Bienvenidos a la edición cibernética de la Revista Ekuóreo, pionera de la difusión del minicuento en Colombia y Latinoamérica.
Comité de dirección: Guillermo Bustamante Zamudio, Harold Kremer, Henry Ficher.

110. Fábulas IV


El gato y los ratones
   Jean de La Fontaine


   Un gato, llamado Rodilardo, causaba tal estrago entre las ratas, y las diezmaba de tal manera, que ellas no osaban moverse de su cueva. Así, iban viviendo con tal penuria, que al gran Rodilardo no lo tenían por gato, sino por diablo.
   Un buen día en que Rodilardo por los tejados buscaba esposa, y mientras se entretenía con tales cosas, sucedió que las ratas se reunieron, deliberando sobre qué remedio tendrían sus descalabros. Habló así la más vieja e inteligente:
   —Nuestra desgracia tiene un remedio: ¡atémosle al gato un cascabel al cuello! Podremos prevenirnos cuando se acerque, poniéndonos a salvo antes que llegue.
   Cada cual aplaudió entusiasmada; esa era la solución ¡estaba clara! Mas, poco a poco, reaccionaron las ratas, pues ¿cuál iba a ser tan timorata? ¡Quién iba a atarle el cascabel al gato!


Una historia de alas
   Italo Svevo (Aron Hector Schmitz)

   Un hombre generoso había regalado sin falta pan a los pajaritos todos los días, durante muchos años, y estaba convencido de que abrigaban el mayor agradecimiento para con él. Los pajaritos lo consideraban un imbécil a quien durante tantos años habían podido robar el pan, sin que hubiese logrado capturar ni siquiera uno de ellos.


Esopo y el burro
   Gotthold Ephraim Lessing

   El burro dijo a Esopo: “Si vas a editar otra vez uno de esos cuentitos míos, haz que diga algo razonable y sensato”.
   “¿Cómo sería conveniente esto?”, dijo Esopo; “¿tú algo sensato? ¿No se diría luego que tú eres el maestro de la moral y yo el burro?”.
(Fábulas. Madrid: Gadir, 2008)



Una pequeña fábula
   Franz Kafka

   —¡Qué barbaridad! —dijo el ratón—. El mundo se vuelve cada vez más chico. Al comienzo parecía tan vasto que me daba miedo; corría grandes distancias y me sentía muy feliz si por último lograba divisar en la lejanía paredes a derecha e izquierda; pero estas paredes se unen tan rápidamente que de pronto me hallo en la última pieza, en la que, en un rincón, espera la trampa en la que caigo.
   —Deberías correr en otra dirección —dijo el gato, y se lo comió.
(Parábolas y paradojas. Buenos Aires: Longseller, 2000)


El cachorro de cazador
   Jaime Alberto Vélez

   El cachorro de un perro cazador decidió salir solo de cacería por primera vez. Con la lengua afuera y las grandes orejas arrastrando sobre la hierba, llegó al fin a la madriguera de una liebre.
   —¡Aug! ¡Aug! ¡Aug! —ladró.
   La liebre, asustada, salió a ver lo que ocurría.
   — ¿Aug? ¿Qué es eso? —dijo—. Ni siquiera sabes ladrar. Debería darte pena.
   El cachorro, no obstante, insistió:
   —¡Agú! ¡Agú! ¡Agú!
   La liebre lanzó una risotada.
   El cachorro se acercó otro poco y, sin inmutarse, respondió con un ladrido más enérgico que los anteriores:
   —¡Uga! ¡Uga! ¡Uga!
   Dominada por un acceso incontenible de risa, la liebre se dejó caer de espaldas al suelo. Entonces el cachorro se abalanzó sobre ella y le clavó los dientes en el cuello.
   Ahogándose sin remedio entre las pequeñas fauces, la liebre no alcanzó a decirle al cachorro que tampoco mordía como un verdadero perro cazador.
(El león vegetariano y otras historias. Bogotá: Alfaguara, 2000.)


Zorro quisquilloso
   Sa'dí de Shiraz
  

El zorro huía en tal estado que a cada momento se caía y se volvía a levantar. Alguien le preguntó:
   —¿Qué calamidad te ha sucedido para tener tanto miedo?
   —He oído que subyugan a los camellos —contestó.
   —¡So tonto! ¿Qué tienes que ver tú con el camello y en qué te asemejas a él?
   Entonces contestó:
   —Calla, que si los envidiosos dijeran de mí que soy un camello y fuese atrapado, ¿quién se molestaría en averiguar la verdad de mi identidad para liberarme?
(La rosaleda, siglo XIII. Barcelona: El cobre, 2007)




El artista
   Sławomir Mrožek

   El Gallo leyó un anuncio: “Se necesitan animales. Circo”.
   —Me presentaré —dijo doblando el periódico—. Siempre he querido ser artista.
   Por el camino hacía grandes proyectos:
   —Fama y dinero. O tal vez hasta viajes al extranjero.
   —Lástima que habrá que regresar —añadió el Zorro.
   —¿Regresar?, ¿por qué? En el extranjero firmaré un contrato con la Metro Goldwyn Meyer.
   El director lo recibió al aire libre, donde despachaba. Justamente estaban montando la carpa. El Zorro y yo nos quedamos por allí cerca.
   —Estoy encantado de que haya venido a vernos. ¿Puedo saber su apellido?
   —León —se presentó el Gallo tajante.
   —¿León? —se sorprendió el director—. ¿Está usted seguro?
   —También podría ser Tigre.
   —Bien. Entonces haga el favor de rugir.
   El gallo rugió como pudo.
   —No está mal, pero hay leones mejores que usted. Si quisiera hacer de gallo, sería otra cosa.  Entonces podría contratarle.
   —Yo no pienso hacer de pajarraco para su placer —se ofendió el Gallo.
   —Entonces, adiós.
   En el camino de vuelta, el Gallo callaba lúgubremente. Al fin, no aguanté más.
   —¿Qué demonios se te ha metido en la cabeza? ¿Por qué querías hacer de León?
   —¿Cómo que por qué? —contestó en su lugar el Zorro—. ¿Has visto alguna vez a un artista sin ambiciones?