Bienvenidos a la edición cibernética de la Revista Ekuóreo, pionera de la difusión del minicuento en Colombia y Latinoamérica.
Comité de dirección: Guillermo Bustamante Zamudio, Harold Kremer, Henry Ficher.

181. Sirenas III



No son invenciones de poetas
   Gianni Rodari

   Hace milenios, en el planeta acuático Sirénide hubo una guerra. El pueblo vencido, obligado a emigrar, halló refugio en La Tierra, más exactamente en las aguas del Mediterráneo. Antiguos terrestres —como Ulises— vieron a estos inmigrantes, aunque, en realidad, no pudieron ver sus colas de pez, porque no las tenían... pero se las imaginaron. Podían hacer breves salidas al aire, igual que los humanos se pueden zambullir brevemente en el agua.
   Después de un par de siglos, Sirénide se volvió lo suficientemente civilizado como para abolir las guerras. Entonces, recordaron a los exiliados y fueron por ellos. Volvieron encantados al planeta, pues de padres a hijos se habían transmitido el amor a la antigua patria.
   Por eso, las apariciones de sirenas en La Tierra cesaron en la antigüedad.
(1980 – El juego de las cuatro esquinas)



La búsqueda
   Edmundo Valadés

   Esas sirenas enloquecidas que aúllan recorriendo la ciudad en busca de Ulises.
(1989 - De bolsillo)


Las sirenas o la libre empresa
   René Avilés Fabila

   Cierto balneario hubo de adquirir, para fines estrictamente propagandísticos, un lote de sirenas. Traídas en peceras anchas y altas, las distribuyeron por todas las piscinas. Para que no extrañaran su lugar de origen, también se compraron pececillos dorados, caballos de mar y uno que otro tritón. El siguiente paso fue ahondar las albercas y colocar un letrero luminoso que con descaro anuncia a las bellas y sugestivas sirenas e indica tarifas.
   Ninguno nada por admirarlas. Su belleza es elocuente. Pero como lanzan al viento su voz que encanta a los humanos hasta cultivarlos y hacerles olvidar a la mujer y a los hijos, es indispensable tener dos o tres salvavidas —cuyos oídos están tapados con cera dulce— dispuestos a evitar que alguna persona se ahogue al arrojarse tras ellas.
   La clientela, masculina en su totalidad, abarrota las piscinas desde entonces. Los balnearios cercanos, sin recursos económicos suficientes para contrarrestar la hábil propaganda, tuvieron que cerrar por quiebra, ya que sus albercas se habían secado de soledad.
(1997 - Los animales prodigiosos)


Ars sin combinatoria
   Raymundo Ramos

   Las tradicionales divas de las islas se están extinguiendo. Cada vez se oye menos el chapoteo de sus cuerpos fusiformes (con aleta caudal natatoria no transversa) arrojándose desde las peñas ferruginosas. En algunos pedregales resbalosos de musgo, la pestilencia a marisco en descomposición es insoportable; pudrideros de materia orgánica llegan ahora, en rachas olfativas, a la pituitaria de los navegantes, como otrora la miel de sus cantatas al sentido infundibuliforme de los héroes homéricos.    La razón de su merma biológica es sencilla, son especímenes híbridos y, por lo tanto, estériles: fornican con los grandes peces y desovan un lodo espermático degenerado, que después de unas horas de vibración ciliar en los caldos de los esteros se aquieta y muere. Los manoseos sensuales con náufragos —de las costillas flotantes para arriba— son, evidentemente, lubricidades infecundas; extranjeros de tez comida por la barba y ojos desorbitados dan testimonio de haber succionado el calostro dulzaino de senos ebúrneos, aunque cerebros extraviados por el sol calcinante y la locura de la sal marina hacen increíble el recuerdo de esas glotonerías orales. En cuanto a la vos, ha habido de todo. Infortunadamente resulta imposible precisar las excelencias de sus registros sonoros, como en el caso de algunas virtuosas operáticas anteriores a las grabaciones en acetato: digamos, la Malibrán, pero es indudable que —mitologías aparte— debió haber entre las sirenas tonadilleras y baladistas de pésima cuadratura y vocecillas insignificantes.
(1997)


Las sirenas
   José de la Colina

   Otra versión de la Odisea cuenta que la tripulación se perdió porque Ulises había ordenado a sus compañeros que se taparan los oídos para no oír el pérfido —si bien dulce— canto de las Sirenas, pero olvidó indicarles que cerraran los ojos, y como además las sirenas, de formas generosas, sabían danzar…
(1998 - Tren de historias)


La mujer de escamas
   Maribel García Morales

   Los hombres llegaron en una nave endeble, favorecidos por el viento, borrachos y sordos, con el cuerpo urgido como todos los que pasan mucho tiempo en alta mar. No es que fueran solos, propiamente, sino que tenían taponados los oídos con cera ablandada al sol, precaución copiada de viejos habitantes aficionados a las habladurías, a los chismes, que nunca faltan.
   Venían a satisfacerse, desde luego, en busca de hembras que dieran término a su ayuno, y poco apreciaron que ella los recibiera cantando. No tenía una voz melodiosa, ni mucho menos, pero se esforzaba por agradar. Aun cuando no era fea, tampoco era una belleza, apenas pasable; sus senos, eso sí, turgentes y rosaditos, habían sido siempre la envidia de sus hermanas, partida de perezosas que cada día se mostraban menos complacientes con los marineros. Por permanecer mucho tiempo sentadas, se habían puesto gordas (como morsas) y ya no cantaban. Como en otras ocasiones, tendría que arreglárselas sola.
   Cantó sus mejores tonadas, les sirvió todo el vino que tenían, y hasta permitió que su capitán (uno al que llamaban don Nadie) le acariciara los senos. No fue suficiente, los hombres retomaron su azaroso camino trazado en las olas.
   —Procure que en su crónica no nos vaya a tan mal —dijo don Nadie a un anciano ciego que lo seguía.
   —No se preocupe —contestó el viejo—, usted sabe que domino mi oficio: el canto destemplado de la muchacha, aunque no lo escuchamos, será conocido y recordado como un canto mágico; su cuerpo y el de sus hermanas, como el sueño cumplido de todo navegante. Y tranquilo, no voy a contar que las sirenas huelen a pescado rancio, que sus cabellos son una enredadera de sargazos y, sobre todo, que no pueden abrir las piernas.
(2004 - Los matices de Eva)


Sirenas emigrantes
   David Lagmanovich

   De su isla maravillosa, las sirenas emigraron a la ciudad, donde los hombres no comprendieron su naturaleza mágica. Por eso dieron su nombre al ulular inmisericordioso de los coches policiales, mensajeros de todas las desgracias. Las verdaderas sirenas, que en pro de la convivencia entre minorías ya habían eliminado sus colas de pez, quisieron evitar ser delatadas por su canto. Desde entonces se mantienen silenciosas, viven en casas de departamentos y aportan a la Seguridad Social.
(2007 - Los cuatro elementos)