al oro. Todas son transparentes y brillantes. Las grandes pesan diez kin aproximadamente, las pequeñas de tres a cuatro kin. Su forma es la de una vasija con orejas, que no sobresaldrían más de tres o cuatro pulgadas. Las que tienen siete agujeros se llaman ts’i ming. Las que tienen nueve se llaman kieou koang. Brillan como las estrellas. A cien pasos de distancia se distingue su luminosidad. En general, se espera al otoño para recoger estas piedras y pulverizarlas. 


Che yen

   Según el Pen tsao kang mou, el che yen se encuentra en el distrito de Yong, cerca de la ciudad de K’i yan hien. Esta piedra parece una ostra. Es de color tierra. Si son redondas y grandes, son la piedra golondrina macho; si son largas y pequeñas, la piedra golondrina hembra. Hay una especie de piedra che yen que se encuentra en las cavernas de estalactitas. Su forma es como la de la golondrina; se alimentan del goteo lechoso de las estalactitas; pueden volar.
   Según el Ou tsa tsou, la piedra che yen se encuentra en Yun ling. Vuela, pero solamente los días de mucho calor: cuando se levanta un viento violento combinado con lluvia, arrastra consigo la piedra que se arremolina con él rozando la superficie del suelo.


Jades fríos

   Un relato de los Song, debido a Ni Cheou-yo, precisa que en la gruta Ton-yuang existe una cascada donde vuelan los jades fríos. 


Joen che

   El joen che es una especie de cristal de roca que contiene pequeñas hojas o tallos. Con él se fabrican bolas que muestran en el interior del cuarzo una pequeña rama de ciruelo o una hoja de bambú tan bien conservadas como si se hubieran introducido recientemente. Estas muestras son extremadamente raras y constituyen auténticos tesoros que, en las familias ricas, se transmiten de generación en generación. 

domingo, 22 de abril de 2018

208. Objetos imposibles III


El gorro de Clementis
   Milan Kundera

   En febrero de 1948, el líder comunista Klement Gottwald salió al balcón de un palacio barroco de Praga para dirigirse a los cientos de miles de ciudadanos que llenaban la plaza de la Ciudad Vieja. Aquél fue un momento crucial en la historia de Bohemia. Un momento fatídico.
   Gottwald estaba rodeado por sus camaradas y justo a su lado estaba Clementis. La nieve revoloteaba, hacía frío y Gottwald tenía la cabeza descubierta. Clementis, siempre tan atento, se quitó su gorro de pieles y se lo colocó en la cabeza a Gottwald.
   El departamento de propaganda difundió en cientos de miles de ejemplares la fotografía del balcón desde el que Gottwald, con el gorro en la cabeza y los camaradas a su lado, habla al pueblo. En ese balcón comenzó la historia de la Bohemia comunista. Hasta el último niño conocía aquella fotografía por haberla visto en los carteles de propaganda, en los manuales escolares o en los museos.
   Cuatro años más tarde a Clementis lo acusaron de traición y lo colgaron. El departamento de propaganda lo borró inmediatamente de la Historia y, por supuesto, de todas las fotografías. Desde entonces Gottwald está solo en el balcón. En el sitio en que estaba Clementis aparece solo la pared vacía del palacio. Lo único que quedó de Clementis fue el gorro en la cabeza de Gottwald.
(El libro de la risa y el olvido)


Bicicleta
   Ulises Paniagua 

   Notimex, 15 de mayo del 2017

   Esta mañana, en el Hospital General y con éxito alentador, se llevó a cabo el primer trasplante de bicicleta en un ser humano. El paciente en cuestión, Maxi Ernst (famoso por componer relojes de pulsera), accedió a la entrevista después de una extenuante operación que tomó más de ocho horas. Durante la sesión de preguntas, el paciente no pudo ocultar su júbilo ante el perfecto entendimiento entre manubrio y frenos frontales instalados en su organismo; tampoco dejó de alabar la belleza del grabado en ambas caras de las llantas que conforman la extensión de su cuerpo. El cromado, sin embargo, es para el entrevistado lo más importante, puesto que no comprende –confiesa– como hicieron los doctores para dotar a su piel de un color rojo intenso y pasional. El relojero también agregó que, en cuanto hubiese oportunidad, quisiera dejar la sala de recuperación para dar un paseo por el Parque México, para lucirse ante las bellas modelos argentinas y alemanas que concurren a este espacio. También le encantaría la idea de participar en la próxima exhibición ciclista de Avenida Reforma. Como la operación resultó afortunada, los administrativos del hospital aseguran tener, en lista de espera, entre doscientos y trescientos pacientes, ansiosos por someterse al implante. El costo de la operación oscila entre l mil y los dos de acuerdo al tipo de cambio.


El agua
   Luis Vidales

   Dicen las gentes, tontas, que el agua toma la forma del objeto que la contiene. ¡Ay! Pero no saben ellas que el agua trabaja-trabaja. Y si los vasos no se rompieran —si los vasos duraran siglos— se verían en sus formas las transformaciones que les ha hecho el agua.
(Suenan timbres)


El remo en la pared de un bar
   Nohora Carbonell Muñoz

   El remo en la pared de un bar extraña al agua, la sinuosa humedad que lamía sus hendiduras, el chasquido abierto bajo su golpe, la curvatura del río sobre el cauce de arena.
   Una bella mujer atraviesa entre las mesas y la levedad de su sombra toca el remo. En su abandono, el exiliado despierta a humanas fantasías.
(Premiado en el concurso “La poesía de los objetos”. Casa de poesía Silva, Bogotá, 2012)


Los discos de Dropa - 12.000 AEC

Las flores

   Martín Kohan

   Las flores son de plástico. Se han doblado de una manera impropia, hasta perder por completo cualquier posible semejanza con las flores que son de verdad. Alguien intenta devolverles aquella forma que alguna vez tuvieron, pero le resulta imposible: como si pudiesen tener, tal como tienen las personas, memoria o preferencia, esos hilos de plástico vuelven a torcerse hasta recuperar el aspecto lastimoso del principio.
(Ciencias morales)


La barca
   Jorge Luis Borges

   Es una cosa de madera, está rota. No sabe, nunca lo sabrá, que la premeditaron y trabajaron hombres de la estirpe de Breno, que arrojó su espada de hierro (así lo quiere la leyenda) y dijo las palabras Vae Victis [¡Ay de los vencidos!], que también son de hierro. Habrá tenido centenares de hermanas, que ahora son polvo. No sabe, nunca lo sabrá, que surcó las aguas del Ródano y del Arve y de aquel gran mar de agua dulce que se dilata en el centro de Europa. No sabe, nunca lo sabrá, que ha surcado otro río más antiguo y más incesante que cualquier otro río y que se llama el Tiempo. Los galos la labraron para ese largo viaje un siglo antes de César y fue exhumada al promediar el siglo diecinueve en el cruce de dos calles de la ciudad, y ahora, sin saberlo, se muestra a nuestros ojos y a nuestro asombro en un museo que está no lejos de la Catedral en la que predicó la predestinación Juan Calvino.
(Atlas)


Tablas alfonsinas
   Diccionario Enciclopédico Hispanoamericano

   Habíanse ido acumulando, con el transcurso del tiempo, grandes errores en las tablas de Ptolomeo y de Albategnio: para corregirlos, concibió el rey de Castilla Alfonso X el proyecto magno de efectuar una reforma completa de sus elementos. Antes de subir al trono, congregó en Toledo a los astrónomos más famosos de su tiempo, cristianos, judíos y moros, Aben-Ragel, Alcabit, Aben-Musio, Mohammed, Abufali, Abuma y otros varios, que sumaron sus esfuerzos para producir las tablas conocidas con el nombre de Alfonsinas; aparecieron en 1252, el 3 de las calendas de junio, el mismo día en que D. Alfonso sucedió a su padre; se cree que de un modo casi exclusivo se deben a la laboriosidad del rabino Isaac Aben Sid, apellidado Hazan, inspector de la sinagoga de Toledo. Pero según los trabajos de los astrónomos eruditos, este rabino no correspondió dignamente a la confianza que en él depositó el rey, haciendo mal uso del dinero que a manos llenas se le facilitó, y de los recursos de todo género que se le proporcionaron, sin que sus tablas valiesen, ni por pienso, los 40.000 ducados que costaban.
   Murió D. Alfonso a los 58 años, después de un reinado bastante desdichado; se cita como suya la frase de que si Dios le hubiese consultado al hacer el mundo, le habría dado algunos buenos consejos.  Es muy posible que D. Alfonso sólo quisiera indicar con esta frase, que no sabemos que sea cierta, la  complicación que encerraba la teoría de los epiciclos, de la cual, sin embargo, era ferviente partidario, puesto que el que quería aconsejar a Dios, no tuvo ni un consejo que dar a los astrónomos, que de su orden trabajan en las Tablas.

domingo, 17 de diciembre de 2017

199. Objetos imposibles II



La casa automatizada
   Ray Bradbury

   Soplaba el viento. La rama desprendida de un árbol entró por la ventana de la cocina. La botella de solvente se hizo trizas y se derramó sobre el horno. En un instante, las llamas envolvieron el cuarto.
   Las luces se encendieron, las bombas vomitaron agua desde los cielos rasos. Pero el solvente se extendió sobre el linóleo por debajo de la puerta de la cocina, lamiendo, devorando, mientras un altoparlante anunciaba: “¡Fuego! ¡Fuego!”.
   La casa trató de salvarse. Las puertas se cerraron herméticamente, pero el calor había roto las ventanas, y el viento entró y avivó el fuego. La casa cedió terreno cuando el fuego avanzó con una facilidad llameante de cuarto en cuarto en diez millones de chispas furiosas y subió por la escalera.  Los surtidores de las paredes lanzaban sus duchas de lluvia mecánica. Pero era demasiado tarde. En alguna parte, suspirando, una bomba se encogió lentamente y se detuvo. La lluvia dejó de caer. La reserva del tanque de agua, que durante muchos días tranquilos había llenado bañeras y había limpiado platos, estaba totalmente agotada.
   El fuego crepitó escaleras arriba. En las habitaciones altas se nutrió de Picassos y de Matisses, como de golosinas, pasando y consumiendo las carnes aceitosas y encrespando tiernamente los lienzos en negras virutas. Después, el fuego se tendió en las camas, se asomó a las ventanas y cambió el color de las cortinas.
   De pronto, refuerzos: de los escotillones del desván salieron unas viejas caras de robots y de sus bocas de grifos brotó un líquido verde. El fuego retrocedió como un elefante ante una serpiente muerta. Y fueron veinte serpientes las que se deslizaron por el suelo, matando el fuego con una venenosa, clara y fría espuma verde. Pero el fuego, más inteligente, mandó llamas fuera de la casa y, entrando en el desván, llegó hasta las bombas. Una explosión. El cerebro del desván, el director de las bombas, se deshizo sobre las vigas en esquirlas de bronce.
   El fuego entró en todos los armarios y palpó todas las ropas.
   La casa se estremeció, revelando sus huesos de roble, su esqueleto desnudo, retorcido por el fuego, sus alambres, sus nervios, como si un cirujano le hubiera arrancado la piel.
(Crónicas marcianas)


Oficio
   Juan Carlos Céspedes A.

   El puñal sabe su oficio, no necesita de la mano para continuar; ahora es ella quien lo sigue, sin encontrar la forma de detenerlo.
(Muchas historias/pocas palabras)


La atención
   Jorge Cadavid

   En invierno, las ramas desnudas parecen dormir, pero las manzanas ya laten interiormente —con noble paciencia—, dispuestas para otra primavera.
(El bosque desnudo. Diario oculto. Común presencia editores)


Intimidad
   John Better

   Hay quienes presumen de que, a ciertas horas, las cosas adquieren movimiento: un armario que bosteza, unos inquietos zapatos que caminan por la sala o vistosos juguetes bajando de sus armarios. Pero al parecer casi siempre esto ocurre cuando todos duermen, y quienes han visto tales sucesos, prefieren quedarse callados; lo consideran un asunto íntimo, como eso de mentir o hablar solos.


La gárgola
   Diego Muñoz Valenzuela

   La gárgola se despereza sobre su alto refugio en la torre mayor de la basílica. Despliega sus alas impregnadas de siglos, las bate para sacudir el polvo del tiempo acumulado en los intersticios del plumaje y contempla la antigua ciudad con sus ojos de fuego. A lo lejos, se esfuman los últimos vestigios del paso del sol para dar paso a una noche cerrada. Entonces, emprende un vuelo sordo por sobre los tejados rojos y las chimeneas humeantes. Se desliza en silencio por el aire, exhalando su aliento maligno para contaminar los sueños de los niños y convertirlos en pesadillas. Sueña con glorias remotas, sepultadas en el pasado y muestra una sombra de felicidad. Se ha resignado a ese ridículo rol de fantasma nocturno. Cualquier opción es mejor que hundirse en el olvido.
(De monstruos y bellezas)


Destino fatal
   Martín Gardella

   Desde el principio los tiempos, fue tildada de prohibida. El hombre que se animó a acariciarla por primera vez recibió un duro castigo, aunque fue innegable que ella lo había seducido. Años más tarde, no tuvo reparos en golpear duramente la cabeza pensativa de un científico inglés, amparada por una ley hasta allí desconocida. En un juicio poco claro, la culparon de envenenamiento de una princesita blanca y de generar discordia entre las hermosas diosas griegas. Fue condenada a morir de un flechazo, ejecutada en un cantón suizo por un hábil ballestero. En el pueblo se organizó un brindis para festejar la ejecución. Su cuerpo frío fue servido en una jarra dorada, con sabor a sidra.
(Los chicos crecen)


El puñal
   Jorge Luis Borges

   En un cajón hay un puñal.
   Fue forjado en Toledo, a fines del siglo pasado; Luis Melián Lafinur se lo dio a mi padre, que lo trajo del Uruguay; Evaristo Carriego lo tuvo alguna vez en la mano.
   Quienes lo ven tienen que jugar un rato con él; se advierte que hace mucho que lo buscaban; la mano se apresura a apretar la empuñadura que la espera; la hoja obediente y poderosa juega con precisión en la vaina.
   Otra cosa quiere el puñal.
   Es más que una estructura hecha de metales; los hombres lo pensaron y lo formaron para un fin muy preciso; es, de algún modo, eterno, el puñal que anoche mató un hombre en Tacuarembó y los puñales que mataron a César. Quiere matar, quiere derramar brusca sangre.
   En un cajón del escritorio, entre borradores y cartas, interminablemente sueña el puñal con su sencillo sueño de tigre, y la mano se anima cuando lo rige porque el metal se anima, el metal que presiente en cada contacto al homicida para quien lo crearon los hombres.
   A veces me da lástima. Tanta dureza, tanta fe, tan apacible o inocente soberbia, y los años pasan, inútiles.
(Evaristo Carriego)

domingo, 11 de octubre de 2015

142. Objetos imposibles I

El asunto ese de los cuadros
   Alessandro Baricco

   Siempre me ha sorprendido el asunto ese de los cuadros. Están colgados durante años, después, sin que pase nada, pero nada de nada, zas, al suelo, se caen. Están ahí, colgados del clavo, nadie les dice nada, pero ellos, en cierto momento, zas, se caen al suelo, como piedras. En el silencio más absoluto, con todo inmóvil a su alrededor, ni tan siquiera una mosca que se mueva, y ellos: zas. No hay una causa. ¿Por qué precisamente en ese instante? No se sabe. Zas. ¿Qué le ocurre a un clavo para que decida que ya no puede más? ¿Tiene él también un alma, el pobrecillo? ¿Toma decisiones? Habló largamente sobre el tema con el cuadro, estaban indecisos sobre cómo actuar, hablaban de ello todas las noches, desde hacía años. Después decidieron una fecha, una hora, un minuto, un instante, ya está, zas. O los dos lo sabían ya desde un buen principio, ya estaba todo preparado: mira, yo me largo dentro de siete años, por mí está bien, de acuerdo, pues entonces quedamos para el trece de mayo, vale, hacia las seis, pongamos las seis menos cuarto, de acuerdo, pues buenas noches, hasta entonces. Siete años después, un trece de mayo, a las seis menos cuarto: zas.
(Novecento. Barcelona: Anagrama)


La silla del Imperio
   Enrique Jardiel Poncela

   En el año 329, se traslada a Constantinopla la silla del Imperio. También se trasladaron otros muebles, pero la silla pesaba tanto y se cayó al suelo tantas veces, que fue el mueble al que se concedió más importancia.


Objeto imposible
Gajes del oficio
   Henry Ficher


¿Es del todo inocente la soga que rompe, con tajante
 restallido, el cuello de los condenados?
Isar Hasim Otazo

   Algo en la naturaleza dúctil y alargada profiere una especie de voluntad maligna. Por eso los espaguetis se ensañan unos con otros en el plato y las cuerdas se enmarañan solas en sus rincones, como si quisieran estrangularse en sus propios nudos.
   Más complejo es el caso de los cables. Su cubierta aislante los hace poderosos y cada vez que diferentes tipos deben compartir el mismo espacio se arma una silenciosa y tenaz batalla: el cable de electricidad, cuando siente la cercanía de un cable de red, lo ataca sin piedad, mientras que su contrincante trata de defenderse con la misma táctica ofidia de enredarse alrededor de su enemigo hasta sofocarlo.
   Este conflicto, como todos, cobra víctimas inocentes: los cables del teclado y el ratón. Por ser más delgados, tratan de no tomar parte en la contienda, pero no lo pueden evitar y terminan embobinados alrededor de todos.
   El resultado, por supuesto, es un embrollo atroz que los técnicos encuentran cada vez que deben meterse bajo una mesa para arreglar una computadora. Se los oye maldecir entre dientes, porque los cables no toleran que los desenreden y resisten con todas sus fuerzas.
(Historias plausibles)


Teoría de las puertas
   Luis Vidales

   Soy alguien dado a investigaciones científicas. Últimamente he descubierto una teoría de equilibrios.
   Ante todos los sabios del mundo yo siento mi teoría de equilibrio.
   Cuando una puerta se abre, la puerta equidistante, al otro lado del mundo, se cierra irremisiblemente.
   Por esto —y todos lo hemos visto— de golpe, las puertas se cierran solas.
   El día en que todas las puertas se abrieran a una vez, el mundo quedaría lleno de huecos y el viento se entraría en ellos y se llevaría la Tierra por los espacios ilímites…
(Suenan timbres)


Unos zapatos
   Gabriel Jiménez Emán

   Es la historia de un par de zapatos de cuero marrón oscuro y lustroso número 40. Mario se va a dormir frecuentemente a las 11:30 y los deja bajo la cama.
   El zapato derecho espera que Mario se duerma y luego trata de despertar al zapato izquierdo, que siempre permanece inmóvil. Después camina solo por toda la habitación y, si la puerta está abierta, sale a caminar entre los árboles, a tomar el aire o a ver las estrellas. Muy pronto se aburre de andar solo y piensa en el zapato izquierdo, el perfecto compañero para sus andanzas nocturnas.
Pasan los días y el zapato derecho sigue insistiendo en despertar al zapato izquierdo y, un día, por fin, lo logra. Se explica por eso que Mario se despertara una mañana y no encontrara sus zapatos nunca más.
(Los dientes de Raquel)

 Jet precolombiano
Jet precolombino


[Sin título]
   Eduardo Galeano

   Un vaso lleno de caña sobre el aparador. ¿A quién espera?, ¿la boca de quién? Una vieja lo vuelve a llenar cada vez que la caña se evapora.
(Días y noches de amor y de guerra)


Los hrönir de Tlön
   Jorge Luis Borges

   Siglos y siglos de idealismo no han dejado de influir en la realidad. No es infrecuente, en las regiones más antiguas de Tlön, la duplicación de objetos perdidos. Dos personas buscan un lápiz; la primera lo encuentra y no dice nada; la segunda encuentra un segundo lápiz no menos real, pero más ajustado a su expectativa. Esos objetos secundarios se llaman hrönir y son, aunque de forma desairada, un poco más largos. Hasta hace poco los hrönir fueron hijos casuales de la distracción y el olvido. Parece mentira que su metódica producción cuente apenas cien años, pero así lo declara el Onceno Tomo. Los primeros intentos fueron estériles. El modus operandi, sin embargo, merece recordación. El director de una de las cárceles del estado comunicó a los presos que en el antiguo lecho de un río había ciertos sepulcros y prometió la libertad a quienes trajeran un hallazgo importante. Durante los meses que precedieron a la excavación les mostraron láminas fotográficas de lo que iban a hallar. Ese primer intento probó que la esperanza y la avidez pueden inhibir; una semana de trabajo con la pala y el pico no logró exhumar otro hrön que una rueda herrumbrada, de fecha posterior al experimento. Éste se mantuvo secreto y se repitió después en cuatro colegios. En tres fue casi total el fracaso; en el cuarto (cuyo director murió casualmente durante las primeras excavaciones) los discípulos exhumaron o produjeron una máscara de oro, una espada arcaica, dos o tres ánforas de barro y el verdinoso y mutilado torso de un rey con una inscripción en el pecho que no se ha logrado aún descifrar. Así se descubrió la improcedencia de testigos que conocieran la naturaleza experimental de la busca... Las investigaciones en masa producen objetos contradictorios; ahora se prefiere los trabajos individuales y casi improvisados. La metódica elaboración de hrönir (dice el Onceno Tomo) ha prestado servicios prodigiosos a los arqueólogos. Ha permitido interrogar y hasta modificar el pasado, que ahora no es menos plástico y menos dócil que el porvenir. Hecho curioso: los hrönir de segundo y de tercer grado los hrönir derivados de otro hrön, los hrönir derivados del hrön de un hrön exageran las aberraciones del inicial; los de quinto son casi uniformes; los de noveno se confunden con los de segundo; en los de undécimo hay una pureza de líneas que los originales no tienen. El proceso es periódico: el hrön de duodécimo grado ya empieza a decaer. Más extraño y más puro que todo hrön es a veces el ur: la cosa producida por sugestión, el objeto educido por la esperanza. La gran máscara de oro que he mencionado es un ilustre ejemplo.
   Las cosas se duplican en Tlön; propenden asimismo a borrarse y a perder los detalles cuando los olvida la gente. Es clásico el ejemplo de un umbral que perduró mientras lo visitaba un mendigo y que se perdió de vista a su muerte. A veces unos pájaros, un caballo, han salvado las ruinas de un anfiteatro.