Bienvenidos a la edición cibernética de la Revista Ekuóreo, pionera de la difusión del minicuento en Colombia y Latinoamérica.
Comité de dirección: Guillermo Bustamante Zamudio, Harold Kremer, Henry Ficher.

75. Animales prosaicos II



La máquina de matar
   José Emilio Pacheco

   La araña coloniza lo que abandonas. Alza su tienda o su palacio en tus ruinas. Lo que llamas polvo y tinieblas, para la araña es un jardín radiante. Gastándose, erige con la materia de su ser reinos que nada pueden contra la mano.
   Como los vegetales, crecen sus tejidos nocturnos: morada, ciudadela, campo de ejecuciones.  Cuando te abres paso entre lo que cediste a las arañas, encuentras el fruto de su acecho: el cuerpo de un insecto, su cáscara suspendida en la red como una joya. La araña le sorbió la existencia y tal vez ofrece el despojo para atemorizar a sus vasallos. También los señores de horca y cuchillo exhibían en la plaza los restos del insumiso. Y los nuevos verdugos propagan al amanecer, en las calles o en las aguas envenenadas de un río, el cadáver deshecho de los torturados.
(Revista Escandalar. New York, enero-marzo de 1979)



La jirafa
   Juan José Arreola

   Al darse cuenta de que había puesto demasiado altos los frutos de un árbol predilecto, Dios no tuvo más remedio que alargar el cuello de la jirafa.
   Cuadrúpedos de cabeza volátil, las jirafas quisieron ir por encima de su realidad corporal y entraron resueltamente al reino de las desproporciones. Hubo que resolver para ellas algunos problemas biológicos que más parecen de ingeniería y de mecánica: un circuito nervioso de doce metros de largo; una sangre que se eleva contra la ley de la gravedad mediante un corazón que funciona como bomba de pozo profundo; y todavía, a estas alturas, una lengua eyéctil que va más arriba, sobrepasando con veinte centímetros el alcance de los belfos para roer los pimpollos como una lima de acero.
   Con todos sus derroches de técnica, que complican extraordinariamente su galope y sus amores, la jirafa representa mejor que nadie los devaneos del espíritu: busca en las alturas lo que otros encuentran al ras del suelo.
   Pero como finalmente tiene que inclinarse de vez en cuando para beber el agua común, se ve obligada a desarrollar su acrobacia al revés. Y se pone entonces al nivel de los burros.
(Confabulario. México: Fondo de Cultura Económica, 1995)


Ernst Haeckel


El zancudo
   Luis Jochamowitz

   Nadie subestime al zancudo. Toda ventana abierta es una invitación para él, que ha nacido afuera, en la charca, pero aspira a las más suaves carnes, a los cuellos y a la dulzura de los párpados infantiles.
   De puro agudo cualquier noche se descuelga por los geranios y penetra en el dulzón calor ambiental de los humanos. En las cerradas madrugadas sin sueño es fascinante descubrirlo al llegar. Es un atacante atrevido que se delata por la trompeta, aunque no le falta sigilo. Cae en un vuelo de espora librada al aparente azar de los vientos. Parece inocente, pero en realidad tiene un pérfido vuelo de geómetra. Por un momento contrólense las ganas de aplastarlo, se verán sus trayectorias cortas y rectas, los esquives de cada línea, rulo o ventarrón hasta que se posa en el punto exacto. El zancudo jamás camina. Un milímetro de piel lo separa del manantial oculto, un milímetro de pellejo que penetra como si fuera manteca. Aspira hasta ponerse rojo.
   Ahora sí, ha llegado el momento de aplastar. ¿Alguien se opone?, ¿algo se puede aprender de este rabdomante de la sangre? La combustión interna de los hematíes en ese cuerpo de hilacha debe ser toda una lección de química orgánica.
(Contradicciones. Bogotá: Peisa/Arango, 1999)



Apuntes para ser leídos por los lobos
   René Avilés Fabila

   El lobo, aparte de su orgullosa altivez, es inteligente, un ser sensible y hermoso con mala fama, acusaciones y calumnias que tienen más que ver con el temor y la envidia que con la realidad. Él está enterado, mas no parece importarle el miserable asunto. Trata de sobrevivir. Y observa al humano: le parece abominable, lleno de maldad, cruel; tanto así que suele utilizar proverbios tales como: Está oscuro como boca de hombre, para señalar algún peligro nocturno, o El lobo es el hombre del lobo, cuando este animal llega a ciertos excesos de fiereza semejante a la humana.



Vida de la araña real
   Henry Michaux

   La araña real destruye su ambiente por digestión. ¿Y cuál digestión se preocupa por la historia y las relaciones personales del digerido? ¿Qué digestión pretende consignar todo esto por escrito?
   La digestión obtiene virtudes que el mismo digerido ignoraba, y de tal modo esenciales, que sus restos son pura pestilencia. Huellas de corrupción ipso facto ocultadas bajo la tierra.
   Por regla general, se aproxima como amiga. No es más que dulzura y tierno deseo de comunicación. Pero tan implacable es su ardor, y su boca inmensa desea tanto auscultar el pecho del prójimo (y su lengua siempre tan inquieta y tan ávida) que finalmente acaba por tragárselo todo.
   ¡Cuántos forasteros han sido ya devorados!
   Sin embargo, la araña se desespera cuando sus brazos no encuentran nada por estrechar. Va pues en busca de una nueva víctima. Aquella que mientras más se debate, más exaspera su afán de conocimiento. Poco a poco la introduce en sí misma, y la coteja con todo lo que en ella puede haber de más importante y valioso. Y nadie podría dudar de que esta confrontación aporta una luz definitiva.
   Aunque el confrontado se abisme en una naturaleza de movilidad infinita y la unión se consume a ciegas.



Ernst Haeckel
El sapo
   Jules Renard

   Nació en una piedra. Vive debajo. Y bajo ella cavará su tumba.
   Lo visito con frecuencia. Y cada vez que levanto su piedra tengo miedo de encontrarlo y miedo de que ya no esté.
   Está.
   Allí escondido en su yacija. Seca, limpia, estrecha y a su gusto. La ocupa plenamente, hinchado como una bolsa de avaro.
   Si la lluvia lo hace salir, viene y se coloca delante de mí. Unos cuantos saltos pesados. Luego se detiene sobre sus muslos y me mira con ojos enrojecidos. Si el mundo injusto lo trata como a leproso, yo no temo ponerme en cuclillas frente a él, y aproximo al suyo un rostro de hombre.
   ¡Para acariciarte, sapo, sólo me hace falta vencer el último escrúpulo asqueroso!
   Cosas peores hay que tragarse en la vida.
   Pero ayer me faltó el tacto. Sus verrugas habían estallado y el sapo fermentaba y sudaba. Le dije:
   —Pobre amigo, no quiero ofender. Sin embargo, ¡válgame Dios!, eres feo…
   Abrió con cálido aliento la boca pueril y desdentada, y me respondió con un ligero acento inglés:
   —¿Y tú?



El pez volador
   Rafael Pérez Estrada

   El pez volador es el primer destello en la creación de los ángeles.
   Dios, a quien le está permitido corregirse a sí mismo, se siente tentado de crear unos espíritus que habrán de habitar el reino de las aguas. Ellos serán la eterna claridad de los mares, y su belleza un canto al Creador y a la creación. Sin embargo, un meditar más profundo y el conocimiento del riesgo que pudieran sobrevenirles a aquellas criaturas, dada la voracidad de la fauna marina, hace, en el último instante del primer día, que el Hacedor confíe sus ángeles a las zonas celestes de lo etéreo. Y en el mar queda para siempre la humildad bellísima de un pez, boceto nunca corregido de una primera idea, que en su nada, de vez en cuando, vuela sobre las aguas, esperando inútilmente alcanzar lo más alto de lo alto.
(Libro de los reyes)