Bienvenidos a la edición cibernética de la Revista Ekuóreo, pionera de la difusión del minicuento en Colombia y Latinoamérica.
Comité de dirección: Guillermo Bustamante Zamudio, Harold Kremer, Henry Ficher.

85. Ajedrez

Editor invitado: Eduardo Serrano Orejuela

Ajedrez

   Dícese que en el siglo V un brahmán indio, llamado Sisla, o Sissa, inventó este precioso juego: y tanto hubo de gustar el rey Sirham de la invención, que invitó al brahmán a que solicitase por ella la remuneración que fuera más de su agrado. El inventor entonces solicitó no más que un grano de trigo por la primera casilla del tablero, dos por la segunda, cuatro por la tercera y así sucesivamente, doblando hasta la sesenta y cuatro. Modesta parecía a primera vista la recompensa, hasta que hecho el cálculo se vio que para satisfacer la petición de Sissa, era preciso que el reino se compusiera de 16.384 ciudades, en cada una de las cuales hubiera 4.080 graneros, y que cada uno de éstos contuviera 174.762 medidas de trigo, cada una de ellas de 32.768 granos.
(Diccionario enciclopédico hispanoamericano Tomo I, pág. 727)


Piezas de ajedrez de la isla de Lewis

La sombra de las jugadas
   Edwin Morgan

   En uno de los cuentos que integran la serie de los Mabinogion, dos reyes enemigos juegan al ajedrez, mientras en un valle cercano sus ejércitos luchan y se destrozan. Llegan mensajeros con noticias de la batalla; los reyes no parecen oírlos e inclinados sobre el tablero de plata, mueven las piezas de oro. Gradualmente se aclara que las vicisitudes del combate siguen las vicisitudes del juego. Hacia el atardecer, uno de los reyes derribó el tablero, porque le han dado jaque mate y poco después un jinete ensangrentado le anuncia:
   —Tú ejército huye, has perdido el reino.
(Borges/Bioy. Cuentos breves y extraordinarios, p.72)


Juego real
   Hoover Delgado

   “Mi reino por un caballo”, dijo el rey, pero no alcanzó a escapar. Una mano poderosa lo derribó sobre los mármoles blancos y negros del palacio, y la boca dueña de la mano se elevó en el cielo para tronar: “Tu reina por mi caballo. Mate”.


Rey - Isla de Lewis
Orgía
   Aymer Waldir Zuluaga Miranda

   La Reina, arrinconada, sabe con certeza que dentro de poco le caerán encima los peones. En la oscuridad, uno a uno, invadirán su majestuosa figura. La tocarán, la palparán, la tentarán y gozarán de ella en persistente aquelarre. Alguien debe poner orden en ese tablero de ajedrez recién cerrado.


Juego genial
   Guillermo Bustamante Zamudio

   Las enciclopedias constatan la inconsistencia de las versiones sobre el nacimiento del ajedrez.       Queda claro que no tuvo un origen único y que, gracias a un proceso de transformación constante, llegó al estado en que hoy lo conocemos, con sus ingeniosas e infatigables posibilidades.
   Una de las mutaciones es la desaparición de una pieza y sus funciones específicas. Hoy sabemos de parejas de alfiles, caballos y torres, además de peones, rey y dama. Pues bien, parece que, entre el alfil y la dama, antes existía otra pieza: el gato. Uno solo era suficiente.
   El gato no tenía reticencia en orinar el vestido de la dama, desobedecer al rey y hacer mofa de la solemnidad del alfil. Empujaba a los peones en formación, arañaba al caballo y cazaba pájaros encima de las torres. Era muy difícil sorprenderlo en la contienda. Debía ser eliminado siete veces. 
   No avisaba jaque. Tomaba piezas en cualquier dirección como resultado de perplejantes saltos acrobáticos. En el gato del otro bando no veía un enemigo: era frecuente encontrarlos en rochela hacia el centro del tablero o remoloneando a la sombra de las piezas vencidas en batalla.
   Tan maravillosa pieza del ajedrez se sacrificó, no sin sonoras quejas —y pese al respeto que culturas orientales brindan al animalito—, a nombre de la seriedad que hoy caracteriza al juego.
(Convicciones y otras debilidades mentales. Cali: Secretaría de cultura y turismo, 2003)


Reina - Isla de Lewis
Traición
   Miriam Frontalini

   La guerra se perdió y el rey cayó al piso con la garganta rebanada. El enroque falló cuando el guardia de la torre escapaba en un caballo, con la reina del enemigo.


Ajedrez infinito
   Luis Fayad

   El hombre efectuó su jugada sobre el tablero de ajedrez.
   —Jaque mate —le dijo a Leoncio.
   Él observó la posición de las piezas. Junto a su rey estaba la dama enemiga, un peón la apoyaba, un alfil dominaba la gran diagonal y la amenaza de un caballo cubría dos casillas. De la columna del rey, posible escapatoria, se había apoderado una torre. Sin embargo, Leoncio dijo:
   —Todavía no es mate.
   El contrario miró el tablero sin analizarlo y levantó de nuevo los ojos. Tenía apenas la sonrisa del buen vencedor que le ofrece puente de plata al vencido. Leoncio le dijo:
   —No estamos jugando con límite de tiempo. Yo puedo demorar mi respuesta.
   —Dentro de un siglo seguirá siendo jaque mate —repuso el contrario.
   —Quizá —dijo Leoncio—, pero es posible que dentro de más tiempo las leyes o la idea del mundo no sean las mismas y yo pueda contestar la jugada.