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Comité de dirección: Guillermo Bustamante Zamudio, Harold Kremer, Henry Ficher.

150. Anécdotas de fútbol



Editor invitado: Alfredo Relaño


Ashbourne

   Cada año, en Ashbourne, se celebra el partido de fútbol más grande del mundo. Dura dos días y participan cientos de competidores en un campo de cuatro kilómetros y medio por tres, con el pueblo entre medias. Su origen es tan antiguo que hay quien asegura que se ha jugado allí durante mil años. Un fuego en la oficina del comité organizador, a finales del siglo xix, se tragó los registros y ahora la referencia más antigua procede de 1683. Participan en él todos los habitantes del pueblo que quieran hacerlo y cuenta con la aprobación real.
   Ashbourne está prácticamente en el centro geométrico de Inglaterra. Los dos bandos en liza son los nacidos a uno u otro lado del río que atraviesa el pueblo. Los Up’ards, que son los del norte, contra los Down’ards, los nacidos al sur. Si hay un gol entre las seis y las diez de la noche, termina el partido. Si a las diez de la noche no ha habido ningún gol, se interrumpe el partido y se sigue al día siguiente. Vale todo. Se llama football, pero se puede coger el balón con la mano, aunque retenerlo es muy peligroso, por lo que es aconsejable patearlo hacia adelante en cuanto se pueda. Las porterías, que antes eran sendas ruedas de molino, ahora son simplemente un palo, en el que hay que golpear el balón tres veces para cobrar un goal. El que lo hace tiene el derecho de llevarse el balón a casa. Las normas exigen mantener el balón alejado de las iglesias y del cementerio, no entrar en propiedades privadas, no ocultar el balón en bolsas, ni trasladarlo en un vehículo mecanizado. Por lo demás, todo está autorizado con respecto al balón, que se puede desplazar como se quiera: transportándolo a patadas o a puñetazos. Y, con respecto al contrario, se lo puede agarrar, zancadillear, golpear o hacer cualquier cosa (ahogadillas, por ejemplo), salvo matarlo voluntariamente. El balón es de corcho, por si se cae al río. Los jugadores es mejor que sepan nadar o, en caso contrario, que se abstengan de acercarse al río.
   La tradición cuenta que el primer balón fue la cabeza de un decapitado, que cada parte del pueblo quiso llevar al otro lado del río.


Garrincha

   Pau Grande es un pueblo que hoy tendrá 5000 habitantes, a hora y media en coche desde Río de Janeiro, por carreteras empedradas y empinadas. Allá está enterrado Manuel dos Santos, Garrincha, porque allá fue donde nació. Fue un niño atacado de una poliomielitis leve que le dejó una pierna algo más corta que otra, y con la rodilla metida hacia adentro. Tenía la pierna derecha arqueada y sana, pero la izquierda era extraña: de curva paralela a la de la otra, en lugar de hacer el paréntesis común. Así jugó futbol y lo hizo extraordinariamente bien. Fue una celebridad en los mundiales de Suecia a Chile, los cuales ganó Brasil.
   Nunca sabía contra quién jugaba. Para él, todos sus marcadores se llamaban Joao, porque así se llamaba el primero que lo marcó en un partido oficial. Cuando acabó el mundial de Suecia, se apenó, pues creía que había una segunda vuelta, como en la liga. Pronto entró en barrena y empezó a correr de club en club y de barra en barra. Cambió la vida de deportista por la de farándula, en compañía de una cantante a la que se unió, tras abandonar a su esposa, de la que consiguió tres hijas, pero ningún varón.
   Garrincha, apodado así por el nombre de un pajarillo de la selva, había salido del pueblo y volvió a él. Falleció después de veinte días de beber y tres días sin comer.
   Su modesta tumba en Pau Grande siempre tiene siete velas, homenaje al ‘7’ más grande de la historia.


Breitner

   En la copa mundo de 1974, las estrellas del equipo alemán habían fallado penaltis. Antes de la final, no estaba claro quién lanzaría en caso de haber alguno. Por eso, cuando se presentó el caso, las estrellas se inhibieron. A Paul Breitner, un lateral apenas meritorio entre tanta estrella, no le gustaba que las cosas se quedarán por hacer. Así que se avergonzó de tanta pasividad, dio el paso al frente y cobró. Y lo marcó. Fue el empate.
   A la mañana siguiente, tras el festejo, se despertó, ya tarde, en el hotel. En la tele estaban repitiendo el partido. De golpe, vio la escena del penalti y sintió pánico, tanto que apagó el aparato, como si pudiera aún fallarlo.

Sindelar

   Matthias Sindelar, el Mozart del fútbol, medía 1,80 y pesaba sesenta kilos. Fue el alma de la selección austriaca, equipo cuyo fútbol era una traslación del vals al nuevo juego inglés. Cuando se produjo la anexión de Austria por parte de Alemania, Sindelar ya era mayor. No obstante, fue reclutado para un “Partido de paz” entre Alemania y un “XI de Austria” que pretendía destensar las relaciones entre germanófilos y patriotas. Sindelar falló algunos tiros, cumpliendo órdenes. Pero, en el segundo tiempo, marcó y celebró de forma excesiva y burlona frente a la tribuna de las autoridades.
   Un día en que fue a visitarlo un amigo, encontró la puerta cerrada y olor a gas. Se forzó la entrada. Estaba muerto en la cama, junto a su novia que agonizaba y moriría después de él. Ambos por inhalación de monóxido de carbono.
   Unos hablaban de un suicidio romántico, gesto de un patriota en una Austria vencida y entregada al nazismo. Se especuló también que él y su novia eran judíos y que, entonces, se trataría de un asesinato. Hubo quien sugirió que se trató de un accidente, frecuente en los tiempos de los braserillos.
   La encuesta se cerró a los seis meses sin conclusiones.


Kubala

   Ladislao Kubala era un jugador de gran fama desde muy joven. Pero en Hungría no podía desarrollar una carrera futbolística profesional. Acudió a una organización que programaba salidas furtivas. Junto a otros, fue transportado en un camión militar, vestido de soldado ruso, hasta muy cerca de la frontera. Pasó un control, muerto de miedo por la posibilidad de que le reconocieran, pues era una celebridad nacional. El final del trayecto hubo que hacerlo a pie, hasta Austria.
   Allí fichó con un equipo, pero le impidieron jugar, por las presiones de Hungría a la Fifa. Debió hacer futbol de exhibición por toda Europa. Todo intento de fichaje en España era detenido, pues se había fugado y no era posible obtener el transfer de su club de origen. Finalmente, jugó como aficionado, hasta que se nacionalizó, con estatus de refugiado político, previo discreto bautizo en un pequeño pueblo.
   Su presencia cambió el fútbol español: técnica, control, paces con efecto, lanzamiento de faltas... Encabezó la delantera que cantó Serrat. Su aparición fue como el salto del cine mudo al sonoro. Su muerte, en 2002, produjo duelo en toda España y, particularmente, en Barcelona. Su recuerdo queda aún en la existencia material del Camp Nou, porque en el viejo Les Corts no cabían todos los que querían ver a Kubala.


El Boca

   Tres muchachos que vivían en la Boca, estudiaban juntos en la Escuela Nacional de Comercio, donde un profesor irlandés los había aficionado al fútbol. Empezaron a darle vueltas a la creación de un club propio, en la Boca. A ellos se les unieron un par de hermanos. Los cinco estaban en la casa de uno de ellos cuando llegaron los padres.
   —¿Qué hacen aquí, muchachos?
   —Estamos fundando un club de fútbol.
   —No estén acá encerrados, anden a la calle.
   Y a la calle fueron, pero no cambiaron de tema. Se les unió el hermano menor de uno de ellos y la reunión siguió hasta tomar la determinación: harían un club. Juntaron más chicos, pero pronto vieron que eran pocos, así que fueron a hablar con los de otro club del barrio. Convencieron al alma mater del club de una fusión para crear un equipo con un nuevo nombre.
   —¿Y qué nombre es ese?
   —“Boca Juniors”.
   —¿Y por qué “Juniors”?
   —“Boca”, a solas, no suena tan bien.
   “Juniors”, en inglés, significaba jóvenes y ellos eran jóvenes. Y meter una palabra inglesa le daba distinción al nombre, y era un homenaje a los inventores del juego, los ingleses. No le iban a dejar esa ventaja al River Plate.
   En su primer partido, vistieron camiseta azul celeste, que no convenció mucho. El color de la camiseta fue objeto de discusiones, hasta que en una de esas apareció en el puerto un barco sueco, con su bandera asunto y cruz amarilla. La combinación gustó.


Guéi

   Costa de Marfil no pudo pasar a segunda ronda de la Copa de África 2000. Habían manejado el último partido, habían atacado de continuo, no habían tenido desatenciones defensivas... Sólo les había faltado un gol. Habían quedado eliminados de una manera digna.
   La mañana siguiente, salió el avión hacia Abiyán, la capital del país. Pero la nave tomó repentinamente otro rumbo. Les informaron que el avión iba a tomar tierra en Yamusucro, porque el aeropuerto de Abiyán estaba temporalmente cerrado. Luego serían trasladados, bien por carretera, bien en un nuevo vuelo, cuando el aeropuerto restableciera el tráfico. Al aterrizar, fueron introducidos en camiones y trasladados a un centro militar. Les quitaron los teléfonos móviles, para que no pudieran informar de su situación, y les anunciaron que quedaban retenidos para aprender civismo y disciplina. Fueron tratados como un pelotón de novatos, a cargo de Robert Guéi, líder de la junta militar que acababa de tomar el poder. Fueron obligados a hacer instrucción militar, grandes y duras marchas, posar en formación y leer libros sobre patriotismo.
   El asunto trascendió y se conoció fuera del país, lo que provocó muchos movimientos a favor de los jugadores. A los tres días, y debido a la presión internacional, el gobierno los liberó, explicando que la finalidad del operativo era tenerlos aislados de la ira popular, desatada por su fracaso en el campeonato.