Bienvenidos a la edición cibernética de la Revista Ekuóreo, pionera de la difusión del minicuento en Colombia y Latinoamérica.
Comité de dirección: Guillermo Bustamante Zamudio, Harold Kremer, Henry Ficher.

66. Escritores argentinos III


Editor invitado: Raúl Brasca

Efectos de la falta de sueño
   Rodolfo Modern
   (1922)

   “Daría mis riquezas a cambio de poder dormir bien todas las noches", dijo el opulento comerciante Huan, que padecía insomnio. “Y yo —contestó el mendigo Sung— preferiría ser rico a tener que soñarlo todas las noches”.


La calle de la melancolía
   David Lagmanovich
   (1927 – 2010)

   Todas las tardes, Celina y yo —Eduardo— recorríamos aquella callecita suburbana. Como tantas otras, seguramente tenía un nombre oficial que nadie repetía. Tal vez el de un borroso guerrero de la Independencia, hoy sólo recordado por sus descendientes. O el de un político, que hoy muchos maldicen. Para nosotros era la Calle de la Melancolía. Nos impresionaban las casas cerradas, la ausencia de flores y esa neblina que nos cubría apenas entrábamos en ella. La calle ejercía sobre nosotros una invencible atracción, con una fuerza indefinible. Una tarde, sacando fuerzas de flaqueza, nos animamos a preguntarle a alguien que pasaba si allí habían vivido Celina y Eduardo. La respuesta no se hizo esperar: “Aquí murieron”, contestó.


Vidas paralelas
   Pedro Orgambide
  (1929 – 2003)

   Amós, profeta escriba, miró el cielo y vio la barca de los muertos.
   Hesíodo de Ascras, más modesto, vio una piedra, un río, un hombre trabajando.
   Oseas, Miqueas e Isaías se deslumbraron ante el rostro esquivo de Dios.
   Arquíloco de Pares y Tirteo de Esparta se entristecieron cada atardecer.
   Mimnermo de Colofón dedicó una elegia.
   Alemán de Sadres, una oda.
   Ya nadie recordaba a Homero.
   Protágoras era vituperado y a Polígnoto se lo consideró un joven pedante.
   Mo-Ti vio entonces el junco, los pájaros, las nubes.
   Mucho más tarde, Sacrobosco imaginó el Tratado de la Esfera.
   Ahora nadie ignora que la marca del escriba es nada más que un plato volador, que los Trabajos y los Días aluden a los labriegos de Marte que día a día reconstruyen sus valles y llanuras. Y cualquier niño sabe que Mo-Ti, al mirar los juncos y los pájaros descifra la verdad de todo el universo.


La carrera de Chapadmalal
   Sara Gallardo
   (1931 – 1988)

   ¿Conocen la palabra Chapadmalal? Significa corral pantanoso. Dice: concentración de belleza. Una casa, un parque. Sobre todo caballos.
   Los mejores van después al cementerio, allí duermen, allí se vuelven Chapadmalal.
   Un poeta los cantó, y no hay mejor manera de contar la verdad.
   Sólo quiero recordarles que cada medianoche sin luna se arma una carrera en aquel aire. Dicen que solamente los de alma pura llegan a verla.
   Experimentan en la noche un temblor, ir y venir de patas. Una vez más, la fragancia del sudor de caballo.
   Dejando su envoltura de raíces, los grandes corredores fosforescen. En torbellino van, en disparada. Llevan las aclamaciones de las tardes. No está lejos el mar. Eso se sabe.
   Quién tuviera corazón puro. Ver la carrera de los caballos idos de Chapadmalal. 


El que está escondido y espera
   Isidoro Blaisten
   (1933 – 2004)


   El que está escondido y espera asoma su rostro macilento, cansino, no precisamente estragado, pero más bien cetrino, o por qué no oliváceo, aunque podría ser también aceitunado, que asimismo puede decirse. Aunque se dicen tantas cosas. Siempre hagas lo que hagas te van a criticar. Te la van a dar con todo. La gente es mala. Retomo el hilo. Estábamos en que asoma su rostro macilento por detrás del biombo. Entonces el biombo se cae. Al caerse se caen también todas las flores pintadas en el biombo, todos los pájaros, todos los lotos, todos los japoneses.
   Es entonces, en ese preciso instante, cuando todos los tintoreros abandonan a la sanfasón todos los pantalones en las planchas y corren, corren y corren, corriendo a alcanzar todas las flores, todos los pájaros, todos los lotos.
   Entonces, el que está escondido y espera se da cuenta de que ya no está escondido puesto que el biombo no está y entonces se dice a sí mismo "qué espero". Y entonces va, abre la puerta y corre detrás de los japoneses, que corren detrás de las flores, detrás de los pájaros, detrás de los lotos.


Diálogos
   Alejandra Pizarnik
   (1936 – 1972)

   —Ésa de negro que sonríe desde la pequeña ventana del tranvía se asemeja a Madame Lamort –dijo.
   —No es posible, pues en París no hay tranvías. Además, ésa de negro del tranvía en nada se asemeja a Madame Lamort. Todo lo contrario: es Madame Lamort quien se asemeja a ésa de negro. Resumiendo: no sólo no hay tranvías en París sino que nunca en mi vida he visto a Madame Lamort, ni siquiera en retrato.
   —Usted coincide conmigo —dijo— porque tampoco yo conozco a Madame Lamort.
   —¿Quién es usted? Deberíamos presentarnos.
   —Madame Lamort —dijo— ¿Y usted?
   —Madame Lamort.
   —Su nombre no deja de recordarme algo —dijo.
   —Trate de recordar antes de que llegue el tranvía.
   —Pero si acaba de decir que no hay tranvías en París —dijo.
   —No los había cuando lo dije pero nunca se sabe qué va a pasar.
   —Entonces esperémoslo puesto que estamos esperándolo —dijo.


Raíces
   Eugenio Mandrini
   (1936)

   Con el último golpe del hacha, el árbol cae pesadamente al suelo. Sin embargo, los pájaros permanecen inmóviles donde antes estuvieron las ramas. Acaso porque sólo son la sombra de aquellos pájaros. Acaso porque la distancia, con su hipnotismo, suele paralizar a los pájaros. O acaso porque la memoria del árbol muere después.