Bienvenidos a la edición cibernética de la Revista Ekuóreo, pionera de la difusión del minicuento. Hecha en Colombia.
Comité de dirección: Guillermo Bustamante Zamudio, Harold Kremer, Henry Ficher.

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domingo, 13 de noviembre de 2022

327. Dramas y caballeros VI

 

Destino
   Hugo Hernán Aparicio Reyes (Colombia)

   Quiso la suerte que coincidiéramos en momento y lugar. No quiso en cambio que nos atreviéramos a hablar.
(Aforías)


Negación
   Raúl Brasca (Argentina)

   Cuando ella se le negaba, él se mostraba comprensivo; cuando ella provocaba a otros hombres, a él parecía divertirlo; cuando lo engañaba con descaro, él fingía no darse cuenta. Finalmente ella se cansó y le pidió el divorcio.
(Microficciones. Antología personal)


Quién es ella realmente
   Tim Keppel (USA-Colombia)

   Desde el principio, ella fue un enigma. Tal vez eso fue lo que me atrajo. Quería entender quién era. Y ahora, por desgracia, lo sé.
(Legado, 2022)


Una nota humana
   Alfonso Castro (Colombia)

   La había perseguido furiosamente, meses y meses, y siempre obtenía desdenes, hasta que un día pude conseguir que me oyera.
   Tembloroso de emoción, con el cuerpo rebozando deseos, y con el alma repleta de dulces perspectivas, empecé a hablarle apasionadamente. En mi discurso había mucho de suspiros, de tiernas congojas, de sueños voluptuosos, de discretas enramadas, de brillo de estrellas, de ósculos castos, de proyectos idílicos, de promesas preñadas de dicha, en fin, toda una canción de amor, pronunciada con el acento más arrullador que mi alma meditaba y con un ademán, tan discreto y gallardo —a mí me lo parecía— como de seguro no lo tuvo nunca un trovador de los tiempos medioevales.
   Me pareció imposible que a tal derroche de ternura, resistiese ninguna dama por insensible que fuera, y menos ella que debía tener un corazón tan accesible al amor, al mismo tiempo, que lleno de pureza..., y, que además, aparentaba haberme escuchado atentamente, llena de gusto, tal vez hipnotizada por el tono mágico de mis frases.
   Sugestionado por estos pensamientos me disponía a recibir una lluvia de caricias, como botín de mi victoria, cuando ella introduciendo la mano en mi bolsillo, me preguntó con voz desabrida:
   —¿Cuánto dinero trae consigo?
(Notas humanas - 1878)



Cuestión de espacio
   Carlos Arturo Ramírez Gómez (Colombia)

   Ella me dijo que no entraría más a mi departamento porque en mi cama habían dormido muchas mujeres. Entonces compré una cama y boté la otra. Luego, ella argumentó que no toleraba el espejo de la habitación, pues veía en él los rostros de mis ex-amantes. Quebré el espejo y boté sus pedazos para no causarle sinsabores. Al poco tiempo, ella se despertó sobresaltada en un amanecer y me dijo que le era imposible pasar una noche más conmigo mientras esos cuadros siguieran en las paredes, ya que, incluso, algunos de ellos habían sido pintados por una de mis ex-mujeres. Me deshice de los cuadros. Y así cotidianamente ocurrió con todos los objetos que eran mi vida personal, y finalmente con mi departamento, pues nos mudamos de barrio y también de ciudad, puesto que llegó el momento en que ella no aguantó las calles, los parques y los bares que me traían recuerdos. Ahora ella vive quejándose en su nueva residencia porque nunca me ve, ni me siente ni me oye, y me acusa de que me he vuelto un fantasma con el cual es imposible vivir.
(Invenciones y artimañas. En: Minicuentos, 1999)


Promesas
   Carmen Cecilia Suárez (Colombia)

   Llegó de mañana, muy temprano, recién bañado, sonriente, con una botella de vino y unas flores en la mano. A oír música, dijo.
   Ella se peinó apresuradamente y se quedó sin maquillar, con su batola amarilla de entre casa. “Qué carambas, si le gusta así, bueno, si no, también”, pensó, acostumbrada a ser un poco despectiva con los hombres.
   Hablaron, rieron, cantaron, él le dijo mil cosas de sus ojos, su boca, su cuerpo. La besó, la acarició. Discutieron sobre Freud, Marx y Camilo. Leyeron a García Lorca y a Saint-John Perse. Le prometió que tendrían una hija, que viajarían por el mundo, que envejecerían juntos. Comenzó a percibir una dulzura especial en esa voz, a sentirse vulnerable, a desear la presencia de ese hombre, sí, que la cuidara, sí, que la quisiera.
   Aún no habían hecho el amor. Acostados en la alfombra se miraban fijamente. Sus manos la recorrieron toda con timidez y ternura. Ella aguardaba en silencio, ansiosa...
   De repente, él se levantó y alegre y firme dijo: “Voy a contarle a Eloísa y los niños que te amo”.
   Dejó tirada su corbata roja. Ella aún la guarda en una bolsita de celofán, esperándolo.
(Un vestido rojo para bailar boleros)


Ido
   Orlando López Valencia (Colombia)

   En las cuatro esquinas de mi ser hay una mujer esperándome.
   Por eso me da risa cuando el terapeuta me dice: tienes que encontrarte a ti mismo.
   Francamente, yo allí no vuelvo.

domingo, 30 de junio de 2019

239. Dramas y caballeros V


Pedazo de luna llena
   Pelham Grenville Wodehouse

   Verónica, poniendo de nuevo en marcha la conversación, dijo que aquella tarde un mosquito le había picado en la nariz. Tipton, estremeciéndose al oír aquello, dijo que había detestado siempre los mosquitos. Verónica dijo que a ella tampoco le gustaban los mosquitos, pero que eran peores los murciélagos. Tipton repuso que sí, que ¡oh!, que desde luego, eran mucho peores los murciélagos. A verónica le gustaban los gatos, y Tipton estuvo de acuerdo en que los gatos, como raza, eran muy simpáticos. Sobre el tema de las ratas estaban también de completo acuerdo, ambos compartían la opinión de que carecían totalmente de encanto.
   Roto el hielo de aquella manera, la conversación prosiguió animadamente hasta que Verónica dijo que quizá fuese mejor que entrasen ya. Tipton dijo: “¡Oh, sí!”, y Verónica: “Creo que será mejor”, y Tipton: “Entonces, si usted lo cree…”, y su corazón saltaba y galopaba al entrar con ella en el salón. Si alguna vez hubo en su mente la menor duda de que aquella muchacha y él fuesen almas gemelas, no existía ya. Le parecía absolutamente sorprendente que dos personas pudiesen pensar de manera tan igual sobre cualquier cosa; sobre los mosquitos, los murciélagos, los gatos, las ratas; en una palabra, sobre todo.
(Luna llena, 1947)


Fin de fiesta
   Gabriela Villano

   La fiesta había terminado. Él la acompañó en la vereda, hasta que apareció un taxi.
La despidió con un beso casto, sin atreverse a más, como de costumbre. Ella le dio un abrazo tierno y ortodoxo, se tragó una pregunta, la habitual, y subió al auto.


Iluminación
   Rony Vásquez Guevara

   Como todas las noches, Antonio y Morgana salieron a pasear. Mientras caminaban por la acera cogidos de la mano, un poste de luz interrumpió su camino; ella avanzó por la derecha y él por la izquierda. Luego de unos minutos, terminaron su relación. Habían sido iluminados.
Cobardía
   Joris-Karl Huysmans

   La nieve cae en grandes copos, el viento sopla, el frío hace estragos. Regreso a casa deprisa, preparo el fuego, la lámpara. Espero a mi amante. Cenaremos juntos en mi casa; he encargado la cena, he comprado una botella de vino de Borgoña, una hermosa tarta con frutas en almíbar (¡es tan golosa!). Son las seis, espero. La nieve cae en grandes copos, el viento sopla, el frío hace estragos; atizo el fuego, cierro las cortinas, cojo un libro, mi viejo Villon. ¡Qué inefable delicia! Cenar en casa los dos junto al fuego. Suenan en el reloj de pared las seis y media; presto atención para comprobar si sus pasos tocan levemente la escalera. Nada, ningún ruido. Enciendo mi pipa, me arrellano en mi sillón, pienso en ella. Las siete menos cinco. ¡Ah!, ¡al fin! Es ella. Dejo mi pipa, corro hacia la puerta; los pasos siguen subiendo. Vuelvo a sentarme con el corazón oprimido; cuento los minutos, me acerco a la ventana; la nieve sigue cayendo en grandes copos, el viento sigue soplando, el frío sigue haciendo estragos. Intento leer, no sé lo que leo, solo pienso en ella, la excuso: la habrán retenido en el almacén, se habrá quedado en casa de su madre. ¡Hace tanto frío! Tal vez esté esperando un coche, pobre chiquita, ¡cómo voy a besar su naricilla fría y a sentarme a sus pies! Suenan las siete y media: ya no puedo estarme quieto, tengo el presentimiento de que no vendrá. ¡Vamos! Tratemos de cenar. Intento tragar algunos bocados pero mi garganta se cierra. ¡Ah! ¡ahora comprendo! Mil pequeñas naderías se yerguen ante mí; la duda, la implacable duda me tortura. Hace frío, pero ¿qué importan el frío, el viento, la nieve, cuando se ama? Sí, pero ella no me ama.
   ¡Oh! seré firme, la reprenderé enérgicamente; además, hay que acabar con esto, se está riendo de mí desde hace mucho tiempo; ¡qué demonios, ya no tengo dieciocho años! No es mi primera amante; ¡después de ella vendrá otra! ¿Se enfadará? ¡qué desgracia! ¡las mujeres no son un artículo escaso en París! Sí, es fácil decirlo, pero otra no sería mi pequeña Sylvie; ¡otra no sería este pequeño monstruo que me tiene locamente embobado! Camino a grandes zancadas, furiosamente, y mientras me pongo rabioso, el reloj tintinea alegremente y parece burlarse de mis angustias. Son las diez. Acostémonos. Me tiendo en la cama y dudo a la hora de apagar la luz; ¡bah! ¡da igual! apago. Furibundas iras me oprimen la garganta, me asfixio. ¡Ah! sí, todo ha terminado entre nosotros, bien terminado. ¡Ah! Dios mío, alguien sube; es ella, son sus pasos; me bajo de la cama, enciendo, abro.
   —¡Eres tú! ¿De dónde vienes? ¿Por qué llegas tan tarde?
   —Mi madre me ha entretenido.
   —¡Tu madre!… hace tres días me dijiste que ya no ibas a su casa. ¿Sabes? Estoy muy enfadado; si no estás dispuesta a venir con más exactitud, pues… 
   —Pues… ¿qué?
   —Pues nos enfadaremos.
   —De acuerdo, enfadémonos ahora mismo; estoy cansada de que me riñas siempre. Si no estás contento me voy…
   Tres veces cobarde, tres veces imbécil, ¡la retuve!


Separación
   Flóbert Zapata Arias

   Acordamos separarnos. Observo desconcertado que ella toma el mismo camino que yo he escogido. Le reclamo. Me entrega unas explicaciones que no comprendo del todo. Llegamos al mismo lugar que, sin embargo, es diferente para ella y para mí.
(La bestia danzante)


Antes y después
   Sándor Márai

   Yo quise amarla totalmente, sin secretos… y ahora deseo enterrarla totalmente, con todos sus secretos.
(Divorcio en Buda)


La felicidad
   Andrés Neuman

   "Me llamo Marcos. Siempre he querido ser Cristóbal. No me refiero a llamarme Cristóbal. Cristóbal es mi amigo: iba a decir el mejor, pero diré que el único. Gabriela es mi mujer. Ella me quiere mucho y se acuesta con Cristóbal. Él es inteligente, seguro de sí mismo y un ágil bailarín. También monta a caballo y domina la gramática latina. Cocina para las mujeres. Luego se las almuerza. Yo diría que Gabriela es su plato predilecto. Algún desprevenido podrá pensar que mi mujer me traiciona: nada más lejos. Siempre he querido ser Cristóbal, pero no vivo cruzado de brazos. Ensayo no ser Marcos. Tomo clases de baile y repaso mis manuales de estudiante. Sé bien que mi mujer me adora. Y es tanta su adoración, que la pobre se acuesta con él, con el hombre que yo quisiera ser. Entre los gruesos brazos de Cristóbal, mi Gabriela me aguarda desde hace años con los brazos abiertos. A mí me colma de gozo tanta paciencia. Ojalá mi esmero esté a la altura de sus esperanzas, y algún día, muy pronto, nos llegue el momento. Ese momento de amor inquebrantable que ella tanto ha preparado, engañando a Cristóbal, acostumbrándose a su cuerpo, a su carácter y sus gustos, para estar lo más cómoda y feliz posible cuando yo sea como él y lo dejemos solo".

domingo, 26 de marzo de 2017

180. Dramas y caballeros IV


Adivinanza
   Ángela Adriana Rengifo Correa

   Lía piensa que él debe empezar a hablarle. Eduardo no encuentra las palabras precisas. Ella cree que necesita más tiempo y espera; él, que tal vez sea ella quien debe hablar. Finalmente los dos se marchan sin haber dicho una palabra.


[Sin título]
   Anónimo
 
   Cada vez que me dolía la cabeza, él me acariciaba el cabello con una ternura exquisita, me besaba en los ojos y susurraba con los labios pegados a mi frente que ojalá todo ese dolor lo sufriera él.
   Comprendí que lo nuestro había terminado cuando me descubrí deseando que se cumpliera su deseo.


Hombre y mujer
   Ernesto Sabato

   Habrá siempre un hombre tal que, aunque su casa se derrumbe, estará preocupado por el Universo. Habrá siempre una mujer tal que, aunque el Universo se derrumbe, estará preocupada por su casa.
(Uno y el universo)


Sándor Márai


Diálogo
   Sándor Márai

   No podía vivir con mi esposo. El mayor dolor de la vida es amar a alguien y saber que no puedes vivir con él.
   Un día, cuando lo instigué a que me dijera cuál era el problema entre nosotros, me dijo:
   —Me estás pidiendo que renuncie a mi dignidad como ser humano. Yo no puedo hacer eso. Prefiero morir.
   Lo entendí enseguida.
   —No te mueras. Prefiero que vivas y sigas siendo un desconocido —respondí.
(La mujer justa, 1941)




[Sin título]
   Max Aub

   —¡Antes muerta! —me dijo. ¡Y lo único que yo quería era darle gusto!
(Crímenes ejemplares, 1957)


Tranvía
   Andrea Bocconi

   Por fin. La desconocida subía siempre en aquella parada. "Amplia sonrisa, caderas anchas... una madre excelente para mis hijos", pensó. La saludó; ella respondió y retomó su lectura: culta, moderna.
   Él se puso de mal humor: era muy conservador. ¿Por qué respondía a su saludo? Ni siquiera lo conocía.
   Dudó. Ella bajó.
   Se sintió divorciado: “¿Y los niños, con quién van a quedarse?”.


Ensayo en pequeño
   Andrew Lang

   Tres maridos tuvo Halguerda la Hermosa y causó la muerte de todos. Su último señor fue Gunnar de Lithend, el más valiente y el más pacífico de los hombres. Una vez, ella obró de un modo mezquino, y él le dio una bofetada. Ella no se lo perdonó. Años después, el enemigo sitió su casa. Las puertas estaban cerradas; la casa, silenciosa. Uno de los enemigos trepó hasta el alféizar de una ventana y Gunnar lo atravesó de un lanzazo.
   —¿Está Gunnar en casa? —preguntaron los sitiadores.
   —Él, no sé, pero está su lanza —dijo el herido, y murió con esa broma en los labios.
   Gunnar los tuvo a raya con sus flechas, pero al fin uno de ellos le cortó la cuerda del arco.
   —Téjeme una cuerda con tu pelo —le dijo a su mujer, Halguerda, cuyos largos cabellos eran rubios y relucientes.
   —¿Te va en ello la vida? —ella preguntó.
   —Sí —respondió Gunnar.
   —Entonces recuerdo esa bofetada y te veré morir.
   Así Gunnar murió, vencido por muchos, y mataron a Samr, su perro, pero no antes que Samr matara a un hombre.
(J. L. Borges y A. Bioy Casares. Cuentos breves y extraordinarios)

domingo, 14 de septiembre de 2014

113. Dramas y caballeros III


Los diarios de Adán y Eva
   Mark Twain
Fernando Botero

   Adán
   Esta nueva criatura de pelo largo  se entromete bastante. Siempre está merodeando y me sigue a todas partes. Eso no me gusta; no estoy habituado a la compañía. Preferiría que se quedara con los otros animales. Hoy está nublado, hay viento del este; creo que tendremos lluvia… ¿Tendremos? ¿Nosotros? ¿De dónde saqué esa palabra…? Ahora lo recuerdo: la usa la nueva criatura.

   Eva
   Toda la semana lo seguí y traté de entablar relaciones con él. Yo soy la que tuvo que hablar, porque él es tímido, pero no me importa. Parecía complacido de tenerme alrededor, y usé el sociable “nosotros” varias veces, porque él parecía halagado de verse incluido.


La invitación
   Jorge Luis Vidarte

   Cuando abrí la puerta, ella estaba tendida sobre la cama; su cuerpo desnudo expelía un aroma agradable. La miré. Ella, a su vez, alzó la mirada. En sus ojos leí la invitación. Hice un gesto con mis labios, cerré la puerta y salí.
(Libertad bajo palabra 6)


Segunda chance
   Martín Gardella

   Diez años después, todavía él lamenta aquel beso que no dio. Ella, en cambio, gastó una fortuna en terapia para superar su indiferencia. Hoy siguen solos.
   Un encuentro casual en el subterráneo les regalará una nueva oportunidad. Sin embargo, ella sólo sonreirá y le contará que está muy bien, que ahora vive en Burzaco. Y él pensará que ella está mucho más linda que en sus recuerdos, pero solo atinará a decirle que fue una alegría encontrarla, que hacía mucho tiempo que no se veían. No se animará a pedirle un número de teléfono, y mucho menos a robarle un beso.
   Ella abandonará el subterráneo en la estación Callao, aunque debía bajarse en Malabia, y sus ojos se humedecerán mientras suba la escalera mecánica. Desconcertado, él continuará su viaje hasta la terminal. Se justificará pensando que ella seguramente debe tener pareja, y que Burzaco queda bastante lejos. 


El viejo cofre de Nuri Bey
   Anónimo (Derviches errantes. Siglo XIII)

   Nuri Bey era un reflexivo y respetado albanés que había desposado una mujer mucho más joven que él.
   Un atardecer, habiendo retornado a su hogar más temprano que de costumbre, un fiel sirviente se le acercó y dijo:
   —Vuestra esposa, nuestra señora, está actuando sospechosamente. Se encuentra en sus aposentos con un enorme cofre, que perteneció a vuestra abuela, suficientemente grande para esconder un hombre. Tal vez habría en él sólo unos bordados antiguos. Creo que ahora debe haber mucho más en él. Ella no permite que yo, vuestro más antiguo criado, averigüe qué hay en él.
   Nuri fue a la habitación de su mujer, y la encontró sentada, desconsolada, junto a la enorme caja de madera.
   —¿Quieres mostrarme qué hay en el cofre? —preguntó.
   —¿Debido a la sospecha de un sirviente, o porque no confías en mí?
   —¿No sería más fácil abrirlo, sin pensar en insinuaciones? —preguntó Nuri.
   —No creo que sea posible.
   —¿Está cerrado?
   —Sí.
   —¿Dónde está la llave?
   Ella la mostró.
   —Despide al sirviente y te la daré.
   El sirviente fue despedido. La mujer entregó la llave y se retiró, obviamente perturbada.
   Nuri Bey pensó un largo rato. Luego llamó a cuatro de sus jardineros. Juntos transportaron el cofre, por la noche, sin abrirlo, a un distante lugar de la finca y lo enterraron. El asunto nunca más fue mencionado.

Fernando Botero

Despecho
   Andrés Neuman

   A Violeta le sobran esos dos kilos que yo necesito para enamorarme de un cuerpo. A mí, en cambio, me sobran siempre esas dos palabras que ella necesitaría dejar de oír para empezar a quererme.
(El que espera. Barcelona: Anagrama, 2000)


A cualquier Natasha
   Héctor Sierra

   Tú ya no eres la misma Natasha. No eres aquella hermosa niña que conocí entre kashtanes frondosos, que camino conmigo ingrávida, pisoteando caídas hojas de otoño; aquella que me acompañó a lo largo de la calle Vasilkóvskaya, tan silenciosamente tomada en mi mano sin intentar siquiera una comunicación que, de todos modos, habría resultado imposible —yo no hablaba tu idioma, ni tú el mío—. Ya no eres la misma adolescente que caminaba flotando como balerina, que sonreía con ingenuidad dulce y preciosa mientras yo te admiraba con mis ojos cómplices de nuestro deseo mutuo: descubrir el amor a los 17 años.
   Pero ahora, después de tanto tiempo, tú ya no eres la misma Natascha. Ya no eres Natalie, ni siquiera Nata. Eres Natalia Vladímirovna Jandránova. Eres una simple obrera textil. Estás casada con un apestoso alcohólico. Tienes un hijo al que han arrestado repetidas veces por delincuencia. Estás exageradamente gorda, casi deforme, mal vestida, tu dentadura descuidada y llevas una triste expresión de cansada angustia en tu rostro. Vas apresurada por la calle Kreshátik, como cualquier transeúnte, abstraída en tus lejanos recuerdos, pensando nostálgica que en alguna ocasión todo habría podido ser distinto; y, tal vez por eso, has pasado cerca de mí, casi empujándome, dejando escapar un mecánico y formal “izviñitie” y sin reconocerme.
(Minicuentos de Elipsiada. Bogotá: Centro Colombo-Americano, 1993)


A cualquier Mauricio
   Héctor Sierra

   Tú ya no eres el mismo Mauricio. No eres aquel muchacho tonto que me persiguió embobado a todo lo largo de la calle Vasilkóvskaya, tan ridículamente maravillado como aborigen recién escapado de la jungla y embrujado al descubrir una diosa; aquel que no se atrevía ni siquiera a mirarme a los ojos, no por humildad, sino por cobardía; que tampoco necesitaba decir nada porque sus intenciones eran obvias. No eres el mismo extranjero insolente que me miraba con ojos libidinosos después de que te ofreciera mi mano por lástima.
   Pero ahora, después de tanto tiempo, tú ya no eres el mismo Mauricio. Ya no eres Maurik, ni siquiera Mao. Eres Mauricio Rodríguez González. Eres un ingeniero emergente. Estás casado con una hermosa mujer que te es infiel. Tienes un hijo al que han arrestado repetidas veces por delincuencia, al que no conoces y que heredó tu espíritu de patanería y tu folklórico sentido de la irresponsabilidad. Estás exageradamente gordo y llevas la mirada de quien ha comido bien y no tiene preocupaciones. Vas caminando tranquilo como si lo que hubieras dejado de hacer en el pasado no hubiese alterado tu destino; y por eso es que cuando pasas a mi lado en la calle Kreshátik, haciéndote el distraído como quien mira a otra parte, te he pisado los zapatos nuevos, te he empujado con desprecio y he dejado escapar un merecido “sukin syn” haciéndote saber que te reconozco.
(Minicuentos de Elipsiada. Bogotá: Centro Colombo-Americano, 1993)

domingo, 28 de abril de 2013

77. Dramas y caballeros II


Aforismo
   Óscar Wilde

   Los hombres querrían ser siempre el primer amor de una mujer. Tal es su necia vanidad. Las mujeres tienen un instinto más sutil para las cosas: les gusta ser el último amor de un hombre.


Renuncia
   Italo Calvino

   Cósimo clavó los ojos en ella. Y ella: 
   —Tú no crees que el amor sea entrega absoluta, renuncia a uno mismo…
   Podía decir algo Cósimo, cualquier cosa para ir hacia ella, podía decirle: “Dime lo que quieres que haga, estoy dispuesto...”, y habría sido de nuevo la felicidad para él, la felicidad juntos, sin sombras.  Pero dijo:
   —No puede haber amor si uno no es uno mismo con todas sus fuerzas.
   Viola tuvo un gesto de contrariedad, que era también un gesto de cansancio. Y, sin embargo, aún habría podido comprenderlo, como en realidad lo comprendía; más aún, tenía en la punta de la lengua las palabras para decirle: “Tú eres como yo te quiero”… y subir de inmediato con él… Se mordió un labio. Dijo:
   —Pues, entonces, sé tú mismo tú solo.
   “Pero, entonces, ser yo mismo ya no tiene sentido”, eso es lo que quería decir Cósimo. Pero, en cambio, dijo:
   —Si prefieres a esos dos gusanos…
   —¡No te permito despreciar a mis amigos! —gritó ella y no obstante pensaba: “A mí me importas sólo tú, y sólo por ti hago todo lo que hago”.
   —Sólo yo puedo ser despreciado…
   —¡Tu modo de pensar!
   —Soy una sola cosa con él.
   —Entonces, adiós. Parto esta misma noche, no me volverás a ver.
(Nuestros antepasados)


Arte folklórico de Guyarat


Inevitable
   Carmen Cecilia Suárez

   Él era signo de fuego, destellante, chispeante, fascinante, centelleante, rutilante, llameante, fulgurante, eclipsante, jugueteante, tintineante, deslumbrante, volátil e inasible.
   Ella era signo de agua, ondulante, inundante, zigzagueante, provocante, esquivante, titubeante, amenazante, apabullante, ahogante, suave y fresca.
   La relación fue un cortocircuito. 
(Un vestido rojo para bailar boleros. Bogotá: Pijao, 1988)


La frontera
   Henry Ficher

   Ella trabajaba en ese lugar por extrema necesidad. Desde que llegó a la gran ciudad no había conseguido empleo y tenía una bebé que alimentar. Él llegó ahí por excesiva soledad. En las calles sólo encontró seres tan perdidos como él y le daba igual que sus pasos lo llevaran ahí o a cualquier otro lugar.
   Ella lo vio entrar y con sólo verlo, se dio cuenta. Le atrajo su juventud, su mirada asustada. Pensó: "si lo hubiera encontrado en la calle, lo habría elegido".
   Él la vio y algo en su mirada le dijo que esa noche la pasaría con ella. La llamó a la mesa, le preguntó su nombre, le ofreció una cerveza. Subieron al segundo piso agarrados de la mano. Entraron al cuarto, se desnudaron y se acostaron en la cama.
   Ella, feliz, ronroneó y lo abrazó tan fuerte que le arrancó un suspiro:
   —¡Qué cariñosa eres!
   —¿Y para qué estamos acá, sino para robarle a esta ciudad desalmada un poquito de cariño?
   Él se sumergió en la suavidad de su piel. Pensó: "Si la hubiera encontrado en cualquier otro lugar, la habría elegido".


Tapiz de Punyab

Toda una vida
   Beatriz Pérez Moreno

   Lo vio pasar en un vagón de metro y supo que era el hombre de su vida. Imaginó hablar, cenar, ir al cine, yacer, vivir con él. Dejó de interesarle.
(Por favor sea breve, edición de Clara Obligado. Madrid: Páginas de espuma, 2001)


Diálogo II
   Rodrigo Parra Sandoval

   Él: ¿Por qué eres siempre tan difícil? ¿Por qué es una batalla el poder acariciarte? ¿Por qué vienes a mi apartamento si no quieres recibirme? ¿Por qué quieres hacerme sentir que te estoy violando? ¿Por qué subes conmigo hasta el último peldaño y te detienes en el momento decisivo y me dejas sin el consuelo de lo terminado?
   Ella: Vengo para que no creas que soy difícil, y soy difícil para que no creas que soy fácil. Así me conoces mejor.
(Tarzán y el filósofo desnudo. Bogotá: Arango, 1996)


A Mail in the Life
   Fernando Iwasaki

   Desde hace unos meses le mando correos electrónicos a mi mujer haciéndole creer que soy otro. Al principio se los tomó a broma, pero poco a poco empezó a entregarse, a fantasear con mis mensajes, a compartir con mi otro yo sus deseos más inconfesables. Le he puesto trampas para saber si sospecha algo y no es así. Ha caído redonda.
   No puedo negar que parece más feliz y hasta me hice de rogar cuando me pidió que la sodomizara, tal como se lo había recomendado bajo mi personalidad secreta. Pero hasta aquí hemos llegado porque he decidido escarmentarla.
   Voy a suicidarme para que nos pierda a los dos.
(Ajuar funerario. Madrid: Páginas de espuma, 2004)

domingo, 28 de octubre de 2012

64. Dramas y caballeros I


La espera
   Roland Barthes

   Un mandarín estaba enamorado de una cortesana. “Te perteneceré, dijo ella, cuando hayas pasado cien noches esperándome sentado en un escabel, en mi jardín, bajo mi ventana”. Pero, la noche número noventa y nueve, el mandarín se levantó, tomó su escabel y se fue.

Revista El Cuento, No. 84, Noviembre-Diciembre 1980 Tomo XIII – Año XVI Pág. 390


Amor
   Raúl Brasca

Amor I
   A ella le gusta el amor. A mí no. A mí me gusta ella, incluido, claro está, su gusto por el amor. Yo no le doy amor. Le doy pasión envuelta en palabras, muchas palabras. Ella se engaña, cree que es amor y le gusta; ama al impostor que hay en mí. Yo no la amo y no me engaño con apariencias, no la amo a ella. Lo nuestro es algo muy corriente: dos que perseveran juntos por obra de un sentimiento equívoco y de otro equivocado. Somos felices.

Amor II
   Pretende que yo estoy enamorada del amor y que a él sólo le interesa el sexo. Dejo que lo crea. Cuando su cuerpo me estremece, lo atribuye a sus muchas palabras. Cuando mi cuerpo lo estremece, lo atribuye a su propio ardor.
   Pero me ama. Y no lo saco de su engaño porque lo amo. Sé muy bien que seremos felices lo que dure su fe en que no nos amamos.
Todo tiempo futuro fue peor. Thule, 2004


Una mujer por cárcel
   Fabio Martínez

   Si él quería unos zapatos de polvo de diamante, ella quería unos de corbatín de murciélago; si él pedía al desayuno huevos revueltos con jamón y queso (porque era un hombre ovíparo), ella pedía carne muerta frita; si él quería una cama giratoria de plumas de ganso, ella quería una cama fija y sencilla de faquir; si él decía que quería conocer Suecia, ella hablaba del África negra; si él decía que quería ir al gimnasio y bajar de peso, ella prefería ir de compras a Unicentro con sus tarjetas de crédito; si él sugería óvulos, ella optaba por diafragmas; si él pedía pavo al vino (porque era un cernícalo), ella pedía lechona tolimense; si él le decía, adiós, currucutaca linda, ella respondía, adiós, monstruo precolombino; si él quería hacer el amor en la noche, ella prefería leer El arte del tao; si él pedía de postre flan de caramelo, ella pedía aceite de jengibre; si él cantaba Rocío Jurado, ella lo hacía con Bola de Nieve; si él quería pasar vacaciones en San Andrés y Providencia, ella quería pasarlos en La cueva de los Guácharos; si a él le gustaba Paul Klee (por la economía del lenguaje), ella daba la vida por Fernando Botero; si él mencionaba hijos, ella optaba por perros y gatos; si él hablaba de llevar una vida sibarita, ella decidía afiliarse a la Sagrada Orden de la Mesa Redonda; si él compraba un reloj en forma de corazón, de tablero nacarado y agujas doradas, ella compraba un reloj de ferrocarrilero; si él llegaba a mencionar que le derretían las nínfulas de catorce años (era un pedofílico degenerado), ella, sencillamente lo mataba. 
   Era un hombre a quien le habían dado la mujer por cárcel.
Del amor inconcluso. Bogotá: Común Presencia, 2006




Duchazos
   Mempo Giardinelli

   Carmen y yo teníamos la costumbre de ducharnos juntos, en las mañanas, y nos contábamos nuestros sueños. En ella eran frecuentes los bosques de pinos y la nieve; en mí, niños jugando a las bolitas en las siestas calcinantes del verano chaqueño.
   Para ella, las pesadillas eran excepcionales, con globos rojos y mortíferos que estallaban ante su propia cara. Se veía a sí misma como una niñita extraviada en la Patagonia que, huyendo de los globos, llegaba a una gran ciudad donde la esperaban patrulleros con banderitas argentinas y globos rojos adentro, que salían a perseguirla.
   Para mí, en cambio, las pesadillas eran reiteradas y casi siempre como una misma película: yo era una especie de planta inmóvil y las hormigas subían y me comían; yo gritaba pero no emitía sonido alguno, o nadie me escuchaba. Carmen decía que mi pesadilla le recordaba a ciertos climas de películas de Bergman.
   Durante aquellos duchazos, siempre, inevitablemente, se nos quemaba el café. Pero éramos felices.
Soñario. Buenos Aires: Edhasa, 2008


Destello 2
   Roberto Burgos Cantor

   En un café.
   En la esquina.
   En un parque.
   En la estación del tren.
   La mujer: Oye: ¿si ella no llega, te vendrías conmigo?
   (El hombre, a quien se dirige, se asusta. La duda lo confunde.)
   La mujer (Insiste): Oye: si no es para tanto. A ustedes el azar les dura menos de un segundo.
   El hombre (Pone cara de pedir clemencia): Mira. Espera. Espera. Me tienes confundido. ¿Qué me quieres decir?
   La mujer (Risa de picardía): Oye: lo-que-te-digo.
   El hombre (Desvía la mirada): ¿Cómo así? Eso del azar... ¿Tú eres filósofa?
   La mujer (Suave paciencia): Oye: nada. Si ella no viene y tú te atreves a venirte conmigo, después querrás volver para saber por qué ella no vino. Y yo no te importaré.
   El hombre (Ahora la mira. Se anima): Tantos pensamientos matan la aventura, su deseo.
   La mujer (Sonríe): Oye: los pensamientos no. Será tu incertidumbre. O... será tu cobardía.
   El hombre (Cara de susto): Mira: mejor yo me quedo aquí. Perdona. Si ella no viene, yo no me muero. Me salvaste. Perdona...
Revista Conversaciones desde La Soledad. No. 3. Bogotá: enero de 2003


138
   Édgar Allan García

   Lo que en verdad amaba de él era su forma de ser cuando estaba con él. No era entonces él, en tanto persona específica, lo que a ella le atraía, sino su potencial transmutatorio, esa misteriosa capacidad para activar en ella su verdadero yo. La paradoja consistía, por tanto, en que lo que amaba de él era que, junto a él, ella podía amarse a sí misma.
333 micro-bios. Quito: 2011


Mascarada e impostura
   Guillermo Bustamante Zamudio

Acto I
   Ella: tersa, olorosa, recatada.
   Él: tosco, oloroso, volcánico.
   Resultado: frigidez.

Entreacto
   Silicona, gimnasia, dieta, desodorante, cirugía estética, glamour.

Acto II
   Ella: tosca, olorosa, volcánica.
   Él: terso, inodoro, recatado.
   Resultado: disfunción eréctil.
Disposiciones y virtudes (Inédito)