Bienvenidos a la edición cibernética de la Revista Ekuóreo, pionera de la difusión del minicuento. Hecha en Colombia.
Comité de dirección: Guillermo Bustamante Zamudio, Harold Kremer, Henry Ficher.

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domingo, 30 de marzo de 2025

390. Karla Barajas (México)

 

Karla Barajas



Espectáculo de lo decadente

   El anciano subió al columpio, con desgano y tristeza, callando el dolor en la espalda y rodillas, para que en la casa nadie se diera cuenta y lo remplazaran con un niño. Resbalando, cayendo y tomando impulso. Sabe lo que les pasa a los viejitos abandonados. Con desgano, sonríe. Afuera de la jaula sus dueños le celebran y le tiran semillitas de girasol como premio.


Incomparable 

   Caminó sin miedo por la carretera, escuchó el canto de los grillos, a uno que otro animal que se escondía entre los árboles; a veces escuchaba sus propios pasos. No corrió, ni se le aceleró el corazón cuando un camionero le ofreció llevarla a su casa con el argumento de que no era seguro que una chica estuviera sola de madrugada.
   No temió subir, ni que el sujeto le sonriera, con cierto nerviosísimo, y le preguntara por qué tenía sangre en las muñecas, a lo que ella levantaría ligeramente los hombros como seña de no saber la razón. Tampoco sintió horror cuando el hombre se frenó e intentó lamerle el rostro. El horror vino cuando se defendió, mordiéndolo en el cuello, arrancándole un trozo de carne y succionándole la sangre que salía de la herida. 
   El horror vino al sentir un placer incomparable, cómo la sangre inundaba su boca, sus colmillos decrecer. Buscarse en el espejo retrovisor, no verse, entender por qué su corazón ya no late rápidamente al caminar sola de madrugada.


Encantada con la casa

   El alquiler es barato, el lugar enorme, los acabados lujosos, sin embargo, no hay interesados en rentarla por más de seis meses. El problema, dicen, es que espanto a las inquilinas cuando me ven arrastrarme entre el tapiz amarillo y la pared de la habitación para criaturas.


Plañidera

   Desde pequeña tenía el sueño de llorar en velorios y entierros, porque en el de mi madre nadie derramó lágrimas, ni gritó injurias o se condolió de mi sentir como nueva huérfana. Por eso en mis ratos libres reviso los obituarios, visito a los dolientes y, lloro con tanta fuerza que los mismos familiares terminan consolándome. Abrazan mi desamparo y sigo gimiendo como la niña que perdió a su mamá hace un siglo.


Sesión de fotos

   «Sonríe con ternura, pon tus manitas al lado de la cadera, anda mi vida, que todos los padres tienen fotos lindas con sus hijas», me dice papá, pero no me gusta posar cuando no tengo ropa puesta.


Sinestesia
  A Samantha Velasco Barajas

   Zacarías no disfrutaba del arte, sin embargo, gracias a los gustos de Catalina fue llenando su casa de artistas excéntricos, que al verlo quedaban fascinados con su fisonomía y la manera en que percibía al mundo.
   — ¿Cuál es el color de mi camisa? — preguntó uno de esos artistas.
   — Huele a morado — respondió Zacarías y olfateó al sujeto. 
   — ¿Y el negro?
   — Al sereno de madrugada.
   — ¿A qué huele el color rojo?
   — A tu sangre. Sabes a miedo escarlata — respondió el vampiro. Dejando la sinestesia para otro momento y una especie de Pollock, color cereza, en la pared.


Adiestramiento

   Como los humanos, fui alimentado y educado para el trabajo. En cuanto aprendí mi oficio comencé a ejercerlo con don Panchito afuera del restaurante Nueva York, adivinando el futuro de las personas a través de cartas astrales. Era bueno mostrando si a un individuo le iba bien o mal en el amor, el estudio o el trabajo. Si alguien le tenía envidia se lo revelaban mis cartas.
   Don Eustaquio, el dueño del Nueva York, cada día pagaba por su lectura antes de abrir su negocio y además me regalaba un trozo de pan. Un día, don Panchito resbaló y se quedó tirado afuera del restaurante. “No adivinaste el futuro a tu pajarero”, me dijo don Eustaquio al verlo y abrió la puerta de mi jaula. Me quedé viéndolo inmóvil porque tenía el corazón y las alas quebradas.
   
   
   

domingo, 4 de agosto de 2024

373. Lucy Fabiola Tello (Cali, Colombia)

 


El huésped

   ¿Cuándo nos dimos cuenta de su presencia? No lo podemos precisar. Ninguno de nosotros recuerda quién lo vio por primera vez. El caso es que la certeza de su existencia nos atormentaba día y noche; luego, nos fuimos acostumbrando; y, ahora, lo sabemos alojado en el cuarto de san alejo, donde es uno más de los viejos y desechados trebejos de la casa. Allí permanece, grandes ojos bovinos, mirada triste, muy triste, y esa tristeza exacerba nuestra ira. No se mueve, pensativo, nos ignora y su silencio nos agobia con un peso insoportable y fatigoso. Se diría que no quiere imponernos su presencia, la que ocultamos a otros celosamente porque, ¿cómo explicar su súbita aparición?, ¿cómo explicar que lo ignoramos todo acerca de este pobre y precario ser? A pesar de nuestros esfuerzos por deshacernos de él, no lo hemos conseguido y su permanencia entre nosotros nos duele como una enfermedad. ¿Hasta cuándo debemos soportarlo? Explícitamente, no nos hemos puesto de acuerdo, todavía no lo decidimos. Por lo pronto, agotamos nuestros días cavando su fosa en un rincón del patio.


Metamorfosis

   La hoja del helecho, ennegrecida, achicharrada, se desprendió de la planta, voló por el aire y, barrida por los vientos, cayó al patio para, finalmente, venir a posarse en el piso del baño. Los días y la acción del agua le fueron dando una consistencia, un cuerpo. Poco a poco, fue adquiriendo una cola y una cabecita que se adornó con dos pequeños cuernos. Ahora le han salido garras y dientes y, cuando me meto bajo la ducha, viene hacia mis talones y trata de morderme; pero, como es tan pequeña, sólo logra producirme cosquillas. Debo tener más cuidado y destruirla: ¿cómo podría enfrentarla cuando amenaza convertirse en dragón?


Una hilada de ladrillos

   La niña miraba con desconcierto el cuerpo de su padre, tendido sobre el lecho, y pensaba que los muertos eran, por demás, tristes, inertes, patéticamente solitarios y fríos como témpanos. Se había hecho sus propias ideas acerca de la muerte, a pesar de sus pocos años. Había observado lo que la muerte producía en los cuerpos; lo había visto en su perro, que había sido atropellado por un auto; en una que otra torcaza caída sobre el suelo del jardín de su casa con las plumas pegadas a los huesos, sin poder elevarse; en las contorsiones de las mariposas antes de abatir sus alas.
   Para evitarle esta condición a su padre, le propuso ir a visitar a Dios y pedirle que lo librase de la muerte, de modo que pudiese levantarse de ese terrible lecho de enfermedad y disfrutar con ella los acostumbrados paseos de los domingos; pero él no atendió su propuesta y continuó muy enfermo, durante meses. Sin embargo, ella no dejó de pensar en la visita: podría ser que Dios se prestase a conceder favores. Pero, como no encontraba la forma de hacer esa visita, quiso o, mejor, se propuso soñar.
   Sucedió una noche cualquiera. Habiéndose levantado de su lecho, su padre la tomó de la mano, salieron de la casa y tomaron un taxi. Curiosamente, ella conducía. Manejó largo tiempo hasta llegar a una selva espesa y oscura donde el vehículo se esfumó, pero ella continuó con el timón en las manos, mientras su padre la seguía. Caminaron largos trechos, sintiendo el delicioso olor de la vegetación, hasta llegar a la tierra donde vivía Dios. Para hacer su petición, tenían que pasar una hilera de ladrillos extendida sobre el suelo de un inmenso claro. Los dos espacios, separados por los ladrillos, no tenían diferencia alguna. A este lado, estaban ellos dos, el suelo, un suelo como suelen ser todos los suelos, con sus piedrecillas y bastante seco, el aire, el cielo y sus nubes y su azul, los árboles, los animales, y la gente, que suele ir de aquí para allá. El otro lado, donde encontrarían a Dios, era exactamente igual. Aunque traspasaron la hilera de ladrillos, no pudieron encontrar a Dios. En ninguna parte de ese lado, estando Dios, estaba Dios.
   Su padre, muy cansado, volvió a su lecho y la niña escuchó la voz de su mamá que la llamaba: «¡Levántate!, ha muerto tu papá».


El señor de la noche ha perdido su poder

   Doscientos años atrás todo era diferente. Ha despertado a un tiempo atroz. Hay demasiada luz eléctrica y otras muchas clases de luces, muchas. Los humanos se complacen en pequeños objetos que emiten luz y ruido, extraños ruidos con los que hablan, ríen, gesticulan, a solas o junto a otros. Día y noche. Parecen locos. El día no les concierne, pero la noche… también la noche dedican a mirar esos extraños objetos de luz. La noche ha perdido su encanto romántico, precisamente por ello. Se está encegueciendo y perdiendo la facultad de moverse en la cómplice oscuridad. Es demasiado torpe y ahora que sabe dónde yace ella, la deseada, la anhelada, va a su encuentro. Le alegra saberla lejos de la ciudad, esperándolo, pero al campo también ha llegado la luz, sólo que hoy la electricidad ha fallado y él ha podido elevarse y volar, aunque inevitablemente tropieza y lacera su deseante cuerpo entre ramas y troncos, golpeándose con los postes de la electricidad. Sólo ella puede renovar su vigor. De sólo pensarla, de añorarla, tiembla su boca, chasquean sus dientes anticipando el placer. Alcanzarla se le antoja una eternidad. Por fin ha llegado, y aunque se estrella contra los vidrios de la ventana, logra con dificultad llegar al lecho. Al acercar sus labios al hermoso cuello, alarga los colmillos y todo él se estremece. Casi ha alcanzado el antiguo deseo de su vieja carne cuando de repente uno de esos atroces objetos se enciende sobre la almohada y un agudo chillido se escucha, ampliado por las vibraciones que lo penetran con un ruido como de madera que se quiebra y astilla. Sin tiempo de saber o sospechar que se disuelve, alcanza a percibir la luz temprana del día entrando por la ventana. La mujer despierta y grita. Ante su asombro, un polvillo húmedo y rojizo cae sobre ella, sobre las blancas sábanas. Pronto ella olvida su asombro porque ha de contestar el teléfono. Urge revisar el bello artesonado de madera que adorna el cielorraso. Quizá sea un gorgojo, un extraño bicho que da apariencia ensangrentada al serrín. Siente asco. No importa lo que sea, ha de darse prisa. Debe estar temprano en su lujosa oficina.


Viaje sin retorno

   ¿Estuviste allí? —preguntó el arqueólogo a su amigo, mientras recorrían el museo.
   Con sólo ver las osamentas recordé: Escapamos de Lagash en una larga fila que avanzaba penosamente por la tierra seca y agostada. Los ejércitos enemigos dejaron un yermo de color casi rosa bajo el sol abrasador. Nuestras túnicas se deshacían a jirones, se reventaban las tiras de cuero de las sandalias con el calor del suelo. Ese fue el inicio del fin. En las noches, el cielo era un joyel repleto de estrellas y el frío calaba los huesos. Sabíamos que moriríamos, pero continuábamos. Esqueléticos, hambrientos y sedientos caímos uno a uno, nadie sobrevivió. Las tormentas de arena sepultaron nuestros cuerpos. Las mismas tormentas de arena revelaron nuestros huesos tanto tiempo sepultos, los que ahora miramos en los estantes.
   —¿Me creerías si te digo que también estuve allí? —preguntó el arqueólogo a su amigo—. Nunca llegamos a Nippur.


Mejor ignorarlo

   Leía en la comodidad de su cama cuando escuchó los ruidos en la cocina. Algo de todos los días que empezó cuando su marido la hiciera renunciar al trabajo. El estruendo lo principiaban las tapas de las ollas, las histéricas tapas, se extendía a las puertas de las alacenas, abriéndose y cerrándose con un golpeteo insistente. Una noche, avanzada las horas, ve desfilar en silenciosa procesión el menaje de su cocina: platos, ollas, cacerolas, en fin, y salir por la ventana. Se preguntaba por la reacción de su marido cuando en la mañana no pudiese preparar el desayuno. Se precipitó fuera de casa en pijama, pero, sin tener a dónde ir a hora tan avanzada, regresó y se metió en la cama. Por fortuna, él aún no llegaba, ni llegó, y ella respiró aliviada. A la mañana siguiente, fue al mercado de pulgas a comprar un utensilio, así fuese un trasto cualquiera, que le permitiera cocinar. Cuál no sería su sorpresa al ver todo su equipo de cocina exhibido en el suelo, en perfectas condiciones y sin ser ofrecido. Fue sólo verlo para saber que debía irse, y lejos, muy lejos. Lejos, aún ignora y tampoco quiere saber por qué dentro de ella eclosionó aquel grito. Lo cierto es que no miraría hacia atrás.


Fue en Campodetorres

   Tomó su canoa para cruzar el río, pues había escuchado el cuerno que la llamaba, la inconfundible señal de que un niño estaba por nacer. Debía asistir a una madre en el parto, tal y como lo había hecho durante tantos años de ir y venir, campo traviesa o cruzando el río. En su oficio de partera, con alegría había visto nacer a muchos y ninguno había muerto. Un niño iba a nacer al otro lado, en Campodetorres, la vereda colindante con la finca de su yerno, al otro lado del río. De día o de noche, conociendo todos los caminos, llevaba su canoa río abajo, río arriba. Serían las once de la noche cuando tomó el remo. Bogaba la canoa mientras cantaba. 

   Que ya voy llegando. ¡Oooo…¡
   Que ya voy llegando.
   Con María y San José.
   Niño ejperame. ¡Eeee…!
   Que ya voy llegando.

   De pronto, tuvo una sensación de muerte, calor y frío que se alternaban tan rápido que la hicieron sudar copiosamente y, aunque el tiempo, suave y fresco, le permitía remar con facilidad para alcanzar la otra orilla, ella desfallecía… pero tenía que llegar.
   Al otro lado, un grupo de hombres la esperaba, entre ellos el padre del que nacería. Llegó vestida de blanco para distinguir su cuerpo negro de la noche. Anduvieron un largo trecho hasta alcanzar la vivienda, en las afueras de la aldea. El trabajo de parto duró casi tres horas, al término del cual los asistentes recibieron con arrullos al recién nacido. Toda la noche se bailó y se cantó. Tan alegres estaban que nadie vio cuando Ascensión, que así llamaba la partera, se marchó.
   Pero Ascensión no llegó nunca a casa. La encontraron muerta dentro de su canoa en el centro del río, lejos de la orilla. Lo cierto fue que su cuerpo nunca llegó a Campodetorres, llegó sí, su espíritu, asistió a la parturienta, cantó y bailó y regresó a su negro cuerpo para descansar. El lucero del alba había salido.

domingo, 7 de julio de 2024

371. Mujeres VI

 
Origen
   Carmen de la Rosa (España-Canarias)

   A última hora de la tarde, cuando faltan unos minutos para el cierre, una mujer elegante, peinada con un moño alto, vestida con un traje chaqueta de Dior, entra en el vacío de una sala de exposiciones. Sus tacones resuenan en el suelo de mármol. Se sienta en un banco minimalista, erguida y con las piernas cruzadas, frente a una fotografía de gran formato que ocupa un panel por entero: cuatro mujeres de la tribu Zo’oé ríen, cogidas de la mano, mientras se bañan al pie de una cascada del Amazonas. Cuatro humanas como la humana que las mira. La mujer elegante contempla los pechos y las caderas, los pubis y los ombligos; el brillo de la humedad en la piel, decorada con círculos de pintura blanca, los poturus de madera que les perforan el labio inferior. La mujer elegante siente el bochorno de invernadero de la selva, escucha el rumor del agua que salpica la felicidad de aquellas mujeres sin domesticar. Suspira y descruza las piernas, se quita la chaqueta y la deja en un extremo del banco, desabrocha los tres primeros botones de nácar de la blusa. Tras la cascada, en un segundo plano, borrosas, se adivinan otras siluetas femeninas.
   La mujer elegante se suelta la melena, caen al suelo las horquillas, despega sus pestañas postizas, se descalza y baja la cremallera de la falda. Fuera las medias, masajea unos minutos las plantas de los pies con los párpados cerrados, qué placer. Luego se deshace de la blusa, desabrocha el sujetador, su torso libre por fin de la compresión de aros y elásticos; detrás sigue la faja, respira hondo, las bragas se deslizan piernas abajo.
   Vestida solo con su piel entra en la fotografía.
 (La Otra Gaceta de Poesía y Otras Letras #175, 2021)

Imagen generada con IA
Contra la adúltera Eunipina
   Décimo Magno Ausonio (Burdigala, actual Burdeos, 310-395)

   Una esposa adúltera dio venenos a su celoso marido y creyó que no le había dado suficiente para matarlo. Añadió proporciones mortales de mercurio para que esa fuerza duplicada le provocase una rápida muerte. Si se aíslan los ingredientes, son, por separado, veneno; pero toma un antídoto quien juntos los bebe. Así, mientras luchan entre sí esos nocivos brebajes, el daño mortal se trueca en bien salutífero. Y buscaron sin detenerse los vacíos recovecos del vientre, siguiendo el camino resbaladizo y conocido de los alimentos desechados. ¡Qué justa providencia la de los dioses! La esposa más cruel puede favorecer y, cuando los hados quieren, dos venenos benefician.
(Epigramas X)

Suya
   David Slodky (Argentina)

   Cuando la vio, supo que era ella. Sigilosamente, amorosamente, día tras día, fue creando la trama. Una a una esquivó sus descortesías, venció sus resistencias. Cuando ya se hizo imprescindible, cuando por fin le dijo que sí, que ella también lo amaba, nunca más volvió a verla. La guardaría suya, pura, perfecta, para siempre en su memoria, inmune al deterioro del tiempo y a la banalidad de lo cotidiano.
(Tres relatos bíblicos y otros cuentos, 2011)


El regalo
   Erasmo de Rotterdam (Países Bajos)

   Un hombre recién casado regaló a su esposa unas joyas falsas. Como era un buen trapacero, la persuadió de que no sólo eran verdaderas y naturales, sino también muy raras y de estimable valor. ¿Qué importaba eso a aquella mujer si los fragmentos de vidrio no por ello recreaban menos su vista ni su espíritu, y además los guardaba cuidadosamente como si hubiera tenido un eximio tesoro? Mientras tanto, el marido había evitado el gasto y gozaba con el error de su esposa, que no se le mostraba menos agradecida que si le hubiera hecho un regalo muy costoso.
(Elogio de la estulticia, 1511)

Imagen generada con IA
Cuencas vacías
   Ileana Mulet Batista (Cuba)

   Una mujer ante el espejo, vieja como la creación de la especie humana, sin un atisbo de belleza, se retoca mañana y tarde con golpecitos de falda, la blusa llena de borrones rojos; se pinta los plegados labios y luego saca punta a un lápiz negro, para entonces fregarlo contra las curvas sinuosas de las cuencas vacías de sus ojos.
   Las ventanas permanecen abiertas de par en par hasta en los días de viento, y por ellas los curiosos hacen las delicias diarias, disfrutando el espectáculo doloroso, y, a la vez delirante, del ritual de la veterana. Se desviste y se vuelve a vestir, colocándose sin prisa su falda ennegrecida con abundantes pliegues, colgajos de hilos y pelos de gatos. El ritual cambia poco a poco, y ella ríe ante el espejo manchado, devolviendo con agrado lo que parece, entre sus transparencias, un beso oculto.
   Su figura enjuta de blanca piel posee piezas muy pequeñas para ser de una anciana. Diríase que nunca dejó de ser niña y ahora regresa a su estado natural.
   Aquella tarde su mejor amiga la llamó por la ventana, con su habitual sopita para mitigar su hambre. El silencio reinante la intrigó:
   —No se está mirando en el espejo… ¿Dónde estará?
   El plato metálico reposa sobre la meseta de la cocina y su amiga lo mira como quien se despide de una obligación irremediable. La encuentran en un ovillo, como una muñeca metida en una caja cerrada, en un espectáculo propio de la mejor función de circo. Ese fue su trabajo de por vida, trashumante por los campos de Cuba, con la carpa anaranjada como techo y haciendo el papel de una muñeca sin vida que, si le daban cuerda, cantaba y bailaba.
(Sobre la tierra húmeda, 2017)


El arte de la decepción III
   Alejandra Díaz Ortiz (México) 

   Ha llegado el sábado y sabes que te están esperando. Prometiste un fin de semana inolvidable. Llegado el momento, diez minutos antes de la hora, envías un mensaje: “No puedo llegar”, así, sin más. Con ello conseguirás estar presente sin estar, no sólo el sábado, también el domingo y el resto de la semana. Habrás cumplido.
(No hay tres sin dos, 2014)


Se llamaba Carmen y era poesía
   Martha Fajardo Valbuena (Colombia)

   Tenía ochenta y cinco años y no sabía quedarse quieta ni ir despacio. En la noche, ella entraba a mi habitación y me abrazaba; en la mañana, cuando yo despertaba, ella ya estaba en la cocina. Hablaba con las plantas, con los perros, con las moscas y regañaba a los pájaros, sobre todo a las torcazas por su desagradable costumbre de hacer caca en las migas que comían. La nona reprendía a todos y conversaba con las cosas. Nadie podía estar sucio en su presencia, decir groserías o dejar los vasos por ahí en cualquier parte. Hoy, tres días después de que ella ha muerto, observo el mundo y encuentro que las nubes están más esponjadas, que las abejas vuelan silenciosas y organizadas y los árboles parecen haber recogido sus propias hojas. Justo por eso, creo que Dios está, en este momento, poniéndose una camisa recién planchada y salivando porque, por su puerta entra el olor del café con gotas de naranja que era el favorito de la nona y que, ahora, él va a disfrutar todos los días. Aunque ese placer tenga el precio de dejarse regañar, porque es un dios distraído que no pone atención a las personas o por ser sucio y permitir que los malos llenen de basura el mar o porque las torcazas no le quedaron bien hechas y hay que volver a intentarlo.
(Apocalipsis de María y otros cuentos, 2017)

domingo, 17 de marzo de 2024

363. De antología III - "Mujeres minicuentistas" (2)


 Editora invitada: Lilian Caicedo O.




Feroz
   Paz Monserrat Revillo (España)

   En el pueblo no se habla de otra cosa que de la preocupante plaga de Caperucitas que asola nuestros bosques.
   Desde que desapareció su depredador natural las de rojo provocan accidentes, destrozan los huertos y remueven la tierra buscando raíces después de la lluvia. Por las noches merodean por los polígonos industriales y se acercan a los límites de la ciudad para hurgar en los contenedores de basura.
   Algunos municipios organizan batidas clandestinas que reúnen a los habitantes más siniestros de la comunidad.
   Cada vez que los ecologistas proponen reintroducir el lobo ibérico, los ganaderos salen a la calle con escopetas y garrotes.
   Mientras tanto, ellas deambulan en pequeños grupos, con la mirada alucinada y mostrando una maraña de pelo color miel bajo sus harapientas caperuzas. Si se les acorrala cuando van con sus crías —esas deliciosas y pálidas criaturas— se revuelven y atacan con ferocidad.
   En el bar yo no me pronuncio sobre el asunto, pero estoy haciendo mucho más que todos esos charlatanes para solucionar el problema. Cada veintiocho días, siguiendo mi naturaleza, acudo al llamado de la luna llena. Me muerdo el aullido que brota de mis entrañas, y salgo de cacería.


Maté a alguien hoy
   Valentina Urresta Ocampo (Colombia)

   Maté a alguien hoy. Mato a muchas personas todos los días, pero hoy fue diferente: no recuerdo por qué lo maté, me reconforto a mí mismo repitiéndome que seguro lo merecía.
   Los ángeles guardaron silencio. Siempre que Dios se emborrachaba confesaba cosas.


A dos manos
   Lola Sanabria (Argentina)

   Entrabas en la sala comenzada la película y elegías tu presa. Admiraba la delicadeza de tu mano derecha deslizándose por la piel ávida de caricias, la agilidad con que sacabas limpiamente la cartera con los dedos de la otra.
   Conmigo te costó algo más de tiempo, empeñada en implicar a tus dos manos en el gesto amoroso. Fracasé.
   Sé de tu disgusto, el billetero es de plástico y sólo contiene esta nota. Pero puedes recuperar el tuyo, aligerado de peso, con toda la documentación, en la papelera que hay a la entrada de nuestro cine que, estoy segura, seguirás frecuentando.

Gigia Talarico 

Conspiración
   Gigia Talarico (Chile)

   Macedonio llevaba cuatro libros publicados cuando empezó a sospechar que existía una conspiración para que no se leyeran sus libros, pues aunque los publicaba, solo alcanzaba a regalar unos cuantos. Al quinto libro, empezó a reprochar y acusar de plagio a los amigos, hostigándolos con mensajes y memes, pues según él, hacían todo por no permitirle sobresalir; cuando casi todos lo habían bloqueado o hecho burla del espíritu pusilánime y mediocre que estaba demostrando, cosa que suele ocurrir en redes, ya arremetió contra los pocos amigos que tenía, lo que al inicio les produjo risas, pero cansados de sus reiterativas acusaciones, terminaron por alejarse.
   Cuando su compadre trató de ayudarle diciéndole que estaba equivocado y que debía cambiar de actitud, terminó acusándolo a él e incluso a su mujer, de estar de parte de los otros, y así fue como se quedó sin amigos y sin mujer.
   Ahora que vive solo y su compadre le deja comida en el añil de la ventana, una vez al día, no lo deja entrar, porque los personajes de sus historias que, según él, han plagiado su vida, lo tienen encerrado sin dejarlo recibir visitas y, perversamente, conspiran contra él para no dejarlo escribir.


Hija única
   Paola Tena (México)

   Mi madre decidió que yo sería hija única. Ante la ausencia de hermanos y gran dificultad para relacionarme, un día inventé a mi amigo imaginario. Solo con pensar en él podía traerlo a mi lado y olvidar por algún tiempo la soledad en que vivía. Algo parecido a lo que le pasó a mi madre, cuando se enteró de que no podía tener hijos.


Revolución
   Raquel Vázquez (España)

   Como tantas otras que subsistían en terrenos áridos, una familia de ovejas disfrutaba aquella tarde con la programación televisiva: prados de hierba exuberante acompañados por el fresco murmullo de una corriente, por la cadencia en las notas de los pájaros.
   Fingieron no haber oído nada cuando, a lo lejos, resonó el aullido de un coyote. La segunda vez se lo atribuyeron al viento; a la tercera, era difícil disimular la amenaza. Así que una de las ovejas buscó el mando para subir el volumen al televisor. El arroyo comenzó a retumbar como una cascada, mientras las demás, con tranquilidad renovada, balaron satisfechas.


Insomnio
   Beatriz Viterbo (Colombia)

   Diez millones de ovejitas, doctor, y nada.

domingo, 3 de marzo de 2024

362. De antología II - "Mujeres minicuentistas" (1)

 
Editora invitada: Lilian Caicedo Obando




Salir de pobres
   Elisa de Armas (España)

   Cada vez que nos encontrábamos en apuros enviábamos a mi hermana Conchi a pedir un crédito al banco. Sus ojos violeta, sus hombros carnosos, su busto amplio y su cintura de avispa, unidos a una expresión entre soñadora y voluptuosa que copiaba de las actrices de los cincuenta, la hacían irresistible. A cambio de préstamos que nunca seríamos capaces de devolver, concedía una cita en el paseo del río a los sucesivos directores de la sucursal. Uno a uno los fue dejando plantados, entre los helechos, en el momento en el que se atrevían a introducirle la mano en el escote.
   La tierra era buena y sus pies no tardaban en enraizar, pero por más que los sacudíamos no desprendían más que una lluvia de caspa, balances descuadrados y listas de morosos. Fue mamá la que tuvo la idea de sembrarlos bocabajo. Los cabellos y los dedos de las manos también han arraigado con facilidad, pero ahora les brotan a pares lustrosos zapatos italianos que cosechamos a escondidas y vendemos los domingos en el mercadillo.


Mi vecina
   Luz Adriana Medina Cardona (Colombia)

   Se tongonea cuando pasa a mi lado haciendo alarde de sus pasos finos y de su bella silueta. Llega a la madrugada haciendo escándalo. Todos en el vecindario sabemos que viene de juerga y de tener riñas callejeras. He querido invitarla a comer, pero sé que si lo hago una vez ya no podré alejarla de mi puerta. Siempre me la encuentro en las escaleras, se queda quieta y me mira con sus penetrantes ojos verdes. En cada encuentro trato de acariciarla, pero la esquiva gata siempre me araña.

Rosalba Campra

Deberes
   Rosalba Campra (Argentina)

   Cuando haya terminado con los exámenes de control, pase a la primera repartición, allí le dirán su número. En la puerta siguiente le entregarán los datos correspondientes a las misiones a desempeñar, y las armas, en el caso de que estén previstas. Al fondo del corredor le darán papel, lápiz, estampillas, por si usted considerara necesario tener informada a su familia, amigos o conocidos. Los sobres ya están preparados. En la enfermería lo proveerán de las medicinas adecuadas y de auxilio espiritual, si usted así lo solicita. Antes de salir, pase por la última oficina a la derecha, donde le sacarán la fotografía para el monumento a los Caídos por la Patria.


Desilusión
   Geraudí González Olivares (Venezuela)

   ¿Qué quieres? —dijo la joven de capa roja.
   —Saciar mi apetito con una joven pura y casta como tú —respondió él.
   —¡Ah! ¡Eso! Entonces puedo seguir tranquila a la casa de mi abuelita.


Observancias
   Patricia Rivas (Chile)

   Llevábamos tiempo de estar juntos y sacó mis ojos. No comprendí las razones de protección que me dio por haberlo hecho, pero a medida que seguíamos unidos observé, según me decía, que era conveniente que dependiese completamente de él, que mujeres inteligentes como yo éramos muy pocas. Me trataba como una reina si no objetaba sus argumentos, hasta que los vecinos lo denunciaron.
   Lo declaré inocente en tribunales, sin embargo, el juez dictaminó el encarcelamiento.
   Aún no logro vislumbrar lo que realmente sucedió.


Despertar
   Raquel Froilán García (España)

   Hay días en los que una desearía no haberse levantado.
   Sobre todo hoy. No fue el despertador lo que oí esta mañana. Eran las Siete Trompetas del Apocalipsis.
   Y yo con estos pelos.


La princesa quitamaridos
   Yolanda Delgado de Tenorio (Colombia)

   La sapa Aurelia desde la orilla de la laguna eleva la cabeza, hincha la garganta y croa.
   Ella tiene su reino debajo de las piedras, en el fresco lodo y con maternal cuidado vigila noche y día a sus renacuajitos.
   Hace nueve días que espera. Sale y da saltitos, a veces largos, a veces cortos. Si nos detuviéramos y aguzáramos el oído, oiríamos su llanto.
   Hace días una muchacha que paseaba cerca del lago, se paró en la piedra debajo de la cual tiene su hogar, cogió a Horacio, su marido, su tesoro, su amor, el padre de sus hijos, le dio un beso, lo convirtió en un ser horrible, de dos patas, de ojos azules, de pescuezo largo y anchos hombros que, en vez de brincar, caminó a su lado, lo llamó príncipe, le dijo que llevaba muchos años esperándolo y se lo llevó. Se subieron a una carroza luminosa y Horacio ni siquiera sacó la mano para decirle adiós.
   Aurelia piensa que hay que alertar a la sapería. Qué tal que cada muchacha que quiera un príncipe coja un marido de los de ellas, les den un beso y se lo lleven.
   
   

domingo, 10 de diciembre de 2023

355. Féminas de ficción V


Nupcias
   Vicente Jaudenes (España)

   Caperucita y el lobo se casaron… y fueron feroces para siempre.
(@jaudenes)


Final
   Alejandro Bentivoglio (Argentina)

   El beso del príncipe despertó a la princesa de su sueño fatal. Y se casaron. Pero el padre
del príncipe no se moría nunca y el príncipe seguía sin corona. Así que la princesa se
escapó con uno de los obreros del palacio que estaba trabajando en la construcción de
una nueva torre. Tuvieron muchos hijos y se cuenta que tampoco vivieron felices.
(2019 - Ginés S. Cutillas [ed.] Los pescadores de perlas)


Para mirarte mejor
   Juan Armando Epple (Chile)
   
   Aunque te aceche con las mismas ansias, rondando siempre tu esquina, hoy no
podríamos reconocernos como antes. Tú ya no usas esa capita roja que causaba revuelos
cuando pasabas por la feria del Parque Forestal, hojeando libros o admirando cuadros, y
yo no me atrevo ni a sonreírte, con esta boca desdentada.


Desagradecida 
   Débora Benacot (Argentina)

   Una vez que la princesa hubo escapado del fondo de la montaña, fue cuestión de
minutos para que las fuerzas del Rey apresaron al raptor, expropiaran sus riquezas y
procedieran a ejecutarlo.
   El viejo Rinkrank aprendió, por las malas, que todo lo que había escuchado sobre el
síndrome de Estocolmo eran puras patrañas.
(Escrito en un grano de arroz, 2014)


Adán y Eva
   David Slodky (Argentina)

   Expulsados ya del paraíso, Adán increpa a Eva:
   —¡Todo nos era dado, y por ti todo lo perdimos!
   Eva, serenamente, replica:
   —Estamos cumpliendo lo que Él dijo “Dejará el hombre a su padre y a su madre, y
allegarse ha a su mujer, y serán una sola carne”. ¿Quién es tu padre, sino Jehová Dios?
¿Quién es tu madre, sino la tierra de la que Te Hizo? ¿Quién es tu mujer, sino yo? Pues has
dejado a Tu Padre, y has dejado a tu madre; sólo falta allegarte a mí.
   Y fueron entonces una sola carne, cobijándose en otro paraíso.
(Historias a uno y otro lado, 2021)


Crisis vital
   Carlos Castillo (Colombia) 

   No recordaba nada sobre sí misma. Acosada por la nostalgia, buscó en su memoria
alguna referencia de su pasado; hasta entonces comprendió que no vivía en lugar alguno,
que no tenía familia, amigos ni conocidos. Así mismo, no estaba segura de tener nombre.
   El espejo le devolvió una imagen macabra. Supo entonces que, además, era fea.
   Por momentos deseó salir a la calle, caminar un rato y no pensar. Se moría de ganas
por entrar en una cafetería, tomarse un tinto y mirar pasar a la gente. Alcanzó a
ilusionarse con la idea pero comprendió que era imposible. Su capa negra y su capucha le
parecieron incómodas; le disgustaba vestir igual que la niña del bosque que sí tenía padre,
madre y abuelita.
   Si fuera otra circunstancia, pensaría en suicidarse, pero esta salida también era
imposible. Quiso llorar pero dentro de sí solamente había vacío. Llevó su mano al corazón
y por supuesto no había nada. Ella no podía renunciar, evadirse. Lo supo y comprendió
que para nada era bueno ser la muerte, ese destino no se le desearía a nadie, ni a su peor
enemigo. Lo pensó y se dio cuenta de que tampoco tenía enemigos, ni siquiera eso en la
vida.
(Inmortales)


Caperucita
   Antonio Cruz (Argentina)

   Cuando el lobo salió de su escondite, Caperucita Roja lo inmovilizó con el aerosol que
guardaba en su cartera, lo arrastró hasta el fondo del callejón, vació sus bolsillos y terminó
su faena. Luego se marchó en busca de otros lobos.

domingo, 9 de julio de 2023

344. Mujeres V



Las brujas
   Jorge Luis Borges (Argentina)

   Nunca resolveremos si la creencia de que unas pobres viejas tienen pacto secreto con el diablo y pueden operar maravillas, es una expresión del rencor que suelen inspirar las ancianas menesterosas y feas, o es una cortesía desesperada hacia quienes carecen de todo, ya sea en el orden material, ya en el intelectual.
(Revista Multicolor, 1933)


Los pájaros dejan el rastro de su olor
   Ileana Mulet Batista (Cuba)

   
Joven de verde - Tamara de Lempicka
Una mujer toca tres veces por semana a la puerta de un hombre, que le abre en ropas ligeras y la hace pasar con agrado; ella muestra su timidez, venida de un interior menudo y casi sacro. Esta vez, como de costumbre, la conduce hasta la cama en el centro de una habitación y le hace el amor una y otra vez, hasta que su toro queda rendido… Luego se levanta y le indica que ha llegado la hora de la despedida. Ella nunca siente pena por un trabajo tan especial, ni por el dinero que obtiene; su mente repasa una y otra vez las ternuras recibidas y el brillo de un rumiante humano sobre su piel sudorosa.
   Un día bochornoso de lluvia, cuando las aves dejan el rastro de su olor por las calles de árboles frondosos, después de realizar su habitual trabajo, de regreso a su casa, el vestido se le pega al cuerpo. Un hombre rudo la intercepta y nadie puede ayudarla, los pájaros revolotean a su alrededor, acercándola cada vez más a los brazos codiciosos del desconocido; se entregó al acto de tortura como si fuera una monja a la que le arrancaran los hábitos en medio de la tormenta.
   Deambula como un retrete, sucia y pestilente, sin rumbo, ensimismada en su infortunio, tanto, que no va nunca más al trabajo. Comienza a creer que es una princesa raptada por un ogro y vive encerrada en una torre, esperando a que un príncipe hermoso la rescate, pero hay pendencieros que afirman que tres veces por semana un hombre toca a su puerta y ella le abre en ropas ligeras.
(Sobre la tierra húmeda, 2017)


Las muchachas nacen silvestres
   Pedro Arturo Estrada Z. (Colombia)

   Una muchacha puede nacer y crecer instantáneamente en cualquier lugar y hora. Producto natural de la tierra, brota de repente en un parque público, una esquina de barrio, una puerta humilde, una estación de metro, un hospital a las dos de la madrugada, un cementerio bajo la lluvia. Hay poderosas fuerzas espacio-temporales que se concitan alrededor de estas apariciones de muchachas que, según los especialistas, suelen clasificarse en grupos o variedades casi infinitas. No es lo mismo —digamos— una muchacha de parque metropolitano que una de jardín pueblerino. La primera, es obvio, tendrá mayor tamaño y aspecto; pero su color, su brillo, serán de menor duración, dada la impureza del ambiente; mientras la segunda, más fina, más fresca, mantendrá un encanto íntimo, perdurable. Así mismo, se acentúan los matices entre muchachas surgidas de la noche y las que afloran por la mañana o se reproducen como muñecas de acrílico en los centros comerciales. 
   Pero es un misterio indudable cómo se dan silvestres las muchachas y también, cómo desaparecen de golpe, dejando en el aire la fragancia a veces dulce, a veces áspera o venenosa de su paso fugaz en nuestras vidas.
(Deshistorias y otros textos, 2006)


Sentencia
   Claudia Andrade (Chile)

 
Autorretrato en el Bugatti verde
Tamara de Lempicka
 —Me voy a morir —declaró con vehemencia aquella tarde, acarreando las tazas hacia la cocina. Abrí los ojos sorprendida sin conseguir articular palabra. El aire se fragmentó y la casa comenzó a temblar.
   —Me voy a morir, te digo —repitió, mientras mis manos de niña intentaban sostener el techo que se nos venía encima.
   —No digas eso —conseguí pedirle, tratando de regresar las rosas del papel mural a su sitio.
   —Que me muero, te digo, llama a las vecinas —insistió ella, viéndome correr de un lado a otro en una desesperada lucha por unir los cimientos.
   —No lo hagas —supliqué, aferrando un par de grietas amenazantes entre los dedos. Las paredes oscilaban, el piso crujía, la casa se volvía niebla.
   Que sí, que no, discutimos en medio del cataclismo. Ella fue a tenderse al cuarto y cerró los ojos con fuerza. Entonces, la casa comenzó a venirse abajo en serio. De nada valieron mis súplicas, los lamentos, ni mis torpes intentos por impedir los destrozos y evitar las rupturas: todo se derrumbó de manera escandalosa. ¿Y ella? Ella se murió igual, de puro porfiada.
(Micronemia, 2014)


Las últimas palabras de mamá
   Marco Tulio Aguilera Garramuño (Colombia)

   Mi mamá me dijo no te dejes tocar por los muchachos, y después murió. Ahora, con setenta años encima, sentada en mi mecedora, mientras pienso en lo absurdo y triste que es el mundo, me pregunto qué quiso decir.


Celos
   Tim Keppel (USA-Colombia)

   El marino siempre llevaba con él una muñeca inflable. Sus compañeros la descubrieron y le pidieron que la compartiera. Decidió acceder, pero por un precio. Aunque eso no duró, porque se puso celoso.
(Legado, 2022)


Ensayo
   Guillermo Cabrera Infante (Cuba)

   Conocí mujeres y aún muchachas que se pasaban la vida ensayando un papel que nunca llegarían a representar. La vida era una escena en tiempo de ensayos. Pero no era que fueran falsas: eran actrices sin papel que ensayaban el personaje de su vida.
(La ninfa inconstante, †2008)

domingo, 29 de diciembre de 2019

252. Féminas de ficción IV


Cenicienta II
   Ana María Shua

   Desde la buena fortuna de aquella Cenicienta, después de cada fiesta la servidumbre se agota en las escalinatas barriendo una atroz cantidad de calzado femenino, y ni siquiera dos del mismo par para poder aprovecharlos.
(Casa de geishas. Barcelona: Thule: 2007)


Todos los cuentos
   Juan Romagnoli

   La niña juega en el bosque, persiguiendo al unicornio. Cuando éste se deja tocar, la niña se pincha un dedo con la punta del cuerno y se queda dormida durante cien años, hasta que la despierta el príncipe que se convertirá en sapo. A ella le ha crecido mucho su cabellera y le sirve para atarla y descolgarse de la torre en la que estuvo encerrada y preguntando a su espejito quién es la más bella. Se pone su caperuza roja y cruza el bosque. Con Hansel logran regresar, siguiendo las miguitas de pan. Se pregunta dónde estará ese príncipe ahora que lo necesita de verdad, para que la libere de este dragón pirómano. Finalmente, la niña, o la joven, o la adulta, o la anciana, o incluso su fantasma, juega en el bosque, persiguiendo al unicornio.
(Narrar es humano)


Ariadna
   Triunfo Arciniegas

   Mientras Teseo, victorioso, enrolla el hilo que le permitió salir del laberinto, Ariadna llora la suerte del minotauro, que ya nunca la encontrará.


Caperuza
   Mauricio Naranjo

   Y entonces caperucita roja (apodo que se ganó por su sed de sangre) clavó su daga en el corazón del lobo. Luego, realizó un aquelarre solitario gritando palabras en un lenguaje atávico y delirante.
(Signo cero)


Blancanieves y los siete enanitos
   Sergio Laignelet

   Blancanieves y los siete enanitos van camino al hospital. En maternidad, la princesa alumbra.
   En tanto, burlado, el príncipe envenena gaseosas de manzana.
(Malas lenguas)


Asincronía
   Luis Felipe Hernández

   La besó y, al tiempo que ella despertaba, él quedó fulminado por la halitosis acumulada en cien años.


Lobo con Caperucita
   Diego Muñoz Valenzuela

   Primero la follaré y después la devoraré, anunció Lobo, y una profusa salivación emanó de sus fauces. Golpeó el vaso contra la barra para impresionar a sus compañeros de parranda. Ya se las verá conmigo la tal Caperucita Roja.
   Los sobrecogió, pues recientemente había derribado, en días sucesivos, las casas de tres cerditos hermanos para engullirlos vivos ante el horror de los paralogizados vecinos. 
Salió de allí con un paso decidido rumbo al bosque.
   Algunas semanas después lo vieron comprando menestras en el almacén del pueblo. Tenía la piel teñida de blanco, el pelo de la cabeza ensortijado y bien recortados los colmillos y las garras. De su brazo colgaba una dichosa Caperucita vestida de gala. Pagaron con la tarjeta de Lobo, que la extendió sumiso al tendero. Cargó las mercancías en el carruaje y miró el bar con nostalgia. Sus amigos lo contemplaban. Con la cola entre las piernas, dio media vuelta para ayudar a su esposa a encaramarse.
(Las nuevas hadas)

domingo, 17 de noviembre de 2019

249. Mujeres IV


Eugenesia
   Drummond

   Una dama de calidad se enamoró con tanto frenesí de un tal señor Dodd, predicador puritano, que rogó a su marido que les permitiera usar de la cama para procrear un ángel o un santo; pero, concedida la avenida, el parto fue normal.
(Borges y Bioy. Cuentos breves y extraordinarios)


Se prohíbe mirar el césped
   Alejandra Pizarnik

   Maniquí desnudo entre escombros. Incendiaron la vidriera, te abandonaron en posición de ángel petrificado. No invento: esto que digo es una imitación de la naturaleza, una naturaleza muerta. Hablo de mí, naturalmente.
(Revista Sur, Buenos Aires, 1963)



Cuento judío conocido
   David Cooper

   Un joven estaba enamorado de una hermosa princesa que vivía en una ciudad próxima. Él quería casarse con ella, pero la princesa le puso como condición que le llevara el corazón de su madre. El joven volvió a su casa y le arrancó el corazón a su madre mientras ésta dormía. Alegremente, atravesó los campos en busca de la princesa pero, como iba corriendo, tropezó y cayó. El corazón saltó de su bolsillo y, mientras estaba caído en el suelo, le preguntó: “¿Te has hecho daño, hijo querido?”.
(La muerte de la familia)


Fábula del mar en los ojos
   Marco Tulio Aguilera Garramuño

   Un hombre que era extranjero hasta de sí mismo se enamoró de una mujer extraña. Y se lo dijo. Pero ella era una mujer extraña, muy solitaria, indiferente, con pájaros en la cabeza. Si me quieres —le dijo—, yo no sé si pueda quererte. —Y, ¿cómo podré convencerte de que me quieras? —preguntó el hombre. —Yo no conozco el mar —dijo la mujer—, no conozco el bosque ni la selva. Sueño con orquídeas desde que las oí mencionar. He vivido en mi casa desde que nací. No he ido más allá de los límites de mi jardín.
   En los ojos de la mujer había algo semejante a una tristeza serena, a un aburrimiento domesticado, a una desesperanza ya vieja y sin solución. Y, sin embargo, como quien trata de pescar ballenas en el manantial del traspatio, se atrevió a pedir:
   —Llévame a ver el mar.
   —De acuerdo —dijo el hombre—. Toma tus cosas y vamos.
   —Pero quiero ir a pie, desnuda y con una venda sobre los ojos.
   —No verás el camino.
   —Tú me guiarás.
   —Pero entonces no podrás ver el bosque y las selvas, no conocerás las orquídeas. No gozarás al contemplar por primera vez el mar.
   —Quizá sí pueda verlos y conocerlos a través de tus ojos.
   —Y entonces, ¿me amarás?
   —Antes de quitarme la venda me describirás el mar. Luego, cuando yo lo vea con mis propios ojos, sabré si puedo amarte o no.
(Antología del cuento corto colombiano)




Siempre perfecta
   Ana María Intili

   Ni alta ni baja, ni gorda ni flaca, ni linda ni fea… pero sus ojos: expresivos, color del tiempo. Nunca dejaba de saludarme.
   —Hola M, ¿cómo estás? Saludos a tu mamá.
   ¿Ven?, ni qué reprochar. Siempre perfecta, pero nada para mí. Desde el colegio. En el grupo, si yo entraba, ella salía; si me veía, evitaba la invitación. Siempre con sus amigas. Pero llegó el momento de la venganza. En la graduación. Durante el baile. La invité. No sé cómo. Aceptó. La dejé en la pista. Simulaba ir al baño. No voy a regresar. Menos ahora que escribo este relato.
(El hombre roto)


Me la pela
   Isabel González

   Miro mi pierna depilada, la derecha. Mi pierna depilada, la derecha, es tecnología punta. Brilla, resbala, se expone segura, enardecida por la cera. Me acabo de enamorar de mi pierna derecha. Quiero chuparla, vaya lamerla, pero no. No lo hago. Me detengo porque ahí está mi pierna izquierda. Acusatoria y velluda. Todavía hosca, tenebrosa, confusa. El águila y la mosca sobrevuelan la fronda de la rodilla; el sudor y el río cimbrean pantorrilla abajo entre la maleza; hocicos de roedor asoman por los poros y traen noticias desde lo más hondo. Negro en la broza. Lobos en lo negro. Qué boca feroz te besará a ti, pierna izquierda, pierna umbrosa, pierna indómita. La cera borbotea. Amenaza. La pierna izquierda llora su destino pompeyano. La pierna derecha ríe con esa risa fea de los que conocen lo inexorable. Yo estoy hasta las narices. No quiero elegir. Me pongo la falda y salgo a la luz de agosto doblemente mujer.
(Ginés S. Cutillas [ed.] Los pescadores de perlas)


Una y otras muertes de Rosalía Santoque
   María Eugenia Rojas

   Mi primer trabajo como periodista de “El Ciclón” me llevó por fin hasta el puerto de Bahía Silencio, para conocer la verdad de lo ocurrido acerca de la muerte de Rosalía Santoque.
   El marido, don Justo, sus amigos y el cura mantuvieron siempre la versión de su tranquila muerte matinal acontecida en su lecho, horas después de aquella otra propagada y comentada muerte al final de la noche, cuando la luna desapareció en el mar y ocurrieron misterios de los que nadie o, mejor, casi nadie quiso hablar en voz alta, pero que todos transmitieron en murmullos, de boca en boca, hasta que el cuchicheo se hizo insoportable y se escuchó por fin el grito desgarrado, el grito de miedo, el grito de rabia de todo un pueblo que clamaba venganza.
   Tantos testigos dignos de crédito que nunca fueron escuchados, como Santiago “el bobo” que la seguía siempre de lejos, cuando ella con la complicidad del pueblo caminaba desnuda y febril por la playa. Playita de arena blanca donde todas las noches a las once descubría su cuerpo en el encuentro con aquel otro cuerpo del bello Esteban, que le enseñó por fin que morir de orgasmo era mejor que morir de muerte. Muerte lenta vivida tantas veces en las tardes de lluvia, cuando sus pies descalzos recorrían los cuartos de la vieja casona de don Justo, y sus manos ardientes se recorrían toda.
   Tantos testigos idóneos como la mujer ciega que la llevó después hacia su otra muerte junto al cadáver del bello Esteban, del perdido Esteban, mutilado e inmóvil en el mismo lecho de la playita. Playita de arena blanca donde todas las noches a las once se encontraban sus cuerpos.
   A pesar de todo, don Justo, sus amigos y el cura no sólo desmienten el hallazgo del cuerpo mutilado de Esteban, sino también todos los hechos de aquella noche memorable, cuando Santiago “el bobo” presenció cómo Rosalía Santoque, desnuda y con mirada sonámbula, se sumergió en el mar.
   Y exhiben victoriosamente el certificado de defunción firmado por el médico. De esta manera tratan de borrar la afrenta, tal vez el crimen de don Justo y la revancha del pueblo por las horas intensas que Rosalía vivió por ellos cada noche en la playa de Bahía Silencio.


(Ekuóreo # 10)


domingo, 6 de julio de 2014

108. Mujeres III


Primeros relatos
   José Eddier Gómez
   
   Los primeros relatos hablan de una mujer coronada por una extraña aureola que, al descender sobre la montaña del norte, dejó una transparente brisa, dulce y vaporosa, capaz de extasiar a todos los seres de La Tierra. Descendió luego por las colinas hasta el valle, donde los hombres angustiados esperaban la señal. Al verla, todos sintieron el gran amor que inspiraba su aliento y bajo su cobijo cultivaron la tierra y se sintieron felices hasta que, en medio del jolgorio, ella desapareció. Los hombres se inquietaron hasta pelearse los unos contra los otros, pues cada uno sospechaba del otro que la habría escondido en su cabaña. Así vinieron las guerras que despedazaron a los hombres y otra vez el dolor y la muerte. Pero la mujer no volvería, porque ya había cumplido su destino.



Tragedia
   Vicente Huidobro

   María Olga es una mujer encantadora. Especialmente la parte que se llama Olga.
   Se casó con un mocetón grande y fornido, un poco torpe, lleno de ideas honoríficas, reglamentadas como árboles de paseo.
   Pero la parte que ella casó era su parte que se llamaba María. Su parte Olga permanecía soltera y luego tomó un amante que vivía en adoración ante sus ojos.
   Ella no podía comprender que su marido se enfureciera y le reprochara infidelidad. María era fiel, perfectamente fiel. ¿Qué tenía él que meterse con Olga? Ella no comprendía que él no comprendiera. María cumplía con su deber, la parte Olga adoraba a su amante.
   ¿Era ella culpable de tener un hombre doble y de las consecuencias que esto puede traer consigo?
   Así, cuando el marido cogió el revólver, ella abrió los ojos enormes, no asustados, sino llenos de asombro, por no poder entender un gesto tan absurdo.
   Pero sucedió que el marido se equivocó y mató a María, a la parte suya, en vez de matar a la otra. Olga continuó viviendo en brazos de su amante, y creo que aún sigue feliz, muy feliz, sintiendo sólo que es un poco zurda.


El engaño
   Marcial Fernández

   La conoció en un bar y en el hotel le arrancó la blusa provocativa, la falda entallada, los zapatos de tacón alto, las medias de seda, los ligueros, las pulseras y los collares, el corsé, el maquillaje y, al quitarle los lentes negros, se quedó completamente solo.


Retrato
   Adolfo Bioy Casares

   Conozco a una muchacha generosa y valiente, siempre resuelta a sacrificarse, a perderlo todo, aún la vida, y luego a recapacitar, a recuperar parte de lo que dio con amplitud, a exaltar su ejemplo, a reprochar la flaqueza del próximo, a cobrar hasta el último centavo.


Los ojos culpables
   Ah'med Ech Chiruani
  
   Cuentan que un hombre compró a una muchacha por cuatro mil denarios. Un día la miró y echó a llorar. La muchacha le preguntó por qué lloraba; él respondió:
   —Tienes tan bellos ojos que me olvido de adorar a Dios.
   Cuando quedó sola, la muchacha se arrancó los ojos. Al verla en ese estado el hombre se afligió y le dijo:
   —¿Por qué te has maltratado así? Has disminuido tu valor.
   Ella le respondió:
   —No quiero que haya nada en mí que te aparte de adorar a Dios.
   A la noche, el hombre oyó en sueños una voz que le decía:
   —La muchacha disminuyó su valor para ti, pero lo aumentó para nosotros y te la hemos tomado.
   Al despertar, encontró cuatro mil denarios bajo la almohada. La muchacha estaba muerta.


Vivir para siempre
   Anónimo europeo

   Una dama comía y bebía alegremente y tenía cuanto puede anhelar el corazón, y deseó vivir para siempre. En los primeros cien años todo fue bien, pero después empezó a encogerse y a arrugarse, hasta que no pudo andar, ni estar de pie, ni comer, ni beber. Pero tampoco podía morir. Al principio la alimentaban como si fuera una niñita, pero llegó a ser tan diminuta que la metieron en una botella de vidrio y la colgaron en una iglesia. Todavía está allí, en la iglesia de Santa María. Es del tamaño de una rata y una vez al año se mueve. 


La mujer de crin
   Maribel García Morales

   La llanura se fue consumiendo en sus jornadas de búsqueda, hasta sentir próximo el encuentro. Galopó con más prisa y sus cascos marcaron un ritmo de fuego sobre el camino de piedra. A lo lejos divisó el portal de la hacienda, igual al de sus sueños, y el cansancio cedió a su deseo. Apuró el trote y pronto arribó a su destino.
   En la mecedora, el hombre la aguardaba. Bello, igual al príncipe soñado que la hizo abandonar a su manada y emprender aquella travesía.
   Agotada, se recostó a sus pies, cerró los ojos y lentamente fue dejando su aspecto montuno y se convirtió en una bella mujer. Sin importarle su desnudez, sensual, se acercó al hombre que parecía dormido y lo besó en los labios. Él, momificado por la espera, recibió aquel beso añorado y se derrumbó dejando en su lugar una tenue nube de polvo que se confundió con el que dejaron los cascos de la mujer que huyó, otra vez, convertida en yegua salvaje.