Bienvenidos a la edición cibernética de la Revista Ekuóreo, pionera de la difusión del minicuento en Colombia y Latinoamérica.
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159. Gonzalo Márquez Cristo (1963-2016)



Gonzalo Márquez Cristo
   Poeta, narrador, ensayista, periodista y editor. Nació en Bogotá, Colombia, en 1963. Publicó Apocalipsis de la rosa (1988); la novela Ritual de títeres (1992); El Tempestario y otros relatos (1998); La palabra liberada (2001); Oscuro Nacimiento (2015); Grandes entrevistas de Común Presencia (2010); La morada fugitiva (2014), El Libro de la Tierra - Antología Mayor (2014) y Las muertes inconclusas (2015).
   Cofundador de la revista Común presencia, 1989. Creador y coordinador de la colección Los Conjurados, de circulación internacional. Editor General del periódico virtual Con-Fabulación. Dirigió la versión Colombia del Día Mundial de la Poesía instituido por la UNESCO. Poemas y relatos traducidos al inglés, francés, italiano, portugués, japonés y braille.
   Los siguientes textos son tomados de El tempestario y otros relatos (Bogotá: Común Presencia, 1998).



Simetrías

   Ha anochecido. Yo Hazra Kidu, salí de pesca y no tuve ayuda de la suerte. Todas las veces que tendí la red, surgió vacía porque la quinta de mis mujeres peinaba en casa su larga cabellera, a pesar de mi interdicto. Mientras cantaba buscando los matices de su voz, el viento aquí encarnó su furor alrededor de mi navío. La tempestad es intensa, mis manos sangran de tanto combatir contra el temporal. 
   La imagino entrando en la alcoba; ahora ella se desnuda: las velas se rompen y quedo a la deriva. Presiento la fatalidad de su propósito. Si riega su copa de vino —es sabido— me será difícil sobrevivir. 
   Si decide apagar la lámpara, se nublará el cielo, me extraviaré y nunca hallaré el camino de retorno. 
   Ignoro si podré vengarme: es tan larga la noche...


El tempestario

   Ahora preparo mi fin. Los capitanes de las embarcaciones vinieron con oro a comprarme el viento, y yo, Lemitor, el chamán, el dueño de la lluvia, el que puede extender una red entre dos montañas para detener el sol, he fracasado.
   Hace siete días desaté el primer nudo de la soga hechizada para provocar la brisa. Ayer, el segundo, que usualmente libera una atenuada tempestad: pero el sortilegio ha sido infructuoso. Ignoro por qué razón esta vez no he podido conjurar el viento
   Aún la quietud exaspera a los comerciantes y viajeros que aguardan ansiosos en el malecón. Ya la convicción en mi nombre se ha desvanecido. Debo acudir a un artilugio extremo, antes que ofrecerme como víctima. Tengo que sobrevivir…
   Pronto la multitud rodea mi casa injuriándome, disponiéndose para mi linchamiento; entonces, procedo a desatar el tercer nudo. Es tarde para ser prudente. Rebaso los límites, lo arriesgo todo. Desconozco las fatales consecuencias. Sé —y me hace feliz— que mis gritos y el estrépito de los agresores impiden oír el nacimiento del rugido devastador del huracán.


De lo inexorable

   Soy uno de los genios heréticos que se rebelaron contra el Gran Soleimán, hijo de David (¡que sobre los dos haya paz!).
   Descifrando mis artilugios, el magnífico rey me derrotó y me castigó encerrándome en esta página, atrapándome en sus líneas, utilizando sus palabras como lianas, obligándome por siempre a este inútil monólogo exaltado.
   Según lo establecido, mi desolación será eterna; y sólo me es concedida una efímera libertad, una interrupción de mi condena, una huida de esta cárcel terrible de papel, durante el breve tiempo que algún desprevenido lector ocupe mi lugar…


La decepción

   Ardiente, he recobrado el único amor que entiendo y otra vez pertenezco a la noche. Ese extraño hombre a todos nos engañó con la verdad… —estremecida dijo María de Mágdalo.


El cumplimiento

   Abdu-l-Muluk llamó a su emisario y le encomendó llevar un mensaje para el rey de la ciudad que había sitiado. Éste lo leyó y ordenó la ejecución del portador de la misiva. 
   Ante el fracaso de su misión, envió un segundo estafeta quien, conociendo el final adverso de su antecesor, rompió el sello y leyó la peligrosa propuesta que decía: Ejecuta de nuevo al enviado si deseas acometer la más difícil de tus guerras, o devuélvelo con un signo de paz. Atemorizado, el mensajero eligió desertar.
   Abdu-l-Muluk esperó con impaciencia el retorno de su enviado y, al no verificarse, pensando que la respuesta era la batalla, decidió emprender su ataque. Rebasó las murallas de la ciudad sitiada, asoló al ejercito enemigo y usurpó el trono de Bahram.
   Ante aquel desarrollo de la historia, el desertor optó por unirse a su ejército vencedor. Abdu-l-Muluk, al reconocerlo, le dijo: Sospeché que habías sido ejecutado. No repruebo la traición; sin embargo, te pedí que llevaras un mensaje al rey de la ciudad sitiada. Ahora ese rey soy yo, y como no has cumplido la orden, he decidido para mañana tu último amanecer.


La condena

   Hoy debo escapar. Me he puesto las alas trabajadas clandestinamente durante cuatro meses y acabo de beber la sabia infusión enviada por el guía, por el oculto Roj Alik, pese a su funesta advertencia. La luna llena, partida por los barrotes de mi estrecha celda, parece desatar un viento intenso que, sospecho, podrá ayudarme.
   Parado con las alas extendidas, espero que el bebedizo alcance a mi sangre. Pronto las sombras y los ecos se intensifican. Los sólidos muros de piedra comienzan a ondularse en mi mirada. El olor del mar es más intenso. El pensamiento me hace levantar y me conduce hacia la pequeña ventana; reconozco dentro de mí al pájaro que viene en mi búsqueda. Se hace imperioso creer en la respiración.
   Arrastrando mi pintoresco vestuario, cierro los ojos; mi cuerpo no encuentra la oposición mineral y atravieso el centenario muro. El artilugio ha dado resultado. Encontrándome en el aire, a varios metros de altura, vuelo asustado en la dirección elegida. Aleteo durante horas sobre el nocturno y convulsivo mar que acecha mi caída. Haciendo acopio de todas mis fuerzas, continúo hasta arribar a mi destino. El brillo del mar desaparece y, más tarde, al comprender que puedo descender, con cautela busco un lugar propicio en la playa solitaria.
   Fatigado, me acuesto, apoyando la cabeza sobre las alas para dormir. Entonces, me agito en el sueño. La pesadilla se impone desgarradora: me veo en el amanecer agredido por el estrépito metálico de los guardias; me veo haciendo la larga fila de presos, como durante los tres últimos años; me veo después en un patio cercado por electricidad y, en la sombra, escucho en bocas de mis irascibles compañeros de prisión el imposible deseo de la fuga.
   Sobresaltado, me despierto comprobando lo terrible de mi liberación: encarcelado, dormía para ser libre, ahora develo la cautelosa razón que Roj Alik oponía a mi huida, y sé para siempre cuál es la despiadada condena que asediará implacablemente a mis sueños.


El éxodo

   Cuando todos huyeron, caminé por las calles desiertas de mi pueblo, ingresé en las casas abandonadas, recorrí las alcobas que aún conservaban el calor de sus antiguos huéspedes, y observé con detenimiento los objetos desechados.
   Excepto yo, todos acataron la amenaza.
   Ahora, sentado en el parque, contemplando el final de la caravana de éxodo que ya se pierde detrás de la montaña, presiento el arribo de los nuevos dueños exhibiendo la arrogancia de sus armas.
   No fue el desarraigo o el coraje el sentimiento que me impidió partir, sino la certidumbre de que mi trabajo minucioso merecería la cálida complacencia de los asesinos.