Bienvenidos a la edición cibernética de la Revista Ekuóreo, pionera de la difusión del minicuento. Hecha en Colombia.
Comité de dirección: Guillermo Bustamante Zamudio, Harold Kremer, Henry Ficher.

Mostrando entradas con la etiqueta Homéricas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Homéricas. Mostrar todas las entradas

domingo, 26 de julio de 2026

424. Homéricas III




El hombre, animal lujurioso 
   Marco Denevi (Argentina)

   Al menor descuido de Circe, los amantes se le transformaban en cerdos. 
(Falsificaciones, 1966)


La vuelta a casa
   José María Merino (España)

   El director suele llevar a los visitantes distinguidos al pabellón de los condenados a cadena perpetua, para que escuchen a este hombre contar la historia de su crimen: Mucho tiempo lejos de casa, primero en la otra punta del planeta, días y días de reuniones para intentar entrar en la dichosa fusión, y cuando conseguimos eli­minar las resistencias y vencer a nuestros adversarios tuve que recorrer una por una las sucursales, las filiales, las empresas asociadas, evitando todas las asechanzas, unos querían hechizarme con malas mañas, otros pre­tendían que me quedase, zafándome de los cantos seductores, de quienes me devorarían si pudiesen, de los que quisieran destruirme. Yo estaba a punto de explo­tar. Llego por fin a casa, de improviso, y me encuentro con que mi mujer ha organizado una fiesta. Al parecer, llevaba montando estas juergas casi desde que me fui, mi casa llena de gorrones bebiéndose mis vinos, comién­dose mis cecinas y mis quesos. Y mi mujer me dice, tan tranquila, que mi hijo se ha marchado por ahí, no sabe a dónde. Subo a mi estudio y me encuentro con que han instalado allí una especie de telar enorme, todo está revuelto, hilos, varillas de madera, tijeras. Exploté, aga­rré un par de escopetas, una pistola, bajé a la sala y empecé a disparar, estaba tan ciego de ira que también me la llevé a ella por delante. El director no se cansa de escuchar este relato, menuda odisea, exclama una vez más, mientras se aleja por el corredor con los visitantes.
(Después de Troya: microrrelatos hispánicos de tradición clásica, 2015)


Los marineros hechizados
   Lion Feuchtwanger (Alemania)

   Odiseo les dice a los marineros —hechizados y transformados en cerdos por Circe— que ha encontrado una hierba mágica capaz de deshacer el hechizo y que pronto volverán a ser humanos. Pero los marineros-devenidos-cerdos corren a esconderse a tal velocidad que su ferviente salvador no puede alcanzarlos. Cuando logra finalmente atrapar a uno de ellos y frotarlo con la hierba milagrosa, de esa pelambre surge Elpenor, un marinero como cualquiera, que atacó furiosamente a su liberador:
   —¿A qué has venido, granuja entrometido? ¿Otra vez a fastidiarnos y molestarnos? ¿Otra vez a exponer nuestros cuerpos al peligro y a obligar a nuestros corazones a tomar nuevas decisiones? Yo estaba tan contento, podía revolcarme en el fango y retozar al sol, podía engullir y atracarme, gruñir y roncar, libre de dudas y de razonamientos: “¿Qué debo hacer, esto o aquello?”. ¡¿A qué viniste?! ¿A arrojarme de nuevo a mi odiosa vida anterior?
(Ulises y los cerdos: el malestar de la cultura, 1947)


Rehabilitación de Circe
   Diego Muñoz Valenzuela (Chile)

   La preciosísima Circe estaba aburrida de la simplicidad de Ulises. Si bien era fogoso, bien dotado y bello, la convivencia no daba para más. Solía convertirlo en perro para propinarle patadas, y él sollozaba y le imploraba perdón. Lo transformaba en caballo para galopar por la isla de Aea, fustigándolo con dureza. Lo transmutaba en cerdo para humillarlo, alimentándolo con desperdicios. Volvía a darle forma humana para hacer el amor, y volvía a fastidiarse con su charla insulsa. Por fin lo expulsó del reino, le devolvió su barca y sus tripulantes y lo dotó con alimentos para un largo viaje. “Vete y no vuelvas”, le ordenó con voz terminante al lloroso viajero, “y cuenta lo que quieras para quedar bien ante la historia”. Después sopló un hálito mágico para hinchar la vela de la embarcación.
(Los comprimidos memorables del siglo XXI, 2010)


Penélope
   Harold Kremer (Colombia)

   Lo que se contó es falso: mi marido nunca llegó. Luego me enteré de que el poeta necesitaba cuadrar bien la historia para atraer a gente del pueblo que se deleitaba escuchándolo y, al final, le regalaban monedas. De eso vivía el pobre ciego. Los dioses esperaban que todo terminara, pues ya llevaba varios años engañando a todo el mundo. Y ya casi no quedaban pretendientes, pues desde mucho antes empecé a envenenarlos. Los invitaba a beber vino con la promesa de que terminaríamos en mi lecho. Y ellos con las ganas que le tenían a la fortuna de la familia, creían que esa era la forma correcta de legitimar el despojo y el robo. Pues, sí, me acosté con algunos para lograr que bebieran la copa envenenada y, luego, con dos de mis más fieles criadas, llevábamos el cadáver afuera de la casa y allí lo apuñalábamos. Cuando averiguaban el motivo de la muerte decíamos que el hombre había bebido y, borracho, peleó con cualquiera de los otros. Como las peleas entre ellos eran reales, los que quedaban vivos recibían la noticia en silencio: en el fondo se alegraban porque cada vez quedaban menos y tenían más posibilidades de apoderarse de todo. A mí me veían tejiendo y tejiendo.
   Un día apareció en la casa un pordiosero que venía de parte de Zeus. Me mandaba a decir que dejara de matar a los pretendientes porque estaba torciendo el destino que les habían señalado, y lo que tenía que suceder pues tenía que suceder. Pero a mí me pareció que ese hombre era un falso pordiosero, que también venía por algo de oro o alguna de las propiedades. Ordené a mis esclavos que lo retiraran de mi vista, pero a uno de ellos se le fue la mano y el hombre terminó muerto. Lo cierto es que seguí envenenando a esos hombres repugnantes que perseguían y preñaban a mis sirvientas, mandaron a traer hetairas y convirtieron mi casa en un burdel. Al final, todos murieron. Fue una labor de varios años, pero lo logré. A los dioses les ofrendé toros, corderos, oro y esclavas. Y se fueron olvidando de mí, me dejaron tranquila. Pero luego el poeta del que les hablé, se inventó el cuento de que el pordiosero ese era mi marido disfrazado. La gente empezó a murmurar y los dioses se acordaron de mí. Les pareció que la historia quedaba mejor como la contaba ese fabulador infame y me pusieron este castigo eterno: llevó casi tres mil años tejiendo y destejiendo este maldito sudario que jamás podré terminar. 


Las razones de Odiseo
   Henry Ficher (Colombia)

   Sus compatriotas eran toscos y pésimos compañeros de tragos. Penélope tenía mal aliento. Moría de tedio en las playas rocosas mirando un horizonte lleno de promesas. Cuando partió a Troya, juró que nunca regresaría.
   Su largo retorno a Ítaca fue una sola juerga en que pasó de puerto en puerto y de mujer en mujer, hasta que se le acabaron las monedas.
   Las historias sobre sirenas, hechiceras, cíclopes y mares desconocidos las inventó durante la travesía. Sabía que tendría que dar explicaciones.


Ítaca
   Konstantino Kavafis (Egipto/Grecia)

   Cuando emprendas tu viaje a Ítaca
   pide que el camino sea largo,
   pleno de aventuras y experiencias.
   A lestrigones, cíclopes
   y colérico Poseidón no temas,
   seres tales jamás hallarás en tu camino,
   si tu pensar es elevado, si selecta
   es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
   Ni a los lestrigones ni a los cíclopes
   ni al salvaje Poseidón encontrarás,
   si no los llevas en tu alma,
   si no los yergue tu alma ante ti.

   Pide que el camino sea largo.
   Que muchas sean las mañanas de verano
   en que llegues —con qué placer y alegría!—
   a puertos nunca vistos antes.
   Detente en los emporios de Fenicia
   y hazte con hermosas mercancías,
   nácar y coral, ámbar y ébano
   y toda suerte de perfumes sensuales,
   cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.
   Ve a muchas ciudades egipcias
   a aprender, a aprender de sus sabios.

   Ten siempre a Ítaca en tu mente.
   Llegar allí es tu destino.
   Mas no apresures nunca el viaje.
   Mejor que dure muchos años
   y atracar, viejo ya, en la isla,
   enriquecido de cuanto ganaste en el camino
   sin esperar a que Ítaca te enriquezca.

   Ítaca te brindó tan hermoso viaje.
   Sin ella no habrías emprendido el camino.
   Pero no tiene ya nada que darte.

   Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado.
   Así, sabio y experimentado como te has vuelto,
   entenderás ya qué significan las Ítacas.
(1911)

domingo, 8 de agosto de 2021

294. Homéricas II


Carta I
   Antonio Cruz

   Paris: He recibido tu mensaje pero lamentablemente no podré acceder a tu pedido. No es mi culpa si te dejaste seducir por una casquivana. Por cierto es una mujer bella y sensual, pero muy complicada. Debes saber que me has ahorrado muchos dolores de cabeza, pero no es eso lo más importante. De hecho, esta guerra que estamos preparando nos dará la oportunidad de recuperar nuestro prestigio, por lo que desgraciadamente no puedo aceptar tus disculpas y su devolución. Debiste darte cuenta a tiempo amigo.
   Menelao
   PD: No me preocupa haber sido engañado. Mis escribas, coordinados por el ciego que tú conoces, trabajan ya en un poema en el cual se demuestra la existencia de un rapto y te atribuyen toda la culpa.
(Escritos diminutos, 2008)


Penélope
   Olga Harmony

   Descendió la escalera sin alumbrar los escalones ni menos contarlos. Durante largos años los había bajado subrepticiamente todas las noches.
   En el gineceo, el sueño de Ulises no fue perturbado por su ausencia. Él aún no recuperaba sus hábitos cotidianos: Circe y las sirenas poblaban sus sueños.
   Penélope se acercó por última vez a la tela. El rostro barbudo del tapiz ya no se parecía al de Ulises, si alguna vez se había parecido. La sensación de pérdida fue lacerante. Empezó a destejer la trama, pero, de pronto, interrumpió su tarea. El ladrido de un perro, la grava del patio crujiendo bajo unas pisadas. Penélope se incorporó con un sobresalto de esperanzada alegría:
   —¿Será, acaso, que vuelven los pretendientes?
(El libro de la imaginación, Edmundo Valadés comp.)

Ulises
   Ángel Olgoso

   Yo, el paciente y sagaz Ulises, famoso por su lanza, urdidor de engaños, nunca abandoné Troya. Por nada del mundo hubiese regresado a Ítaca. Mis hombres hicieron causa común y ayudamos a reconstruir las anchas calles y las dobles murallas hasta que aquella ciudad arrasada, nuevamente populosa y próspera, volvió a dominar la entrada del Helesponto. Y en las largas noches imaginábamos viajes en una cóncava nave, hazañas, peligros, naufragios, seres fabulosos, pruebas de lealtad, sangrientas venganzas que la Aurora de rosáceos dedos dispersaba después. Cuando el bardo ciego de Quíos, un tal Homero, cantó aquellas aventuras con el énfasis adecuado, en hexámetros dáctilos, persuadió al mundo de la supuesta veracidad de nuestros cuentos. Su versión, por así decirlo, es hoy sobradamente conocida. Pero las cosas no sucedieron de tal modo. Remiso a volver junto a mi familia, sin nostalgia alguna tras tantos años de asedio, me entregué a las dulzuras de las troyanas de níveos brazos, ustedes entienden, y mi descendencia actual supera a la del rey Príamo. Con seguridad tildarán mi proceder de cobarde, deshonesto e inhumano: no conocen a Penélope.
(La máquina de languidecer)


Epílogo de las ilíadas
   Marco Denevi

   Desde el alcázar del palacio lo vio llegar a Ítaca de regreso de la guerra de Troya. Habían pasado treinta años desde su partida. Estaba irreconocible, pero ella lo reconoció.
   —Tú —le dice a una muchacha—, siéntate en mi silla e hila en mi rueca—. Y ustedes —añade, dirigiéndose a los jóvenes—, finjan ser los pretendientes. Y cuando él cruce el lapídeo umbral y blandiendo sus armas quiera castigarlos, simulen caer al suelo entre gritos de dolor o escapen como el propio Áyax.
   Y la provecta Penélope de cabellos blancos, oculta detrás de una columna, sonreía con desdentada sonrisa y se restregaba las manos sarmentosas.
(Falsificaciones)


Habla Penélope
   Margaret Atwood

   Mis plegarias llevaban veinte años sin ser escuchadas. Pero finalmente los dioses me prestaron atención. En cuanto hube realizado el ritual de rigor y hube derramado las lágrimas de rigor Odiseo entró arrastrando los pies en el patio…
   Era evidente que mi esposo ya se había formado una idea de lo que estaba sucediendo en el palacio. Por eso iba disfrazado de anciano y sucio mendigo. Jugaba a su favor el hecho de que la mayoría de los pretendientes no tenían ni idea de qué aspecto tenía, pues eran demasiado jóvenes o ni siquiera habían nacido cuando Odiseo partió de Ítaca. Su disfraz estaba muy logrado —yo confié en que las arrugas y la calvicie no fueran reales, sino parte del engaño—, pero en cuanto vi aquel torso fornido y aquellas piernas cortas surgió en mí una profunda sospecha, que se convirtió en certeza después de oír que aquel hombre le había partido el cuello a un pordiosero agresivo. Ése era su estilo: furtivo cuando era necesario, sí, pero cuando estaba seguro de que podía ganar, nunca renunciaba al asalto directo.
   No le hice saber que lo había reconocido, porque lo habría puesto en peligro. Además, si un hombre se enorgullece de su habilidad para disfrazarse, es una tontería que su esposa le haga saber que lo ha reconocido: siempre es una imprudencia interponerse entre un hombre y el reflejo de su propia inteligencia.
(Penélope y las doce criadas)


Elena
   Lilian Elphick

                                           A Damaris Calderón

   Golpeé mi pecho tres veces y no hubo respuesta.
   Arañé mi cara y me lancé al abismo de la derrota.
   Escribí para remediar el silencio y no obtuve el perdón.
   Me pregunté qué es primero, ¿el amor o el odio?, y estalló una guerra.
   Entonces, ¿qué maravillas me deparan las patas de los caballos?
   Alejada de mi esencia, mastico lentamente mi hermosura.
(Bellas de sangre contraria, 2009)


Nueva Quíos
   Henry Ficher

   Estamos en el año 2756 después de Homero. Muchos siglos después de que los templos fueran destruidos, y luego reconstruidos. Por suerte, o por desgracia, los inmortales dioses siguen entre nosotros, tomando forma humana para asistirnos, o permaneciendo invisibles para destruirnos. Pero ya hace tiempo sabemos que son, como nosotros, hologramas.
   Somos modernos, es cierto, pero aun bebemos dulce vino y navegamos el extenso mar, y los fantasmas siguen con su vieja costumbre de entrar en nuestros cuartos por el ojo de la cerradura. Hemos avanzado, sí: nuestras bibliotecas son ahora los edificios más altos.
   Los más leen novelas policiales y dramas sicológicos. Sólo los jóvenes y los literatos disfrutan todavía de la mitología hebrea.
(Fe de erratas, 2018)


domingo, 25 de julio de 2021

293. Homéricas I


Como Ulises
   Ana María Shua

   Como Ulises, un hombre vuelve de la guerra, o de la cárcel o del desierto. Han pasado veinte años. Sus ojos son distintos. Un golpe le ha quebrado la nariz. Ahora se parece un poco a Kirk Douglas, aunque su pelo es ralo y casi blanco y los harapos cuelgan de su cuerpo sin ninguna gracia. Todos lo reconocen perfectamente pero disimulan, menos el tonto de su perro, que vuelve a recibir una de aquellas épicas patadas.
(Casa de geishas, 1992)


La tela de Penélope o quién engaña a quién
   Augusto Monterroso

   Hace muchos años vivía en Grecia un hombre llamado Ulises (quien a pesar de ser bastante sabio era muy astuto), casado con Penélope, mujer bella y singularmente dotada cuyo único defecto era su desmedida afición a tejer, costumbre gracias a la cual pudo pasar sola largas temporadas.
   Dice la leyenda que en cada ocasión en que Ulises con su astucia observaba que a pesar de sus prohibiciones ella se disponía una vez más a iniciar uno de sus interminables tejidos, se le podía ver por las noches preparando a hurtadillas sus botas y una buena barca, hasta que sin decirle nada se iba a recorrer el mundo y a buscarse a sí mismo.
   De esta manera ella conseguía mantenerlo alejado mientras coqueteaba con sus pretendientes, haciéndoles creer que tejía mientras Ulises viajaba y no que Ulises viajaba mientras ella tejía, como pudo haber imaginado Homero, que, como se sabe, a veces dormía y no se daba cuenta de nada.
(La oveja negra y demás fábulas, 1969)


Héroes II
   Enrique Anderson Imbert

   Algunos de los marineros que regresaban de sus largos viajes solían visitar a Simbad, el paralítico. Simbad cerraba los ojos y les contaba las aventuras de sus propios viajes Interiores. Para hacerlas más verosímiles a veces se las adjudicaba a Odiseo. “Apuesto”, pensaba Simbad cuando se quedaba solo, “a que tampoco él salió nunca de su casa”.
(El gato de Cheshire, 1965)


Helena en la muralla
   Patricia Calvelo

   Parada en la muralla, con la melena de fuego flotando en el océano del viento, mira el combate. A su lado, el rey le pregunta infinidad de cosas, sólo para que ella hable, para que su alada voz perfume lo que se escapa de la tarde. Ella observa el campo de batalla, donde luchan millares de guerreros. Y va nombrando uno por uno a esos hombres que, por ella, surcaron el inmenso Ponto y no se detendrán hasta tomar la ciudad sagrada, aunque luego los dioses los persigan y castiguen y consuman. Por ella dos pueblos han entablado la guerra que luego cantarán muchos después de este primer hombre: este ciego que la ve parada en la muralla, y nos la retrata describiendo a los caudillos que se están dando muerte sólo para lucirse ante ella. Ella ha empalmado el primer eslabón de una larga cadena de muertes y odios; su belleza, sin embargo, hace que le perdonen todo, que todo lo olviden.
   El anciano rey, en vez de devolverla y evitar la muerte de sus hijos, aquí está, mirándola más a ella que a los hombres por cuyos nombres pregunta, porque ya los conoce a todos: ya hace nueve años que están ahí afuera. Él sólo quiere mirarla y admirarla, quiere beberse con los ojos a esta mujer que no envejece, que cada vez que alguien abre el libro en este canto sigue igual de espléndida. Esta mujer que ahora se extraña porque ve a muchos de sus compatriotas, pero no ve a sus hermanos. Mira hacia uno y otro lado, atravesando los escudos con sus ojos, pero no los ve. Y se llena de sombras, y no comprende, y continúa buscándolos. El ciego lo sabe. El rey lo sabe. Los lectores lo sabemos. Y todos le perdonamos todo, porque nos da pena saber lo que ella no sabe: que sus hermanos han muerto hace ya tiempo, que por eso no los ve en el campo de batalla.
(Relatos de bolsillo, 2005)


Ulises
   Pablo Montoya Campuzano

   Imagino a Ítaca como un cuenco de agua próximo a mi rostro cuarteado. Dispuesta a un deseo que guardo desde los días del gigantesco equino. Trato de saberla, mientras vago solitario bajo el sol de las sirenas, luminosa como los ojos de Telémaco, suave como la piel de quien teje la melancolía. Pero a veces es un espeso sueño entre mis sueños, donde la traición es el manto que se hilvana. Una trama de crímenes en mi contra, la fidelidad de un porquerizo, una esposa que reclama por la ausencia. Y yo, el astuto, el que conoce la morada de los muertos, el filo de este punto insular, caminando por Ítaca que se resiste a creer que soy Ulises, su hijo de siempre.
(Viajeros, 1999)


Un último mar
   Facundo Lerga 

   Cuando Penélope vio a aquel hombre rudo y avejentado, con los ojos encendidos y cubierto por la sangre de la venganza, supo que el esposo había consumado el regreso. 
   ¡Cómo no iba a reconocerlo! ¡Cómo no recordar el llanto de las noches en el eterno telar!
   Y como Penélope había aprendido que la ingenuidad de las mujeres puede ser el gesto de un pudor, antes que la turbación la delatara, le dijo al viajero que no lo conocía y le pidió una última prueba indirecta.
   Allí, cuando Odiseo, el navegante errabundo, descubre cómo ha construido el lecho de ambos, sin saberlo, ha cruzado un último mar.
(Inédito)


¿Cuál de los dioses promovió entre ellos la contienda?
   Guillermo Bustamante Zamudio

   Por inspiración de Palas Atenea, la de ojos de lechuza, los griegos construyeron un caballo alto como una montaña, cuyas costillas hicieron con un trabazón de gruesos maderos. Un grupo selecto de guerreros furtivos se encerró en los flancos del monstruo, y su vientre enorme se llenó de hombres armados.
   Sinón, adiestrado por los griegos, informó a los troyanos que, si conseguían introducir el caballo a la ciudad, la de anchas calles, tendrían el poder para desembarcar en la tierra de Agamenón y derrotar a los argivos de broncíneas corazas. Cumplíase la voluntad de Zeus, que amontona las nubes.
   Al escuchar laboriosos rumores, Ulises, fecundo en ardides, dijo a sus amigos en el interior del caballo: «Los troyanos nos suponen surcando el ponto en las cóncavas naves y desmantelan sus fortalezas para introducir el caballo al centro de su ciudad». Por eso, cuando sintieron los primeros movimientos, los aqueos lo atribuyeron a la tracción de los ciudadanos troyanos. Pero cuando la velocidad del caballo aumentó demasiado, utilizaron una ventana disimulada para cerciorarse. Y, ¡oh dioses de los valerosos aqueos y de los aguerridos troyanos!, el formidable caballo de Troya perseguía —sin que algo menos que una divinidad pudiera detenerlo— a una hermosa yegua de dimensiones similares, elaborada por los troyanos y urdida por Laocoonte, ante la celebración triunfal de los habitantes de Troya, la bien edificada, quienes después de tantos años habían vencido, con igual despliegue de imaginación, a guerreros tan arrojados como Ulises, Menelao, valiente en la pelea, Tesandro, Esténelo, Neoptólemo, hijo de Aquiles, y otros que, en incómodas sacudidas, recorrían la fértil región de la Tróade.
(Convicciones y otras debilidades mentales, 2002)