Bienvenidos a la edición cibernética de la Revista Ekuóreo, pionera de la difusión del minicuento en Colombia y Latinoamérica.
Comité de dirección: Guillermo Bustamante Zamudio, Harold Kremer, Henry Ficher.

78. Escritores cubanos - Máquina de isla I


Editor invitado: Aliex Trujillo



“… la llave para echar a andar las máquinas de lo visible nos parecería esta sentencia: Haced un pequeña iglesia católica. Visible del procesional y visible de la mansión implorante. Visible fundamentación de la torre y visible fuego oracional que asciende por la agujeta. "
(Lezama Lima en; Tratado en La Habana, ed. cit. p. 121)


El dinosaurio
   Reinhardt Jiménez Cañete

   Se sintió un poco nervioso. Hoy demostraría que todos estaban equivocados. Él no era la prolongación de un sueño. Ya lo había decidido. Me comeré al hombre, se dijo. La idea le tranquilizó por un momento, después recordó algo terrible. El hombre estaba dormido.


De la torre
   Eliseo Diego

   El cazador, echado en el suelo pétreo del valle, sueña. Sueña un león enorme. Irritado comprueba en el sueño que su bestia apenas tiene forma. En un esfuerzo que estremece su cuerpo logra diferenciarle las pupilas, las cerdas de la melena, el color de la piel, las garras. De pronto despierta aterrado al sentir un peso fatal en el cráneo. El león le clava los colmillos en la garganta y comienza a devorarlo.
   El león, echado entre los huesos de su víctima, sueña. Sueña un cazador que se acerca. Su rabia le hace aguardarlo sin moverse, esperar a distinguirlo enteramente antes de lanzarse a destruirlo. Cuando por fin separa las venas tensas en las manos, despierta y es demasiado tarde. Las manos llevan una fuerte lanza que le clavan en la garganta rayéndola. El cazador lo desuella, echa los huesos a un lado, se tiende en la piel, sueña un león enorme.
   Los huesos van cubriendo todo el valle, ascienden por la noche en una alta torre que no cesa de crecer nunca.


José Lezama Lima


El baúl
   Lenier Danilo Delgado

   Sentado frente al baúl meditó unos segundos. Quitó como pudo la mayor parte del polvo y abrió con cuidado el antiguo candado de bronce. Levantó receloso la tapa y quedó paralizado ante aquel hombrecito que sujetaba una caja en sus manos y lo miraba fijamente. Temió que la brusquedad de su voz afectara los oídos diminutos. Por eso pensó en susurrar, cuando de pronto, se escuchó un ruido extraño, metálico y una luz incandescente inundó el lugar.
   Desde lo alto dos ojos lo miraban, desbordados de asombro.


El reloj
   Sigrid Victoria Dueñas

   Yo vivo en un sitio muy especial. Es el único lugar de Cuba donde cae nieve en invierno y los dependientes son siempre amables. Todo gracias a los Cuentos. Sí, además de personas y animales, en mi Ciudad viven Cuentos. Es culpa de ellos que todo sea tan loco por aquí, y que a veces pasen cosas tan extrañas como cuando se detuvo el tiempo. En el centro de nuestra plaza hay un enorme Reloj de Arena. Según el maestro de historia, el fundador lo construyó primero, y alrededor suyo hizo todo lo demás. Claro, no es el único, para saber la hora hay montones de digitales, relojes de cuerda… Sin embargo, si no cae el granito de arena correspondiente no hay reloj que se atreva a caminar, porque en mi Ciudad las horas, los minutos y los segundos son muy respetuosos de la tradición. Pues bien, un amanecer, el más travieso de los cuentos que aquí viven, el preferido de los niños, decidió intervenir en este orden. Se transformó en un martillo gigante e hizo astillas el cristal del Reloj. Una ola de arena se regó por la Ciudad, y las horas, los minutos y los segundos se lanzaron espantados detrás de los granitos, que saltaban alegremente después de un encierro de siglos. Para cuando se restableció una disciplina en el tiempo, el Sol, indiferente a magias y a cuentos divertidos, ya estaba a punto de irse a dormir. Nuestro Cuento Favorito fue castigado y no lo vimos en una semana completa, pero aquel día memorable no tuvimos que ir a la escuela.


Diámetro
   Julio César Jiménez

   Ese día, Ernesto vio dos cartas bajo la puerta. Alegre, reconoció el sobre de una, y rápido abrió la otra. Esa decía: Llegaron las cartas. Nos vamos. Firma: Todos. Abrió la puerta. No había nadie. Ni vecinos, ni vendedores ambulantes, ni los muchachos de la esquina. Nadie. Fue hasta casa de Mandy, de Odalys, de Iván, de Beto, corriendo por las calles desiertas, sin tráfico, viendo los parques vacíos, las casas cerradas. Se detuvo. Miró los sobres y comenzó a llorar y reír a la vez, sintiendo que lo hacía por adelantado. Desconsolado con esa idea siguió a su casa, ahora que ya no habría nadie a quién decirle que él también se iba, que le había llegado la carta.


El proceso
   Julio César Castellón Sarduy

   Alicia, tendida sobre el césped, ve pasar al conejo blanco. Sigue su rastro hasta el borde del hoyo. Hurga tanto como puede en su interior, pero resbala y se precipita adentro. Ya en el fondo, despierta en medio de una oscuridad densa. El aire se le antoja como el de los locales cerrados. La suposición se confirma después de recorrer a ciegas el perímetro, apoyando las manos contra la pared. Tiene náuseas. Descubre, por accidente, el foso enorme en medio del piso. En lo alto de la habitación se abre una escotilla y la navaja gigantesca desciende atada a una cuerda. El mecanismo se acciona y las paredes comienzan a moverse reduciendo el volumen. El péndulo oscila. Cada vez más cerca. Alicia entra en pánico. Por la escotilla acaba de asomarse el conejo blanco. ¡Córtenle la cabeza!, grita despótico y aguarda el desenlace.


Fábula de la mariposa mágica
   José Miguel Sánchez (Yoss)

   Cierto hechicero (que no se llamaba Chuang-Tzu ni había nunca soñado que era una mariposa) era célebre por sus sortilegios. Un día, un joven ambicioso acudió a él y le rogó que le enseñara magia.
   —Antes, deberás convencerme de que eres digno de ser mi aprendiz —le respondió el sabio taumaturgo, entregándole una maceta con una frondosa planta, en una de cuyas hojas brillaba bien visible un punto blanco—. Cuida como de tu propia vida de la oruga que nacerá de este huevo, y de la mariposa en la que se convertirá, y ya veremos.
   El joven retornó a su hogar con la maceta y la vigiló con fervor. A la semana fue encantado testigo de la eclosión del huevo en un brillante gusanillo rojo con rayas verdes, que comenzó inmediatamente a comerse las hojas de la planta.
   Durante los siguientes quince días la oruga comió sin descanso y creció en correspondencia. Por cuidarla, el joven enflaqueció y en su rostro aparecieron dos enormes ojeras, pero logró evitar que una mantis y una araña devoraran al animalejo, así como que varios pájaros la picotearan.
   Al decimosexto día, la ya enorme oruga verdeamarilla se colgó de una de las ramas desnudas de la planta, envolviéndose en un capullo de seda, y quedó inmóvil.
   Cuando la crisálida se rompió, una mariposa diferente a cualquier especie conocida extendió al aire sus alas multicolores y de cambiantes motivos. El joven la contempló arrobado, sintiéndose más cerca que nunca de volver realidad su ambición de ser mago.
   Entonces, para su consternación, la gran mariposa echó a volar.
   El saltó y la atrapó con sus manos desnudas. Pero el voluminoso insecto, preso en la jaula de sus dedos, revoleteaba frenético, así que apretó más su presa…
   Y de pronto no hubo más mariposa, sino únicamente un fino polvillo colorido de sus alas que, filtrándosele entre los dedos, cayó al suelo, donde compuso letra a letra esta sentencia:
   “Quien crea que cuidar de la belleza otorga el derecho a privarla de la libertad, solo merece ver cómo sus ilusiones se vuelven polvo”.