Bienvenidos a la edición cibernética de la Revista Ekuóreo, pionera de la difusión del minicuento en Colombia y Latinoamérica.
Comité de dirección: Guillermo Bustamante Zamudio, Harold Kremer, Henry Ficher.

156. Daniil Jarms

   Daniíl Ivánovich Yuvachóv (Дании́л Ива́нович Ювачёв; 30 de diciembre de 1905 - 2 de febrero de 1942) es un escritor satírico ruso de la corriente del surrealismo y el absurdo. Es uno de los fundadores del OBERIU (1920).
   Adoptó el pseudónimo 'Jarms' cuando asistía al Colegio de San Pedro. Se supone que es una transcripción rusa del nombre del famoso detective Sherlock Holmes.
   Jarms sobrevivía escribiendo libros para niños en Leningrado, si bien destaca por su obra poética y las historias cortas.
   Fue declarado enemigo del Soviet y enviado a la prisión de Kursk en 1931. En 1937, las autoridades confiscaron sus libros infantiles, privándolo de su principal fuente de subsistencia. Jarms continuó escribiendo historias breves que no pudieron ser publicadas hasta el fin del régimen socialista.
   En agosto de 1941, poco antes del sitio de Leningrado, fue arrestado de nuevo, acusado de distribuir propaganda contra el régimen. Fue enviado a la prisión de Leningrado Nº1, donde murió de inanición en 1942.




El comienzo de un hermoso día (Una sinfonía)

   El gallo apenas había terminado de cacarear cuando Timofei saltó de la ventana al techo y asustó a todos los transeúntes que pasaban por la calle a esa hora. El campesino Jariton se detuvo, recogió una piedra y se la arrojó a Timofei. Timofei desapareció en alguna parte.
   —¡Ese es un tipo inteligente! —gritó el rebaño humano, y Zubov corrió a toda velocidad y se estrelló de cabeza contra la pared.
   —¡Oh! —exclamó una mujer que tenía el carrillo hinchado. Pero Komarov le pegó a la mujer y ésta atravesó el portal aullando.
   Feteliushin pasó por allí y se rio de ellos. Komarov se acercó a él y le dijo:
   —¡Eh, bola de grasa! —y le pegó a Feteliushin en el estómago.
   Feteliushin se apoyó contra el muro y empezó a hipar. Romashkin escupió desde la ventana del último piso, tratando de acertarle a Feteliushin. En ese momento, no lejos de allí, una mujer narigona le pegaba a su chico con una batea. Una joven madre regordeta frotaba contra el muro de ladrillos la cara de una linda nenita. Un perrito se rompió la patita y se revolcó sobre el pavimento. Un nenito comió algo asqueroso que había sacado de una salivadera. En el almacén había una larga cola para comprar azúcar. Las mujeres blasfemaban a gritos y se empujaban las unas a las otras con sus bolsos. El campesino Jariton se emborrachó con alcohol desnaturalizado y se paró delante de las mujeres con el pantalón desabrochado y prorrumpió en insultos.
   Así empezó un hermoso día de verano.


Sinfonía número 2

   Anton Mijailovich escupió, dijo “¡Ugh!”, volvió a escupir, dijo “¡Ugh!” una vez más, escupió nuevamente, dijo otra vez “¡Ugh!” y salió. Al diablo con él. Será mejor que os hable de Ilia Pavlovich.
   Ilia Pavlovich nació en 1893, en Constantinopla. Cuando todavía era pequeño, su familia se mudó a Petersburgo, y allí se diplomó en la Escuela Alemana ubicada de la calle Kirochnaia. Luego tuvo un empleo en no sé qué clase de tienda, después hizo otra cosa y, cuando empezó la Revolución, emigró. Bien, al diablo con él. Será mejor que os hable de Ana Ignatievna.
   Pero no es fácil hablar de Ana Ignatievna. En primer término, no sé casi nada acerca de ella; y, en segundo término, acabo de caerme de la silla y he olvidado lo que iba a decir. De modo que será mejor que os hable de mí.
   Soy alto, bastante inteligente, visto atildadamente y con buen gusto, no bebo, no voy a las carreras, pero me gustan las damas. Y yo no les disgusto a ellas. Les agrada que salga con ellas. Serafina Izmailovna me invitó a su casa en más de una oportunidad, y Zinaida Iakovlevna también dijo que siempre la complacía verme. Pero con Marina Petrovna me ocurrió algo gracioso que os quiero contar. Fue algo absolutamente normal, pero divertido. Por mí, Marina Petrovna perdió todo el pelo: calva como la palma de la mano. Sucedió así: un día fui a visitar a Marina Petrovna y, ¡zas!, perdió todo el pelo. Eso fue todo.


Un espectáculo fracasado

   (Petrakov-Gorbunov sale al escenario, quiere decir algo, pero se le escapa un hipo. Empieza a vomitar. Hace mutis por el foro. Entra Pritykin.)

   Pritykin: Petrakov-Gorbunov tuvo que... (Vomita y sale corriendo.)
(Entra Makarov.)
   Makarov: Egor... (Sale corriendo.)
(Entra Serpujov.)
   Serpujov: Para no ser... (Vomita y sale corriendo.)
(Aparece Kurova.)
   Kurova: Yo debería... (Sale corriendo.)
(Aparece una nenita.)
   Nenita:        Papi me pidió que les diga que se cierra el teatro. Todos nos sentimos mal.


   Telón


El carpintero Kushakov

   Érase que se era un carpintero. Se llamaba Kushakov. Un día, salió de su casa y fue a una tienda a comprar cola de carpintero. Era la época del deshielo y la calle estaba resbalosa. El carpintero dio unos pasos, patinó, se cayó y se rompió la frente.
   —Ugh —dijo el carpintero, se levantó, fue a la farmacia, compró una venda y se emparchó la frente.
   Pero cuando salió a la calle y dio unos pasos, volvió a resbalar, se cayó y se rompió la nariz.
   —Fu —dijo el carpintero, entró en la farmacia, compró una venda y se remendó la nariz.
   Luego, salió nuevamente a la calle, resbaló otra vez, se cayó y se rompió el pómulo. Tuvo que volver a entrar a la farmacia para componerse el pómulo con una venda.
   —¿Sabe una cosa? —le dijo el farmacéutico al carpintero—, usted se cae y se lástima tan a menudo que le aconsejo que compre varias vendas.
   —No —contestó el carpintero—. Ya no me caeré.
   Pero cuando salió a la calle, resbaló nuevamente, se cayó y se rompió el mentón.
   —¡Maldito hielo! —exclamó el carpintero, y volvió a entrar corriendo en la farmacia.
   —¿Ve? —dijo el farmacéutico—. Volvió a caerse.
   —No —gritó el carpintero—. Ni siquiera soporto que hablen de eso. Deme una venda, pronto.
   El farmacéutico le dio una venda. El carpintero se vendó el mentón y corrió a su casa.
   En su casa, no lo reconocieron y no lo dejaron entrar en el departamento.
   —Soy el carpintero Kushakov —chilló el carpintero.
   —¡No diga! —contestaron los ocupantes del departamento, y echaron el cerrojo y pusieron la cadena.
   El carpintero Kushakov se quedó momento en la escalera, escupió y salió la calle.


Agenda azul N° 10

   Había una vez un pelirrojo que no tenía ojos ni orejas. Tampoco tenía pelo, de modo que llamarlo ‘pelirrojo’ era sólo una forma de decir.
   No podía hablar, porque no tenía boca. Tampoco tenía nariz.
   Ni siquiera tenía brazos o piernas. No tenía estómago, ni espalda, ni espina dorsal, y tampoco tenía otras entrañas. No tenía nada. De modo que es difícil entender de quién estamos hablando.
   Sería mejor, entonces, que no hablemos más de él.


Lluvia de viejitas

   Una viejita se cayó por una ventana, porque era demasiado curiosa. Se cayó y se rompió en pedazos.
   Otra viejita se asomó a la ventana y miró a la que se había roto en pedazos, pero como era demasiado curiosa, también se cayó por la ventana, se cayó y se rompió en pedazos.
   Luego, una tercera viejita se cayó por la ventana, y una cuarta, y una quinta.
   Cuando la sexta viejita se cayó por la ventana, yo me aburrí de mirarlas y me fui al mercado Maltsevsky, donde decían que le habían regalado una bufanda tejida a un ciego.



Un episodio callejero

   Una vez, un hombre saltó de un tranvía, pero lo hizo tan torpemente que cayó bajo un automóvil.
   El tránsito se detuvo en la calle y un policía trató de averiguar cómo se había producido el accidente.
   El conductor pasó un largo rato explicando algo, apuntando con el dedo a las ruedas delanteras del automóvil. El policía palpó las ruedas y anotó el nombre de la calle en su libretita.
   Se juntó una multitud bastante numerosa.
   Un hombre de ojos aguachentos se caía a cada rato de la garita del policía.
   Una mujer volvía constantemente la cabeza para mirar a otra mujer, que a su vez volvía constantemente la cabeza para mirar a la primera mujer.
   Después, se dispersó la muchedumbre y el tránsito empezó a avanzar nuevamente.
   El ciudadano de ojos aguachentos continuó cayéndose por un buen rato de la garita, pero al fin también él, evidentemente convencido de que no podría sentarse firmemente en la garita, se acostó sobre la vereda. En ese momento, un hombre que transportaba una silla cayó violentamente, debajo del tranvía.
   Nuevamente vino un policía, nuevamente se juntó una multitud, y el tránsito se detuvo. El hombre de los ojos aguachentos empezó a caerse nuevamente de la garita del policía. Bien, y después todo se arregló e incluso Ivan Semionovich Karpov fue a un restaurante.