Bienvenidos a la edición cibernética de la Revista Ekuóreo, pionera de la difusión del minicuento en Colombia y Latinoamérica.
Comité de dirección: Guillermo Bustamante Zamudio, Harold Kremer, Henry Ficher.

domingo, 26 de agosto de 2018

217. Resúmenes II



Del «Libro 7° de La república»
   —Diálogo de Platón—
   Resumen: Max Weber

   Un grupo de hombres se encuentra encadenado en una caverna. Vueltos de espaldas a la luz, los rostros se dirigen a la pared del fondo, de tal modo que sólo pueden ver las sombras que allí danzan, mientras tratan de averiguar la relación que entre ellas existe.
   Uno de ellos, que logra —al fin— romper las cadenas, se vuelve y mira hacia el sol. Cegado, se mueve a tientas y, balbuceante, cuenta a los otros lo que ve. Los demás le llaman loco. Poco a poco, el liberado aprende a ver en la luz. Entonces, asume la tarea de descender, hasta donde sus compañeros quedaron, para liberarlos de sus cadenas y conducirlos a la luz.
(La ciencia como vocación)


«El sueño»
   —Comedia de August Strindberg—
   Resumen: Sándor Márai

   Hay una persona cuyo mayor deseo es que la vida le conceda una caja de pesca verde, de esas en las que los pescadores guardan hilo, anzuelos y cebo. La persona envejece, le pasa la vida por encima y, por fin, un día los dioses se apiadan de él y deciden regalarle la caja de pesca. Entonces, con el tan deseado presente en las manos, la persona observa durante un buen rato la cajita y luego, con profunda tristeza, dice: “No era este verde”.
(Confesiones de un burgués)


«El cumpleaños de la infanta»
   —Cuento de Oscar Wilde—
   Resumen: Jorge Eliécer Gaitán

   Una princesa se burlaba de un monstruo enano, cuyas danzas grotescas sabíanle divertir. El amante tomó a guiños de amor las burlonas miradas de la niña princesa. Pero cuando el enanito supo que era burla y no amor, engañado de angustia, se le reventó el corazón. Al saberlo, la princesa pidió con indiferente sonrisa que en adelante los enanitos que fueran a jugar con ella no tuviesen corazón.

Oscar Wilde

«Historia de Italia»
   —Libro de Francesco Guicciardini—
   Resumen: Michel de Montaigne

   Bartolomé de Alviano, general del ejército veneciano, murió sirviendo en sus guerras en el Bresciano. Para trasladar el cadáver hasta Venecia, había que atravesar el Veronés, tierra enemiga. La mayoría del ejército era favorable a pedir a los veroneses un salvoconducto para el transporte. Pero Teodoro Tribulzio no estuvo de acuerdo, y prefirió pasarlo a viva fuerza, al azar del combate. No era apropiado, dijo, que quien en vida jamás había temido a sus enemigos, demostrara temerlos una vez muerto.
(Ensayos)


«The Clipped Starter»
   —Poema de Robert Graves—
   Resumen: Jorge Luis Borges

   Alejandro no muere en Babilonia a la edad de treinta y dos años. Después de una batalla, se pierde y busca su camino por una selva durante muchas noches. Al fin ve las hogueras de un campamento. Hombres de ojos oblicuos y de tez amarilla lo recogen, lo salvan y finalmente lo alistan en su ejército. Fiel a su suerte de soldado, sirve en largas campañas por los desiertos de una geografía que ignora. Un día pagan a la tropa. Reconoce un perfil en una moneda de plata y se dice: “Ésta es la medalla que hice acuñar para celebrar la victoria de Arbela, cuando yo era Alejandro de Macedonia”.
(Atlas)

Robert Graves

«El doble»
   —Cuento de Anthony Armstrong—
   Resumen: José de la Colina

   El elegante señor Pelham combatía contra un doble infernal, un ser maligno que tomaba su forma, imitaba su lenguaje, adoptaba sus costumbres, lo sustituía en los actos públicos, en todos los lugares, incluso en su domicilio. Deseando suprimir a este reflejo suyo, el señor Pelham decidió un día realizar un acto anormal, que rompiera con la rutina de sus costumbres y fuera al mismo tiempo tan menor que pudiera escapar a la sagacidad sobrenatural del doble. Compró una corbata chillona, de diseño y colores atroces, se la anuló valientemente y entró en su propia casa, donde sabía que lo esperaba el doble sin esa horrible corbata de la que no podía haber otro ejemplar. Éste iba a ser el triunfo del atribulado señor Pelham. La confrontación entre los dos adversarios ocurrió ante el mayordomo del señor Pelham, un hombre que lo había servido cerca de treinta años, y que, desconcertado, no acertaba a distinguir quién era el amo un falso y quién el verdadero. Entonces, el impostor asestó un argumento aplastante, irrefutable, en la forma de esta pregunta dirigida al sirviente:
   —¿Me has visto alguna vez, James, llevar una corbata tan vulgar?
(Brasca/Chitarroni [edit] Comitivas invisibles)


«¿La dama o el tigre?»
   —Cuento de Frank R. Stockton—
   Resumen: Wikipedia

   En la remota antigüedad, vivió un rey que administraba justicia de modo espectacular y caprichoso. Para castigar los delitos graves, había maquinado una singular ordalía. El acusado era conducido a la arena de un circo en cuyas gradas se encontraba reunido todo el pueblo. Ante él había dos puertas. Tras una de ellas, aguardaba un tigre hambriento; tras la otra, una hermosa doncella. Sólo el rey conocía al inquilino que aguardaba en cada puerta. El reo debía elegir, forzosa e inmediatamente. Su suerte estaba echada: si aparecía la fiera, moría destrozado en segundos; si salía la dama, debía desposarla sin dilación y con la mayor pompa, apadrinado por el propio monarca, derogándose cualquier compromiso que pudiera antes haber contraído.
   En cierta ocasión, un hombre fue acusado de grave delito: siendo un plebeyo, había cortejado en secreto a la hija única del rey, la cual había correspondido clandestinamente. Convulsa, la princesa se vio lacerada por una doble angustia: de un lado, ver el cuerpo, tan querido y acariciado, despedazado a zarpazos; de otro, contemplar a su enamorado casado con una señorita preciosa, a cuyos encantos ella sabía bien que el joven culpable no era precisamente indiferente. Con ardides de mujer y arrogancias de princesa, logró enterarse de cuál puerta correspondía a cada destino. El muchacho apareció sobrecogido en el circo, abrumado por la expectación de la multitud. También él conocía el íntimo dilema de su amada y, desde el ruedo, le lanzó una mirada de súplica: «¡Sólo tú puedes salvarme!». Con gesto discreto pero inequívoco, la princesa señaló la puerta de la derecha. Y por ella optó, sin vacilar, el condenado.
   El problema de la decisión de la princesa no puede considerarse con ligereza, y yo no pretenderé ser la única persona capaz de resolverlo. Por lo tanto, dejo que respondan ustedes: ¿quién salió por la puerta abierta... la dama o el tigre?