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131. Eduardo Galeano (1940-2015)


Eduaro Galeano




“Aquella noche me di cuenta de que yo era un cazador de palabras. Para eso había nacido. Ésa iba a ser mi manera de estar con los demás después de muerto y así no se iban a morir del todo las personas y las cosas que yo había querido”.







¿Por qué lloran las palomas al amanecer?

   Una noche, un palomo y una paloma fueron a un baile y al palomo lo mató, en pelea, alguien que lo quería mal. Estaba muy lindo el baile, y la paloma no quiso dejar de divertirse. "Esta noche cantaré -dijo- y por la mañana lloraré." Y lloró cuando el sol asomó en el horizonte.



Largando tristezas, me habló de Pacha

   Una noche llegué muy tarde y me acosté sin hacer ruido ni encender la luz. Pacha no estaba en la cama. La busqué en el baño y en el cuarto donde dormía el hijo. No estaba. Encontré cerrada la puerta del comedor. Fui a abrirla y me di cuenta: al otro lado estaban las cobijas en el suelo. A la mañana siguiente la esperé en la cocina, para matear como siempre. Pacha no hizo ningún comentario. Yo tampoco. Charlamos algo, las cosas de siempre, lo lindo o lo feo que está el tiempo y lo brava que viene la mano política o dame que doy vuelta la yerba para que no se lave. Y cuando llegué, de noche, encontré vacía la cama. Otra vez la puerta del comedor estaba cerrada. Puse la oreja y me pareció que le oía la respiración. De mañana, temprano, nos sentamos en la cocina a tomar mate.
   Ella no dijo nada y yo no pregunté. A las ocho y media llegaron los alumnos de ella, como todos los días. Y así durante una semana: la cama sin ella, la puerta cerrada. Hasta que una mañanita, cuando me alcanzó el último mate, le dije: "Mira, Pacha. Yo sé que es muy incómodo dormir en el piso. Así que esta noche venite a la cama, nomás, que yo no voy a estar". Y no volví nunca.



El sistema II

   Hay jaulas de muchos pajaritos y jaulas de a uno. Adoum me explica que a las jaulas de a uno les ponen un espejito, para que los pájaros no sepan que están solos.
   Después, en el almuerzo, Guayasamín cuenta cosas de New York. Dice que allá ha visto hombres bebiendo solos en los mostradores. Que tras la hilera de botellas hay un espejo y que a veces, bien entrada la noche, los hombres arrojan el vaso y el espejo vuela en pedazos.



La derrota

   Juan, el poeta, quería que el cuerpo de ella fuera el único país donde lo derrotaran.



En el cumpleaños del padre

   Por una vez le dieron permiso para quedarse con la gente grande después de la cena. Karl permaneció sentado en un rincón, calladito, mirando a los amigos y parientes que bebían y charlaban. Al levantarse, chocó con una mesa y tiró al suelo una copa de vino blanco.
   —No es nada —dijo el padre.
   La madre barrió los vidrios y limpió el piso con un trapo. El padre acompañó a Karl a su dormitorio y le dijo:
   —A las once, cuando se hayan ido los invitados, te pegaré.
   Durante más de dos horas, desde la cama, Karl estuvo pendiente de las voces y del paso de los minutos.
   A las once en punto de la noche llegó el padre, se sacó el cinturón y lo azotó.
   —Lo hago por tu bien, para que aprendas -dijo el padre, como siempre decía, mientras Karl lloraba, desnudo, con la cabeza enterrada en la almohada.



Negruras y soles

   Una mujer y un hombre celebran, en Buenos Aires, treinta años de matrimonio. Invitan a otras parejas de aquellos tiempos, gente que no ven desde hace añares, y sobre el amarillento mantel bordado para la boda todos comen, ríen, brindan, beben. Vacían unas cuantas botellas, cuentan chistes verdes, se atragantan de tanto comer y reírse y palmearse las espaldas. En algún momento, pasada la medianoche, llega el silencio. El silencio entra, se instala; vence. No hay frase que llegue a la mitad ni carcajada que no suene fuera de lugar. Nadie se atreve a irse.
   Entonces, no se sabe cómo, empieza el juego. Los invitados juegan a quién lleva más años de muerto. Se preguntan entre sí cuántos años hace que estás muerto: no, no, se dicen, veinte años no: te estás quitando la edad. Vos llevás veinticinco años de muerto. Y así.



Los zapatos

   El pueblecito, entre Polonia y Rusia, estaba en una zona de continua guerra, infinito invierno y hambre sin fin. Sobrevivían los duros y los picaros. Así, la primera guerra mundial no fue novedad, pero empeoró lo peor.
   En 1918, llegó desde Estados Unidos un cargamento de zapatos, enviado por la Sociedad de Damas de Beneficencia. Nadie había usado zapatos en aquellas comarcas. Pero vinieron los hambrientos de todas las aldeas y disputaron los zapatos. Algunos se marchaban bailando de alegría con su caja bajo el brazo.
   El viejo Gleizer llegó a su casa, se desató los trapos que le envolvían los pies, abrió la caja y se probó el zapato izquierdo. El pie protestó, pero entró. El que no entró fue el pie derecho. Lo empujaban entre todos, pero no había caso. Entonces, la madre advirtió que los dos zapatos tenían la punta torcida para el mismo lado. Él volvió corriendo al centro de distribución. Ya no quedaba nadie.
   Y empezó la persecución del zapato derecho. Durante meses, caminó de aldea en aldea, averiguando. Después de mucho andar y preguntar, en un lejano pueblito estaba el hombre que calzaba el mismo número y que se había llevado los dos zapatos derechos. Los tenía, brillantes, sobre una repisa. Eran el único adorno de la casa.
   Gleizer ofreció el zapato izquierdo.
   —Ah, no —dijo el hombre—. Si los americanos los mandaron así, así debe ser. Ellos saben lo que hacen.