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Comité de dirección: Guillermo Bustamante Zamudio, Harold Kremer, Henry Ficher.

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domingo, 29 de noviembre de 2020

276. Minicuentos populares rusos II

Sopa de hacha

   Fue una vez un soldado a alojarse en casa de una vieja que vivía sola.
   —¡Hola, anciana! —dijo—. ¿Puede usted darme algo de comer?
   —Ahí en ese clavo puedes colgar tus cosas —contestó la vieja.
   —¡Oye! ¿Es que tienes tapados los oídos?
   —Sí, puedes irte a acostar.
   —Espera un poco, mala bruja: ya te curaré yo la sordera —dijo entonces el soldado, metiéndole por los ojos los apretados puños—. ¡Basta de bromas y pon el mantel en la mesa!
   —Si no tengo nada, hijo.
   —¡Hazme una sopa! —replicó el soldado.
   —Pero ¿con qué hijo mío?
   —Pues dame un hacha. Yo lo haré con ella.
   —¡Vaya una cosa más rara! —dijo para sí la vieja—. ¡A ver cómo un hacha va a hacer una sopa!
   Pero, en fin, trajo el hacha. La cogió el soldado y la metió en una marmita que puso al fuego, y ya tenemos el hacha hierve que te hervirás.
   A poco, probó el soldado el agua con una cuchara y dijo:
   —La sopa sería de primera si le echara un poco de cebada.
   Y la vieja trajo la cebada. El soldado se la echó a la olla. Al rato, la probó y dijo:
   —¡Perfectamente! No le falta más que un poco de mantequilla.
   La trajo la vieja. La marmita siguió al fuego con aquel aditamento y, al cabo de algún rato, el soldado dijo la vieja:
   —Ahora traes pan y sal, dos platos, dos cucharas y vamos a comer.
   No dejaron ni un poco en la marmita.
   —Pero ¿cuándo comeremos el hacha? —preguntó la infeliz vieja.
   —No está aún bastante cocida —respondió el soldado—. Ya acabaré yo de hacerla cocer en el camino: me servirá de desayuno mañana.
   La metió en su saco, le dijo adiós a la vieja y marchóse a otro pueblo 
  
Baba Yaga

Dios y el párroco

   Un párroco cuidaba con devoción de su iglesia, y un día le regaló a su santuario un candelabro maravilloso, con una vela muy grande. Entonces, apareció delante de él Dios y, como premio, prometió anunciarle tres veces, antes de llevárselo de este mundo.
   El párroco se alegró mucho. Empezó a vivir con lujos y fiestas; comía y bebía, aprovechando la despensa de la iglesia. Y dejó de pensar en la muerte. Pasaron varios años, y su cuerpo empezó a no soportar más la vida que llevaba: se le doblaron las rodillas, se le encorvó la espalda, y tuvo que ayudarse con una muleta. Más tarde, perdió la vista y, después, el oído. Jorobado, ciego y sordo, siguió viviendo con el desenfreno y el lujo de antaño.
   Al fin se presentó Dios ante él para llevárselo. Desconcertado, el párroco le reprochó a Dios no haberle dado los avisos prometidos.
   Enfadado, el Señor le dijo:
   —¡Fui yo quien te dio un golpe en los hombros y en las rodillas hasta que tuviste que doblegarte! ¡Yo puse mi dedo en tus ojos, hasta que te quedaste ciego! ¡Y yo toqué tus oídos para que te quedases sordo! Así que he cumplido la promesa. Ahora, ¡sígueme!
   El párroco empezó a rogar humildemente que le perdonara. Aseguraba no haber entendido el sentido de sus advertencias, y no encontrarse preparado para morir. El Señor miró con dulzura al pecador arrepentido y dijo:
   —Vámonos, vámonos. No quiero ser más justo que misericordioso contigo.


Potanka

   Una mujer preparó levadura sin pedir que Dios la bendijera. Llegó corriendo el diablo Potanka y se metió en la levadura. Más tarde, la mujer se acordó de que no había pedido la bendición, regresó y bendijo la levadura. Así, Potanka no pudo ya a salir de la tinaja. La mujer coló la levadura y tiró los desechos a la calle. Potanka se quedó allí enredado. Los cerdos lo empujaron de un lado para el otro, pero él no fue capaz de soltarse. Sólo al cabo de tres días, pudo despegarse de aquello y escapar. Llegó jadeando a donde estaban sus compañeros, y éstos le preguntaron:
   —Pero, ¿dónde has estado?
   —¡Maldita sea esa mujer!, dijo. Ha hecho levadura sin santiguarse. Llegué y me metí dentro. Y, de repente, viene y me persigna. A duras penas logré escapar, y sólo al cabo de tres días. Los cerdos me estuvieron empujando de un lado para otro, y yo no podía soltarme. De aquí en adelante, jamás en la vida volveré a meterme dentro de la levadura de la mujer.


Trilla milagrosa

   Una noche invernal y de mal tiempo, marchaban por un camino Iván el Misericordioso y los doce apóstoles. Hacía demasiado frío como para pernoctar en el campo, de modo que llamaron a la puerta de una casa. El campesino los dejó entrar, a condición de que, al día siguiente, bien temprano, le trillaran varias gavillas de centeno.
   Por la mañana, el amo los llamó. Los apóstoles se levantaron y se dispusieron a marchar a la era. Pero Iván el Misericordioso les convenció de dormir un poquito más. El campesino esperó un rato, luego cogió un látigo, entró en la isbá y se puso a dar latigazos al que se hallaba en el extremo cercano. Era Iván el Misericordioso, el cual gritó:
   —¡Basta! ¡Ya vamos!
   El campesino se marchó. Los apóstoles comenzaron levantarse. Pero Iván el Misericordioso les convenció a todos, otra vez, de descansar un poco más. Pero caviló: “A ver si viene de nuevo este campesino y se pone a dar golpes al primero”, y se escondió detrás de los demás. El campesino esperó un ratito, volvió a la isbá con el látigo y pensó: “¿Por qué voy a tener que pegar a la misma persona? Golpearé al que se encuentra detrás de todos”. Y empezó a dar latigazos al que se hallaba detrás.
   Apenas se marchó el campesino, convenció Iván el Misericordioso por tercera vez a los apóstoles de no levantarse, y se metió en medio de todos. El amo siguió a la espera, pero los forasteros no acudían. Volvió a la isbá con el látigo. Entró y pensó: “Bueno, el que está delante ya recibió lo suyo; el que está detrás, también. Voy a darle ahora su merecido al que está en medio”. Y, otra vez, recibió los latigazos Iván el Misericordioso, quien, ahora sí, pidió a los apóstoles que fueran a ayudar al campesino.


El hermano de Cristo

   Un campesino tenía un hijo muy bueno y muy religioso. Un día, el hijo le pidió permiso para peregrinar. Anduvo y anduvo, y llegó hasta una casita donde un anciano que oraba arrodillado. Se pusieron juntos delante de los iconos, y rezaron durante mucho tiempo. Al terminar sus oraciones, el anciano le dijo que se hermanaran. Así lo hicieron. Luego, se despidieron y cada uno se fue por su camino. En cuanto el hijo del campesino regresó, el padre decidió esposarlo. 
   —No quiero casarme, padre mío —dijo—. Permíteme servir el resto de mi vida a Dios.
   Pero el Padre no quería ni oír hablar de aquello. Le buscó una novia, pidió la mano y le ordenó a su hijo casarse. El hijo reflexionó y se marchó de casa. Anduvo durante algún tiempo, y se encontró con el anciano con quien se había hermanado. El anciano lo llevó a su jardín. Al hijo del campesino le pareció que había estado allí unos tres minutos. Pero, cuando regresó a su pueblo, vio que todo había cambiado. Preguntó al sacerdote dónde estaba la antigua iglesia, y dónde se encontraba la gente que vivía antes allí. Especialmente, preguntó por la novia que fue abandonada por su novio en el altar. El sacerdote cogió los libros de la iglesia, los miró y dijo:
   —Eso fue hace unos trescientos años.
   Después interrogó al hijo del campesino: quién era, de donde había venido. Y, cuando estuvo enterado de todo, ordenó a sus sacristanes que se prepararan para servir la misa:
   —Este hombre —dijo— es el hermano de Cristo.
   Cuando la misa estaba a punto de terminar, el hijo del campesino empezó a perder tamaño, hasta desaparecer en el momento en que la misa terminó.


Visita al infierno

   Al joven a quien Dios llevó de visita al infierno, un anciano le instó:
   —Cuéntame lo que has visto.
   —Vi un puente de plata —contesta el peregrino—. Bajo el puente había una caldera enorme donde hervían cabezas humanas. Sobre ellas volaban águilas que las sometían a tortura con sus picos.
   —Ese es el eterno tormento que hay en el otro mundo. ¿Qué más has visto?
   —Después pasaba yo por un pueblo donde se oían alegres canciones y diversión. Pregunté: “¿A qué se debe esta alegría?”. Me contestaron que habían tenido una muy buena cosecha, y que vivían en la abundancia.
   —Es la gente de Dios: están dispuestos a dar de comer a todo el mundo; ningún pobre se alejaba de sus casas sin quedar bien atendido.
   —Después vi a dos perras que se peleaban en un camino. Quise separarlas, pero no logré hacerlo.
   —Eran dos nueras. ¿Qué pasó después?
   —En otro pueblo, vi lágrimas y tristeza. “¿Por qué estáis tan tristes?”, pregunté. Y me contestaron: “Porque el granizo estropeó nuestros campos, y ahora ya nada nos queda”.
   —Allí es donde vive la gente que no conoce la sinceridad.
   —Después vi cómo se peleaban dos cerdos. Quise separarlos, pero no logré hacerlo.
   —Se trata de hermanos que no estaban de acuerdo. ¿Qué más viste?
   —Estuve en una pradera maravillosa. Podría estar allí tres días sin moverme, contemplando tanta hermosura.
   —Es el paraíso, en el otro mundo; pero es difícil llegar ahí.
   
   
El ermitaño y los diablos

   Un ermitaño, que había estado rezando durante treinta y tres años seguidos, vio que a la casa del zar acudían los diablos. Un día, el diablo cojo, Potanka, se quedó rezagado. El ermitaño salió y le preguntó a dónde se dirigían todos los días.
   —Vamos a casa del zar a comer. Sus cocineros lo preparan todo sin santiguarse, ¡lo cual nos gusta mucho!
   Como de la casa del zar le traían comida todos los días, escribió en los platos vacíos que los diablos iban a comer a la mesa del zar. Cuando éste vio lo que le había escrito el ermitaño, reemplazó a todos los criados que tenía en la cocina por gente devota que, al dar inicio a cualquier tarea, decía:
   —¡Que Dios nos bendiga!
   Pronto vio el ermitaño de nuevo a los diablos: habían marchado al palacio alegres y felices, pero venían de regreso tristes y decepcionados. 
   Volvió a preguntar a Potanka por qué regresaban tan apenados. 
   —¡Ten la boca cerrada! ¡Ya te lo haremos pagar!
   Después de aquel encuentro, dejó el ermitaño de ver a los diablos. Un día, llegó a su casa una mujer piadosa, y él le preguntó quién era y de dónde venía. Entablaron conversación, tomaron vino, se emborracharon y acordaron casarse.
   Fueron a la iglesia, ya lo tenían todo arreglado. Dio inicio la ceremonia. Cuando estaban a punto de ponerles las coronas, se santiguó el ermitaño. Los diablos se echaron atrás, y él vio delante de sí una soga que estaba dispuesta para ahorcarle.
   Después de aquel suceso, se pasó rezando otros treinta y tres años.
   
(Salvo "la sopa de hacha", Compila Alexandr Nikoláievich Afanásiev)

domingo, 25 de marzo de 2018

206. Minicuentos populares medievales

Recopilados por Caesarius (Siglo XIII)

Textos tomados de Leyendas medievales, de Hermann Hesse

Castigo del jugador que blasfemó contra la Virgen

   Un jugador que había perdido un juego, sintió envidia del otro, que había tenido suerte. Para mostrar su ira, comenzó a blasfemar contra Dios Nuestro Señor. Más su camarada, poseído por el mismo espíritu del mal, exclamó:
   —¡Calla! ¡Tú ni siquiera sabes blasfemar bien!
   Tras lo cual, comenzó a injuriar y a calumniar a Dios aún más terriblemente. Pero cuando prosiguió insultando y denostando a la Madre de Dios, sintióse una voz desde arriba:
   —Que yo sea calumniado, aún puedo consentirlo, pero que lo sea mi madre, no lo puedo tolerar.
   Pronto, un invisible rayo horadó al hombre allí mismo, dejándole una herida visible; entre espumarajos, el jugador entregó su alma a Dios.


Del caballero y el manzano

   Movido por el remordimiento, un caballero que había cometido muchas vilezas se confesó ante un clérigo. Éste le impuso, una u otra vez, penitencias que aquél no logró cumplir.
   —¿Hay alguna penitencia que puedas cumplir? —le preguntó el clérigo.
   —En mi finca hay un manzano que da unos frutos tan ácidos y miserables que jamás pude comerlos. Si estáis de acuerdo, sea mi penitencia que durante mi vida no pruebe una sola de esas manzanas.
   —Por todos tus pecados, te impongo que jamás comas a sabiendas los frutos de aquel árbol.
   El caballero se marchó y estimó que no había tal penitencia impuesta. Pero el árbol estaba en un sitio en que el caballero podía verlo cada vez que entraba o salía de su granja. Ello siempre le hacía recordar la prohibición y, con el recuerdo, pronto sobrevino la más fuerte de las tentaciones. Un día, pasó por delante del árbol y contempló las manzanas. Entonces, extendiendo su mano hacia una manzana, ya volviendo a retirarla, pasó casi todo el día entre impulso y retroceso. La lucha contra el deseo fue, empero, tan dura que quedó yaciendo bajo el manzano con el corazón palpitante y murió.


Monje del Mar - Johannes Sluperius

El abad de San Pantaleón

   En el convento del santo Pantaleón, en Colonia, un abad le entregaba, en secreto, dinero de la comunidad a un hermano carnal que estaba bastante versado en negocios. Pero se le malograba todo lo que emprendía. El dinero del convento se le convertía en fuego y el suyo en paja. No podía sino sorprenderse del florecimiento de los demás negociantes y de su propio fracaso. Mientras el hermano más dinero la daba, sus pérdidas eran cada vez mayores.
   —¿Qué haces, hermano? —le preguntó el abad— ¿Por qué malgastas así tu fortuna en perjuicio tuyo y mío?
   —Vivo muy modestamente, comercio con la mayor prudencia. No puedo entender qué sucede conmigo.
   Se apresuró, entonces, a ver a un clérigo, a quien le confesó todo.
   —Como el dinero que tu hermano te entrega es robado, ha devorado al tuyo —le explicó el clérigo—. No aceptes nada más de él y comercia con lo poco que te queda, y verás que te protege la mano bondadosa de Dios. Y, de todo lo que ganes, devuélvele la mitad a tu hermano y vive del resto, hasta que hayas devuelto todo el dinero que habías recibido del convento.
   El hombre siguió el consejo y, al poco tiempo, se enriqueció, habiendo devuelto el dinero del convento.
   —¿De dónde te viene ahora la riqueza, hermano? —le preguntó el abad.
   —De haber abominado de nuestro latrocinio.


Confesión particular

   Un joven novicio enfermó gravemente. No había podido hacer su confesión general ante el abad, pues éste se hallaba ausente. Como se le acercó a la muerte y el abad no regresaba, le confesó sus pecados al prior.
   Esa misma noche, el abad dormía en una posada. Ante su cama, se le apareció el espíritu del difunto, implorándole escuchar su confesión.
   —Gustoso te escucharía —le contestó el abad.
   Entonces, el joven confesó todos sus pecados. Su arrepentimiento era tan grande que hasta sus lágrimas parecían caer en el pecho del abad. Finalizada la confesión, dijo:
   —Me alejo con tu bendición, padre. Sólo ahora puedo salvarme.
   Con estas palabras, el abad se despertó y quiso comprobar si la aparición había sido real o un engaño de la imaginación. Palpó el hábito en el pecho, hallándolo completamente humedecido.
   Al narrarle su sueño al prior en el convento, éste le contestó:
   —La aparición ha sido real, pues a mí me hizo la confesión en el mismo modo y orden que os la hizo a vos.


Interpretar signos

   Un monje que estaba de viaje oyó cantar a un cucú. Contó veintidós voces. Lo interpretó como signo de que aún le quedaban  otros tantos años de vida. “¡Ea!”, se dijo, “¡aún he de vivir veintidós años! ¿Tanto tiempo he de enterrarme en el convento? Volveré al mundo, me consagraré a la vida profana y gozaré sus placeres  durante veinte años. Durante los dos años restantes, haré penitencia”.
   Pero Dios, que aborrece la interpretación de signos, dispuso sus designios de otro modo. Los dos años que aquél había destinado al arrepentimiento, se los dejó pasar en la vida profana; pero los veinte años que aquél había destinado a la vida profana, se los restó y lo hizo morir.


Paraíso: El Juicio Final - Fra Angelico

Cuaresma de contrición

   Cierto caballero, llamado Heinrich, de Bonn, participó de unos ejercicios de  cuaresma en el convento del abad Gevard. Regresado a su tierra, se encontró un día con el abad y le dijo que le vendiera, al precio que fuera, la piedra que estaba entre tal y cual columna del oratorio del convento.
   —¿Para qué la necesitáis? —preguntó el abad.
   —Quiero colocarla en mi cama, pues tiene la propiedad de que un insomne no necesita más que poner su cabeza en ella para dormirse de inmediato.
   Eso se lo había infligido el Diablo durante aquella penitencia cuaresmal; toda vez que al ir a la iglesia para rezar y se sentaba en aquella piedra, le asaltaba el sueño.


Visita al infierno

   El conde Ludwig Jr. prometió una casa a quien le dijera la verdad sobre el alma de su padre. Esto llegó a oídos de un caballero pobre, muy versado en las artes negras, quien evocó a un espíritu del mal y lo conjuró a decir dónde reposaba el alma del conde Ludwig. El demonio le juró al caballero, por el Supremo y por su terrible juicio, que lo llevaría al sitio y lo regresaría sano y salvo. Ya en el infierno, vio lugares horrorosos y castigos de todo tipo. Llegaron hasta donde un terrible diablo que estaba sentado sobre un agujero. Por petición de su guía, aquél quitó la tapa ardiente, introdujo una trompeta de bronce y la tocó con tanta fuerza, que al caballero le pareció que se estremecía todo el universo. Al rato, el abismo escupió llamas de azufre y, junto con las chispas, se elevó el conde. Entonces, el caballero le dijo:
   —Vuestro hijo quiere saber sobre tu estado y si te puede ayudar de algún modo.
   Ludwig dijo que su estado era evidente, pero que podían ser mitigados los tormentos de su alma si su hijo devolvía tales y cuales propiedades, de las que él se había apropiado injustamente. Como el caballero le indicara que el conde no se lo creería, Ludwig le dio una seña que sólo conocían él y su hijo. Luego, se hundió en el abismo ante los ojos del caballero, a quien el diablo llevó de vuelta. No perdió la vida, pero estaba tan pálido y debilitado que apenas se le reconocía. Unos días después, transmitió al hijo las palabras del padre, pero de poco le sirvió al condenado, pues aquél no quería entregar las propiedades.
   —Reconozco las señales y no dudo de que hayas visto a mi padre. No se te privará de la recompensa prometida.
   —Conservad vuestra casa —dijo el caballero—. De ahora en adelante sólo pensaré  en la salvación de mi alma.
   Se despojó de todo y se convirtió en monje cisterciense.

domingo, 4 de diciembre de 2016

172. Minicuentos populares rusos


La creación de La Tierra

   Al inicio del mundo, deseó Dios crear La Tierra. Llamó al demonio y lo envió al fondo del mar para que cogiera un puñado de tierra y se la trajera.
   “Pues bien”, piensa Satanás, “¡yo haré una tierra que sea igual, y para mí!”.
   Se metió en el agua, cogió tierra en una mano, y también llenó de tierra su boca. Subió y le entregó a Dios, sin poder decir palabra alguna.
   Por todos los sitios en los que arrojaba Dios la tierra, aparecía una superficie tan llana, que si uno se ponía en un extremo, veía todo lo que había en el otro.
   Satanás lo vio, quiso decir algo y se atragantó.
   Le preguntó Dios qué era lo que quería. Satanás empezó a toser, y echó a correr, tal fue el miedo que se apoderó de él. Huyó perseguido del trueno y del relámpago, que fueron golpeándolo. Y, allí donde caía, se fueron alzando collados y cerros. Donde tosía, crecía un monte. Y donde saltaba, se levantaban hacia el cielo picos de altísimas montañas. Así, recorriendo La Tierra, la surcó toda, y la cubrió de colinas, cerros, montes y picos altos.


El apóstol Pedro

   El apóstol Pedro, en compañía del Salvador, iba sumido en sus reflexiones. De repente, dijo:
   —¡Ojalá pudiera ser yo Dios, aunque fuera por algunas horas, y después ser otra vez el apóstol Pedro!
   Dios sonrió ligeramente y dijo:
   —Que se haga lo que deseas. ¡Que seas Dios hasta la tarde!
   Se acercaron a un pueblo y vieron a una campesina que condujo un rebaño de gansos hasta un prado, los dejó allí y se apresuró a regresar al pueblo.
   —¿Pretendes dejar solos a los gansos? —le preguntó Pedro.
   —Hoy celebramos una fiesta de la iglesia —explicó la campesina.
   —Pero alguien tendrá que cuidar de tus gansos —dijo Pedro.
   —Que sea Dios quien cuide de ellos hoy —respondió ella, y se fue.
   —¿Has oído, Pedro? —dijo el Salvador—. Yo iría con mucho gusto contigo al pueblo a participar en la fiesta, pero, ¿y si a los gansos les pasa algo? Hoy, tú eres Dios hasta la tarde; así que eres tú quien tiene que cuidarlos.
   Pedro no sentía muchas ganas de quedarse, pero hubo de cuidar de los gansos. Aunque se juró que nunca más iba a querer ser Dios.

Iván Bilibin

El sabio Salomón

   Después de la crucifixión, bajó Cristo al infierno y sacó de allí a todos, excepto al sabio Salomón.
   —Tú sal de aquí por tus propios medios, usando tu sabiduría —le dijo Cristo.
   Entonces, Salomón se puso a hacer una cuerda. Se le acercó un diablillo y le preguntó para qué hacía aquella cuerda.
   —Como intentes aprender demasiadas cosas —le contestó Salomón—, te vas a hacer más viejo que tu abuelo Satanás. ¡Ya lo verás!
   Una vez preparada la cuerda, empezó Salomón a medir con ella el infierno. El diablillo apareció de nuevo, y le preguntó para qué tomaba medidas.
   —Es que, en este lugar, voy a construir un monasterio —le dijo el sabio Salomón—. Y, en aquél, una catedral.
   El diablillo se asustó, echó a correr y le contó todo a su abuelo Satanás, el cual se apresuró a expulsar al sabio Salomón del infierno.


Por decir “amén”

   La Muerte bautizó al recién nacido de un hombre pobre. En el banquete, algo borracha y alegre, dotó a su compadre de la facultad de curar a los enfermos, aunque estuviesen agonizando. Sólo debía tocarlos con su mano o plantarse junto al lecho, y se reponían al instante. Aunque el médico mismo debería morir en cuanto dijera “¡Amén!”. El antiguo pobre se hizo médico y, muy pronto, se convirtió en un hombre adinerado. Pasaron algunos años, y se le ocurrió ir a visitar a la Muerte. Nada más ponerse en camino, encontró a un niño llorando.
   —¿Por qué lloras? —le preguntó.
   —¡Ay! —contestó el niño—. Mi padre me ha pegado porque no sé unas de las palabras de la oración.
   —¿Qué palabra es esa? ¿“Padre nuestro”?
   —No, no es esa.
   El médico recitó toda la oración hasta el final, pero la respuesta era siempre la misma:
   —No, no es esa.
   —Pues debe ser “¡Amén!”.
   —Sí —dijo la Muerte. Había sido ella la que se había presentado bajo la apariencia de niño—. ¡Sí, “amén”! ¡Y también amén para ti!
   Y el médico murió en aquel mismo instante. Sus hijos se repartieron todos sus bienes y, si no han muerto, andarán sanos y salvos hasta ahora.


La curación de la hija del zar

   En el momento en que un joven mercader se embarcaba, un viejo pidió ser contratado.
   —¿Cómo vas a trabajar tú, siendo tan viejo? —le dijo el joven.
   —Soy muy trabajador. Puedo más que tres hombres. Te haré próspero. Sólo pido como pago la mitad de lo que ganemos.
   Llegaron a un país donde el mercader recibió el encargo de librar de un mal a la hija del zar. El viejo le entregó tres leños y una taza de agua, y le dijo lo que tenía que hacer. A medianoche, se levantó la hija del zar del ataúd. El mercader le tiró un leño, y ella se lo tragó. Le tiró el segundo leño, y se lo tragó también. Le tiró al tercero, e hizo lo mismo.
   —Ahora te voy a comer a ti —amenazó la hija del zar.
   —Espera. Déjame beber un poco de agua —le contestó el mercader.
   Se llenó de agua la boca, y roció a la hija del zar. Ella se estremeció y quedó curada al instante. El joven se casó con la hija del zar y regresó a su casa con muchas riquezas.
   —Ahora vamos a repartirlo todo —le dijo el viejo.
   El hijo del mercader sacó su dinero y empezó a repartirlo en partes iguales.
   —¿Por qué repartes sólo el dinero? Hemos traído, además, a la hija del zar. Vamos a repartirla a ella también.
   Tomó una espada y cortó a la joven en dos. El joven se afligió mucho y le dijo:
   —¡Dios te ayude! ¿Por qué la has matado?
   —¿De modo que te da pena? —constató el viejo.
   Juntó las dos partes, dio un soplido y la princesa se levantó al instante, igual que era antes.
   —Aquí tienes a tu mujer. Vive con ella como Dios manda dijo el viejo, y desapareció.

Iván Bilibin

Los guardianes

   Temeroso de su viña, un hombre resolvió ponerle dos guardianes: uno cojo y otro ciego. “Si aparece alguien que quiera robar mis uvas, el ciego lo sentirá llegar y el cojo lo verá. Y si es uno de ellos el que pretende robar, el cojo no llegará demasiado lejos, y el ciego se matará en los barrancos”.
   Un día, el ciego le preguntó al cojo:
   —¿De dónde viene ese olor tan agradable?
   —Detrás de aquellos portones, tiene nuestro amo cosas muy ricas.
   —¿Y por qué no me lo habías dicho? ¿Acaso no tienes ese deseo? Yo estoy ciego, pero tengo piernas y tengo fuerzas para llevarte. Toma una bolsa y monta sobre mis hombros. Enséñame el camino, y nos haremos con la riqueza de nuestro amo. 
   Al cabo de un tiempo, llegó el amo y, al ver que le habían robado las uvas, mandó comparecer a los guardianes.
   —Te puse a vigilar mis viñedos y me robaste —le dijo al ciego.
   —Mi señor, ves que estoy ciego. Aunque quisiera llegar hasta allí, no alcanzo. Fue el cojo, y no yo quien te robó.
   —Si no me hubieras llevado, nunca habría llegado hasta allí porque estoy cojo.
   —Y si tú no me hubieras enseñado el camino, nunca habría podido llegar hasta allí.
   —Entonces —concluyó el hombre—, robasteis los dos. Como un solo hombre pecasteis: el ciego es el alma, el cojo es el cuerpo.
   Y ordenó dar una golpiza sólo al cojo, pues el castigo del alma sería eterno.


Tres clases de borrachera

   Mientras preparaba el vino, añadió el diablo sangre de zorro al principio, después de lobo y, más tarde, de cerdo. Por eso, cuando una persona bebe un poco, se le queda una voz melosa, como para decir palabras aduladoras, y te mira de manera astuta, como un zorro. Cuando bebe más, se convierte en un lobo, agresivo y feroz. Y, cuando bebe más de la cuenta, se convierte en un cerdo y acaba revolviéndose en el barro.

domingo, 11 de mayo de 2014

104. Minicuentos populares alemanes


Editores invitados: Hermanos Grimm



Los Hermanos Grimm es el nombre usado para referirse a los escritores Jacob Grimm (4 de enero de 1785, Hanau (Hesse, Alemania) - Berlín, 20 de septiembre de 1863) y Wilhelm Grimm (24 de febrero de 1786, Hanau - 16 de diciembre de 1859, Berlín). Fueron dos hermanos alemanes célebres por sus cuentos para niños y también por su Diccionario alemán, las Leyendas alemanas, la Gramática alemana, la Mitología alemana y los Cuentos de la infancia y del hogar (1812-1815), lo que les ha valido ser reconocidos como fundadores de la filología alemana.





El zorro y el gato

   Una vez, un gato se encontró al señor zorro en el bosque y pensando “éste sí que tiene experiencia de todas las cosas del mundo”, se dirigió a él de la manera más amable:
   —¡Buenos días, querido señor zorro! ¿Cómo está usted y cómo le va en estos tiempos tan duros y penosos?
   El zorro, muy orgulloso, miró al gato de pies a cabeza, dudando unos momentos si contestarle o no. Por fin, dijo:
   —¡Oh, infeliz caza-ratas, mísero roba-perros, bigotudo bribón! ¿Cómo te atreves a acercarte a mí? ¿Qué educación has recibido? ¿En cuántas artes eres maestro?
   —Solamente en una —dijo el gato, modestamente.
   —¿Se puede saber en cuál? —preguntó el zorro.
   —Cuando los perros corren tras de mí, trepo por un árbol y así me pongo en salvo.
   —¿Y nada más? —preguntó el zorro—. Yo soy maestro en cien artes y, por añadidura, tengo un saco lleno de artimañas y malicias. Pero me das lástima. Ven conmigo y te enseñaré a escapar de los perros.
   En aquel preciso momento, llegaba un cazador, seguido de su jauría. El gato se subió, trepa que treparás, a un árbol copudo, yendo a parar a la más alta rama, donde quedó enteramente escondido por las hojas.
   —¡Abre tu saco, señor zorro! ¡Abre tu saco! —gritaba el gato al maestro en artes; pero los perros le acorralaban y no tardaron en dar cuenta de él.
   —¡Oh, señor zorro! —exclamó entonces el gato—. Tú con tus cien artes y tu saco lleno de artimañas, has sido cazado, mientras que yo, con una sola sabiduría, estoy a salvo. Con que hubieras podido trepar hasta aquí, no habrías perdido la vida.


Las monedas de estrella

   Había una vez una niñita huérfana de padre y madre; era tan pobre, que no tenía casa, no tenía cama; sólo tenía la ropa que llevaba puesta y un pedazo de pan que le había dado una persona compasiva. Como ya no le quedaba nadie en el mundo, se fue andando por el campo. No se sentía sola, porque sabía que Dios la acompañaba. 
   Un día, encontró un hombre muy pobre que le dijo:
   —Dame un pedazo de pan, por el amor de Dios. Me estoy muriendo de hambre.
   La niña le dio su pan y siguió andando. Luego, encontró un niño que lloraba y decía:
   —Tengo mucho frío en la cabeza… Dame algo para taparme.
   La niña se quitó su gorrito y se lo dio. Más adelante, encontró una niña que no tenía nada que la abrigase, y estaba tiritando; y ella le dio su chaquetita. Y a otra niña que tampoco tenía ropa, le dio su falda. Al fin, llegó a un bosque; era de noche, y se le acercó un niño que le pidió su camisa para abrigarse un poco. La niña pensó: “como es de noche y está tan oscuro, nadie me verá”. Se quitó la camisa y se la dio al niño. Y allí se quedó en el bosque, desnudita. Entonces, empezaron a caer del cielo muchas estrellas y, cuando la niña las recogió del suelo, vio que eran monedas de oro. Y vio también que tenía puesta una camiseta de hilo más fino, en lugar de la camisa rota que había dado el niño pobre. Recogió todas las monedas que habían caído del cielo, y ya fue rica toda su vida.


El labrador y el diablo

   El labrador había terminado de sembrar y volvía ya hacia su casa, porque se estaba haciendo de noche. En esto, vio en medio de su tierra un montón de carbones encendidos. Se acercó muy extrañado, y encontró a un diablillo negro encima de los carbones.
   —¿Estás sentado sobre un tesoro? —le preguntó el labrador.
   —Claro que sí —contestó el diablillo—. Aquí hay un tesoro de oro y plata como no te puedes imaginar.
   —Pues como ese tesoro está en mi tierra, es para mí —dijo el labrador.
   —Será para ti, si me prometes que durante dos años me darás la mitad de lo que se críe en tu campo. Tengo mucho dinero, pero ahora me apetecen los frutos de la tierra.
   —Bueno, como quieras; pero hagamos un trato, para que luego no haya discusiones: tú te quedarás con lo que se críe sobre la tierra, y yo con lo que crezca debajo de ella.
   El diablo pensó que el labrador era bobo, y dijo que le parecía estupendo el trato. El labrador se reía para su capote, porque había sembrado nabos.
   Llegó la época de la cosecha, y el diablo apareció a recoger su parte; pero no encontró en aquel campo más que las hojas amarillas y marchitas. Y el labrador, en cambio se puso a cavar y sacó muchos nabos muy hermosos.
   —Bueno, esta vez me has ganado —dijo el diablo—. Pero, en adelante, no te vas a burlar de mí: me quedaré con lo que crezca debajo de la tierra, y tú con lo de encima.
   —Muy bien, de acuerdo —dijo el labrador.
   Esta vez, el labrador sembró trigo. El trigo maduró, y el labrador fue a su campo y lo segó a ras de suelo. Cuando vino el diablo, no encontró bajo la tierra más que raíces inservibles y, de la rabia que le dio, se tiró de cabeza por un precipicio.
   —Así se engaña a las zorras —dijo el labrador, riéndose. Y se llevó el trigo y el tesoro del diablo.


La gallina y el pollo

   La gallina y el pollo fueron juntos a la avellaneda.
   —Si encuentras un avellana —dijo el pollito—, no te la comas sola, dame la mitad a mí.
   Pero la gallina encontró una avellanita y se la comió sola. Entonces, el fruto se le atascó en la garganta y ella exclamó angustiada:
   —¡Pollito, tráeme un poco de agua, si no me ahogo!
   El pollito fue volando al pozo y le dijo:
   —¡Dame agua para que yo se la dé a mi gallina, que está allá arriba y se va a ahogar!
Y el pozo contestó:
   —Hoy se casa la hija del amo; vete a ver a la novia y me traes la guirnalda.
   El pollito marchó corriendo a casa de la novia y le dijo:
   —¡Dame la guirnalda, para que yo se la dé al pozo, para que el pozo me dé agua, para dársela a mi gallina que está allá arriba, y se va a ahogar!
   Pero la novia dijo:
   —Antes irás a casa del zapatero, y me traerás mis zapatos.
   Cuando el pollito llegó a casa del zapatero, éste le dijo:
   —Primero irás a casa del cerdo y me traerás manteca.
   Y el cerdo le dijo:
   —Primero irás a casa de la vaca y me traerás leche.
   Y la vaca dijo:
   —Primero irás al prado y me traerás hierba.
   Cuando el pollito llegó al prado y le pidió hierba, fue éste bondadoso y le dio muchas flores y hierba, que el pollito dio corriendo a la vaca y obtuvo por ello leche, y por la leche le dio el cerdo manteca, y con ella untó el zapatero su piel, e hizo corriendo los zapatos de la novia, y por los zapatos dio la novia la guirnalda, que el pollito llevó al pozo, y éste brotó inmediatamente su clara agua y llenó el vaso que puso debajo el pollito.
   Con gran prisa, volvió el pollito a la avellaneda; pero, cuando llegó, ya se había ahogado la gallina.


El reyezuelo y el lobo

   El lobo y el oso paseaban por el bosque. De pronto, cantó un pájaro.
   —Hermano oso —preguntó el lobo—, ¿quién es ese hermoso cantor?
   —El rey de los pájaros —contestó el oso.
   —El tal rey tendrá su correspondiente palacio —dijo el lobo.
   Entonces, dirigió una mirada a hurtadillas al nido y exclamó:
   —¡Bah! Si éste es el palacio, es bien triste.
   Indignados, los polluelos le contaron a su padre y éste le declaró la guerra al lobo. El lobo llamó en su auxilio al ejército de los cuadrúpedos, y el otro bando se compuso de todos los pájaros y de los insectos alados.
   El día de la batalla, el rey de los pájaros envió un espía. El cínife voló al bosque, donde estaban reunidos los cuadrúpedos y se ocultó bajo la hoja de un árbol a cuyo pie se hallaba deliberando el Consejo.
   —Compadre —dijo el oso al zorro—, tú eres, sin duda, el más astuto de todos los animales: serás nuestro jefe.
   —Con mucho gusto —contestó—. Ahora bien, es preciso convenir en una señal que os daré. Tengo una cola larga y espesa como un penacho rojo. Mientras permanezca en alto, las cosas van bien y marcháis adelante sin miedo; pero en cuanto la baje al suelo, será la señal de que se salve el que pueda.
   Al punto, el cínife fue a contárselo todo a su jefe.
   Al rayar la aurora, recorrían los cuadrúpedos el campo de batalla, galopando de tal manera, que la tierra temblaba bajo sus pies. El rey de los pájaros apareció en los aires con su ejército, que zumbaba, gritaba y volaba por todas partes de un modo que causaba vértigo. Mientras se atacaban con furor, el reyezuelo envió a la avispa con la orden de colocarse bajo la cola del zorro y picarle con todas sus fuerzas. El zorro dio un salto al primer aguijonazo, conservando la cola en el aire; al segundo, la bajó un instante; pero, al tercero, la apretó entre las piernas, dando agudos gritos y echando a correr.
   Al ver esto, los cuadrúpedos comenzaron a huir, y así ganaron la batalla los alados y el lobo se vio obligado a pedir perdón delante del nido del rey de los pájaros.


Los regalos de los duendes

   Un sastre y un platero caminaban juntos por el mundo. Una tarde oyeron una música a lo lejos. Se animaron y caminaron más deprisa. Llegaron a un montecillo en el momento en que salí a la luna y vieron allí a muchos hombrecitos y mujercitas que bailaban en corro. En el centro había un viejecito con un traje de colorines y una barba larguísima y blanca. El viejo los llamó para que se sentaran a su lado. De pronto, sacó un cuchillo enorme, empezó a afilarlo y miró a los caminantes que se quedaron muertos de miedo. Sin mediar palabra, les cortó de un tajo el pelo y la barba. Luego, el viejo les enseñó unos montones de carbón que había a su lado y, por señas, les indicó que se metieran carbón en los bolsillos. Los caminantes no sabían para qué iba a servirles, pero no quisieron desairar al viejo y se llenaron los bolsillos. Más tarde se marcharon a buscar alguna casa donde pasar la noche.
   Encontraron una posada y se echaron a dormir sin desnudarse, porque estaban cansadísimos. Por la mañana, al sentir que el traje les pesaba mucho, se metieron las manos en los bolsillos y se quedaron de una pieza: ya no tenían carbón, sino grandes pedazos de oro. Además, les había vuelto a salir el pelo y la barba.
   El platero, como era muy ansioso, le dijo al sastre que se quedaran allí y volvieran por la noche a la colina. A lo que el sastre replicó: “Yo me contento con lo que tengo; ahora pondré un buen taller, me casaré con mi novia y seré muy feliz”. Pero el platero insistió: cogió un par de sacos y, cuando se puso el sol, fue en busca de los duendes.
   El viejecito le volvió a cortar el pelo y la barba, y le indicó que cogiera carbón. El platero se llenó los bolsillos y cargó los sacos hasta el borde. Luego regresó a la posada, y se echó a dormir. En cuanto se despertó, metió las manos en los bolsillos. ¡Qué disgusto se llevó!: sus bolsillos y los sacos estaban llenos de carbón. Y lo peor fue que también se había vuelto carbón el oro de la mañana anterior. Estaba tan desesperado que quiso tirarse de los pelos, pero el pelo no le había crecido: estaba rapado y sin barba. El sastre se despertó al oírle llorar y, como era muy bueno, le dijo:
   —Hemos ido juntos por el mundo hasta ahora; quédate conmigo y nos repartimos mis riquezas.
   El sastre cumplió aquella promesa, y el platero ambicioso tuvo que llevar toda la vida una gorra porque el pelo no le volvió a crecer.


El zorro y el caballo

   Un campesino tenía un caballo fiel, pero se había vuelto viejo y ya no podía trabajar. Su amo, al fin le dijo:
   —Ya no puedo utilizarte; si me demostraras que tienes fuerza suficiente para traer un león hasta nuestra casa, te mantendría hasta el fin de tus días. Pero, ahora, vete de mi establo.
   Le abrió la puerta y lo dejó en medio del campo. El pobre caballo estaba muy triste, y buscó cobijo en el bosque. Pasó por ahí un zorro que le dijo:
   —¿Por qué bajas la cabeza y vagas solitario por el bosque?
   —¡Ay de mí! —contestó el caballo—. La avaricia y la honradez no pueden vivir juntas. Mi amo se olvida de todos los servicios que le he prestado durante largos años, y como ya no puedo trabajar, me ha echado de su establo.
   —¿Sin ninguna consideración? —preguntó el zorro.
   —Me ha dicho que si yo tuviese fuerza para llevarle un león, me guardaría y me mantendría; pero bien sabe él que esta hazaña no la puedo hacer.
   —Te quiero ayudar —dijo el zorro—. Échate aquí y estira las patas como si estuvieras muerto.
   Así lo hizo el caballo, y el zorro se fue en busca del león, y le contó:
   —En el bosque hay un caballo muerto. Ven conmigo y verás qué rico bocado.
   El León le siguió y, cuando hubieron encontrado el caballo, el zorro le dijo:
   —Te diré lo que tienes que hacer: te ataré al caballo y así podrás llevártelo a tu guarida y comértelo a tu placer.
   El plan agradó al león que se colocó muy quieto cerca del caballo. Ató el zorro las cuatro patas del león con la cola del caballo, tan juntas y tan apretadas, y con unos nudos tan fuertes, que a la fiera le era imposible moverse. Cuando acabó su trabajo, dio una palmada en el lomo del caballo y dijo:
   —¡Vamos, amiguito! ¡Adelante!
   Entonces el caballo se alzó y echó a correr, arrastrando al león tras de sí. El león rugía tan fuerte que los pájaros del bosque se aterrorizaron y echaron a volar. Pero el caballo no se detuvo hasta estar ante la puerta de su amo. Y cuando éste le vio llegar con el león prisionero, se entusiasmó y le dijo:
   —Ahora te quedarás conmigo por todos los días de tu vida.
   Y le alimentó, hasta que el caballo murió.

domingo, 19 de enero de 2014

96. Minicuentos populares italianos

Editor invitado: Italo Calvino


Nerón y Berta
   (Roma)

   Berta era una pobre hilandera, muy habilidosa, que se pasaba el día trabajando. Una vez, en la calle, se encontró con Nerón, emperador romano, y le dijo:
   —¡Dios te dé salud para que vivas mil años!
Nerón, que era tan déspota que nadie lo podía ver, se quedó tieso al oír que alguien le deseaba que viviera mil años y repuso:
   —¿Y por qué me dices eso, buena mujer?
   —Porque, después de uno malo, siempre viene uno peor.
   —Bien. Todo lo que hiles desde ahora hasta mañana por la mañana, llévamelo al palacio —le dijo Nerón, y se marchó.
   Berta, hilando, pensaba: “¿Qué querrá hacer con el lino que estoy hilando? ¡Mientras que mañana no lo use como cuerda para colgarme! De ese tirano se puede esperar cualquier cosa”.
Por la mañana, se presenta puntualmente en el palacio. Nerón la hace entrar, recibe todo el lino que había hilado, y le dice:
   —Sujeta un extremo del ovillo en la puerta del palacio y camina hasta que se termine el hilo.
Luego, llamó al mayordomo de palacio y le dijo: 
   —En toda la longitud del hilo, el espacio de uno y otro lado del camino pertenece a esta mujer.
   Berta le dio las gracias y se fue muy contenta. A partir de entonces, ya no tuvo necesidad de hilar, pues se había convertido en una señora.
   Cuando la noticia se difundió en Roma, todas las mujeres que comían una vez al día se presentaron a Nerón con la esperanza de recibir un regalo como el que había recibido Berta. Pero Nerón respondía:
   —Ya pasaron los tiempos en que Berta hilaba.


El devoto de San José
   (Verona)

   Había uno que sólo era devoto de San José: a él le rezaba todas las oraciones, le prendía las velas, por él daba las limosnas; en fin, sólo vivía para San José. Llegó el día en que murió. San Pedro no quería recibirlo, porque todo lo que había hecho de bueno en la vida era rezarle a San José. De buenas acciones, ni hablar; y el Señor, la Virgen y los otros Santos parecían no existir para él.
   —Ya que he llegado hasta aquí —dijo el devoto de San José—, al menos déjeme verlo.
   San Pedro lo mandó a llamar. Salió San José y apenas vio a su devoto, exclamó:
   —Pero qué bien, estoy contento de tenerte con nosotros. Ven, pasa.
   —No puedo. Éste no quiere.
   —¿Y por qué?
   —Dice que sólo te recé a ti, y nada a los otros Santos.
   —Ah, vamos, qué importa. Pasa igual.
   Pero San Pedro se obstinó en que no quería. Palabra va, palabra viene, al fin San José le dijo:
   —¡O lo dejas entrar, o me llevo a mi mujer y a mi hijo y me voy con el Paraíso a otra parte!
   Su mujer era la Virgen y su hijo era Nuestro Señor. San Pedro pensó que lo mejor era acceder y dejarlo entrar.


Marzo y el pastor
   (Córcega)

   Había un pastor que tenía más ovejas y carneros que granos de arena hay en la orilla del mar. Pese a todo, siempre andaba preocupado de que se le muriese alguno. El invierno era largo, y el pastor no hacía más que suplicar a los Meses:
   —¡Diciembre, sé propicio! ¡Enero, no me mates las bestias con la helada! ¡Febrero, si te portas bien conmigo, siempre te rendiré honores!
   Los Meses oían los ruegos del pastor y, sensibles como son a todo acto de homenaje, no mandaron lluvia ni granizo, ni enfermedad del ganado. Las ovejas y los carneros continuaron pastando todo el invierno y ni siquiera pescaron un resfriado.
   Pasó también Marzo, que es el mes de carácter más difícil; y anduvo bien. Se llegó al último día del mes, y el pastor ya no tenía miedo de nada; ahora vendría Abril, la primavera, y el rebaño estaba a salvo. Dejó su tono suplicante y empezó a burlarse y a fanfarronear.
   —¡Oh, Marzo! ¡Oh, Marzo! Tú que eres el terror de los rebaños, ¿a quién crees que asustas? ¿A los corderitos? ¡Vamos, Marzo, yo ya no tengo miedo! ¡Estamos en primavera, ya no puedes causarme daño! ¡Marzo tonto, puedes irte directamente a donde ya sabes!
   Al oír las palabras de ese ingrato, Marzo perdió los estribos. Corrió hecho una furia a casa de su hermano Abril y le pidió prestados tres días. Abril accedió, pues le tenía cariño a su hermano. Entonces, Marzo recogió vientos, tempestades y pestes que andaban sueltos y después los descargó sobre el rebaño del pastor. El primer día, murieron todos los carneros y las ovejas que no estaban muy fuertes. El segundo día, les tocó a los corderos. El tercer día, no quedó un animal vivo en todo el rebaño… y al pastor sólo le quedaron los ojos para llorar.


Los bielleses, gente dura 
   (Biella)

   Un campesino iba un día hacia Biella. El tiempo era tan malo que casi no se podía avanzar por las calles. Pero tenía un compromiso importante y seguía su rumbo con la cabeza gacha, contra la lluvia y la tempestad.
   Encontró a un anciano que le dijo:
   —¡Buenos días! ¿Adónde vas, buen hombre, con tanta prisa?
   —A Biella —dijo el campesino sin detenerse.
   —Podrías decir al menos: “si Dios quiere”.
   El campesino se detuvo, encaró al anciano y le replicó:
   —Si Dios quiere, voy a Biella; y si Dios no quiere, debo ir igual.
   Ahora bien, ese anciano era el Señor.
   —Entonces irás a Biella dentro de siete años —le dijo—. Mientras tanto, salta a ese pantano y quédate allí.
   Y el campesino súbitamente se convirtió en rana, dio un brinco y se quedó en el pantano.
   Pasaron siete años. El campesino salió del pantano, se transformó en hombre, se enfundó el sombrero en la cabeza, y reanudó su marcha.
   A los pocos pasos, volvió a encontrarse con el anciano.
   —¿Adónde vas, buen hombre?
   —A Biella.
   —Podrías decir: “si Dios quiere”.
   —Si Dios quiere, bien; si no, ya sé cuál es el trato, y sé cómo ir sólo a ese pantano.
   Y no hubo modo de sacarle otra respuesta.


La ciencia de la pereza
   (Trieste)

   Para los turcos, Dios no nos ha impuesto castigo más brutal que el trabajo. Por esa razón, cuando su hijo cumplió 14 años, un viejo turco, buscó al profesor de la comarca para que se ejercitara en la pereza.
   El profesor era conocido y respetado, pues en su vida sólo había escogido la senda del menor esfuerzo. El viejo fue a visitarlo y lo encontró en el jardín, tendido sobre cojines, a la sombra de una higuera. Lo observó un poco, antes de hablarle. Estaba quieto como un muerto, con los ojos cerrados, y sólo cuando escuchaba el ¡chas! que anunciaba la caída de un higo maduro a poca distancia, estiraba lánguidamente el brazo para cogerlo, llevárselo a la boca y tragárselo.
   “Éste es, sin duda, el profesor que necesita mi hijo”, se dijo. Se acercó y le preguntó si estaba dispuesto enseñarle a su hijo la ciencia de la pereza.
   —Hombre —le dijo el profesor con un hilo de vos—, no hables tanto que me canso de escucharte. Si quieres transformar a tu hijo en un auténtico turco, mándamelo y basta.
   El viejo llevó a su hijo, con un cojín de plumas debajo del brazo, y le dijo:
   —Imita al profesor en todo lo que no hace.
   El muchacho, que sentía especial inclinación por esa ciencia, vio que el profesor, cada vez que caía un higo, estiraba el brazo para recogerlo y engullirlo. “¿Por qué esa fatiga de estirar el brazo?”, pensó, y se mantuvo recostado con la boca abierta. Le cayó un higo en la boca y él, lentamente, lo mandó al fondo. Luego volvió a abrir la boca. Cayó otro higo, esta vez un poco más lejos; el discípulo no se movió, sino que dijo, muy despacito:
   —¿Por qué tan lejos? ¡Higo, cáeme en la boca!
   El profesor, al advertir la sapiencia de su discípulo, le dijo:
   —Vuelve a casa, que aquí nada tienes que aprender. Soy yo, más bien, quien debe aprender de ti.
   Y el hijo volvió con el padre, que dio gracias al cielo por haberle dado un vástago tan ingenioso.


Doña Bóreas y don Favonio
   (Molise)

   Una vez, doña Bóreas andaba con ganas de casarse. Fue a casa de don Favonio y le dijo:
   —Don Favonio, ¿quieres ser mi marido?
   Favonio era un tipo apegado a su dinero y las mujeres no le caían bien. De manera que, sin muchas vueltas, le contestó:
   —No, doña Bóreas, porque no tienes ni un céntimo para la dote.
   Doña Bóreas, tocada en su punto flaco, se puso a soplar con todas sus fuerzas sin detenerse un minuto, aun a riesgo de que le estallaran los pulmones. Sopló tres días y tres noches consecutivas, y durante tres días y tres noches cayó una intensa nevada: campos, montes y aldeas se cubrieron de blanco.
   —Ahí tienes mi dote —le dijo a Favonio—. Y tú que decías que no tengo nada. ¿Te basta?
   Y se fue a descansar de la fatiga producida por tres días de soplar sin interrupción.
   Favonio no dijo ni que sí ni que no; se encogió de hombros y se puso a soplar. Sopló tres días y tres noches, y durante tres días y tres noches, los campos, montes y aldeas sufrieron una vaharada de calor que derritió hasta el último copo de nieve.
   Doña Bóreas, después de un sueño reparador, se despertó y vio que no quedaba nada de su dote.
   —¿A dónde ha ido a parar tu dote, doña Bóreas? —se mofó Favonio—. ¿Todavía quieres que me case contigo?
   Doña Bóreas le dio la espalda.
   —No, don Favonio, nunca querría ser tu mujer, porque en un día eres capaz de convertir en humo mi dote.


El campesino astrólogo
   (Mantua)

   Un rey había perdido un anillo precioso. Buscó por aquí, buscó por allá, pero no apareció. Entonces, hizo promulgar un bando: haría rico al astrólogo que le dijera dónde estaba el anillo. Ante esto, Cámbara, un campesino que no tenía un centavo y que no sabía leer ni escribir, fue a ver al rey. Éste le asignó un aposento donde sólo había una cama y una mesa con un gran libraco de astrología, papel y tinta. Cámbara se sentó a la mesa, hojeó el libro sin entender nada e hizo unos garabatos. Como no sabía escribir, le salían signos muy extraños, y los criados que entraban para traerle de comer pensaron que debía ser un astrólogo muy sabio.
   Eran los criados quienes habían robado el anillo. Como tenían la conciencia sucia, las miradas que, para darse aires de autoridad, les lanzaba Cámbara, les parecían miradas de suspicacia, y empezaron a temer ser descubiertos. Cámbara, que no era astrólogo sino campesino y, por lo tanto, malicioso, no había tardado en sospechar de los criados, y les urdió una trampa: se ocultó bajo la cama y cuando el primero entró, gritó: “¡Uno!”; el criado dejó el plato y se retiró espantado. Entró el segundo criado y escuchó esa voz que parecía salir debajo de la tierra: “¡Dos!”; también él emprendió la fuga. Entro el tercero: “¡Y tres!”. Los criados se consultaron y decidieron hablar:
   Somos gente humilde le dijeron a Cámbara. Si le decís al Rey, estamos perdidos.
   Tomad el anillo y hacédselo tragar a ese pavo que anda por el patio. Dejad el resto de mi cuenta.
   Al otro día, Cámbara se presentó ante el Rey y le dijo que, tras prolongados estudios, había logrado averiguar que un pavo se había tragado el anillo. Despanzurraron al pavo y encontraron la joya perdida. El Rey colmó al astrólogo de riquezas y ofreció un banquete en su honor, con todos los Notables del reino. Entre otros manjares, se sirvió un plato de cámbaros, un presente de otro Rey, que eran desconocidos en esa región.
   Tú, que eres astrólogo le dijo el Rey al campesino, deberías saber decirme cómo se llama esto que hay en el plato.
   El pobre nada sabía de esos animalitos y se dijo para sí, a media voz:
   Ah, Cámbara, Cámbara, ¡qué mal fin has tenido!
   ¡Muy bien! dijo el Rey, que ignoraba el verdadero nombre del campesino, lo has adivinado. Ése es el nombre: “cámbaros”. Eres el astrólogo más grande del mundo.