Bienvenidos a la edición cibernética de la Revista Ekuóreo, pionera de la difusión del minicuento en Colombia y Latinoamérica.
Comité de dirección: Guillermo Bustamante Zamudio, Harold Kremer, Henry Ficher.

179. Escritores chilenos III

Editor invitado: Diego Muñoz

Rosas
   Alejandra Basualto

   Soñabas con rosas envueltas en papel de seda para tus aniversarios de bodas, pero él jamás te las dio. Ahora te las lleva todos los domingos al panteón.


Entrando en el leteo
   Josefina Muñoz

   Cada día, cada noche, me despierto y voy a verte, a ver si estás ahí, a comprobar que respiras, a ver si has regresado. Y estás ahí. Pero cada noche es más profunda y más larga tu entrada en el Leteo. Cada vez el agua más pesada y silenciosa, cada vez te promete un viaje atrayente y cautivante, inventa quién sabe qué maravillas, imágenes de la vida que quisiste tener y que ahora será posible. Y algo adivinas a lo lejos, muy lejos, algo a lo que quieres llegar, porque es lo que te espera como nadie lo ha hecho, o como yo lo hice alguna vez, pero ya lo has olvidado.
   Y cada noche aumentan las palabras olvidadas para siempre, pero siguen ahí, porfiadamente, bajo el peso del agua, y se juntan con las palabras de los poemas que he copiado para ti y que te leo noche a noche, uno para cada momento en que comienzas a soñar y a navegar en esas aguas, pero también para esos segundos en que volvemos a estar juntos, a reconocernos. Esos poemas que parecen haber sido escritos solo para nosotros, y que ahora te leo en silencio, porque sé que las palabras estremecen las aguas profundas, silenciosas, y hacen peligrar la nave que te lleva y que, hasta ahora, te devuelve.
   Pero sé también que cada noche nacen nuevas paradas que te alejan inexorablemente de donde yo estoy. Y en algún momento dejaré de leerte, porque comenzarás a hablar otra lengua y habrás llegado a ese lugar que añoras sin saberlo. Habrás olvidado mi nombre para siempre, pero quizás empezaremos otra vida, porque tú y yo fuimos felices.


Puntualidad – dos variaciones
   Poli Délano

   I. La mujercita que llamaban Lucibel era de tal modo impuntual, que inclusive llegó atrasada a la hora de su muerte. Como la Muerte no espera, se salvó.
   II. Cierta mañana Lucibel llegó a la iglesia de la Merced cuando ya habían dejado de sonar las notas del carillón. Lloró de pena.
   Una tarde llegó a la Plaza de Armas cuando las puertas del Correo cerraban al público y no pudo despachar la correspondencia. Ardió de rabia
   Era tan impuntual, que una noche hasta llegó atrasada a la hora de su muerte. Como la muerte no espera, Lucibel se salvó. Sonrió de alegría.

Poli Délano

Borradita
   Virginia Vidal

   Planché mi mejor vestido y mi alma: ni una arruga. Me cubrí de ungüentos. Me lustré. Relucientes el pelo y las uñas. Delineados ojos y labios. Pintados la boca y los párpados. Perfumada de la cabeza a los pies. Un collar de corales. Mi vestido, enrollado con tu ropa. Ni miraste mis prendas de encaje, mis medias negras con palomas bordadas. Desgranaste mi collar. Enredaste mi pelo y lo tironeaste. A besos me quitaste la pintura… Ahora me huelo y sólo siento tu olor. Me miro al espejo y estoy completamente borrada, menos los ojos.


Límites
   Sonia Cienfuegos

   Elle no discrimina si se encuentra al norte de la estupidez o al sur del desconsuelo; al este de la putrefacción o al poniente de la locura.
   Lo que Elle sí puede afirmar es que hoy por hoy, los puntos cardinales se han vuelto muy promiscuos.

Sonia Cienfuegos


Preservación
   Patricia Rivas M.

   Se conocieron, se besaron, se percibieron y se encantaron.
   Ella se convirtió en princesa. Él continuó siendo un sapo.
   La infanta delicada  lo conservó en su minúsculo océano de cristal.


Amor cibernauta
   Diego Muñoz Valenzuela

   Se conocieron por la red. Él era tartamudo y tenía un rostro brutal de Neanderthal: gran cabeza, frente abultada, ojos separados, redondos y rojos, dientes de conejo que sobresalían de una boca enorme y abierta, cuerpo endeble y barriga prominente. Ella estaba inválida del cuello hasta los pies y dictaba los mensajes al computador con una voz hermosa, pausada y clara que no parecía tener nada que ver con ella; tenía el cuerpo de una muñeca maltratada. Fue un amor a primer intercambio de mensajes: hablaron de la armonía del universo y de los sufrimientos terrestres, de la necesidad del imperio de la belleza y de los abyectos afanes  de los mercaderes de la guerra, de la abrumadora generosidad del espíritu humano que contradice la miseria de unos pocos. Leían incrédulos las réplicas donde encontraban una mirada equivalente del mundo, no igual, similar, aunque enriquecida por historias y percepciones diferentes. Durante meses evitaron hablar de sí mismos, menos aún de la posibilidad de encontrarse en un sitio real y no virtual. Un día él le envió la foto digitalizada de un galán. Ella le retribuyó con la imagen de una bailarina. Él le escribió encendidos versos de amor que ella leyó embelesada. Ella le envió canciones con su propia voz, él lloró de emoción al escuchar esa música maravillosa.  Él le narraba con gracia los pormenores de su agitada vida social, burlándose agudamente de los mediocres. Ella le enviaba descripciones de sus giras por el mundo con compañías famosas. Ninguno de los dos jamás propuso encontrarse en el mundo real. Y fue un amor de sueños, de mensajes, de versos, de canciones. Fue un amor verdadero, no virtual, como los que suelen acontecernos en ese lugar que llamamos realidad.