Bienvenidos a la edición cibernética de la Revista Ekuóreo, pionera de la difusión del minicuento en Colombia y Latinoamérica.
Comité de dirección: Guillermo Bustamante Zamudio, Harold Kremer, Henry Ficher.

127. Ellas escriben minicuentos II



Eficiencia ejemplar
   Mónica Belevan

   A y B pertenecen a la burocracia de un cierto país centroeuropeo.

   Ingresaron al servicio un mismo año, hará unas cuatro décadas; desempeñan —han desempeñado siempre— idénticas funciones; perciben un idéntico salario y le deben gracias a las delicadas comisiones de un mismo e indiferente contador.
   Ocupan el mismo escritorio a distintas horas: A trabaja de 9:00 a 5:00, y B de 5:00 a 1:00 (lo releva en la mañana A).
   Usan los mismos sellos, comparten ese mismo bloc de notas y se desquitan con los mismos lapiceros, a los que tanto A como B llevan cuarenta y tantos años mordisqueando y a los que afilan, a distintas horas, con el mismo cortaplumas oficial.
   Cuatro décadas erosionando el respaldar de una misma silla y, no infrecuentemente, A delega los productos de su ocio a B, y viceversa.
   Cada quien escribe una rigurosa tarjetita de cortesía para el otro al terminar el año.
(Y las intercambia, casi siempre, una misma secretaria.)
   El sistema en el que operan es de una eficiencia tal que, aun siendo döppelgangers, A y B jamás se han cruzado. Puede ser que, si el Estado es consecuente —como lo es— y los jubila el mismo día, A y B, predestinados, no se encuentren nunca.
(Colección minúscula. Cinco espacios de la ficción breve. Ricardo Sumalavia, compilador)


La suicida
   Camila Bordamalo García

   ¿Ahorcarse?... no, porque sería muy patético para el que la encontrara. ¿Lanzarse por la ventana?... tampoco, porque existía el riesgo de quedar viva y eso sería peor. ¿Pastillas?... menos, porque de pronto llegaba algún imbécil y la salvaba. ¿Cianuro?... no era fácil conseguirlo y menos para ella, que no conocía a nadie. ¿Cortarse las venas?... no, porque no merecía una muerte tan larga; quería algo rápido y sin dolor. ¿Pegarse un tiro?... tendría que conseguir un arma y, además, no sería capaz de apretar el gatillo.

   La única forma de matarse, aunque lenta, era lo que había hecho siempre: levantarse e irse al trabajo. Y eso fue lo que hizo: al otro día abrió los ojos; vio la luz y, aunque habría preferido que no amaneciera jamás, se levantó, se bañó y se fue a trabajar.



Osito
   Cristina Grande

   Era marino y se parecía a Conan, el Bárbaro. Yo estaba en paro. Con el finiquito me fui a Ámsterdam con mi amiga Marcia. No éramos de esas amigas que hablan sin parar de sus cosas. Nos gustaba beber juntas y ligar por separado.

   No recuerdo su nombre. Lo cierto es que no llegue a entenderlo, aunque se lo pregunté varias veces. Creo que era alemán. Hablaba un inglés macarrónico y entendí que estaba separado, que vivía en Sidney y que le gustaría vivir en Costa Rica.
   Marcia y yo habíamos tomado la penúltima en el bar de nuestro hotelucho, junto al puerto. Él estaba en la otra punta de la barra y sólo se dirigió a mí cuando ya nos retirábamos tambaleantes a nuestra asquerosa habitación. La suya no era mejor, pero me sentía a gusto con aquel bárbaro. Pensé que en sus enormes maletas cabrían mis cuatro cosas, incluso yo misma. Vi un osito de peluche muy viejo encima de una de ellas. Por la mañana me dijo que debía irme, y ya junto la puerta supe que eran vanas mis ilusiones de que, al menos, me regalara el osito.
(La novia parapente)


El carcelero insomne
   Margarita Borrero

   Sentado en la mitad del círculo de celdas, el carcelero se aferra con las dos manos a lo único que lo mantiene a salvo: el aro inmenso con las llaves. Todo lo demás lo ha perdido, el apetito, las fuerzas para ordenar que se haga silencio, y hasta la cuenta de los días que lleva sin dormir. 

   Con oscilaciones regulares cabecea en la penumbra. Cada vez que se duerme vuelve más debilitado a aquella tensa vigilia. Sus ojos examinan una a una las celdas en círculo alrededor de él. Sus dedos le dan vueltas al aro con las llaves, escucha el tintineo a pesar del bullicio insoportable dentro de las cárceles, siente que el sudor de sus manos resbala por el hierro y de repente todo le resulta demasiado pesado: el metal, su cuerpo, las rejas de acero que permanecen clausuradas.  
   Suspira y cierra los párpados. Jura que será sólo por unos segundos. Sabe que si se duerme ya no habrá nadie que vigile porque él es el último carcelero vivo y no debe dejarse vencer por el cansancio. No puede. No puede abrir los párpados. El agotamiento ha conseguido al fin superar a su terror. 
   Desde la oscuridad profunda que encierran los barrotes, cientos de ojos espían. Los prisioneros están inquietos, atentos a cada oscilación de la cabeza, se mueven de un lado a otro sin descanso, en medio del más estrepitoso barullo. Reptan, escupen, dan coces, vociferan en lenguas ininteligibles y escrutan al carcelero con pupilas brillantes y pequeñas. 
   Un estrépito metálico estalla contra el suelo de cemento y se desencadena la euforia dentro de las celdas. Pero hay alguien con las manos vacías que ya no escucha. 
   Desasido de su única protección, el carcelero se deja escurrir en su silla para siempre. Una garra asoma entre dos barrotes. Con las uñas negras comienza a arrastrar las llaves. 
 (Finalista del Segundo Concurso de Cuento Corto «Álvaro Cepeda Samudio» de (SIC) EN EL MEDIO; fallado en 2006-02-20).


Sado-maso en el híper
   Carmela Greciet 
  
   Era sábado tarde. Ella llevaba ya cuatrocientos cuarenta y seis minutos en la cola de los embutidos, cuando —carrito a modo de patinete— apareció el, con la velocidad y la fuerza de un piloto suicida, por el pasillo de los congelados y la atropello por detrás, destrozándole los calcañares y lanzándola de bruces contra un gran mostrador que se hizo añicos.
   La gente se apartó molesta, pero pronto continuó con el bullicio de las compras.
   Ella levantó como pudo su cabeza de entre aquel amasijo de sangre, de cristal, de carne y de morcilla y se volvió hacia él, tímida, trémula, sumisa:
   —Llévame contigo a donde vayas.
   Y él, con la seguridad del que se sabe amado, a eso he venido, sube, le tendió una mano fuerte, rotunda, imperativa y la metió en volandas en el carro suicida.
   —Ricardo Contreras —dijo, al tiempo que, amoroso y ayudado de un kleenex, le quitaba de encima restos de sobrasada, de paté de foi au Chateaubbriand con pimentón, de chicharrón cosido, de cecina.
   —Yo, Valentina.
(Des-cuentos y otros cuentos)


II
   Cecilia Caicedo Jurado

   «Comadre, usted sabe que no hablo... ¿Para qué? Siempre he dicho que es mejor permanecer sentada, esperar que llegue el viejo, ordenar que le sirvan lo dispuesto. No tengo amigas, ni falta que me hacen. Está él, siempre él. Difícilmente voy a misa por mi gusto, no me interesan ni los curas, ni las beatas, ni los jarrones con jazmines para los santos de la iglesia. Claro que, para cada procesión, vienen por mí; para cada novena, debo enviar los jazmines o claveles; cuando llegue el nuevo cura, será enviarle bocadillo, sonreír levemente, contestar con cortesía, acicalarme con recato, preparar mis largos trajes negros, el mantón de fino paño sin bordados, cuidar la nación de la peonada, acariciar al hijo, al nieto y al bisnieto, todo en orden, puntual, para que alguien con el tiempo esculque mis vituallas, mis trebejos, mis baúles y mis cosas y no encuentre nada mío, ni siquiera mi silencio, ni un gesto, ni un gemido. Por eso resolví morirme sin mirarlos; estaban ahí mi hijo y una nuera, y preferí el día a pleno sol para morir sola a los ochenta como sola viví, sin compartir con nadie de los chimes y las vidas de los otros.

   »Porque no tuve a nadie, sólo a él, al viejo que llegó hasta mí un lunes de hace tiempo y me deshizo en su mirada y se tragó mi alma en mis sentidos.
   »Era joven, moreno por el sol y los trabajos; fuerte, rudo y un buen hombre. Me poseyó con fuerza, de un salto que duró una vida. Desbarató con suavidad mis trenzas y lentamente se acogió en mis muslos deseando recorrerme como a América. Por sentirme durante sesenta o más años requerida, por saberme con certeza poseída, me negué a comentarios y a las lenguas y a los chismes.
   »Que fueron más las hembras de su vida, que son decenas los hijos ilegítimos, que la amante compartió mi techo, que a mi cama llegaba extenuado de otros brazos, qué importa si en mis ojos se vieron aturdidos sus pecados, si gozoso llegó con un poema a cuestas, si cada noche, o cada mes, o cada año la entrega se hacía total, desinhibida».
(Rodrizales, Javier. Antología de poetas y narradores nariñenses. Pasto: Xexus edita, 2004).


Saltar a la vista
   Flavia Company

   Loreto se sentó delante de la mesa de la cocina, arrimó la silla y se dispuso a redactar unas malditas líneas. Como si hubiesen sido pocas las desgracias que había sumado durante aquellos últimos días, nada más apoyar el bolígrafo en el papel, la tinta se desparramó como si fuera agua.

   No tenía sentido limpiar todo aquello, de modo que se fue a la mesa del comedor, con otro papel y otro bolígrafo. Le dio al interruptor de la luz y estalló la bombilla. Por supuesto, no tenía recambio en casa. Se instaló entonces en el minúsculo cuadrado que hacía las veces de balcón. Aún quedaba algo de claridad natural. Se puso una bandeja sobre las rodillas, y sobre la bandeja colocó el papel, y sobre el papel aplicó el bolígrafo. Pero en ese instante ya la había vencido una cierta pereza, un extraño cansancio parecido al aburrimiento, y para distraerse un poco miró hacia abajo a través de los barandales, tan oxidados como su escritura.
   De pronto, le pareció distinguir allá abajo la delgada figura de su madre, a quien iba dirigida la carta que aún no había escrito. Se apoyó en la barandilla para confirmar la suposición, que se reveló acertada. Loreto pensó que se iba a ahorrar la penosa redacción de la despedida. Decidió súbitamente que lo más fácil era saltar a la vista de la madre. Así, todo quedaría claro. Pero no fue sólo la madre la que se quedó pasmada ante aquel cuerpo que caía veloz los siete generosos pisos que lo separaban del suelo, sino también todos los transeúntes que en aquel momento pasaban cerca del lugar. De ahí.
 (Trastornos literarios)