Bienvenidos a la edición cibernética de la Revista Ekuóreo, pionera de la difusión del minicuento en Colombia y Latinoamérica.
Comité de dirección: Guillermo Bustamante Zamudio, Harold Kremer, Henry Ficher.

73. Escritores argentinos IV


Editor invitado: Raúl Brasca

Zoología fantástica
   Luisa Valenzuela
   (1938)


   Un peludo, un sapo, una boca de lobo. Lejos, muy lejos, aullaba el pampero para anunciar la salamanca. Aquí, en la ciudad, él pidió otro sapo de cerveza y se lo negaron:
   —No te servimos más, con el peludo que traés te basta y sobra…
   Él se ofendió porque lo llamaron borracho y dejó la cervecería.
   Afuera, la noche oscura como boca de lobo. Sus ojos de lince le hicieron una mala jugada y no vio el coche que lo atropelló de anca. ¡Caracoles!, el conductor se hizo el oso. En el hospital, cama como jaula, papagayo. Desde remotas zonas tropicales llegaban a sus oídos los rugidos de las fieras. Estaba solo como un perro y se hizo la del mono para consolarse. ¡Pobre gato! manso como un cordero pero torpe como un topo. Había sido un pez en el agua, un lirón durmiendo, fumando era un murciélago. De costumbres gregarias, se llamaba León pero los muchachos de la barra le decían Carpincho. El exceso de alpiste fue su ruina. Murió como un pajarito.


Historia
   Mario Goloboff
   (1939)

   Hunde la daga el aqueo en el cuello del troyano, mientras Tulio Josefo se alza para defenderse y, una vez salvado, ocupar con sus huestes las tierras galas. De allí partirán cruzados que, cuando vuelvan, serán destruidos por la armada inglesa a la que diezmarán bombas nazis. Responderán los aliados y, al desembarcar en Sicilia, destruirán, en el fragor de la lucha, un villorrio con una vieja casona en cuyo principal friso el troyano Eneas clava su puñal en el pecho del griego.


Status quo
   Roberto Perinelli
   (1940)

   Cierta mañana, un niño tocó el timbre y cuando la mujer le abrió la puerta, se metió dentro y se instaló con la desenvoltura de quien se siente en su verdadero hogar.
   Hay que lamentar que con su presencia, el niño quebró la frágil armonía matrimonial, porque el ama de casa lo encontró muy parecido a su marido y armó el escándalo, asegurando a los gritos que esa criatura era el fruto de un desliz del hombre con alguna mujerzuela.
   El esposo se resignó y aceptó el cargo. Cómo negarlo cuando el niño, además de ser su fiel reflejo lo copiaba hasta en los menores gestos.
   Varios días después un niño llamó a la puerta y también se alojó con la confianza del primero. Este era, a ojos de cualquiera, un calco de la mujer: una misma manera de caminar, de pararse, la misma seductora sonrisa y hasta el defecto de bizquear cuando se sorprendía.
   Desde entonces la pareja permanece alerta, atenta al sonido del timbre. Cuando suena, y no importa cuál de los cónyuges sea el que atienda, si se trata de un niño lo echan a las patadas, escaleras abajo, puesto que estando las cosas a la par, un tercer hijo daría por tierra con la recuperada concordia conyugal.


De la literatura nipona
   Roberto Fontanarrosa
   (1944 – 2007)

   Tsé-Hu-Tchen, mandarín de Kiusiu, se hallaba reposando en los jardines de su palacio. De repente, apareció un caballo y le mordió una rodilla.
   Min-Tsú, esposa de Tsé-Hu-Tchen, acudió presurosa, dispuesta a espantar al corcel con una palmeta.
   —Déjalo. Déjalo —le dijo Tsé-Hu-Tchen. Poco después el animal se marchó tan sigiloso como había llegado.
   —Debiste haberme permitido que lo asustase —reprochó Min-Tsú a su marido.
   —Bien sabes —dijo entonces Tsé-Hu-Tchen que ese caballo puede ser la reencarnación de nuestro amado hijo Ho-Knien-Tsí, muerto en el combate naval de Ngen-Lasha.
   —¡Sigue, sigue! —se quejó la mujer— ¡Sigue malcriándolo!


Ella buscaba un espejo
   Rosalba Campra

   Ella suele aparecerse a los vendedores de los mercados dentro de un sueño con columnas rojas que forman parte de un templo en ruinas. Los vendedores la reconocen porque ya la han visto en ciertos antiguos espejos de bronce que cada tanto alguien desentierra. Eso es precisamente lo que ella busca, uno de esos espejos. Los vendedores fingen que revuelven entre los otros objetos mágicos, le dicen que no, que por ahora no tienen ninguno, que más adelante. No soportarían quedarse sin verla. Entonces ella regresa a su casa, se despierta, y olvida, hasta que la sueñan otra vez.



El corazón del bosque
   Sylvia Iparraguirre
   (1947)


   Las botas del guardabosque hunden el tapiz de hojas marchitas. Es el fin del otoño. En el aire se huele el humo acre de las fogatas, que la madrugada ha sofocado con su aliento frío de huérfana. Un rayo de sol, recto y exacto, brilla verde sobre una hoja. Más en lo profundo, otros rayos disipan la tenebrosidad de las ramas entrelazadas. De pronto, un claro del bosque se abre y se ilumina. En el centro, una niña, sentada sobre su amplio vestido, apoya una mano en la corteza de la encina. La otra mano sostiene sobre la falda al pequeño unicornio, delgado, trémulo, de delicados ojos grises. El cuerno es también gris, con una veta clara que sube como una cinta de plata de la base hasta el vértice.
   Cruje una rama. Los cuatro ojos alarmados miran al guardabosque antes de desaparecer.


Perplejidad
   Raúl Brasca *
   (1948)
a Guillermo Martínez

   La cierva pasta con sus crías. El león se arroja sobre la cierva, que logra huir. El cazador sorprende a león y a la cierva en su carrera y prepara el fusil. Piensa: si mató al león tendré un buen trofeo, pero si mato a la cierva tendré trofeo y podré comerme su exquisita pata a la cazadora.
   De golpe, algo ha sobrecogido a la cierva. Piensa: si el león no me alcanza, ¿volverá y se comerá a mis hijos? Precisamente el león está pensando: ¿para qué me canso con la madre cuando, sin ningún esfuerzo, podría comerme a las crías?
   Cierva, león y cazador se han detenido simultáneamente. Desconcertados, se miran. No saben que, por una coincidencia sumamente improbable, participan de un instante de perplejidad universal. Peces suspendidos a media agua, aves quietas como colgadas del cielo, todo ser animado que habita sobre la tierra duda sin atinar a hacer un movimiento.
   Es el único, brevísimo hueco que se ha producido en la historia del mundo. Con el disparo del cazador se reanuda la vida.

* Raúl Brasca, compilador de esta antología, decidió omitirse. Pero el comité de dirección de e-Kuóreo considera que una antología de minicuentistas argentinos estaría incompleta sin él.