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domingo, 18 de septiembre de 2022

323. Flashes autobiográficos III

 
Canción italiana
   Fred Wander

   Recuerdo una noche en Buchenwald en la que, de repente, alguien se puso a cantar en el barrancón oscuro. En el barrancón abarrotado, apestoso a suciedad, orines y pus, donde los hombres lanzaban ayes, gemidos y suspiros, de pronto uno arrancó a cantar: ¡una canción de amor italiana! Con una maravillosa voz de tenor y lleno de calidez entrañable… Y los presos dejaron de lamentarse para escuchar el canto. Les llegó un soplo de vida de más allá de la tumba, una idea de aquella vida viva de cósmica lejanía, donde seguía habiendo canciones y árboles floridos, mujeres… y un rincón caliente con olor a buena comida.
(La buena vida o de la serenidad ante el horror)


Norah Lange

El bienestar de los objetos
   Norah Lange

   Cuando ejecutaba alguna cosa con orden, no era por prolijidad, sino debido al impulso obsesivo de procurarle un bienestar a cualquier objeto y, si fuese posible, que se hallase en contacto con otro similar. Los lápices de colores, las palabras recortadas, los juguetes, no conocieron ninguna soledad, pues siempre se encontraba situados uno al lado del otro, como si hablasen en secreto.
   Recuerdo que la institutriz nos habituó a que ordenásemos nuestra ropa. Yo colocaba los camisones, unos encima de otros, procurando que no se rozaran con las bombachas, y nunca pude dejar una enagua sola, alejada de las otras, porque me parecía que se quedaba triste.
   Antes de acostarnos debíamos poner los juguetes en su sitio. A mí no me bastaba agrupar las muñecas, procurarles la ternura suficiente del contacto de sus brazos. Cuidaba, además, sus posturas. A veces era necesario que me levantase de noche, para ir, a escondidas, al cuarto de los juguetes y cerciorarme de que ninguna mantenía un brazo en alto, la cabeza agachada o dada vuelta hacia atrás. No habría podido dormir pensando en que se pasaría toda la noche con una pierna encogida, sentada de costado en una posición incómoda. Esta costumbre me siguió mucho tiempo. Más tarde, al visitar alguna casa donde hubiera criaturas, permanecía hasta que se hallaran acostadas para aproximarme a las muñecas, disimuladamente, y con un gesto distraído bajar un brazo, enderezar una pierna.
(Cuadernos de infancia)



Marzo 6 de 1984
   Sándor Márai

   Nuestra vieja criada en Buda era una excelente cocinera, aunque con los años fue perdiendo vista. Un día que vino a comer un invitado quisquilloso, ella nos sirvió una ensalada en la que se escondía un gusano. Cuando mi esposa se lo advirtió, la vieja le contestó avergonzada: “Entonces tendré que irme”. Y se marchó. Medio ciega y muy mayor, se fue al asilo.
(Diarios 1984-1989)


Sueño
   Nathaniel Hawthorne

   La otra noche soñé que el mundo estaba tan insatisfecho con la escasa precisión con que se da cuenta de los acontecimientos, que me ofrecían mil dólares a cambio de que narrara todos los hechos de importancia pública tal como ocurrieron realmente.
(Cuadernos norteamericanos)


Momento de una travesía en barco
   Janusz Korczak

   Una niña pequeña permanece en la cubierta con un mar zafíreo al fondo. De repente, una fuerte ventolera. La niña entorna los ojos y se los tapa con las manitas. Pero la curiosidad es más fuerte y la obliga a mirar. ¡Qué extraño! Por primera vez en su vida un viento limpio. No lanza polvo a los ojos. Hace dos intentos para asegurarse bien y luego apoya las manos en la barandilla. El viento y su pelo. Asombrada, abre los ojos de par en par. Sonríe, desconcertada.
(Diario del gueto)

Janusz Korczak

Sueño recurrente
   Eduardo Chirinos

   Recibo una carta del Ministerio de Educación. Luego de revisar mis certificados se ha descubierto que nunca aprobé matemáticas en primero de primaria. Este inconveniente invalida —según la carta— todos los títulos obtenidos, incluyendo los universitarios. Para regularizar la situación, debo aprobar ese curso y, para eso, tengo que matricularme en primero de primaria. De nada vale que les explique que ha pasado mucho tiempo, que vivo en otro país, que trabajo desde hace años en la universidad. Hago maletas, me despido de mi mujer, tomo un avión a Lima y me veo rodeado de mis compañeros de colegio (todos ellos niños) sentado en un incómodo y pequeño pupitre de madera.
(Anuario mínimo)



Golpe de inspiración
   ¿Albert Einstein?

   En los años 20, cuando apenas yo empezaba a ser conocido por la teoría de la relatividad, era con frecuencia solicitado por las universidades para dar conferencias. Como no me gusta conducir y, sin embargo, el coche me resultaba muy cómodo para los desplazamientos, contraté a un chofer.
   Después de varios días de viaje, comenté lo aburrido que era repetir lo mismo una y otra vez.
   —Si quiere —me dijo el chofer—, le puedo sustituir por una noche. He oído su conferencia tantas veces que la puedo recitar palabra por palabra.
   Le tomé la palabra, pues los académicos no me conocían aún. Antes de llegar al siguiente lugar, intercambiamos ropas y yo me puse al volante. 
   Cuando el chofer terminó la conferencia, un profesor en la audiencia le hizo una pregunta. Como no tenía idea de la respuesta, le contestó:
   —La pregunta que me hace es tan sencilla que dejaré que mi chofer, que se encuentra al final de la sala, se la responda.


domingo, 16 de junio de 2019

238. Flashes autobiográficos II


El violín
   Leonard Michaels

   No recuerdo que mi padre me haya golpeado nunca, pero sí recuerdo haber sido malévolo. Mi hermano, tres años menor que yo, practicaba escalas en el violín de mi padre. Al terminar, llevó el violín de un lado a otro del cuarto. Puse el pie. Él tropezó y cayó. Escuchamos al violín caer al suelo y resquebrajarse. Quise enmendar el daño de inmediato, que mi hermano no hubiera tropezado. Pero a lo hecho, pecho. Estaba atrapado en mí mismo. Creo que sonreí. Mi padre tomó el violín y dijo: “Lo tuve por más de 20 años”.
   Tal vez hice tropezar a mi hermano porque soy sordo como una tapia. Nunca pude aprender a tocar un instrumento. No tengo remedio. Ojalá mi padre se hubiera enfurecido conmigo y me hubiera cortado la cabeza para que así yo pudiese olvidar el incidente.
   Jamás me sentí falto de amor y, sin embargo, pienso: cuando Abraham levantó el cuchillo hacia Isaac, el niño se estaba divirtiendo.
(Escribir sobre mí. Cinco ensayos)


Por mucho
   Jean Rhys

   Por mucho, mi mejor recuerdo de Cambridge fue el día en que un estudiante me tumbó al suelo mientras yo cruzaba del camino. No estaba herida, pero él me levanto con tanto cuidado y se disculpó tan profusamente que seguí pensando en él durante mucho tiempo.
(Relatos de ancho Caribe)



Final postergado
   Ernesto Sabato

   Hace años me propuse escribir una historia sobre un hombre mayor, un artesano de pueblo, uno de esos hombres que son puro corazón y creyentes de la vida. Iba a tener como único familiar a una nieta a quien amaba y a quien le contaba hermosas leyendas. Mi intención era ponerlo en una situación límite: si perdía a su chiquita, por su gran bondad ¿seguiría creyendo en la vida? Yo no sabía cuál iba a ser la reacción de ese abuelo, esperaba que la intuición me guiara. Sin embargo, no llegué a escribirlo pues estaba tan inmerso en la pintura.
   Pero hoy mi hijo ha muerto. Siento a pleno el límite de la vida y el dolor ha detenido el tiempo en un ardor eterno. Pavese decía que, al sufrir, aprendemos una alquimia que transfigura en oro el barro, la desdicha en privilegio. Pero la ausencia de mi hijo es irreparable. Supe que ninguna obra nacida de mis manos me podría aliviar, y me pareció hasta mezquino intentar distraerme, o aun pintar o escribir algo.
(Antes del fin)

Ernesto Sábato
El pan nuestro
   Fred Wander

   Siempre era una hogaza para cinco o seis hombres.
   Unos confeccionaban una balanza primitiva, con trocitos de madera que, atados a unas cuerdas, colgaban de la palanca y se pinchaban en los pedazos de pan para pesarlos y equilibrarlos hasta que todos quedaran parejos. Alrededor, los ojos ardientes de los interesados, contemplando la sagrada ceremonia y observando cada movimiento del que repartía. Otros, simplemente cortaban el pan en seis partes y las rifaban, pues eran de tamaño desigual. Los presos eran comprensivos, el perdedor no se quejaba, se escabullía debajo de su manta y esperaba ganar al día siguiente.
   Luego estaban las distintas formas de ingerir el pan: engullirlo al instante y a bocados grandes, con avidez, o cortarlo en pequeños dados e ir sacándolo del bolsillo, a pedacitos, para comérselo despacio. Un ritual que cada uno se inventaba para sí mismo. Había muchas maneras de comer el pan, y hubiera sido revelador inferir de éstas el carácter de la persona. Yo me lo comía enseguida masticándolo con cuidado, una actividad realizada como bajo hipnosis. En el estómago, el pan quedaba a mejor recaudo, nadie podía quitártelo. A veces, si no estabas alerta, te lo robaban.
(La buena vida o de la serenidad ante el horror)


Escena de la revolución rusa
   Józep Czapski

   En el bar de una estación ferroviaria había un hombre comiendo. Se diferenciaba del resto por su vestimenta y sus modales, un ejemplo típico de la intelligentsia de antes de la guerra. Unos gamberros sentados en el restaurante se fijaron en él. Se sentaron a su mesa y empezaron a burlarse de él y a escupir en su plato. El hombre no se defendía; tampoco intentó ahuyentar a sus asaltantes. Estuvieron así bastante tiempo. De repente, el hombre sacó un revólver, se lo metió en la boca y apretó el gatillo. Parece como si este último suceso hubiese sido la gota que colmara el vaso, rebosante ya de torturas y obscenidades sin freno.


Clarice Lispector
Lección de hijo
   Clarice Lispector

   Me habían avisado que una chica que conocía iba a tocar un concierto, transmitido por la cadena del Ministerio de Educación. Encendí el televisor. Yo la había conocido personalmente: era demasiado dulce, con voz de niña, de un femenino-infantil. Me preguntaba si tendría fuerza al piano. 
   Empezó. Y, Dios, tenía fuerza. Su cara era otra, irreconocible. En los momentos de efusión, apretaba violentamente los labios. En los instantes de dulzura, entreabría la boca, entregándose por entero. Y sudaba: desde la frente le corría el sudor por la cara. Con la sorpresa de descubrir un alma insospechada, se me arrasaron los ojos de lágrimas. Mi hijo —con entonces catorce años— lo notó. 
   —Estoy nerviosa —le aclaré—. Me voy a tomar un calmante.
   —¿No sabes la diferencia entre emoción y nerviosismo? Estás sintiendo una emoción.
   Lo entendí, lo acepté, y le dije:
   —No voy a tomarme ningún calmante.
(Aprendiendo a vivir y otras crónicas)


Las carreras
   Ernest Hemingway

   El día en que dejé las carreras encontré a mi amigo Mike Ward.
   —¿Quieres que comamos juntos? —le pregunté. 
   —Claro que sí, niño. Claro que quiero. Pero ¿qué le pasa hoy al niño? ¿No vas hoy a las carreras? 
   —No. 
   Comimos en un bistró sencillo muy bueno, y nos dieron un vino blanco espléndido.
   —Tú nunca fuiste muy aficionado a las carreras —le dije. 
   —No. Hace mucho tiempo que no voy. 
   —¿Por qué lo dejaste? 
   —No sé —contestó Mike—. Bueno, sí que lo sé. Desde luego que lo sé. Una cosa en la que tienes que apostar para divertirte no merece la pena.
(París era una fiesta)

domingo, 26 de febrero de 2017

178. Flashes autobiográficos


El carpintero
   Norah Lange

   Frente a nuestra quinta existían varias casas y un rancho, cuyas paredes de barro, deshilachadas y llenas de parches, apenas lograban mantenerlo en pie. A ese rancho llegó un matrimonio tan sumido en la miseria que, al refugiarse en él, ni siquiera tenía dónde sentarse, hasta que madre le envió ropa, comida y dos hamacas de mimbre. La mujer rara vez salía. En ocasiones, la divisábamos desde lejos, agachada, los hombros siempre cubiertos por una vieja pañoleta. Después nos enteramos de que se hallaba tuberculosa y que el marido apenas conseguía juntar uno centavos haciendo pequeños trabajos de carpintería.
   Una tarde supimos que Andrea agonizaba, y cuando circuló la noticia de que había muerto, vimos que el marido llamaba a la puerta del jardín. Supusimos que querría alguna ayuda para el entierro o algunas flores más, pero sólo venía a pedir un alfiler de gancho para abrocharse el cuello de la camisa. Le parecía indecente velarla con la garganta descubierta y era el único cambio de indumentaria que podía costearse frente a la muerte de su mujer.
   Nos pareció terrible que sólo pidiera un alfiler de gancho.
   Cuando mi padre fue a verlo, lo encontró sólo en la pieza, de pie ante el cadáver que él mismo había envuelto en una sábana y acostado dentro de su cajón. Dos velas ordinarias iluminaban la cabecera. La luz salía a la calle por la ventana derruida y se llenaba de polvo.
   A la mañana siguiente, muy temprano, oímos unos martillazos. Era el hombre del rancho, que cerraba el cajón. Lo imaginamos solo en el cuarto, trabajando como de costumbre, poniéndose algunos clavos en la boca, mientras colocaba la tabla sobre el cuerpo tan conocido y miserable.
   Antes del mediodía, un carro de la municipalidad se llevó el cajón.
(Cuadernos de infancia)

Guardián de secretos
   Nathaniel Hawthorne

   Decidí quemar viejas cartas y diversos papeles, hace pocos días, en previsión de nuestro viaje a Londres. Entre las cosas quemadas había un centenar de cartas de Sophia cuando era joven: el mundo ya no cuenta con otras iguales, éstas fueron reducidas a cenizas. El fuego es el máximo guardián de nuestros secretos. ¿Qué haríamos sin el fuego y sin la muerte?
(Cuadernos norteamericanos)


Por qué me llamo Saramago
   José Saramago

   Saramago no era el apellido de la familia, sino sólo el apodo. Yendo mi padre a declarar en el registro civil el nacimiento del hijo, sucedió que el empleado (se llamaba Silvino) estaba borracho; por su propia iniciativa, y sin que mi padre se diese cuenta, añadió ‘Saramago’ al simple nombre que yo debía llevar, que era José de Sousa; de esta manera, gracias a un destino de los hados, se preparó el nombre con el que firmo mis libros. Suerte mía, y gran suerte, fue la de no haber nacido en cualquiera de las familias de Azinhaga que, en aquel tiempo y por muchos años más, ostentaban los arrasadores y obscenos apodos de Pichatada, Culorroto y Caralhana...
   Más tarde, cuando para matricularme en la instrucción primaria tuve que presentar una partida de nacimiento, el antiguo secreto se descubrió, con gran indignación de mi padre que detestaba el mote. Pero lo peor fue que llamándose mi padre José de Sousa, la Ley quiso saber cómo tenía él un hijo cuyo nombre completo era José de Sousa Saramago. Así intimado y para que todo quedase en lo propio, en lo sano y en lo honesto, mi padre no tuvo más remedio que hacer un nuevo registro de su nombre, por el cual pasó a llamarse también José de Sousa Saramago, como el hijo. Habiendo sobrevivido a tantos sucesos, baldones y desdenes, habría de parecer a cualquiera que el viejo mote, convertido en apellido dos veces registrado y homologado, iría a gozar de una vida larga en las vidas de las generaciones. No será así. Violante se llama mi hija, Ana mi nieta y ambas firman Matos, el apellido del marido y del padre. Adiós pues, Saramago.
(Cuadernos de Lanzarote I)


Miedo a la eternidad
   Clarice Lispector

   Cuando era pequeña, todavía no había probado los chicles y en Recife se hablaba poco de ellos. ¿De qué tipo de caramelo se trataba? El dinero que tenía no alcanzaba para comprarlos, y con esa misma cantidad podría conseguir un montón de dulces. Finalmente, mi hermana reunió el dinero, los compró y, al salir hacia la escuela, me explicó:
   —Ten cuidado de no perderlo, porque este caramelo nunca se acaba. Dura toda la vida.
   Yo estaba atónita: había sido transportada al reino de las historias de príncipes y de hadas. Cogí el pequeño chicle rosa que representaba el elixir del largo placer. Lo examiné. Casi no podía creer en el milagro. Con delicadeza, acabé por metérmelo en la boca.
   —Y ahora, ¿qué hago? —pregunté, para no equivocarme en el ritual que seguramente había.
   —Chupa para ir notando el azúcar y, cuando se acabe, empiezas a masticarlo. Y entonces sigues masticando toda la vida. A no ser que lo pierdas, yo ya he perdido varios.
   Perder la eternidad. Nunca. El azúcar del chicle era bueno, pero no muy bueno. En cierto momento, se acabó el azúcar.
   —Y ahora ¿qué?
   —Ahora mastica para siempre.
   Me asusté, no sabría decir por qué. Masticaba y masticaba aquella cosa pegajosa que no sabía a nada. Me sentí decepcionada: no me gustaba el sabor y la ventaja de que fuese eterno me daba miedo. No quise confesar que no estaba a la altura de la eternidad, que me producía angustia. No aguanté más y, al cruzar el portón de la escuela, me las arreglé para que el chicle se cayera.
   —¡Mira qué me ha pasado! —dije con fingido asombro y fingida tristeza.
   —Ya te dije —repitió mi hermana— que no se acaba nunca. Pero a veces los perdemos. Hasta de noche podemos ir masticando, pero para no tragárselo durante el sueño hay que pegarlo a la cama. No te pongas triste: un día te daré otro, y ése no lo perderás.
   Yo estaba avergonzada ante la bondad de mi hermana, avergonzada de la mentira que le había soltado, pero aliviada, sin el peso de la eternidad sobre mí.
(Aprendiendo a vivir y otras crónicas)



Agosto 25 de 1985
   Sándor Márai

   Paso largas horas junto a su cama. Le cojo la mano y ella me la aprieta débilmente para indicar que se da cuenta de mi presencia. Pero no abre los ojos. Parece tranquila, no hay en su expresión ni rastro de sufrimiento, inquietud o miedo. Su serenidad es una faceta de la belleza, incomparable. Esta cara carece de todo lo que durante la vida va esculpiendo y cambiando el rostro: sentimientos, deseos, desilusiones. Sus rasgos, su cara familiar, tan querida y única, se ha ido acendrando, ennobleciendo como sólo puede ocurrir antes de la muerte, cuando todavía queda una chispa de vida tras la máscara, aunque la personalidad ya no vive; sólo resta el cuerpo purificado por el destino. Como una estatua; este rostro aún alienta vida, aunque se ha desprendido de todo lo superfluo para dejar únicamente la calma final y la realidad pura.
(Diarios 1984-1989)


Los zapatos
   Natalia Ginzburg

   Pertenezco a una familia donde todos llevan zapatos fuertes y en buen estado. Mi madre tuvo incluso que encargar que le hicieran un armarito especial para poner los zapatos, de tantos pares como tenía. Cuando vuelvo con mi familia, lanzan gritos de indignación y dolor al ver mis zapatos. Pero yo sé que también se puede vivir con los zapatos rotos. En la época alemana estaba sola aquí, en Roma, y no tenía más que un par de zapatos. Si los hubiese llevado al zapatero, habría tenido que pasarme dos o tres días en la cama, cosa que no me era posible. Así, seguí llevándolos y, para colmo, cuando llovía, los notaba romperse lentamente, hacerse blandos e informes, y sentía el frío del empedrado bajo las plantas de los pies. Es por esto por lo que incluso ahora llevo siempre los zapatos rotos, porque me acuerdo de aquellos y, en comparación, no me parecen tan rotos y, si tengo dinero, prefiero gastármelo en otras cosas, porque los zapatos ya no me parecen algo muy esencial.
(Las pequeñas virtudes)


Autobiografía
   Pablo Neruda

   Por mi parte soy o creo ser duro de nariz, mínimo de ojos, escaso de pelos en la cabeza, creciente de abdomen, largo de piernas, ancho de suelas, amarillo de tez, generoso de amores, imposible de cálculos, confuso de palabras, tierno de manos, lento de andar, inoxidable de corazón, aficionado a las estrellas, mareas, maremotos, admirador de escarabajos, caminante de arenas, torpe de instituciones, chileno a perpetuidad, amigo de mis amigos, mudo de enemigos, entrometido entre pájaros, maleducado en casa, tímido en los salones, arrepentido sin objeto, horrendo administrador, navegante de boca y yerbatero de la tinta, discreto entre los animales, afortunado de nubarrones, investigador de mercados, oscuro en las bibliotecas, melancólico en las cordilleras, incansable en los bosques, lentísimo de contestaciones, ocurrente años después, vulgar durante todo el año, resplandeciente con mi cuaderno, monumental de apetito, tigre para dormir, sosegado en la alegría, inspector del cielo nocturno, trabajador invisible, desordenado, persistente, valiente por necesidad, cobarde sin pecado, soñoliento de vocación, amable de mujeres, activo por padecimiento, poeta por maldición y tonto de capirote.