Bienvenidos a la edición cibernética de la Revista Ekuóreo, pionera de la difusión del minicuento en Colombia y Latinoamérica.
Comité de dirección: Guillermo Bustamante Zamudio, Harold Kremer, Henry Ficher.

69. Animales prosaicos I



Ernst Haeckel
La mariposa
   Salvador Elizondo

   Es un animal instantáneo inventado por los chinos. Estos objetos se fabrican, generalmente, de finísimas astillas de bambú que forman el cuerpo y las nervaduras de las alas. Éstas están forradas de papel de arroz muy fino o de seda pura y son decoradas mediante un procedimiento casi desconocido de la pintura secreta china llamado Fen hua y que consiste en esparcir sutilmente unos polvillos coloreados sobre una superficie captante o prensil formando así los caprichosos diseños visibles en sus alas. En el interior del cuerpo llevan un pedacito de papel de arroz con el ideograma mariposa que tiene poderes mágicos. Los fabricantes de mariposas aseguran que este talismán es el que les permite volar. Los que se ocupan de estas cosas, los letrados —sensores o sinodales—, también algunos de nuestros generales que con frecuencia consultan el augurio llamado de la mariposa o Pu hu, para saber el resultado de las campañas que emprenden, dicen que las mariposas fueron inventadas, como todas las cosas que hay en China, por el Emperador Amarillo que vivió en la época legendaria del Fénix y a quien también se debe la invención de la escritura, de las mujeres y del mundo.
(El retrato de Zoe. México: Vuelta, 1992)


El sapo
   Juan José Arreola

   Salta de vez en cuando, sólo para comprobar su radical estático. El salto tiene algo de latido: viéndolo bien, el sapo es todo corazón.
   Prensado en un bloque de lodo frío, el sapo se sumerge en el invierno como una lamentable crisálida. Se despierta en primavera, consciente de que ninguna metamorfosis ha operado en él. Es más sapo que nunca, en su profunda desecación. Aguarda en silencio las primeras lluvias.
   Y un buen día surge de la tierra blanda, pesado de humedad, henchido de savia rencorosa, como un corazón tirado al suelo. En su actitud de esfinge hay una secreta proposición de canje, y la fealdad del sapo aparece ante nosotros con una abrumadora cualidad de espejo.

(Confabulario. México: Fondo de Cultura Económica, 1995)


El cangrejo
   Luis Jochamowitz

   ¡Cuantas palabras de admiración para el cangrejo y su famosa marcha atrás! Apenas, en cambio, para la coraza calcárea, hecha para guarecer las carnes suaves y blancas como un velo, que un día feliz veremos humear en nuestro plato.
   Adherido a las rocas, el cangrejo ve pasar sus días sin darse cuenta, mientras la coraza arde bajo el sol, se moja y vuelve a quemar con el sol de la tarde, en un proceso de endurecimiento que por momentos parece infinito. Tal vez las carnes no comprenden su debilidad casi líquida, o lo comprenden, y, perezosas como son, redoblan sus trabajos en la coraza. Se han visto cangrejos que de la base granítica de su llaneza han hecho brotar púas negras y filudas que desafían al mundo, cangrejos sudorosos y velludos que quieren vivir cuarenta años en el fondo del mar.
   Es bien sabido que los cangrejos pagan caro su amor al blindaje hirviendo —por razones técnicas— dentro de una olla a presión. Otros se esconden entre las rendijas, se internan abismo abajo y logran escapar (dicen que el cangrejo fugitivo canta y hace tronar las pinzas en el colmo de la alegría). Pero nada le dura al pobre cangrejo; cualquier día, la marea alta, un derrumbe imperceptible y cruje entre dos rocas. Con suerte muere de viejo en la obscuridad salobre de su grieta, más solitario que nunca, con la coraza blanda y desteñida, y las carnes negras, como agua de albañal.

(Contradicciones. Bogotá: Peisa/Arango, 1999)


Ernst Haeckel
Los ácaros y sus clanes guerreros
    Henry Ficher

   Los ácaros son artrópodos infinitesimales, parientes lejanos de las arañas. De las miles de especies conocidas, varias son parásitas del ser humano.
   Hay ácaros que se alimentan de la harina de nuestras despensas; otros viven en nuestras sábanas, colchones y almohadas, acechando escamas de piel, pelo, caspa.
   El microscopio electrónico permite observar sus movimientos: los descubre casi siempre en grupos, semejando divisiones blindadas que avanzan en formación por paisajes sinuosos y áridos, como desiertos diminutos, en busca de objetivos enemigos.

   Suelen atrincherarse en zanjas que excavan en nuestra dermis, en grupos de tres o cuatro, dejando ver sólo sus ínfimas antenas mientras montan guardia. Cuando arrecian las incursiones hostiles, construyen túneles de hasta tres niveles, como hacen los grupos guerrilleros cuando se enfrentan a fuerzas superiores.
   Hay dos especies en permanente guerra territorial: los ácaros negros y los rojos. Sus cruentas batallas a veces nos produce un leve escozor.


Conversación desesperada
   José Emilio Pacheco

   En la noche desierta el único rumor es su diálogo. Inmóvil en su ardiente fluidez, condenada a ser fuego, la llama sueña en volverse el insecto que la corteja, abrir las alas y arrojarse de golpe al abismo que incendiará su vuelo. Por su parte, el insecto quiere ser llama, tener la gloria y los poderes del fuego. Hay un silencio en la conversación. Se produce un chasquido.

(Revista Escandalar, enero-marzo de 1979)


 En África
   José Juan Tablada
   El Loro: ¡Socorro! ¡Socorro! El tigre se ha subido a mi árbol para devorarme.
   La Jirafa (vegetariana y dulce): Dispénsame, Loro; creía que eras follaje...


(Diario de 1922, en: Obras IV, 1900-1944. UNAM. México, 1992)


Ernst Haeckel


 Los noctuidos
   Fanny Buitrago

   Hay ciertos insectos que nacen al amparo de la noche cerrada. Crecen, procrean y mueren antes del amanecer. Nunca llegan al día de mañana. Sin embargo, experimentan segundo a segundo la intensa agonía de vivir, se aparean con trepidante gozo y luchan ferozmente para conservar sus territorios vitales, sus lujosas pertenencias: el lomo de una hoja, la cresta moteada de un hongo o el efímero esplendor del musgo tierno besado por la lluvia.
   Quizá —instintivamente— en un punto ciego entre la muerte implacable antes del estallido del sol matinal y la promesa infinita, telúrica, de la evolución hacia un estado superior, dichos insectos se frotan las patas lanzándose a una lucha fratricida. Envanecidos con la tentación de liquidar a sus semejantes y dominar el mundo.

(Magazín dominical No. 17. Diario El Espectador, Bogotá, 1983-07-10)