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89. Tomás Borrás - Cuentos gnómicos



Tomás Borrás (Madrid, 1891-1976) denominó “gnómicos” a cuentos muy breves, de los cuales publicó un total de 203 en sus trece libros de narraciones.
La editorial Anthropos de Barcelona, con el fin de remediar el desconocimiento en que se lo tiene, acaba de publicar (2013) el libro Cuentos gnómicos, una selección de 64 de sus textos, con una introducción de Javier Barreiro, un estudio biográfico de José Antonio Martín O. y un análisis literario de Miguel Pardeza.
Acá publicamos una selección de 7 textos, tomados del libro en mención.






Definición

   El profesor de derecho político interpuso los lentes entre el programa y su rostro.
   —“Democracia. Sistema democrático” —leyó.
   Los alumnos afilaban sus lápices y el profesor afilaba el brillo de sus lentes sobando los cristales con el pañuelo.
   —Comprenderán ustedes el sistema democrático, mejor que con una explicación difusa, con un ejemplo concreto.
   Tocó el timbre y, a la llamada, abrió la puerta el bedel.
   —Traiga el paquetito.
   El bedel volvió al instante con un plato y un envoltorio. Levantóse el profesor a dejar el plato en el suelo; del envoltorio sacó unas berzas y un trozo de solomillo; refregó los vegetales con la carne, untándolos en grasa, y, después de guardar el trozo sangrante, echó las berzas en el plato. Los alumnos tomaban notas.
   —Ahora, traiga el perro —ordenó el profesor al bedel.
   Un chucho hambriento entró husmeando. El olor de la carne atrajo su nariz. Apreció el sabor de las berzas y se las comió glotonamente.
   —Señor Espejo —invitaba el profesor al más listo de la clase—, díganos en qué consiste el sistema democrático.
   El más listo de la clase se puso en pie:
   —Democracia es el arte que usan los políticos para que el pueblo trague berzas creyendo que come solomillo.
   El Profesor interceptó con los lentes el camino de su mirada al programa.
   —Muy bien. Pasemos a otra lección —dijo, sin más comentario.
[1940]


Alas del mismo pájaro

   Tanto se amaban que lograron de la Suma Bondad su más ferviente deseo: ser alas del mismo pájaro. Así, jamás se separarían, unidos en un cuerpo, diferentes y libres. Bogaban por las atmósferas radiantes y cortaban en su vuelo la luz de los astros; sobre el mundo, embriagados del perfume de los bosques y de los jardines emanado hacia la albura y del sabor del mar que impregna las nubes. Alas del mismo pájaro, del pájaro del Amor, Él y Ella, unánimes, sentían esa dicha buscada de alentar y pensar hermanados, de que empujara la misma sangre el de su acción simultánea, de entregarse al deliquio de soñar horizontes con un solo espejismo.
   Hasta que un cazador disparó sobre el pájaro, certero. Una de las alas, cortada brutalmente, planeó por el espacio, palpitante de angustia. El pájaro, abatido, fue botín del cazador, quien puso al mutilado en una jaula para recrearse en su dolor. El pájaro, con una de sus alas solamente, desesperábase, golpeaba los barrotes de la jaula para huir. El ala cortada iba loca por el aire en busca de su mitad; acercándose a la jaula pretendía forzar los hierros y unir su destino y su carne al prisionero. Y así vivían, sin su logro, como todos los amantes.
[1946]


La niña y el espejo

   Aquella niña que se cría en el bosque encuentra un espejo, redondo. Inclinada sobre el espejo redondo, ve un rostro que la mira con curiosidad.
   —¿Cómo te caíste al pozo, pequeñita? —pregunta la infantil a la que emerge entre la lámina pálida.
   No le contesta. Y la niña que se cría en el bosque murmura con tristeza:
   —Está ahogada con los ojos abiertos.
[1950]


El logro imposible

   La mujer del poeta no conocía aún los versos de su marido. Hasta que con cautela, en una ausencia del poeta-esposo, los extrajo del escondite. Y empezó a leer. Y se echó a llorar con el más desconsolado desconsuelo.
   “Tu cadencia que ondula en mar, tu sonante paso de agua fresca en la corriente”.
   “Tu hermosura de alba que se inclina sobre mi avidez”.
   “Tus mariposas de pereza en la mirada entredormida”.
   “Tu frío estremecido en los ardores”.
   “En la concavidad de tu frente se forman las imágenes del mundo”.
   “Tus manos separan, para mí, caminos de altura, sin peso”.
   “Toda eras fluente, renovada; traes los lejos como un fruto a mi mano, con sólo deslizar la yema de tus dedos sonrosados entre los labios del deseo”.
   “Has de ordenar para mí oscuros capullos de misterio entre tus cuencos de porcelana”.
   “Maternal y virginal, amor de sombra morada, risa que entreabre la nube descorriéndola ante el sol, mano en eterno quizá, boca de las irisaciones, ofrecimiento maduro, cuerpo de estío, fresco, cálida espiga”.
   Aterrada, la mujer del poeta daba sus clamores:
   —¡Me exige que sea tanto; es tanto lo que pretende de mí!... Yo no soy más que una mujer de carne y hueso, una mujer de tantas, que guisa y charla por teléfono y le gusta coserle la camisa; una mujer solamente. Nunca podré alcanzar lo que se imagina. ¡Oh, fracaso, fracaso!...
   Hizo la maleta y se marchó.
[1954]



La buena educación

   Llegó la señora de visita y sus amigos la recibieron con sus acostumbrados distinguidos modales; el padre, la madre y los tres hijos mayores, semicírculo de actitudes atentas hacia la señora, puesta en el centro del sofá frente a la curva de sillones.
   —¡Oh, sí, los sueños son muy raros! Anoche, precisamente, soñé que me había convertido en vaca. Pues, nada, que me despertaba y, sin saber cómo, yo era una vaca. Y arreglaba el cuarto y salía a la calle, iba de compras y, lo inaudito, yo era una vaca…
   —Sí, los sueños son tremendos —aseveró la dueña de la casa.
   —Tremendos —reforzó el cabeza de familia.
   —Los sueños… Algunos sueños… Hay sueños… —conjugaban entre dientes los tres hijos mayores.
   Al despedirse la señora, le hicieron desde la puerta las habituales ceremonias de urbanidad. Y cada cual se dirigió a su cuarto, sin comentar —hubiera sido de mala educación— que, en efecto, la señora aquélla se había convertido en vaca.
[1954]


El origen del cacto

   El empleadillo recibió la reprimenda de su jefe, aprendiéndose bien la lección:
   —¡Usted no tiene que tomarse iniciativas! ¡Usted tiene que preocuparse únicamente de lo que yo deseo!
   A su vez —el empleadillo lo sabía—, ese jefe había sido llamado al orden por el que era su jefe:
   —¡Usted no se permita opinar! Usted lo que ha de hacer es preguntarse a sí mismo: “¿Qué haría mi jefe en este caso?”. Y hacerlo. Porque —el empleadillo no lo ignoraba— el jefe del jefe de su jefe hizo comparecer en su despacho a su inmediato inferior para una sofrenada:
   —¡Cuidado con permitirse licencias de interpretación! ¡Usted se pone en mi lugar cuando redacte el dictamen! ¡Y lo que raciocine que yo resolvería es lo que se cumple!
   Por lo que el empleadillo, asustado y aleccionado, procuró adaptarse al pensamiento del primer jefe, sospechado por el segundo, deducido por el tercero y que él, empleadillo, había de realizar en sus minutas. Lo más difícil que se ha inventado es pensar con la cabeza de otro. Al empleadillo, del esfuerzo de meditar sobre lo que hubiera meditado su jefe, le salió otra cabeza lateral; y le nació otra cabeza sobre el cogote cuando ahincadamente calculaba lo que el jefe de su jefe desearía en un punto concreto el expediente; y una tercera cabeza, algo más alta, le brotó al investigar sobre el juicio del jefe de los otros dos jefes. Y se convirtió en cacto. Y este es el origen del cacto y no otro.
[1954]


Tal como están las cosas

   Las grandes dolencias y las especialidades costaban un ojo de la cara, y las del ojo de la cara el otro ojo de la cara. Estar enfermo de cuidado no lo soportaban más que los ricachos. Lizásaro visitaba, uno tras otro, doctores y más doctores. Presentábanle cuadros clínicos, le explicaban las mejores complicaciones, las intervenciones quirúrgicas de postín con cuya relación podría enorgullecerse ante los amigos y achicarlos… Nada soportable por su escuálida cartera. Una enfermedad baratita no la había. ¡Ha subido tanto el precio de cualquier menudencia! Cuanto más, mercancía tan importante como ponerse enfermo. Así cavilaba Lizásaro.
   Por fin, encontró un médico que le dejaba una dispepsia, medio año de enfermedad, en setecientas cincuenta y tres pesetas, fármacos incluidos. Decidióse el empleadillo con gesto de satisfacción. Ya su dinero podía hacer frente a una dolencia. Doce años de salud; era seguro que quebrase. A esperar la dispepsia, que es oculta y elegante. Tal como están las cosas —seguía cavilando— ni podía elegir ni aspirar a más. Los pobres se deben conformar. Y menos mal que no tuvo que humillarse a escoger unos sabañones, tan ordinariazos: sesenta y cuatro pesetas en la tarifa…
[1958]