Bienvenidos a la edición cibernética de la Revista Ekuóreo, pionera de la difusión del minicuento en Colombia y Latinoamérica.
Comité de dirección: Guillermo Bustamante Zamudio, Harold Kremer, Henry Ficher.

106. Bertolt Brecht II


Un breve diálogo

   En un merendero de la Alexanderplatz oí el siguiente diálogo:
   En torno a una mesa de mármol falso había tres personas de pie, dos hombres y una mujer mayor, bebiendo cerveza blanca. Uno de los hombres le dijo al otro:
   —¿De modo que ha ganado usted su apuesta?
   El interpelado lo miró a la cara en silencio y, a guisa de conclusión, se tomó un trago de cerveza. La mujer mayor dijo entre vacilante y atenta:
   —Usted ha adelgazado.
   El hombre que había callado un segundo antes, calló también esta vez. Y también esta vez observó interrogativamente al hombre que había iniciado el diálogo y que ahora lo cerró con estas palabras:
   —Sí, ha adelgazado.
   Este diálogo me pareció tan importante y denso como cualquier otro.
Narrativa 1913-1927


Crítica

   Hace unas semanas, una muchacha que estaba de pie, sola, bajo una arcada de la Münzstrasse, me gritó las ocho palabras siguientes: “¡Ahora se usan largos! ¡Cortos no! ¡Por favor!”. Al decir “¡Ahora se usan largos!”, hizo un largo gesto con la mano derecha, primero hacia abajo y luego paralelamente a la acera, como si quisiera invitarme a llevar una cola. Acompañó las palabras “¡Cortos no!” con otro movimiento de su mano, cuyo dorso acercó de golpe a mí, a la altura de mi cara y la suya, hasta unos diez centímetros de distancia y mantuvo un segundo en el aire, inclinando la cabeza oblicuamente hacia delante y mirándome sólo con su ojo izquierdo. La expresión “¡Por favor!” la soltó, en cambio, bruscamente, sin hacer ningún gesto ni demostrar el innegable interés cuya expresividad tanto habían acentuado las dos frases precedentes. Fue, sin embargo, la que mejor sonó, debido tal vez a su carácter puramente hostil. Pero de sus palabras saqué en claro que mis nuevos pantalones son demasiado cortos.
Narrativa 1913-1927



El muchacho indefenso

   Un transeúnte preguntó a un muchacho que lloraba amargamente cuál era la causa de su congoja.
   —Había reunido dos monedas para ir al cine —dijo el interrogado—, pero se me ha acercado un chico y me quitó una —y señaló a un chiquillo que estaba a cierta distancia.
   —¿Y no pediste ayuda? —preguntó el hombre.
   —Claro que sí —replicó el muchacho, sollozando con más fuerza.
   —¿Y nadie te oyó? —siguió preguntando el hombre, al tiempo que lo acariciaba tiernamente.
   —No —gimió el niño.
   —¿Y no puedes gritar más fuerte? —preguntó el hombre.
   —No —replicó el chico, mirándolo con ojos esperanzados, pues el hombre sonrió.
   —Entonces, dame la que te queda —dijo el hombre, y quitándole la última moneda de la mano, prosiguió despreocupadamente su camino.
Historias del señor Keuner


El señor Keuner y la marea

   Caminando por un valle, advirtió de pronto el señor Keuner que sus pies chapoteaban en el agua. Y al punto se dio cuenta de que su valle era en realidad un brazo de mar y de que se acercaba la hora de la marea. Se detuvo de inmediato para ver si descubría alguna barca, y no se movió del sitio mientras la esperaba. Pero, al no aparecer ninguna, abandonó sus esperanzas y confió más bien en que el agua no siguiera subiendo. Sólo cuando le llegó a la barbilla, abandonó también esta esperanza y se lanzó a nadar. Había descubierto que él mismo era una barca.
Historias del señor Keuner 


Exámenes de arte

   Ante la proliferación indiscriminada de gente que escribía, un gobierno filopopulista había instituido unos exámenes muy rigurosos para el ejercicio de ese arte. Se llevaba primero a los candidatos a través del mercado hasta un salón donde eran invitados a anotar, en una gran hoja, todo lo que hubieran observado. Unos funcionarios recogían luego esas hojas y distribuían otras en las que había que anotar más observaciones. Esto se repetía varias veces y al final sólo se autorizaba a ejercer públicamente el arte de escribir a quienes hubieran logrado llenar cierto número de hojas con sus observaciones. La situación mejoró algo a raíz de esto, pero aún distaba mucho de ser satisfactoria. Entonces, el gobierno organizó nuevos exámenes sólo para quienes hubieran aprobado ya los primeros. Se les devolvió sus trabajos junto con una sola gran hoja y se les pidió que esta vez resumieran sus observaciones en dicha hoja. Luego recogieron todas las hojas y repartieron otras, la mitad de grandes, para que hicieran lo mismo. Esta operación se repitió varias veces, con hojas cada vez más pequeñas, y al final sólo se autorizó el ejercicio público del arte de escribir a quienes lograron resumir el máximo de observaciones en el mínimo de líneas.
Me-ti. Libro de los cambios 


Mésalliance

   El rey Christian VII se casó con un ama de llaves. Cuando viajaban juntos por las provincias, hasta la baja nobleza mostraba cierto rechazo hacia la reina, quien por eso tuvo una vida difícil. Pero lo peor para ella fue que Christian se comportaba como un campesino en la mesa y en muchas otras circunstancias.
Narrativa 1927-1949


El médico Hunain y el califa

   El médico Hunain fue llamado a comparecer ante el califa, que deseaba veneno para sus enemigos. Ofreció al médico riquezas, si obedecía, y la cárcel, si ponía dificultades. Al cabo de un año de prisión, Hunain fue nuevamente arrastrado hasta el trono del califa. A un lado del trono habían amontonado tesoros; al otro, instrumentos de tortura. El califa señaló primero uno de los montones, luego el otro.
   —¿Cuál eliges? —preguntó.
   Hunain le respondió:
   —Yo sólo he aprendido el arte de curar y ningún otro.
   El califa le hizo una seña al verdugo, y Hunain, sintiendo llegar su última hora, dijo:
   —El día del juicio Dios me recompensará. Si el califa quiere pecar, es asunto suyo.
   La sonrisa del califa rompió la tensión. Nunca había pretendido herir al médico. Sólo quiso poner a prueba su honorabilidad.
Narrativa 1927-1949