Bienvenidos a la edición cibernética de la Revista Ekuóreo, pionera de la difusión del minicuento en Colombia y Latinoamérica.
Comité de dirección: Guillermo Bustamante Zamudio, Harold Kremer, Henry Ficher.

80. Jardín zen I



   Tanzan y Ekido recorrían un camino embarrado, bajo una fuerte lluvia.
   Al doblar un recodo, se encontraron con una hermosa muchacha, vestida de kimono y faja de seda, que era incapaz de cruzar el camino.
   Entonces, tomándola en brazos, Tanzan la llevó por encima del fango.
   Ekido no volvió a hablar. Cuando en la noche llegaron al templo que les alojaría, ya no pudo contenerse:
   —Los monjes no nos acercamos a las mujeres, sobre todo a las que son jóvenes y encantadoras. Es peligroso. ¿Por qué has hecho eso?
   —Dejé a la chica allí —replicó Tanzan—. ¿Es que tú todavía la llevas a cuestas?




   Un hombre que cruzaba un campo se encontró con un tigre. Huyó y el tigre corrió tras él. Al llegar a un precipicio, se agarró a la raíz de una vid silvestre y quedó colgando del borde. El tigre le olisqueaba desde arriba. El hombre, tembloroso, bajó la vista y vio que, al pie del precipicio, otro tigre aguardaba para devorarle. Sólo la vid le sostenía, pero ahora dos ratones se pusieron a roerla poco a poco.
   Mientras tanto, el hombre vio una suculenta fresa cerca de él. Aferrándose a la vid con una mano, arrancó la fresa con la otra. ¡Qué sabor tan dulce tenía!




   En un templo zen vivían dos monjes hermanos: el mayor era instruido, mientras que el menor era de cortas luces, además de ser tuerto.
   Un día se presentó un monje errante. Siempre que plantee un debate sobre budismo y venza a los residentes, cualquier monje errante puede alojarse en un templo zen. Si sale derrotado, tiene que marcharse.
   El hermano mayor, cansado aquel día tras largas horas de estudio, le dijo al menor:
   —Ve y enfrenta el debate, en silencio.
   Así pues, el joven monje y el forastero fueron al santuario y tomaron asiento. Poco después, el viajero se levantó, fue a ver al hermano mayor y le dijo:
   —Tu hermano menor me ha derrotado. Es una persona admirable.
   —Cuéntame el diálogo —pidió el mayor.
   —Primero alcé un dedo, que representaba a Buda, el iluminado. Él alzó dos dedos, que significaban Buda y su enseñanza. Alcé tres dedos, representando a Buda, su enseñanza y sus seguidores. Entonces, él agitó el puño cerrado ante mi cara, lo cual indicaba que los tres salen de una misma comprensión. De este modo ha ganado. No tengo derecho a quedarme aquí.
   Dicho esto, el viajero se marchó.
   El hermano menor llegó corriendo:
   —¿Dónde está ese tipo?
   —Se fue, pues tú le ganaste.
   —Nada he ganado… ¡Voy a partirle la cara!
   —Háblame sobre el debate —le pidió el mayor.
   —Pues mira: nada más verme, alzó un dedo, insultándome por tener un solo ojo. Como era un forastero, fui cortés con él y alcé dos dedos, felicitándole por tener dos ojos. Entonces, ese desgraciado alzó tres dedos, sugiriendo que entre los dos sólo teníamos tres ojos. Así que me enfurecí y me dispuse a pegarle… ¡pero él salió corriendo!




   “Como estoy ciego, no puedo ver la cara de una persona, y debo juzgar su carácter por el sonido de su voz. En general, cuando oigo a alguien felicitar a otro por su felicidad o su éxito, también oigo un tono de envidia secreta. Cuando se expresa condolencia por la desgracia ajena, percibo placer y satisfacción, como si el que se compadece estuviera en realidad contento porque queda algo de lo que él puede aprovecharse”.




   El maestro de escuela solía echar la siesta cada tarde. Los niños le preguntaban por qué lo hacía.
   —Voy a la tierra de los sueños —respondía—, para reunirme con los sabios antiguos, como hacía Confucio. 
   Un día hacía un calor terrible, por lo que algunos discípulos echaron la siesta. Como el maestro los regañara, ellos explicaron:
   —Hemos ido a la tierra de los sueños para conocer a los sabios antiguos, como hacía Confucio.
   —Y cuál ha sido el mensaje de esos sabios —inquirió el maestro.
   Entonces, uno de los discípulos respondió:
   —Fuimos al país de los sueños, nos reunimos con los sabios y les preguntamos si nuestro maestro de escuela iba allí cada tarde, pero ellos dijeron que jamás habían visto a esa persona.




      Un alumno preguntó a Sozan, maestro de zen chino:
      —¿Cuál es el objeto más valioso del mundo?
      —La cabeza de un gato muerto —respondió el maestro.
      ¿Por qué? —inquirió el estudiante.
      —Porque nadie puede decir su precio —replicó Sozan.




   Yamaoca Tesshu, joven estudiante de zen, visitó a un maestro tras otro. Un día se presentó ante Dokuon de Shokoku. Deseoso de mostrarle su talento, le dijo:
   —Al fin y al cabo, la mente, Buda, los seres sensibles no existen. La verdadera naturaleza de los fenómenos es el vacío. No hay realización ni engaño ni sabios ni mediocres. No hay nada que dar y nada que recibir.
   Dokuon, que estaba fumando tranquilamente, no decía nada. De repente, golpeó a Yamaoca con su pipa de bambú. El joven se mostró muy enojado.
   —Si nada existe —inquirió Dokuon—, ¿de dónde sale de esa cólera?


* Todos los textos fueron tomados de 101 cuentos zen - Al cuidado de Nyogen Senzaki y Paul Reps. Círculo de Lectores