Bienvenidos a la edición cibernética de la Revista Ekuóreo, pionera de la difusión del minicuento en Colombia y Latinoamérica.
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163. Mariana Frenk




Marianne Helen Freund Frenk-Westheim (Hamburgo, Alemania, 4 de junio de 1898 - Ciudad de México, 24 de junio de 2004) fue una escritora, hispanista, curadora de museos y traductora alemana, de origen judío sefaradí, nacionalizada mexicana. Fue autora de cuentos y aforismos, y se le recuerda principalmente por haber vertido al alemán la obra de Juan Rulfo.

Publicó Mariposa. Eternidad de lo efímero (1982), Y mil aventuras (1992), Tausend Reime für Grosse und Kleine. Die Tier- und Dingwelt alphabetisch vorgestellt ("Mil rimas para grandes y pequeños. El mundo de los animales y las cosas, en orden alfabético") (2002).






   Pigmalión

   Cuando Pigmalión, ardiendo en las llamas de su locura de amor, había pasado muchas noches junto a Galatea, abrazando el frío mármol de la mujer, obra de sus manos y sus sueños, implorando a los dioses que le dieran vida, éstos, conmovidos por la intensidad de su pasión, decidieron cumplirle su deseo. Ya pudo estrechar entre sus brazos a una Galatea de carne, de carne tan blanca como el blanco mármol. Sus días y noches se llenaron de ciega felicidad.
   Pero, en cierto momento, se le abrieron los ojos. Galatea no lo amaba. Galatea estaba aburrida. Galatea no le sonreía nunca. Lo insultaba, de su hermosa boca salían palabras como sapos y serpientes. Galatea lo detestaba.
   Una onda fría empezó a invadirlo. Una y otra vez hizo esfuerzos por hacerse querer. Inútiles las caricias, inútiles las amenazas. Entonces, como único medio para resucitar su amor, al que había amado más aún que a Galatea, volvió a acudir a los dioses, pidiéndoles —con el mismo fervor de antes— que la convirtieran de nuevo en mármol. Los dioses, siempre misericordiosos, aunque a veces un tanto maléficos, accedieron una vez más a sus ruegos.
   Cuando Pigmalión, en una noche nublada, se acercó por primera vez a la marmórea Galatea y ya discernió entre el verdor de los árboles los contornos de su divino cuerpo, estaba temblando de temor y esperanza. En ese momento, un golpe de viento dispersó las nubes que habían ocultado a la luna. Y a la luz de la luna vio el rostro de Galatea. Vio un rostro marcado por el odio, repugnante, atroz. Rostro de furia, que parecía escupir veneno.
   Pigmalión tomó un hacha, la levantó, se quedó inmóvil un instante, un largo, largo instante; luego, suavemente la dejó caer en las yerbas. Dio, tropezando, unos pasos inseguros. Sintió un dolor agudo, hachazo de hacha afilada.
   Huyó.


   Una sombra nada obesa

   Era una tarde de espléndido sol.
   Ella cruzó la calle con pasos ligeros. Una muchacha bonita, ninguna cosa del otro mundo, pero bonita. Su sombra, muy alargada y ni remotamente tan bonita como ella, la siguió con la proverbial fidelidad de las sombras (aunque, como veremos, también ahí hay excepciones).
   En sentido contrario, cruzó la calle un señor algo obeso. También a él lo siguió su sombra, una sombra nada obesa, sino, al contrario, tan alargada como la de la muchacha bonita. Entonces, sucedió algo imprevisto: la sombra del señor algo obeso vio a la de la muchacha bonita. Fue como un relámpago. En el mismo instante nació su decisión: abandonar a su señor y amo y seguir, desde ese momento y para siempre, y ahora sí con aquella proverbial fidelidad, a la sombra de la muchacha bonita. ¿Lo que pasó después? No sabemos si el señor algo obeso se dio cuenta de que ya no tenía una sombra. Tal vez se lo comunicó, con mucho tacto, algún buen amigo, y puede ser que le haya contestado: “¿Y qué? Si no me faltara otra cosa…”. O, a lo mejor, dijo: “Sabes, en nuestro mundo de hoy me parece una desgracia muy relativa. Además, tiene antecedentes literarios”.
   En cuanto a la muchacha bonita, estamos seguros de que no se percató de que la están acompañando dos sombras, es tan distraída. Las sombras, eso lo sé de fuente segura, están más que contentas, y a veces viven momentos de verdadera felicidad: cuando la posición del sol les permite unirse amorosamente.


   Las nuevas generaciones

   Cada año voy a un hotel a orillas del mar, donde descanso como en ninguna otra parte. Lo maravilloso de ese hotel son las terrazas. Terrazas aquí y allá, arriba, muy arriba y más arriba aún, y desde ellas la mirada abarca lo que hay entre el cielo y la tierra y el mar, y casi todo lo demás.
   A ciertas horas del día, se llenan de palomas. Entonces, las palomas —hay miles de ellas— son dueñas de las terrazas, y si quieres disfrutar de tus vacaciones, llévate bien con ellas.
   Son palomas sin complejos. Se posan en tus hombros, te picotean la nariz y, si te descuidas, te entregan sin más un billet doux con su ramito de nomeolvides y su listón rosa. Tienen plumas de colores hermosos, tan hermosos como sólo los pueden ver los enamorados en sus horas más inspiradas —tal vez porque ellas siempre están enamoradas. El amor es su actividad principal.
   Un día, hace unos dos años, tres años, noté de pronto que ya no eran como antes; que habían crecido. Pensé: “¡Qué grandes son estas palomas! Bueno, ya se sabe, las nuevas generaciones... En mi familia pasa lo mismo: Margit es más alta que yo, y Silvia y Alicita son mucho más altas aún”.
   En aquel entonces, las palomas tenían la altura de un… digamos, de un perro pelo de alambre. El año después me llegaban a las rodillas, y este año a las caderas.
   No sé, tal vez será mejor buscarme otro lugar de descanso.


   Quiero dormir

   El despertador sonó. Me desperté. Me desperté con ese mismo dolor no soportable. Quiero seguir durmiendo. Párate ya. Quiero dormir. Ya párate. Pero el despertador siguió sonando. Entonces, se paró mi corazón. Se paró mi dolor. Se paró el despertador. Pero yo ya no pude dormir. Los muertos nunca dormimos.


   Buena memoria

   Su memoria era tan buena que recordaba cosas que nunca le habían sucedido.


   En busca de la identidad

   Esta mañana me miré al Espejo. La persona del Espejo de pronto me pareció tan simpática, tan cerca de mí, que de pronto sentí un vehemente deseo de abrazarla. Sin reflexionar, entre en el Espejo tan rápidamente que aquélla no tuvo tiempo de retirarse. Nos abrazamos y nos dimos dos besos, uno en cada mejilla y, tan rápidamente como había enterado, salí. A la otra la vi en su lugar, sonriendo como yo.
   ¿No hubo hoy una confusión entre las dos mujeres?, la que no veo imposible en vistas de la velocidad con que aquello había sucedido y, sobre todo, en vista del enorme parecido entre ellas.
   Bonita aventura. Sólo que ahora me siento preocupada.


   La otra

   Un día, la señora NTS se vio en el espejo y se asustó. La mujer del espejo no era ella. Era otra mujer. En un momento, se le ocurrió la idea de que podría ser una broma del espejo. Pero la desechó. Corrió a verse en el espejo del hall. Nada. La misma señora. Fue al baño, a la sala, sacó los espejitos de su bolsa. Lo mismo. La misma señora desconocida.
   Se sentó, cerró los ojos. Habría querido huir alguna parte, lejos, donde no viera a aquella persona. Pero no. Era más prudente no dejarla sola. Observarla.
   Se puso a reflexionar. ¿Quién podía ser esa señora? ¿La que vivió antes de mí en mi departamento? ¿O la que vivirá aquí cuando yo me cambie? ¿La mujer que sería yo si mi mamá se hubiera casado con el primer novio? ¿O, a lo mejor, la mujer que yo habría querido ser? Eché una furtiva mirada al espejo y decidí que eso no. De ninguna manera habría querido ser esa señora.
   Después de meditar mucho tiempo, la señora NTS llegó a la conclusión de que todos los espejos de su casa se equivocaban, como atacados por una enfermedad misteriosa.
   Traté de aceptar la situación, no preocuparme ya y simplemente dejar de mirarme en el espejo. Al fin, puede uno vivir muy bien sin verse en el espejo, ¿no crees? Guardé los espejitos —para tiempos mejores— y tapé los grandes.
   Un día, cuando me estaba peinando por costumbre delante de la luna de mi ropero, de pronto se cae el trapo. Me está mirando la otra, la desconocida.
   ¿Desconocida? Me parece que ya no tanto. La contemplo durante unos largos minutos. Empiezo a encontrarle cierto aire de familia. Tal vez la dama esa comprende mi situación y, por pura bondad, trata de adaptarse a mí, a mi imagen, que durante tanto tiempo ha habitado mis espejos.
   Desde entonces, me veo en el espejo todos los días, a toda hora. La otra, no hay ninguna duda, cada vez se parece más a mí.
   ¿O yo a ella?